martes, 9 de febrero de 2021

La familia Grande 8a. entrega

Todos supieron que las causas de su muerte,
tuvieron que ver con él. Foto: BAER
Don Efraín tampoco se caracterizaba por ser explosivo, pero sus miradas podían desarmar cualquier argumento, incluso de su mujer que ya era mucho decir; en el momento en que el Gato percibió cierta decepción en su padre, deseó no haber escuchado esas palabras que lo acompañaron por toda su vida, ya que su permanencia en la casa familiar desde ese momento, se vio marcada por un distanciamiento silencioso entre ambos hombres. Carlota se limitó a vigilar que la separación no se hiciera irreversible confiando en que, en algún momento, los dos se darían cuenta de que estaban más cercanos de lo que querían aceptar. Pero las palabras se grabaron como con un hierro al rojo vivo en el cerebro del muchacho: “es por demás contigo”. Le fue difícil a Efraín Grande aceptar que, además del nombre y otras afinidades, su hijo debía tener diferencias con respecto a sus expectativas; por su parte el Gato, tardó en comprender que su padre no intentaba moldearlo a su imagen y semejanza atentando en contra de su individualidad. Ese lejano 1957 ya nada tenía que ver con su realidad en el 2015, pero con sesenta y cuatro años, podía comprender algunos comportamientos de su progenitor que él mismo había repetido en innumerables ocasiones con sus hermanos menores, sus sobrinos o subalternos. Distaba mucho de tener una imagen paternal, sin embargo, el distanciamiento que mantenía, le hacía tener mucho de respeto. Pocos habrían tenido la oportunidad de verlo sonreír o perder los estribos, su ecuanimidad se volvió legendaria, lo que le hacía acreedor también de confianza inclusive de extraños que llegaron a platicarle pasajes de sus vidas por el simple hecho de coincidir en el transporte público o en la banca de un parque, seres que ignoraban por completo la naturaleza de su trabajo, basada precisamente en esa manera discrecional de conducirse, pero que en el ámbito en el que se manejaba, le pondría constantemente en peligro. Por demás, era la razón por la que a diario se repetía que el optar por quedarse solo, era lo mejor, aunque no resultó del todo bien para su familia que pagó algunos de sus errores. La ignorancia de ello, mantenía a Carlota tranquila pero sin dejar de preguntarse sobre las actividades de su hijo, tan parecido a su marido en una versión renovada. Sabía en el fondo que el instinto protector en ambos era muy fuerte, que lo expresaban de diferentes maneras pero que en cualquier situación de riesgo, ellos serían los primeros en responder. Esa confianza torturó al Gato toda su vida pues siempre supo que todos sus esfuerzos por mantenerlos fuera de peligro fueron en vano y a pesar del silencio, de alguna manera, cada uno de sus hermanos y sus padres posteriormente, supieron que las causas de las muertes de cada uno habían tenido que ver con él. Continuará. Salud.
Beto

martes, 2 de febrero de 2021

La familia Grande 7a. entrega

“... seré tu amigo para lo que necesites”.
Foto: BAER

Esa especie de instinto felino se activó en Efraín que interpuso su humanidad ente sus posibles agresores y su hermano, Sergio lo tomó por el hombro dudando sobre intervenir en lo que parecía una nueva pelea o tratar de contener al Gato, éste lo obligó a permanecer detrás de él preparado para el primer golpe. Luis paró a escasos dos metros de ellos y mirando fijamente a los ojos del Gato, extendió su mano como un visible signo de paz. Intrigado, Efraín dudó sobre corresponder al gesto volteando hacia uno y otro lado vigilante sobre un posible ataque de los amigos de Luis, éste trató de calmarlo diciéndole que no buscaba problemas y enmarcó sus palabras con una sonrisa, para luego disculparse por lo ocurrido.

