martes, 30 de marzo de 2021

La familia Grande 15a. entrega

“Espero que no tengas problema con ello”.
Foto: BAER

Saúl regresó justo cuando sus compañeros estaban pagando la cuenta; cruzó una mirada interrogante con Luis y éste asintió con la cabeza. Los tres hombres salieron del establecimiento prestos a preparar todo lo que necesitarían para esa semana, que tenían como límite para cumplir con el trabajo. Se dirigieron al mercado de la Portales; entraron a la calle de Balboa para estacionarse en la Víctor Hugo y así caminar unas cuadras a Merlín, la tienda de disfraces que les aseguraba manufacturar lo que desearan hasta el más mínimo detalle. Antes, hicieron una escala en el Anforama de la Reforma por algunos utensilios de cocina, acompañados por las miradas curiosas de las vendedoras.

Cuando llegaron a la tienda de disfraces, ya los esperaba don Plutarco, actor de la vieja escuela muy versado en las caracterizaciones teatrales; estaba asociado con doña Azucena, mujer diestra con agujas e hilos que había prestado sus servicios en las dos grandes televisoras del país hasta antes de la segunda gran pandemia de la cual se salvó, gracias a las conexiones del Gato en el sistema de salud. “Supongo que su siguiente trabajo es muy importante como para que hayan venido los tres juntos”, les dijo Plutarco presumiendo de suspicacia; “ni tanto, sólo aproveché porque debía atender otro negocio por aquí cerca”, respondió Luis desenfadado.

“¿Mantienen sus medidas o habrá que hacer ajustes?” preguntó el viejo actor intuyendo la respuesta; “¿Acaso nos vemos gordos?” inquirió Saúl respondiendo al juego; “sé que Efraín no, pero a ustedes les encantan las garnachas”. Rieron los cuatro divertidos aunque Saúl corrigió un poco pidiendo que su vestimenta la hicieran un poco holgada, por si acaso. Plutarco abrió una pequeña puerta detrás del tercer probador que escapaba de la vista de la clientela general, allí se encontraba doña Azucena, dando los últimos toques a un conjunto sastre que debía tener algunos bolsillos ocultos y pequeños dispositivos como para un acto de magia.

Con la mirada fija en las prendas, el Gato preguntó con voz casi audible” ¿Es para..?”, “Sí, es algo muy especial que desafió nuestra inventiva. La enseñaste muy bien”. Las palabras de Plutarco intentaron ser conciliadoras, pues sabía de los términos en los que habían quedado Efraín y Jessica, miembro del equipo en los noventa que se dejó llevar por la codicia y que, desde su salida, se había dedicado a hacerles una competencia desleal, llevándose con ella a otro integrante y dos prospectos, teniendo como centro de operaciones a la ciudad de Querétaro, sin desligarse de los proveedores. “Espero que no tengas problema con ello, Efraín”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 23 de marzo de 2021

La familia Grande 14a. entrega

“Te va a gustar” le dijo José a la muchacha.
Foto: BAER

“Me arriesgaría a lo que fuera por ti Efraín, te lo debo”. El Gato asintió con la cabeza y sin decir más, salió del auto para dirigirse al bar donde ya lo estarían esperando los miembros de su organización. Como no era muy afecto a los saludos efusivos se limitó a quitarse el sombrero en señal de respeto; pidió al mesero lo que solía consumir a esas horas y tras unos minutos en los que intercambiaron impresiones sobre lo que sucedía en el país, se dispuso a poner al tanto al grupo de lo que sería su nueva misión. Cada par de ojos escudriñaba en su rostro tratando de adivinar lo que les encomendaría en esa ocasión, pero su curiosidad no sería satisfecha hasta después del café.

Luego de varios sorbos, el Gato puso cara de ya haber despertado, recorrió con la mirada los tres pares de rostros que sólo esperaban la orden para ponerse a trabajar; comenzó diciéndoles que era un evento particular, que a Lina le serviría de ensayo lo cual era bueno pues no tenía mucho de haber ingresado al grupo, que como siempre, todo debía llevarse a cabo con el mayor sigilo, en fin, nada que no hubieran escuchado antes. El blanco era el hijo de un prominente empresario, aficionado a los deportes extremos y muy dado a tener  aventuras amorosas que no duraban más de una semana; sospechoso de haber desviado una fuerte cantidad de dinero hacía un mes.

