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| “Las dos mujeres no se dieron cuenta del paso del tiempo”. Foto: BAER |
Con el arrojo característico de una Grande, buscó qué fábricas podrían ser su objeto de estudio y dio con varias que contrataban obreras en el ramo del hilado; una en particular, con varios años en el negocio, se ubicaba en la zona de Iztapalapa, en la calle Albert en el número 236, sólo tenía el inconveniente de que trabajaba un turno y cerraba a las cuatro de la tarde, así que tuvo que faltar a algunas de sus clases un día en que Laura también pudo safarse de sus obligaciones; llegaron al lugar en la ruta que llevaba poco de transitar por esos rumbos a la hora que le había fijado el gerente de la empresa. Las recibió con una sonrisa amable pero que se notaba que era ensayada para recibir a sus clientes y sin empacho en mostrarles las instalaciones incluido el taller.
A éste le había impresionado el historial académico de Sofía, tenía la costumbre de solicitarlo a todos los estudiantes que pidieran visitar sus instalaciones pues con ellos podía darse una idea del tipo de personas con las que trataría y ¿por qué no? tener oportunidades de hacerse de nuevo y mejor personal. Lo que más le llamó la atención fue que ella hubiera anotado su participación en la radio de la universidad, tanto en la producción como en la conducción de un programa sobre l a defensa del trabajo, claro que no le interesaba contratar a alguien que le fuera a alborotar a sus trabajadores, pero sí solicitarle alguna plática para su personal administrativo que les ayudara a tener un trato acorde a la ley y con el personal operativo, algo que le plantearía en la primera oportunidad que se le presentara.
La visita fue muy cordial, las costureras e hiladoras tenían en buen concepto a la empresa; tanto Sofía como Laura estaban conscientes de que estarían allí por un buen rato ya que debían aplicar la encuesta incluso después de la hora de comida. Era admirable ver esas manos manipulando la máquinas que giraban los conos receptores a una velocidad vertiginosa, los colores cambiaban como en una coreografía para un musical de Broadway; hilos y más hilos corrían de un carrete a otro y luego a cajas con la exactitud propia de un genio matemático. Hipnotizadas por tal derroche de habilidad y concentración, las dos mujeres no se dieron cuenta del paso del tiempo ni de la cantidad de hojas que habían llenado, hasta que recibieron la invitación a comer del gerente. Continuará.
Beto

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