Departieron cómodamente, hablaron sobre los planes que tenían cada uno y a qué aspiraban en lo personal, Sofía se mostró muy emocionada cuando el gerente por fin le confió la idea que tenía con respecto de la capacitación a la que pensaba introducir a su personal y en la cual ella estaba contemplada, tal fue la alegría que ni siquiera puso atención en el plato de lentejas que le sirvieron y engulló con fruición, alimento que supuestamente no le gustaba. Laura también se mostró contenta por ella, al grado de que no paraba de hablar una vez que se despidieron de las trabajadoras y del gerente al término de su ejercicio, tal era su entusiasmo que no se dieron cuenta de que un automóvil se les acercaba lentamente, dos tipos se bajaron de él y las tomaron por la cintura metiéndolas en la unidad.
Debieron pasar aproximadamente dos horas entre insultos y amenazas en las que cuatro voces se alternaban para golpearlas en el estómago y en las piernas, ellas no podían hacer otra cosa más que doblarse del dolor y tratar a ciegas de cubrirse la cara. Debido a que las vendaron de los ojos, no pudieron ver las caras de sus captores; después de ese tiempo, el carro se detuvo, pitó y una puerta metálica se abrió, el ruido de un riel terminó por aterrar a las mujeres que ni siquiera habían podido suplicar por sus vidas. “¿Dónde estamos?”, preguntó Sofía aún sin entender lo que pasaba. “Te hemos dicho que te calles; ésta es su última parada”. Laura empezó a temblar cuando dos pares de manos la tomaron por los brazos y la llevaron casi en vilo hasta azotarla en una pared.
Allí comenzó un interrogatorio despiadado con gritos, golpes en la cabeza, toques eléctricos y chorros de agua, pero ella simplemente no podía contestar porque no sabía de qué estaban hablando; desde el carro, Sofía escuchaba sus gritos y a su vez, levantaba la voz para que la dejaran en paz, de pronto todo ruido cesó, el lugar se cubrió con un silencio mortuorio hasta que una voz ordenó: “ésta ya no va a hablar, llévensela a la parte de atrás, ya mañana vemos en dónde la tiramos”. La sangre se le bajó a los pies a Sofía que pensó lo peor y con la rabia contenida desde el primer minuto de su rapto, comenzó a maldecir a sus captores, lamentando en el fondo haber convencido a Laura de que la acompañara. “Tráete a ésa, aquí le voy a quitar lo sabrosa”. Continuará.
Beto

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