Contaba el joven con dos guardias de seguridad que lo acompañaban incluso al baño. “La paranoia lo domina”, dijo José queriendo aligerar la plática, a lo que Saúl acotó que eso podría ser indicativo de culpabilidad. Rosa preguntó por el origen de la denuncia, a lo que Efraín contestó que había sido el propio padre, pues sólo quería darle una lección sin que eso llegara a las autoridades, además dijo, que había quedado en hablarle para confirmar la aceptación del trabajo. Luis no se mostró muy entusiasta afirmando que no estaban para andar cuidando muchachitos que se salen del redil, pero Ruth replicó que había que tomarlo como afirmó el Gato, como un ensayo para integrar a Lina.

“Te va a gustar” le dijo José a la muchacha, alegrándose en el fondo de ya no ser el novato; antes de que pudiera decir algo, Luis interrumpió su intención diciendo que al menos esperaba que en el futuro tuvieran trabajos más interesantes. Saúl lo tranquilizó afirmando que se iban a divertir, que no había razón para que estuviera tan gruñón. Ya terminados los detalles de esa junta preliminar, acordaron reunirse al día siguiente con los instrumentos que se les había asignado llevar. Uno a uno, los jóvenes fueron retirándose y cuando Luis y el Gato se quedaron solos porque Saúl había ido al baño, el primero soltó la pregunta de siempre: “Lo aceptaste porque es una pista ¿verdad? Continuará. Salud.

Beto

martes, 16 de marzo de 2021

La familia Grande 13a. entrega

“Jacinto le profesaba agradecimiento desde
que lo salvó de ser apuñalado”. Foto: BAER

De pronto Luis no tuvo qué decir, lo inesperado del reclamo y la sorpresa de verse descubierto lo dejaron helado, a merced de la embestida de un furioso Sergio que, si no hubiera sido contenido entre Juan y el Gato, le hubiera propinado un fuerte golpe en pleno rostro. Don Efraín no daba crédito a lo que veía pero eso no le impidió dar un grito que sorprendió hasta a Carlota, de inmediato se levantó, tomó a Luis por un brazo casi pasando por encima de sus otros hijos y lo condujo a su cuarto. Mientras tanto Sofi, Tere y Carmen trataban de consolar a Vicky que después de unos segundos, por fin pudo soltar el llanto.

La prudencia indicó a Carlota que pidiera tanto a Luis como a Saúl se retiraran, ofreciéndoles una disculpa a nombre de toda su familia; El Gato se les unió sin voltear a ver si se le permitía la retirada, se limitó a cerrar la puerta con cuidado para evitar hacer notoria su salida. Una vez en la calle, le preguntó a Luis si se encontraba bien y aunque no externó disculpa alguna, su amigó entendió que su gesto la implicaba. Ambos voltearon a ver a Saúl que miraba insistentemente hacia la puerta de la casa, al percatarse de que era objeto de la atención de sus camaradas, sólo atinó a decir “entonces, ¿ya no va a haber enchiladas?”

La risa de esa tercia de chamacos resonaba en la cabeza del Gato, ya listo para salir a reunirse con sus compañeros para cumplir con el reciente encargo, que sería la llave para encontrar a los asesinos de su familia. Hacía mucho tiempo que había decidido dejar de conducir, así que se hizo de los servicios de un conocido que, debido al despido masivo en una tienda de autoservicio en la que trabajaba, decidió enlistarse en el mundo del traslado de gente por aplicación. Al instante en que abrió la puerta de la calle, Jacinto ya estaba esperándolo con su inefable sonrisa, tatuada en su rostro a fuerza de permanecer ocho horas diarias de pie, atendiendo clientes en el departamento de blancos.