“No tengo idea del porqué lo hiciste, pero de verdad te lo agradezco. Me salvaste la vida”. Las palabras de Luis sonaron como las de alguien que acababa de ser liberado del cadalso. “No creo que sea para tanto” fue la escueta respuesta de quien aún no se calmaba del todo por sospechar de una trampa. Luis no dejó de hablar poniéndolos al tanto de lo sucedido una vez que el Gato había salido de la oficina y el miedo que le causaba la posibilidad de ser enviado, como su hermano, a un internado militar., lo que habría acabado con su precaria condición emocional, pues pensaba que era responsable de la enfermedad de su madre, la que a la postre, sería la causa de su deceso unos años después.

Pero en ese momento aún no lo sabían, sólo que el muchacho había escuchado la plática de su padre con el médico que la atendía, sugiriendo que el mal que la aquejaba, lo había contraído desde el embarazo de su segundo hijo y que lo único que quedaba por hacer, era procurarle los cuidados necesarios para que tuviera la mejor calidad de vida posible, algo de lo que se encargarían su abuela y una tía, hermana de su papá por turnos durante los días que duró su postración. Algo de esas responsabilidades le tocaban a Luis que siempre se guardó la culpabilidad que sentía y la rabia de no poder solucionarlo, por lo que algunas veces, trataba de desfogarlas con arranques como el que había protagonizado esa vez.

Virginia se había unido a la plática escuchando atentamente las palabras que intercambiaban aquellos que horas antes estuvieran a punto de romperse la cabeza, “eso sí, me diste un buen golpe”, dijo Luis señalándose la nariz aún roja por el impacto, “pero no te fuiste limpio” dijo también, tomando la parte manchada de la camisa del Gato. Los seis chamacos rieron a carcajadas por la ocurrencia y una vez pasada la momentánea euforia, Luis adoptó una expresión muy seria, algo sumamente extraño para un niño de su edad. Volvió a mirar a los ojos a Efraín, le tomó por el hombro y le dijo: “juro que después de esto que hiciste por mí, seré tu amigo para todo lo que necesites”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 26 de enero de 2021

La familia Grande 6a. entrega

“Sin gesticular, le pidió a Efraín que saliera
de la dirección...”. Foto: BAER

Las preguntas salían como trueno de la garganta del director, indignado por el comportamiento de su vástago que calificó de imperdonable que, en el lenguaje de su familia, significaba un severo castigo. Los ojos del niño casi se salían de sus órbitas del terror que le causaban las palabras de su progenitor. De todos en la escuela era sabido que el director no se tentaba el corazón a la hora de corregir a sus hijos, al menos al mayor llegó a dejarle varias marcas en la espalda por los azotes que le propinó en diferentes momentos y, al decidir que ya no estaba dispuesto a tolerar los devaneos de un mozalbete irresponsable, lo envió a una academia militarizada en el puerto de Veracruz, sin más indicaciones ni vacilaciones.

Después de todo lo que parecía haber acumulado por días, el director por fin dirigió su mirada al Gato quien, a pesar de mantenerse de pie sin ninguna expresión visible, por dentro el miedo lo invadía de pies a cabeza, amenazando con hacerlo caer desmayado justo frente al escritorio. Luego de algunos segundos densos para todos los presentes, simplemente preguntó su nombre, a lo que el muchacho contestó con una seguridad que estaba lejos de sentir: “Efraín Grande, señor”. Volvió a clavar la mirada en los ojos del infante mostrando cierto interés en lo que acababa de escuchar. “Habrá sufrido varias bromas por ello, ¿no?” dijo el docente con cierta sorna que no se permitía con cualquiera.

“No entiendo la pregunta, señor” contestó el Gato tratando de adivinar la intención de tales palabras, “olvídalo” dijo el director inquiriendo sobre los detalles del encuentro con su hijo. Sin saber porqué, el chamaco asumió la responsabilidad total y aseguró que Luis nada había tenido que ver. Cualquier expresión que pudiera haber provocado ese arranque de arrojo brilló por su ausencia, dejando en el director una especie de máscara de cera; sin gesticular, le pidió a Efraín que saliera de la dirección y se dirigiera a su salón, que lo llamaría después. tras de sí, se cerró la puerta y un susurro se perdió después del click del cerrojo. Sin comprender del todo, pero sin vacilar, obedeció la orden.

