martes, 16 de febrero de 2021

La familia Grande 9a. entrega

El Gato había escuchado esa historia
innumerables veces... Foto: BAER
S
ólo el centro de la república podía producir a una mujer tan hábil como Carlota; pasada la revolución, su pueblo quedó estancado debido a la leva y al éxodo hacia los Estados Unidos de casi todos los hombres en edad de trabajar. Muchas “viudas del bracerismo” optaron por tomar otro marido y otras, en la espera, se transformaron en “el hombre de su casa” para cuidar a sus progenitores y hacerse cargo de la tierra. En 1947, con quince años cumplidos, Carlota desposó a Efraín de dieciocho; el pueblo de Acámbaro fue testigo de cómo un fuereño se llevaba a una de las más bonitas hijas de don Nacho el panadero, para vivir en “quién sabe qué condiciones” a su pueblo, lejos de la mano de Dios, usando seguramente algún engaño para convencer a sus suegros.

Cierto es que por esos años, Doctor Mora no representaba un destino atractivo para nadie que quisiera progresar, pero el plan de Efraín era sólo hacer una escala para llevarse a su mujer al gabacho, donde sus habilidades serían bien apreciadas y ganaría el suficiente dinero para darle una vida digna. Cuando Carlota se enteró de ello, lo miró fijamente y levantando la ceja derecha se negó rotundamente. No podía concebir que su marido pretendiera alejarla de su familia llevándola a una tierra que ni le interesaba ni la quería, además no deseaba que sus hijos fueran “gringos”; de nada sirvieron los argumentos, las razones, las súplicas ni mucho menos, su pobre intento de berrinche, la mujer se mantuvo firme.

Convencido de que se había casado con una verdadera fiera, se resignó a olvidar sus planes, pero el deseo de salir de su pueblo para progresar, seguía en pie. De pronto pensó en una alternativa, si bien sería imposible irse al norte, bien podían probar suerte en la ciudad de México. “Ya ves, ¿qué te costaba sugerir algo más razonable?” le dijo Carlota con cierto entusiasmo pues con ello estaría en posibilidad de visitar a sus padres cuando ella quisiera. Pero la vida se guarda sorpresas muchas veces desagradables; sus sueños se verían truncos ya que a los pocos años, la panadería de su padre se incendiaría, pereciendo en el percance casi toda su familia, sólo sobrevivió uno de sus hermanos quedando con severas marcas en la cara.

Al no soportar su aspecto, salió una noche de Acámbaro sin que nadie supiera dar razón de su destino. La noticia dejó a Carlota con un aire de tristeza y melancolía permanentes que mermaron un poco con el nacimiento de cada uno de sus hijos y la incorporación de sus adoptados. El Gato había escuchado esa historia innumerables veces, unas contadas por su padre y otras por su madre con tan pocas variantes que podía decirse que la repasaban todas las noches para no olvidar detalle. Todos sus hermanos reclamaron el derecho de contarla también excepto él; al principio sólo era que no se la aprendía para seguir disfrutándola  como la primera vez, después porque ellos la contaban mejor, al final, por cuestiones de seguridad. Continuará. Salud.

Beto

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