La familiaridad con la que se saludaban no correspondía a la de un servidor con su cliente, debido al agradecimiento que Jacinto le profesaba desde la vez que el Gato lo salvó de ser apuñalado cuando cargaba gasolina allá por Calzada de Tlalpan, con lo que evitó que se convirtiera en una estadística más. “¿A la oficina?”, preguntó el conductor sabiendo de antemano la respuesta; tomaron rumbo al Circuito Interior para llegar a Polanco. Una vez que Jacinto identificó la calle donde siempre lo dejaba, detuvo el carro y como era usual, se negó a recibir el dinero que su amigo le ofrecía. “cuando me dejes llevarte hasta la puerta”. “Bien sabes que no es posible, por tu bien”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 9 de marzo de 2021

La familia Grande 12a. entrega

“Sergio, sin pensarlo mucho, le reclamó
el atrevimiento”. Foto: BAER

Ambos muchachos encajaron en la dinámica de los Grande, al grado de compartir hasta la ropa entre sí, sin mencionar que eran unos entusiastas de la comida de Carlota y de los panes de don Efraín, que conservaba la costumbre de hacerlo, aunque fuera en su casa. Un detalle fraccionó la relación idílica; una mañana Luis llegó muy temprano a sabiendas de que era día de chilaquiles y había sido invitado desde la tarde anterior. Vicky le abrió la puerta, se había levantado unas horas antes junto con Teresa, pues tenían por costumbre ver un programa de ejercicio conducido por la futura gurú de la salud Evelyn Lapuente, en el recién adquirido aparato por su papá.

Los ojos de Luis se abrieron como platos por la sorpresa y no pudo ocultar su turbación, Vicky tuvo que repetirle que pasara, pero las piernas del muchacho no atinaban a obedecerle. “No querrás que te traiga los chilaquiles hasta acá”, dijo con su voz juguetona, “no, claro. Ya voy”, apenas contestó el adolescente tratando de contenerse. No habían dado un paso al interior de la sala cuando se escuchó el rechinido de unas llantas “espérenme”, era Saúl que llegaba después de haber esquivado un automóvil que sonaba la bocina a manera de reclamo por la imprudencia del chamaco. A pesar del mohín de Virginia, los tres entraron riendo por la ocurrencia de Saúl de minimizar el asunto.

Carlota bajó las escaleras un tanto cuanto alterada por el ruido y al enterarse de lo que había pasado, dio a Saúl un regaño como si se tratara de otro de sus hijos, detrás de ella, don Efraín también se unió a la llamada de atención, pero debió desistir al momento en que iba a hacer alusión a sus propias hazañas de joven allá en Dr. Mora, dado que la mirada inquisidora de Carlota lo detuvo en seco “¿hay algo de lo que deba enterarme?”, dijo la mujer en el tono que usaba para sus interrogatorios, “no, ya sabes que a veces me gusta andar de hablador”. Aparentando ya no hacer caso, Carlota se dirigió a la cocina a preparar todo para el desayuno.

Después de unas diestras maniobras entre cazuelas y sartenes por parte de Teresa y su madre, todos pasaron a la mesa a disfrutar del aromático platillo acompañado de leche y jugo de naranja, donde no podía faltar el pan dulce de don Efraín; mientras los platos y las tazas pasaban de un lado a otro, Luis no podía dejar de mirar a Vicky, incluso contestaba en automático a las preguntas de Pedro sobre los futuros Juegos Olímpicos en México, gesto que no pasó inadvertido a Sergio, quien sin pensarlo mucho, le reclamó el atrevimiento como quien se ve amenazado en lo más preciado, “¿qué, acaso te gusta mi hermana?”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 2 de marzo de 2021

La familia Grande 11a. entrega

“... no tardó en mostrar entendimiento y lealtad
con esos dos tipos...”. Foto: BAER

“Sólo dime que nada tuviste que ver y lo creeré”, le dijo Sergio tratando de disimular su perturbación al descubrir que varias pistas señalaban al Gato como responsable del incidente del desaparecido; “nada más tienes que preguntarle a él si yo fui quien lo puso así” contestó con su característica inexpresividad sabiendo que con ello, su hermano desistiría de seguir cuestionándolo. A regañadientes, Sergio se apartó de su hermano, dio algunas órdenes a un subalterno y se dirigió a su escritorio, desde allí, en voz alta, le indicó al Gato que podía retirarse. Éste, con cierto tono de condescendencia le dijo “le dices a mamá que iré a verla mañana” y dando media vuelta, salió sin esperar respuesta.