Media hora después, Luis pidió autorización para ingresar a la clase; por todo el trayecto hasta su banca fue acompañado por el murmullo de sus compañeros y la mirada fija del Gato que no alcanzó a descifrar el gesto de ese niño que hacía apenas un rato había intentado romperle la cabeza. Ya se había limpiado la cara, pero las huellas de la escaramuza seguían en su camisa. Las clases continuaron sin mayor contratiempo; el timbre del patio sonó anunciando la salida y cada niño se apresuró a guardar en sus mochilas de cuero, los cuadernos y libros usados ese día. En la puerta del edificio, Efraín y Sergio esperaban a Virginia cuando vieron a Luis acercárseles junto a dos de sus incondicionales. Continuará. Salud.

Beto

martes, 19 de enero de 2021

La familia Grande 5a. entrega

“Un llamado a la dirección era como una
sentencia de muerte”. Foto: BAER
Virginia y Sergio lograron una camaradería instantánea desde el momento en que compartieron la escuela, intercambiaban apuntes, se revisaban las tareas y hasta preparaban exposiciones juntos, aunque no compartieran el salón, pues en aquellos años la impartición de las clases se dividía por sexos; intentaron hacer partícipe al Gato, pero éste se negó en la mayor parte de las veces aunque siempre estuvo dispuesto a ayudar en caso de algún problema y eso, ellos lo sabían, por lo que respetaron siempre su decisión de trabajar solo. Solo se mantenía y ello le hizo acreedor de algunos actos violentos que los mayores solían descalificar como “cosas de chiquillos” sin reparar en la naturaleza de los eventos.

En una ocasión debió evadir un ataque de un botellazo, la fama del quinto grado no era satisfactoria en ningún año de la primaria Carlos A. Carrillo de la calzada de Tlalpan en la ciudad de México, lugar donde don Efraín debía cumplir con un compromiso por dos años, pero que se extendió por casi treinta; a sus diez años, el Gato no había tenido más que provocaciones y pequeñas escaramuzas que solía solventar de la mejor manera para él y sus hermanos, blancos de la comparación y la territorialidad que habían dejado como herencia los mayores.. Pero en un ataque de intensidad como se le presentó con el hijo del director por la disputa de una canicas, no lo había pasado.

A sus habilidades atléticas se le sumaban una gran capacidad de observación y la paciencia para aguardar el momento oportuno para realizar sus movidas en cualquier competencia, por lo que evadir el golpe de izquierda con el casco de Pepsi fue la muestra de que a cualquiera le sería difícil siquiera tocarlo. Después de escuchar el zumbido por encima de su cabeza, el Garo propinó un certero derechazo directo a la nariz de su agresor de la que de inmediato manó la sangre, manchando ambas camisas, hasta ese momento blancas; el niño se tambaleó un poco antes de caer de sentón en el piso del pasillo donde una bola de chiquillos gritaban enardecidos.

El caído reprimió al mismo tiempo el llanto como las ganas de levantarse a cobrar el golpe, quizá suponiendo que no aguantaría otro; de la nada, apareció el maestro de educación física, jadeando pues evidentemente había corrido desde la cafetería donde estaba por comerse una gran torta de aguacate, para imponer el orden mandó de regreso a todos a sus salones excepto a los dos rijosos que ya sostenía de los cuellos de las camisas. Al verlos entrar por la puerta, el director no ocultó su disgusto al enterarse de que su propio hijo se había involucrado en una riña, mucho menos en las circunstancias en las que el profesor estaba narrando a detalle. Continuará. Salud.

