martes, 29 de noviembre de 2022

La familia Grande 100a. entrega

“Doña Carlota fue la primera en extender
sus brazos a Laura”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Un pequeño quejido puso en alerta al matrimonio Ramírez, Laura parecía despertar del letargo en el que había estado por dos semanas, la señora la detuvo por los hombros en su intento por levantarse. “Espera, no te muevas. Aún estás delicada, debes recuperar las fuerzas y ya después harás lo que creas conveniente”. “Mi, mi hermana. ¿Dónde está?” “Lo siento, no sé a qué te refieres; cuando mi esposo y yo decidimos regresar por ti, sólo estabas tú, nadie más”. “Deben encontrarla, la secuestraron junto conmigo...”. “Calma, te prometo que averiguaremos qué le pasó, aunque insisto que contigo, nadie estaba”. La angustia se agolpaba en los ojos de Laura que no daba crédito a lo que les había pasado a Sofía y a ella y lamentaba el hecho de no haberla protegido.

“Si no hemos dado parte a la policía de que tenemos a esta muchacha, ¿cómo vamos a explicar que, según ella, estaba acompañada por otra? Preguntó a su mujer el señor Ramírez. “Yo creo que debemos dejar que se recupere y después interrogarla para saber qué le pasó, si tiene familiares y cómo podemos contactarlos”, respondió la mujer tratando de mantenerse ecuánime. Laura volvió a caer en un sueño profundo, signo de que su cuerpo estaba tratando de recuperarse; pasaron algunos días sin que hubiera vuelto a pronunciar palabra en los lapsos en que se mantenía despierta, sólo atinaba a agradecer con una inclinación de cabeza las atenciones de que era objeto por parte del matrimonio, que prefirió respetar su silencio.

El periódico local publicó la nota en la que relataba el encuentro casual que habían tenido dos exploradores en la zona con el cuerpo de una mujer joven, con señales de tortura, sin credenciales que la identificaran, los Ramírez se vieron a los ojos sabiendo que esa mujer era la que Laura había mencionado. Con todo el tacto del que fueron capaces se lo notificaron y las lágrimas brotaron abundantemente contagiando al matrimonio que se ofreció a acompañar a la muchacha a realizar los trámites que tuviera que hacer para recuperar el cadáver. Hasta ese día, después de casi un mes de su secuestro, Laura no había hecho contacto con su familia, quizás una amnesia temporal, posiblemente la vergüenza de haber sido ella la que sobreviviera, no mencionó a los Ramírez nada de ellos.

Obviamente, los Grande se pusieron como locos al no saber de sus hijas por tanto tiempo, fueron a todas las delegaciones, visitaron los hospitales sin resultado alguno; la noticia de que habían descubierto a una mujer joven muerta en una zanja les hizo pensar lo peor, pero de alguna manera quitaba la incertidumbre que hacía más grande sus dolor; nadie hubiera sospechado que el ir a identificar el cadáver significaría una de las últimas salidas de doña Carlota, quien fue la primera en extender los brazos a Laura en la morgue, rompiendo ambas en llanto, una solicitando un perdón y la otra aliviada por, al menos, recuperar a una de sus hijas. Los trámites fueron relativamente rápidos y los Ramírez permanecieron con ellos todo el tiempo. Continuará.

Beto

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