El policía se quedó rumiando sus pensamientos; encargó a otro agente el reporte a pesar de saber que se replicaría lo de los casos anteriores donde las pistas brillaban por su ausencia, pero al saber que había la posibilidad de que su hermano estuviera involucrado, lo llenaba de congoja imaginar que debía arrestarlo. El Gato esbozó una sonrisa, mezcla de gusto y melancolía que por poco lo traiciona en el momento en que Saúl contestó su llamada; aunque era el número tres en su escalafón, su cercanía era suficiente como para tenerse una confianza especial, una que no compartía con Luis, a pesar de la relación que mantenían desde niños y que habían sabido madurar.

“Ya sabes que conmigo no hay problema Gato; me contarás cuando creas conveniente. Ahora dime, ¿qué trabajo me tienes?” Efraín le contó escuetamente sobre la llamada que había recibido instantes previos, pero que los detalles los aclararían cuando estuvieran todos juntos en la tarde. La instrucción dejó claro a Saúl que el “trabajo” era importante; conociendo a su “jefe”, sabía que debía tener el equipo alistado a tiempo, pues no quería otro episodio como el del anterior “José”. Repasó su lista confiando en que a Luis le avisaría el mismo Gato, así que se dispuso a localizar a José, Rosa, Ruth y Lina, los cuales no eran sus verdaderos nombres, sino sus claves de filiación.

La razón era simple, con nombres cortos era fácil memorizar a quién se le había encomendado qué tarea, así como los perfiles de los que habían sido reclutados, por lo que cada agente nuevo adquiría el nombre de la vacante. Los únicos que se habían mantenido todo el tiempo, habían sido el Gato, Luis y Saúl, los viejos y los únicos que usaban sus propios nombres para realizar y repartirse las tareas. a pesar de que Saúl se había unido a ellos en la secundaria, no tardo en mostrar entendimiento y lealtad a esos dos tipos que en nada se les parecía, pues mientras ellos hacían alarde de hazañas atléticas, Saúl era un ratón de biblioteca. Continuará. Salud.

Beto

martes, 23 de febrero de 2021

La familia Grande 10a. entrega

“Alguien que no tenía forma de defenderse como
un ratón en el juego de un gato”. Foto: BAER

El teléfono sonó sacándolo de sus cavilaciones, hacía un buen rato que el cigarro se había acabado en el cenicero, así que prendió otro antes de contestar. La voz, particularmente monótona del otro lado de la línea, le dio unas instrucciones escuetas; hizo algunas anotaciones en una hoja de papel suelta, de las que tenía por costumbre dejar por todos lados en su departamento justificando tal desorden con el argumento de que no sabría a qué hora le llamarían y no quería perder el tiempo buscándolas. Lo mismo ocurría con los bolígrafos aunque siempre cargaba alguno en la bolsita frontal de su camisa. Antes de colgar, escuchó que la voz recalcaba “debe hacerlo lo más pronto posible”, lo cual le dejó cierto resquemor.

“Como si alguna vez hubiera tardado en hacerlo”, pensó mientras se dirigía al baño a darse un regaderazo para después alistarse a contactar a su equipo; éstos ya deberían estar listos, pues los había acostumbrado a mantenerse alertas por cualquier eventualidad sin importar lo laxa que pudiera ser la jornada. Cada miembro, activo o retirado, había sido meticulosamente escogido mediante un perfil que suponía poco margen para conductas erráticas y control bajo presión, tal y como a él mismo lo definían los varios exámenes que le habrían aplicado antaño, aunque en su caso, la imagen de témpano lo colocaba por encima de los demás seleccionados de su tiempo y de generaciones posteriores.