Beto

martes, 12 de enero de 2021

La familia Grande 4a entrega

“Los mayores saldrían pronto de la casa para
hacer su vida”. Foto: BAER

“Donde comen nueve, comen trece”, fueron sus palabras que con tal contundencia pronunció, que no hubo razonamiento válido para contraponerse a la noticia. Los hechos estaban consumados por lo que de nada hubiera valido argumentar en contra; en la lucha de voluntades, Carlota había sabido siempre imponer la suya. Los rostros de Maura y Sergio, hijos de aquel trabajador de confianza que había ganado un lugar especial en el corazón de Efraín y su mujer, reflejaban cierto estupor pues de cierta forma, eran conscientes de que habían perdido más que a sus padres y ahora debían atenerse a la caridad de una familia que, por mucho que les había mostrado afecto, no era la suya.

Todo lo contrario de Pedro y Mónica quienes, quizá por su corta edad en ese momento, aún no procesaban su repentina orfandad y el llegar a la casa donde habían pasado gratos momentos, les parecía más una aventura con un montón de niños tan inquietos como ellos, bueno, menos el Gato que en todo momento permaneció callado, pero nunca hizo un gesto de desaprobación ni pronunció ni una palabra en contra. Además, Carlota no había criado niños mal educados, así que todos se dieron la bienvenida con un abrazo comunal y se prometieron siempre verse como una única familia, igual que cuando llegaron Jacinto, Virginia y Laura, aunque por ser consanguíneos, representaban un esfuerzo menor.

Tuvieron que alargar la mesa y transformar parte de la sala en una extensión del comedor, los cuartos destinados a las mujeres, compartidos por parejas y por edades, se mantuvieron casi intactos mientras que a los hombres se les acondicionó una especie de galera comunal, pues sus padres consideraban que, al menos los mayores, saldrían pronto de la casa para hacer su vida, al menos ése era un pensamiento generalizado en 1957, aunque en su caso, bastante optimista pues Teresa cursaba apenas el cuarto año de primaria y Efraín acababa de ingresar a primero. Juan y Mariano cursaban juntos el segundo por un contratiempo que tuvieron con el extravío de papeles en la escuela.

Al menos ésa era la versión que daba Carlota, ya que sabía que si su marido se enteraba de que Juan había reprobado el año, lo hubiera molido a palos olvidándose por completo de lo apacible de su apariencia; si algo no perdonaba, era el incumplimiento de las obligaciones en el trabajo, mucho menos en su familia. Por supuesto, Carlota tuvo que convencer a su sobrino Jacinto, que entró en la misma escuela al llegar a la familia, de guardar el secreto lo que éste cumplió, pues en el fondo creía que era una ventaja tener a Juan en el mismo salón y en el mismo equipo de fútbol, por su parte, Virginia empezaba la aventura escolar al mismo tiempo que el Gato. Continuará. Salud.

Beto

martes, 5 de enero de 2021

La familia Grande 3a entrega

Los recuerdos se agolpaban unos
sobre otros. Foto: BAER

Tal fue el impacto, que el sobrenombre trascendió la adolescencia hasta su mundo laboral; como si fuera una premonición, ello coadyuvó a que le encomendaran todos los trabajos que requirieran toda la discreción posible. Y dado que nunca cuestionó el carácter de dichas tareas, el grado de responsabilidad fue incrementándose; tal secrecía le valió que al interior de su familia, nadie cuestionara la naturaleza de su empleo, simplemente lo veían partir y confiaban en que regresaría al oscurecer. Pocas veces se ausentaba de noche, para tranquilidad de su madre, pero muchas veces se preguntó a qué se dedicaba su hijo que fuera tan productivo como para que siempre tuviera dinero, no mucho, pero siempre.

Las dos únicas veces en que se atrevió a preguntarle, recibió como respuesta una mirada fría y fija y un “no se preocupe, no es nada malo”; como para confirmar su apodo, realizaba diariamente una rutina de ejercicios después de haber corrido cinco kilómetros que lo mantenían en una condición física envidiable y una agilidad felina. En algún momento, dos de sus hermanos, Juan y Mariano mayores que él, quisieron unirse, pero sus ansias de futbolistas no les alcanzaban para las exigencias propias de un gimnasta. Su físico era la consecuencia lógica de tanta preparación, como labrado a cincel y martillo, despertaba el interés de más de una de las vecinas de su cuadra, sin importar estado civil.

