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| “Luis, tú y yo ya estamos al borde de la jubilación”. Foto: BAER |
“¿De qué deseas que hablemos?” Saúl interrumpió los pensamientos de Efraín, que tenía la mirada puesta en un punto indefinido del cuarto. “Siéntate, lo que voy a decirte hará que te vayas de espaldas”. La expresión de Saúl cambió aunque se mantuvo tranquilo al observar que la de su amigo no era de alarma. “¿Recuerdas la vez en que tuve que ausentarme por tres meses seguidos?” “Hace ya un buen tiempo pero sí, lo recuerdo”. “¿Recuerdas también que a mi regreso me dijiste que había cambiado?”. “Claro, tenías una expresión como la que ahora tienes. En ese momento no pude descifrarla, como se me imposibilita hoy. Entonces no quisiste decirme qué te pasaba”. “Ni a nadie se lo dije, debí guardar el secreto para no poner en riesgo a una mujer muy especial, pero ahora las cosas han cambiado”.
“¿El nombre de Isabel Rivadiego, te suena?” “Realmente no, ¿quién es? ¡Espera! En el tiempo que mencionas conociste a una Isabel, ¿no?” “Así es, pasé con ella los días más felices que pueda recordar, hasta que una mañana fui a buscarla a las cabañas donde se hospedaba con su familia y ya no la encontré. Iba a pedirle que se casara conmigo, aunque sabía que sus padres estarían en contra pues yo no representaba un real porvenir para su única hija”. “¿Qué hay con ella, por qué recordarla ahora?” “Al parecer Isabel Rivadiego no es otra que María Corcuera, la madre de Estévan”. “Eso sí que es una sorpresa, pero no veo la relevancia”. “Isabel me había dicho la noche anterior a su partida que tenía algo importante que decirme, ¿atas los cabos?” “No puedes pensar en serio que ese muchacho...”.
“Eso explicaría el porqué su padre quiere desaparecerlo, más allá del interés por la herencia”. “Es cierto, la simple ambición no explica el problema y, si la lista tiene algo de coherencia, todo encaja, incluso la vehemencia con la que nos ha perseguido todo este tiempo”. A Saúl le quedó claro entonces el porqué la simpatía repentina de su amigo con ese joven qe al principio no era más que otro trabajo. En un tono burlón la preguntó: “¿Acaso crees en el llamado de la sangre?” “Ja, ja, ja, no lo sé, pero he de confesarte que llevo días teniendo un pensamiento recurrente que tiene que ver con la sucesión en el mando de este grupo. Luis, tú y yo ya estamos al borde de la jubilación y nos caerían bien unas vacaciones ¿no crees?” “Eso es seguro”, afirmó Saúl categórico. Continuará.
Beto

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