Revisó su lista de contactos -siempre agradeció la invención de las agendas electrónicas- y de uno por uno fue enviando el mismo mensaje de texto. Decía que no confiaba en la creación de grupos porque así era fácil que las ideas se desviaran; en el fondo, prefería invertir el tiempo en ello para mantener el control de cada uno además, así se mantenía entretenido. De la misma manera fueron llegando las respuestas; no era extraño que contestaran casi de inmediato pues sabían que el Gato era poco tolerante con la impuntualidad y que lo dejaran esperando en el teléfono. La única vez en que uno de los seleccionados se atrevió a retarlo en ese tema, no supieron de él por tres meses.

Fue encontrado deambulando semidesnudo cerca de la parroquia del Niño Jesús en la colonia Santa Cruz Meyehualco; posiblemente arrojado en el parque cercano, totalmente desorientado, mostraba sutiles señales de tortura. Ah, porque una cosa era castigar la desobediencia y otra muy distinta ensañarse con el indefenso, porque eso era todo aquel que caía en manos de Efraín, alguien que no tenía forma de defenderse como un ratón en el juego de un gato. Ése fue el primer enfrentamiento que tuvo con su hermano Sergio, que había optado por ingresar al cuerpo policiaco ministerial quien, a decir de varios, había tenido un ascenso sospechoso dentro de la corporación. Continuará. Salud.

Beto

martes, 16 de febrero de 2021

La familia Grande 9a. entrega

El Gato había escuchado esa historia
innumerables veces... Foto: BAER
S
ólo el centro de la república podía producir a una mujer tan hábil como Carlota; pasada la revolución, su pueblo quedó estancado debido a la leva y al éxodo hacia los Estados Unidos de casi todos los hombres en edad de trabajar. Muchas “viudas del bracerismo” optaron por tomar otro marido y otras, en la espera, se transformaron en “el hombre de su casa” para cuidar a sus progenitores y hacerse cargo de la tierra. En 1947, con quince años cumplidos, Carlota desposó a Efraín de dieciocho; el pueblo de Acámbaro fue testigo de cómo un fuereño se llevaba a una de las más bonitas hijas de don Nacho el panadero, para vivir en “quién sabe qué condiciones” a su pueblo, lejos de la mano de Dios, usando seguramente algún engaño para convencer a sus suegros.

Cierto es que por esos años, Doctor Mora no representaba un destino atractivo para nadie que quisiera progresar, pero el plan de Efraín era sólo hacer una escala para llevarse a su mujer al gabacho, donde sus habilidades serían bien apreciadas y ganaría el suficiente dinero para darle una vida digna. Cuando Carlota se enteró de ello, lo miró fijamente y levantando la ceja derecha se negó rotundamente. No podía concebir que su marido pretendiera alejarla de su familia llevándola a una tierra que ni le interesaba ni la quería, además no deseaba que sus hijos fueran “gringos”; de nada sirvieron los argumentos, las razones, las súplicas ni mucho menos, su pobre intento de berrinche, la mujer se mantuvo firme.

Convencido de que se había casado con una verdadera fiera, se resignó a olvidar sus planes, pero el deseo de salir de su pueblo para progresar, seguía en pie. De pronto pensó en una alternativa, si bien sería imposible irse al norte, bien podían probar suerte en la ciudad de México. “Ya ves, ¿qué te costaba sugerir algo más razonable?” le dijo Carlota con cierto entusiasmo pues con ello estaría en posibilidad de visitar a sus padres cuando ella quisiera. Pero la vida se guarda sorpresas muchas veces desagradables; sus sueños se verían truncos ya que a los pocos años, la panadería de su padre se incendiaría, pereciendo en el percance casi toda su familia, sólo sobrevivió uno de sus hermanos quedando con severas marcas en la cara.

Al no soportar su aspecto, salió una noche de Acámbaro sin que nadie supiera dar razón de su destino. La noticia dejó a Carlota con un aire de tristeza y melancolía permanentes que mermaron un poco con el nacimiento de cada uno de sus hijos y la incorporación de sus adoptados. El Gato había escuchado esa historia innumerables veces, unas contadas por su padre y otras por su madre con tan pocas variantes que podía decirse que la repasaban todas las noches para no olvidar detalle. Todos sus hermanos reclamaron el derecho de contarla también excepto él; al principio sólo era que no se la aprendía para seguir disfrutándola  como la primera vez, después porque ellos la contaban mejor, al final, por cuestiones de seguridad. Continuará. Salud.