No se le conoció novia alguna hasta que llegaba con matrimonio consumado, las tres veces; tuvo suerte de que las tres mujeres hubieran caído bien en el ánimo familiar, a pesar de las carencias iniciales y la posterior bonanza que lo sacó de la casa paterna. Justo donde se entrenaba, mirando por la ventana, escuchando el tráfico, sabiendo que no encajaba en la vida estandarizada de esos seres que corrían por las calles detrás del transporte público que los acercaría a las oficinas donde dejaban parte de su vida haciendo cosas para satisfacer necesidades ajenas e ignorantes de que, parte de la precaria sensación de seguridad que los rodeaba, dependía justo de que él realizara bien sus tareas.

El riesgo intrínseco le obligaba a mantener en silencio su agenda, consideraba que con ello mantendría cierto margen de seguridad para los suyos aunque con el tiempo, sabría que eso no sería del todo cierto. Los recuerdos se agolparon en su cabeza como tratando de ocupar el mayor espacio posible uno sobre otro; detuvo su introspección en cuanto ubicó el día en que sus padres las informaron que la vida como la conocían, daría un giro con la llegada de nuevos integrantes a la casa. Tanto él como sus hermanos y sus primos, no daban crédito a lo que escuchaban, pero cualquier reclamo se ahogó en las juveniles gargantas en el momento en que su madre tomó la palabra. Salud.

Beto

martes, 29 de diciembre de 2020

La familia Grande 2a entrega

Encontrar un sobrenombre no es
cosa fácil. Foto: BAER

Ambas, aún niñas, aprovechaban cada instante para tratar de enterarse de todo lo que fuera posible, hasta que la voz de su madre imponía orden y para eso doña Carlotita se destacaba desde muy joven. Decían sus allegados que con una sola mirada era capaz de movilizar legiones, sin importar que sus palabras sonaran dulces a los oídos menos entrenados, sus órdenes eran ley. Por ello, tanto Sofi como Laura, entendían que había límites y sobrepasarlos detonaría toda la furia que el diminuto cuerpo de Carlotita era capaz de almacenar y ya que no necesitaba de aspavientos, nadie se enteraría en el momento en que el castigo fuera impuesto, sino ya que éste se cumpliera, así que no había defensa para ello.

Bueno, hasta don Efraín su marido, había tenido que sufrir las consecuencias de alguna falta de su parte, nunca se supo la naturaleza de los castigos porque eso era asunto privado, pero se notaba en la cara del señor que nada bien la había pasado cuando le tocaba. Tampoco se quejó pues decía que ante todo, un caballero debía aceptar con estoicismo sus errores y él lo era, por supuesto. Más que un matrimonio, Efraín y Carlota tenían un contubernio en el que ambos compartían lo compartible y mantenían ciertos espacios para sí mismos como pareja y como individuos. De esa manera los habían criado, desde la mayor hasta el menor, con la única distinción que a las mujeres debía concedérseles.

El matriarcado se hizo extensivo a las jóvenes que formaban el ramillete de bellezas que todos los caballeros de la colonia deseaban conquistar, lo que les trajo a los hombres de la casa no menos de un pleito por cabeza. Él mismo había tenido que sacar a flote sus dotes boxísticas porque el honor familiar así lo exigía, además de portar el mismo nombre de su padre, algo en lo que su progenitor no estuvo de acuerdo, pero la voluntad de Carlotita no consideraba oposiciones, quizá le encantaba decir dos veces “Efraín”. A su hermana mayor le causaba gracia que era al único al que no se le había encontrado un diminutivo que le quedara bien y que ayudara a facilitar su identidad con sus conocidos.

