martes, 23 de febrero de 2021

La familia Grande 10a. entrega

“Alguien que no tenía forma de defenderse como
un ratón en el juego de un gato”. Foto: BAER

El teléfono sonó sacándolo de sus cavilaciones, hacía un buen rato que el cigarro se había acabado en el cenicero, así que prendió otro antes de contestar. La voz, particularmente monótona del otro lado de la línea, le dio unas instrucciones escuetas; hizo algunas anotaciones en una hoja de papel suelta, de las que tenía por costumbre dejar por todos lados en su departamento justificando tal desorden con el argumento de que no sabría a qué hora le llamarían y no quería perder el tiempo buscándolas. Lo mismo ocurría con los bolígrafos aunque siempre cargaba alguno en la bolsita frontal de su camisa. Antes de colgar, escuchó que la voz recalcaba “debe hacerlo lo más pronto posible”, lo cual le dejó cierto resquemor.

“Como si alguna vez hubiera tardado en hacerlo”, pensó mientras se dirigía al baño a darse un regaderazo para después alistarse a contactar a su equipo; éstos ya deberían estar listos, pues los había acostumbrado a mantenerse alertas por cualquier eventualidad sin importar lo laxa que pudiera ser la jornada. Cada miembro, activo o retirado, había sido meticulosamente escogido mediante un perfil que suponía poco margen para conductas erráticas y control bajo presión, tal y como a él mismo lo definían los varios exámenes que le habrían aplicado antaño, aunque en su caso, la imagen de témpano lo colocaba por encima de los demás seleccionados de su tiempo y de generaciones posteriores.

Revisó su lista de contactos -siempre agradeció la invención de las agendas electrónicas- y de uno por uno fue enviando el mismo mensaje de texto. Decía que no confiaba en la creación de grupos porque así era fácil que las ideas se desviaran; en el fondo, prefería invertir el tiempo en ello para mantener el control de cada uno además, así se mantenía entretenido. De la misma manera fueron llegando las respuestas; no era extraño que contestaran casi de inmediato pues sabían que el Gato era poco tolerante con la impuntualidad y que lo dejaran esperando en el teléfono. La única vez en que uno de los seleccionados se atrevió a retarlo en ese tema, no supieron de él por tres meses.

Fue encontrado deambulando semidesnudo cerca de la parroquia del Niño Jesús en la colonia Santa Cruz Meyehualco; posiblemente arrojado en el parque cercano, totalmente desorientado, mostraba sutiles señales de tortura. Ah, porque una cosa era castigar la desobediencia y otra muy distinta ensañarse con el indefenso, porque eso era todo aquel que caía en manos de Efraín, alguien que no tenía forma de defenderse como un ratón en el juego de un gato. Ése fue el primer enfrentamiento que tuvo con su hermano Sergio, que había optado por ingresar al cuerpo policiaco ministerial quien, a decir de varios, había tenido un ascenso sospechoso dentro de la corporación. Continuará. Salud.

Beto

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