Beto

martes, 9 de febrero de 2021

La familia Grande 8a. entrega

Todos supieron que las causas de su muerte,
tuvieron que ver con él. Foto: BAER
Don Efraín tampoco se caracterizaba por ser explosivo, pero sus miradas podían desarmar cualquier argumento, incluso de su mujer que ya era mucho decir; en el momento en que el Gato percibió cierta decepción en su padre, deseó no haber escuchado esas palabras que lo acompañaron por toda su vida, ya que su permanencia en la casa familiar desde ese momento, se vio marcada por un distanciamiento silencioso entre ambos hombres. Carlota se limitó a vigilar que la separación no se hiciera irreversible confiando en que, en algún momento, los dos se darían cuenta de que estaban más cercanos de lo que querían aceptar. Pero las palabras se grabaron como con un hierro al rojo vivo en el cerebro del muchacho: “es por demás contigo”. Le fue difícil a Efraín Grande aceptar que, además del nombre y otras afinidades, su hijo debía tener diferencias con respecto a sus expectativas; por su parte el Gato, tardó en comprender que su padre no intentaba moldearlo a su imagen y semejanza atentando en contra de su individualidad. Ese lejano 1957 ya nada tenía que ver con su realidad en el 2015, pero con sesenta y cuatro años, podía comprender algunos comportamientos de su progenitor que él mismo había repetido en innumerables ocasiones con sus hermanos menores, sus sobrinos o subalternos. Distaba mucho de tener una imagen paternal, sin embargo, el distanciamiento que mantenía, le hacía tener mucho de respeto. Pocos habrían tenido la oportunidad de verlo sonreír o perder los estribos, su ecuanimidad se volvió legendaria, lo que le hacía acreedor también de confianza inclusive de extraños que llegaron a platicarle pasajes de sus vidas por el simple hecho de coincidir en el transporte público o en la banca de un parque, seres que ignoraban por completo la naturaleza de su trabajo, basada precisamente en esa manera discrecional de conducirse, pero que en el ámbito en el que se manejaba, le pondría constantemente en peligro. Por demás, era la razón por la que a diario se repetía que el optar por quedarse solo, era lo mejor, aunque no resultó del todo bien para su familia que pagó algunos de sus errores. La ignorancia de ello, mantenía a Carlota tranquila pero sin dejar de preguntarse sobre las actividades de su hijo, tan parecido a su marido en una versión renovada. Sabía en el fondo que el instinto protector en ambos era muy fuerte, que lo expresaban de diferentes maneras pero que en cualquier situación de riesgo, ellos serían los primeros en responder. Esa confianza torturó al Gato toda su vida pues siempre supo que todos sus esfuerzos por mantenerlos fuera de peligro fueron en vano y a pesar del silencio, de alguna manera, cada uno de sus hermanos y sus padres posteriormente, supieron que las causas de las muertes de cada uno habían tenido que ver con él. Continuará. Salud.
Beto

martes, 2 de febrero de 2021

La familia Grande 7a. entrega

“... seré tu amigo para lo que necesites”.
Foto: BAER

Esa especie de instinto felino se activó en Efraín que interpuso su humanidad ente sus posibles agresores y su hermano, Sergio lo tomó por el hombro dudando sobre intervenir en lo que parecía una nueva pelea o tratar de contener al Gato, éste lo obligó a permanecer detrás de él preparado para el primer golpe. Luis paró a escasos dos metros de ellos y mirando fijamente a los ojos del Gato, extendió su mano como un visible signo de paz. Intrigado, Efraín dudó sobre corresponder al gesto volteando hacia uno y otro lado vigilante sobre un posible ataque de los amigos de Luis, éste trató de calmarlo diciéndole que no buscaba problemas y enmarcó sus palabras con una sonrisa, para luego disculparse por lo ocurrido.