Porque, ¡ah, qué lata era el tener que aclarar de cuál Efraín hablaba su mamá! Entonces tuvieron que recurrir al apodo; buscaron en sus características físicas, en sus comportamientos, en sus gustos, en fin, en todo lo visible, con lo que se dieron cuenta de que lo conocían muy poco, ya que su discreción le permitió pasad inadvertido la mayor parte del tiempo. Teresa, la mayor, hasta organizó una junta para proponer y votar por alguno que fuera adecuado al fantasmal hermano que les había tocado. Después de los manoteos, gritos como de feria, risotadas, optaron por el menos complicado que hiciera alusión a lo callado y enigmático de su proceder, así fue rebautizado como “el Gato”. Salud.

Beto

martes, 22 de diciembre de 2020

La familia Grande 1a entrega

La colilla entre sus dedos quemó un poco
de piel. Foto: BAER

Una bocanada extraída de lo más profundo del cigarrillo casi extinto, formó un aro irregular similar a los que antaño divertían a su sobrina en las tardes en que solía visitar a su único hermano vivo. Después de haber formado parte de una familia muy numerosa, el que ya sólo sobrevivieran ellos dos resultaba extraño, principalmente en las festividades en las que solían reunirse todos. En esas fechas, la mesa, la mesa hecha por su padre, rebosaba de chiquillos risueños que se desbordaban en cuanto su madre, arriesgando el físico, colocaba alguna cazuela o el canasto de tortillas que le habían tomado media mañana hacer, pues no confiaba en los círculos de masa casi cruda que vendía Chole en la tortillería de la esquina.

Lejos habían quedado los gritos de su padre para levantar a las seis y media de la mañana, a toda “la tropa” como llamaba a todos sus hijos “de riego y de temporal”, broma que a su mujer no le hacía mucha gracia pues, de los seis que fueron de sangre, se sumaban tres primos hijos de una hermana que falleció en circunstancias extrañas, a decir de las autoridades, dos de un trabajador de la obra en la que había trabajado de capataz y otros dos de un compadre que salió del país huyendo por haber matado a su esposa. Eso sí, todos adoptados según la ley, favorecidos por la ayuda de un conocido bien posicionado en la política nacional que los inscribió a todos en un programa gubernamental de asistencia.

La colilla entre sus dedos quemó un poco de piel obligándolo a dar un manotazo para deshacerse del dolor; levantó las cobijas dispuesto ya a levantarse pensando en el regaño que le hubiera dado su madre de haberlo encontrado otra vez con ese mal hábito de fumar en la cama. Parecía oírla: “mal amaneciendo Dios, ya estás con esa porquería”; terminó por levantarse no muy convencido de lo que iba a hacer. Aún mantenía la sensación de esperar turno para bañarse, a pesar de haber vivido solo los últimos cinco años, pues su vida de casado (en tres ocasiones) sólo fue un continuo de la vorágine en que cada día despertaba en la casa paterna, una edificación tan grande como vetusta.

Debió ser que su primer matrimonio lo pasó allí, al menos una buena parte, lo que le dejó varias marcas en el alma; bien dicen que no hay amor que soporte extremas carencias y la principal, dado que para ese entonces ya contaba con empleo y un sueldo decente, era la privacidad. Sin luna de miel, tuvo que compartir desde el primer día la recámara de sus hermanas menores, pues era la que más se prestaba para dividirla con un lazo y una colcha atravesados de pared a pared, pero como era imposible meter otra cama, Sofi tuvo que cederles la suya y compartir con Laura, aprovechando que ambas eran de corta estatura, aunque juntas no eran dechados de discreción ni de confiabilidad. Continuará. Salud.

Beto

martes, 15 de diciembre de 2020

Las clases de civilidad

Nos ofendemos más con las formas que con
lo que tienen de fondo. Foto: BAER
Un gran pecado de la sociedad actual es el dar las cosas por hechas; los sobreentendidos han minado las relaciones sociales en un nivel que la indolencia se ha convertido en el comportamiento común, el bienestar social es una quimera y lo virtuoso es aprovecharse de los demás. La oposición a las reglas es una constante, ya sin un marco conceptual que le dé validez, se ejecuta por moda o por vanidad, quizá por no encontrar una forma lógica de sobresalir. La satisfacción sólo es material y quien ose afirmar lo contrario, será puesto en la plataforma de los perdedores. Lo anterior es debido a que aprendemos que los demás no existen sino para atacarnos, por lo tanto, es nuestro derecho divino defendernos.