“No tengo idea del porqué lo hiciste, pero de verdad te lo agradezco. Me salvaste la vida”. Las palabras de Luis sonaron como las de alguien que acababa de ser liberado del cadalso. “No creo que sea para tanto” fue la escueta respuesta de quien aún no se calmaba del todo por sospechar de una trampa. Luis no dejó de hablar poniéndolos al tanto de lo sucedido una vez que el Gato había salido de la oficina y el miedo que le causaba la posibilidad de ser enviado, como su hermano, a un internado militar., lo que habría acabado con su precaria condición emocional, pues pensaba que era responsable de la enfermedad de su madre, la que a la postre, sería la causa de su deceso unos años después.

Pero en ese momento aún no lo sabían, sólo que el muchacho había escuchado la plática de su padre con el médico que la atendía, sugiriendo que el mal que la aquejaba, lo había contraído desde el embarazo de su segundo hijo y que lo único que quedaba por hacer, era procurarle los cuidados necesarios para que tuviera la mejor calidad de vida posible, algo de lo que se encargarían su abuela y una tía, hermana de su papá por turnos durante los días que duró su postración. Algo de esas responsabilidades le tocaban a Luis que siempre se guardó la culpabilidad que sentía y la rabia de no poder solucionarlo, por lo que algunas veces, trataba de desfogarlas con arranques como el que había protagonizado esa vez.

Virginia se había unido a la plática escuchando atentamente las palabras que intercambiaban aquellos que horas antes estuvieran a punto de romperse la cabeza, “eso sí, me diste un buen golpe”, dijo Luis señalándose la nariz aún roja por el impacto, “pero no te fuiste limpio” dijo también, tomando la parte manchada de la camisa del Gato. Los seis chamacos rieron a carcajadas por la ocurrencia y una vez pasada la momentánea euforia, Luis adoptó una expresión muy seria, algo sumamente extraño para un niño de su edad. Volvió a mirar a los ojos a Efraín, le tomó por el hombro y le dijo: “juro que después de esto que hiciste por mí, seré tu amigo para todo lo que necesites”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 26 de enero de 2021

La familia Grande 6a. entrega

“Sin gesticular, le pidió a Efraín que saliera
de la dirección...”. Foto: BAER

Las preguntas salían como trueno de la garganta del director, indignado por el comportamiento de su vástago que calificó de imperdonable que, en el lenguaje de su familia, significaba un severo castigo. Los ojos del niño casi se salían de sus órbitas del terror que le causaban las palabras de su progenitor. De todos en la escuela era sabido que el director no se tentaba el corazón a la hora de corregir a sus hijos, al menos al mayor llegó a dejarle varias marcas en la espalda por los azotes que le propinó en diferentes momentos y, al decidir que ya no estaba dispuesto a tolerar los devaneos de un mozalbete irresponsable, lo envió a una academia militarizada en el puerto de Veracruz, sin más indicaciones ni vacilaciones.

Después de todo lo que parecía haber acumulado por días, el director por fin dirigió su mirada al Gato quien, a pesar de mantenerse de pie sin ninguna expresión visible, por dentro el miedo lo invadía de pies a cabeza, amenazando con hacerlo caer desmayado justo frente al escritorio. Luego de algunos segundos densos para todos los presentes, simplemente preguntó su nombre, a lo que el muchacho contestó con una seguridad que estaba lejos de sentir: “Efraín Grande, señor”. Volvió a clavar la mirada en los ojos del infante mostrando cierto interés en lo que acababa de escuchar. “Habrá sufrido varias bromas por ello, ¿no?” dijo el docente con cierta sorna que no se permitía con cualquiera.

“No entiendo la pregunta, señor” contestó el Gato tratando de adivinar la intención de tales palabras, “olvídalo” dijo el director inquiriendo sobre los detalles del encuentro con su hijo. Sin saber porqué, el chamaco asumió la responsabilidad total y aseguró que Luis nada había tenido que ver. Cualquier expresión que pudiera haber provocado ese arranque de arrojo brilló por su ausencia, dejando en el director una especie de máscara de cera; sin gesticular, le pidió a Efraín que saliera de la dirección y se dirigiera a su salón, que lo llamaría después. tras de sí, se cerró la puerta y un susurro se perdió después del click del cerrojo. Sin comprender del todo, pero sin vacilar, obedeció la orden.

Media hora después, Luis pidió autorización para ingresar a la clase; por todo el trayecto hasta su banca fue acompañado por el murmullo de sus compañeros y la mirada fija del Gato que no alcanzó a descifrar el gesto de ese niño que hacía apenas un rato había intentado romperle la cabeza. Ya se había limpiado la cara, pero las huellas de la escaramuza seguían en su camisa. Las clases continuaron sin mayor contratiempo; el timbre del patio sonó anunciando la salida y cada niño se apresuró a guardar en sus mochilas de cuero, los cuadernos y libros usados ese día. En la puerta del edificio, Efraín y Sergio esperaban a Virginia cuando vieron a Luis acercárseles junto a dos de sus incondicionales. Continuará. Salud.

Beto

martes, 19 de enero de 2021

La familia Grande 5a. entrega

“Un llamado a la dirección era como una
sentencia de muerte”. Foto: BAER
Virginia y Sergio lograron una camaradería instantánea desde el momento en que compartieron la escuela, intercambiaban apuntes, se revisaban las tareas y hasta preparaban exposiciones juntos, aunque no compartieran el salón, pues en aquellos años la impartición de las clases se dividía por sexos; intentaron hacer partícipe al Gato, pero éste se negó en la mayor parte de las veces aunque siempre estuvo dispuesto a ayudar en caso de algún problema y eso, ellos lo sabían, por lo que respetaron siempre su decisión de trabajar solo. Solo se mantenía y ello le hizo acreedor de algunos actos violentos que los mayores solían descalificar como “cosas de chiquillos” sin reparar en la naturaleza de los eventos.

En una ocasión debió evadir un ataque de un botellazo, la fama del quinto grado no era satisfactoria en ningún año de la primaria Carlos A. Carrillo de la calzada de Tlalpan en la ciudad de México, lugar donde don Efraín debía cumplir con un compromiso por dos años, pero que se extendió por casi treinta; a sus diez años, el Gato no había tenido más que provocaciones y pequeñas escaramuzas que solía solventar de la mejor manera para él y sus hermanos, blancos de la comparación y la territorialidad que habían dejado como herencia los mayores.. Pero en un ataque de intensidad como se le presentó con el hijo del director por la disputa de una canicas, no lo había pasado.

A sus habilidades atléticas se le sumaban una gran capacidad de observación y la paciencia para aguardar el momento oportuno para realizar sus movidas en cualquier competencia, por lo que evadir el golpe de izquierda con el casco de Pepsi fue la muestra de que a cualquiera le sería difícil siquiera tocarlo. Después de escuchar el zumbido por encima de su cabeza, el Garo propinó un certero derechazo directo a la nariz de su agresor de la que de inmediato manó la sangre, manchando ambas camisas, hasta ese momento blancas; el niño se tambaleó un poco antes de caer de sentón en el piso del pasillo donde una bola de chiquillos gritaban enardecidos.

El caído reprimió al mismo tiempo el llanto como las ganas de levantarse a cobrar el golpe, quizá suponiendo que no aguantaría otro; de la nada, apareció el maestro de educación física, jadeando pues evidentemente había corrido desde la cafetería donde estaba por comerse una gran torta de aguacate, para imponer el orden mandó de regreso a todos a sus salones excepto a los dos rijosos que ya sostenía de los cuellos de las camisas. Al verlos entrar por la puerta, el director no ocultó su disgusto al enterarse de que su propio hijo se había involucrado en una riña, mucho menos en las circunstancias en las que el profesor estaba narrando a detalle. Continuará. Salud.

Beto

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Vender libros es como con los zapatos. Foto: BAER vía Meta AI Irapuato, Gto.- 1. E l diseño. Tener una idea y pensar que es viable el plasma...