Defenderse está bien y es eventual, lo malo es estar permanentemente a la defensiva; es un estado enfermizo de rasgos paranoides que impide pensar positivamente de cualquier situación. Es además, un estado mental histórico que está enfocado al regodeo del sentimiento derrotista grabado en nuestra piel con el hierro candente del mito del país conquistado: “Este complejo está determinado por nuestra visión de la historia que nos identifica como descendientes de aztecas conquistados”. (Zunzunegui, 2020) y no sólo eso, el determinismo resultante que intenta explicar nuestra postura de eternas víctimas de todos los países, otorga un buen pretexto para justificar el miedo al triunfo.

La civilidad nacional tiene como pilar a la pobreza como virtud; ser pobre pero honrado ha sido una tarjeta de presentación explotadas en la historias de consumo en el cine y la televisión -y últimamente por el gobierno federal- pero esa uniformidad supuestamente deseable por ciertas divinidades fuera de sustentar la conformidad, provoca que la mayor parte del tiempo nos quejemos por no tener dinero y obliga a algunos a dedicarse a la delincuencia. Las contradicciones acentúan las desesperanzas añejadas en barricas de mal entendida estoicidad y resignación punzante que se encaja en las rodillas de un pueblo penitente que finge fortaleza en un caparazón de simulación.

La convivencia está condenada a una ficción políticamente correcta, sin convicción ni ganas de volver a un esquema de honorabilidad guardada para las películas de los hermanos Soler; ya no se puede levantar la voz porque un grupo se espanta, la crítica es siempre un ataque a la sensibilidad de otro, el señalamiento es censura y la piel de los habitantes de este país es cada vez más delgada. Lo que parecía una fábula o novela de marcianos, se ha vuelto realidad; las verdaderas ofensas como la pobreza extrema, la discriminación irracional, la falta de condiciones para la libre empresa o cualquier otra lindura con la que nos han gobernado, amenazan con posicionarse para siempre. Salud.

Beto

Para saber más:

Zunzunegui, Juan Miguel. (2020). Los mitos que nos dieron traumas. México, De Bolsillo.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

La textura de la tinta

No te muevas, no te va a doler. Foto: BAER

La metamorfosis tiene sonido en el papel, las manchas dejadas por la punta del bolígrafo cambian su textura con cada surco convertido en signos, signos transformados en imágenes que a su vez conforman historias. La suavidad de la hoja en blanco da paso a un tacto apergaminado que cruje sin armonía aparente, pues el ritmo está marcado exclusivamente por la lectura. Crestas y valles en miniatura enamoran a las pupilas, éstas se extasían con los irregulares trazos de un pulso que se vuelve un poco más errático cada día, pero que nada le resta a la intención de llegar a consciencias ajenas; un contacto visual antes de la virtualidad en que nos conducimos en estos días.

Los retratos y paisajes resultantes de los trazos en las líneas guía, tienen el cometido de replicar sus rasgos en cada masa encefálica que acepta el reto de mimetizarse por unos momentos con realidades alternas visualizadas desde diversos aprendizajes; algunos informarán, otros acusarán, los más servirán de distracción de las labores impuestas por la fuerza de la costumbre. Algunos derramarán la tinta, otros la colocarán cuidadosamente en el albo de la superficie sacada de las entrañas de los añosos árboles que encuentran así, una versión alterna de la eternidad, ésta compartida mediante un acuerdo en el que se entregaron resignados a ser mutilados por sierras carentes de todo pudor.

Surco a surco las páginas se llenan de recuerdos o ficciones, crean mundos enteros en complicidad con aquellos dispuestos a dejarse llevar figurativamente por la fantasía; pero también la contundente realidad tiene cabida y se cuela sin importar el color del pigmento que se use, el efecto de semi rigidez no reconoce cromaticidad pero sí se alivia un poco con el peso de las páginas. La mano hiere y rasga, la hoja recibe el estímulo sin protesta, pero exigiendo la formalidad total de las convenciones caligráficas ya que en sí misma, si se carece del mínimo cuidado, se transformará su intención inicial en perenne reclamo, en denuncia infinita de lo irrespetuoso de nuestro proceder.

Al llegar al último renglón, se tiene la oportunidad de cambiar de hoja o de concluir la idea, sin embargo, si lo que se termina es la tinta, todo afán termina con ella, no puede separarse de donde fue colocada, no pueden cambiarse las formas dibujadas, nunca volverá a ser potencial insumo, ya se transformó en producto, ya cumplió un cometido. Cambió su líquida esencia en un sinfín de rayas cuya coherencia queda a consideración de personas ajenas al proceso inicial pero que amenazan con convertirse en parte integrante de una nueva dinámica que resulta auto renovable con cada nueva vista, conformando así, una complicidad que espera ser heredada. Salud.

Beto

martes, 1 de diciembre de 2020

Exlibris

Cada rasgo en cada imagen sirve para identificar
a un ente especial. Foto: BAER

Al igual que con cualquier mercancía, el problema no está en crearlas, sino en posicionarlas en al gusto de los diversos públicos que existan para ellas; las ideas pueden ser muy buenas y hasta presentarse como propuestas para solucionar problemas arraigados, sin embargo, dependen del entorno en el que se quiera aplicarlas. Muy buena parte en el logro de posicionamiento tiene que ver con la identificación de la marce; señalamos y señalamos con signos lo que es de nuestra propiedad o a lo que le transferimos nuestra identidad. Lo apartamos del montón, le damos una categoría y lo exponemos a la vista de los demás para que también ellos tengan el conocimiento de la ascendencia que ejercemos.

Las firmas o mejor dicho, las rúbricas y los logotipos aún presentan una utilidad generalizada; documentos, peliculas, programas de televisión, automóviles, en fin, la cantidad de objetos susceptibles de propiedad individual o corporativa se identifican con algún signo que, de alguna manera, resume la identidad de su fabricante o su dueño. En el caso de los libros, el signo de propiedad individual de mayor elegancia es el exlibris; de diseño único, su dibujo puede estar impreso mediante un sello o sobre una cartulina adherible, generalmente puesto en la página inicial de una obra que se quiere mostrar que pertenece a alguien en particular, ya sea porque se adquirió mediante un pago o por regalo.

Por mucho tempo fueron motivo de cierto barroquismo por parte de sus creadores, al grado de ser una explosión visual de colores y formas que, si bien resultaban atractivas, dificultaban la distinción de sus componentes. Éstos podían variar según el gusto del portador y contener aves, plantas, animales mitológicos o lugares de interés que hicieran referencia a una zona geográfica, a la nobleza del identificado o a alguna parte de un escudo de armas. Las dimensiones también cambiaban según fuera el formato de los libros a “sellar”, pero sus proporciones debían corresponder armónicamente con la hoja que ocuparán, para no tener que aumentar la imagen o rellenarla.

Aunque en la actualidad sólo algunos interesados hacen uso de él, la imagen del exlibris mantiene esa imagen de distinción por la creación de figuras más elaboradas que hacen referencia a personas especiales interesadas en la conservación de sus archivos bibliográficos. Además, la creación de un exlibris es un ejercicio mental que obliga a plasmar en una imagen la manera en la que nos gustaría que nos percibieran todos aquellos que se dieran el tiempo de asomarse a nuestra biblioteca. Si acaso pensáramos que no es un trabajo en el que nos fuera bien porque dibujar no está entre nuestras fortalezas, para eso nos serviría contratar los servicios de un diseñador gráfico y así de paso, nos enteramos que realmente son útiles. Salud.

Beto

Como hacer zapatos

Vender libros es como con los zapatos. Foto: BAER vía Meta AI Irapuato, Gto.- 1. E l diseño. Tener una idea y pensar que es viable el plasma...