martes, 25 de febrero de 2025

¿Qué me permite escribir a mano?

La escritura a mano suele ser
muy satisfactoria. Foto: BAER

Irapuato, Gto. La respuesta rápida a la interrogante del título podría ser la terquedad de aferrarme a algunos aspectos del pasado que me hacen recordar las cosas simples que me mantenían contento; si pensamos en contactos virtuales, la escritura permite acercamientos que mediante el físico serían imposibles. Cuando hablamos de hacer realidad los sueños, los escritores tenemos la ventaja de ser los creadores de espacios, tiempos y distancias acordes a nuestras ideas, las personas que aparecen en ellos reaccionarán igualmente como tenemos previsto, sin embargo, espacios y personajes se harán autónomos en cuanto viajen hacia la imaginación de cada uno de los lectores. Para completar el cuadro, el medio de escritura importa en la medida en que lo hacemos parte de nuestro ser, por así decirlo, la mecanicidad y la rapidez tienen poca intimidad y acercamiento.

Hay un vínculo muy fuerte entre un manuscrito y la mirada que en él se posa, casi como el que se da con los pincelazos en una pintura, los rasgos de cada letra, de cada palabra, nos cuentan un mete discurso paralelo a la historia que contienen sus páginas, por lo cual una carta era tan íntima entre dos seres que se amaban, tan intimidante entre otros en conflicto, tan reveladora entre quienes se dedicaron a revelar los secretos de la ciencia o de la naturaleza humana pues, escribiendo a mano, es inevitable transmitir a la hoja el ímpetu, la pasión o la melancolía del momento en que se redacta. Si existe algo como el alma, seguro queda plasmada en un escrito a mano, independientemente de que lo redactado sea bueno o sea malo, por lo que la raíz del compromiso contraído por una pluma, está en plasmar lo que somos.

Si es un don o una capacidad es lo que menos importa, lo interesante de plasmar nuestros pensamientos a través de un bolígrafo, un marcador o una estilográfica teniendo un real estilo de escritura, algo que con las máquinas (quizá por su marcada perfección) no puede lograrse por mucho que hagamos malabares con las tipografías; sería muy fácil afirmar que escribir a mano es más personal y ya, pero el para qué, en este tiempo tan tecnologizado, estaría dándonos vueltas en la cabeza y por mucho que lo haya plasmado entre líneas anteriormente, quedaría el intento de convencernos de hacerlo por las razones adecuadas que nada tienen que ver con la rapidez o con la exactitud en la métrica, tan sólo con las sensaciones producidas por el contacto de la bolita metálica con el papel y los sentimientos que afloran por cualquier motivo.

Aparte de todo lo anterior, creo que deba haber algo de desfachatez para permitirnos trabajar de manera retro, pero en realidad, como he venido diciendo desde hace algún tiempo, mi memoria suele traicionarme de vez en cuando así que el uso de la libreta y el bolígrafo no me representa un trabajo doble, sino el primer paso del proceso de publicación de mis escritos en esta plataforma; ahora que, ¿para qué hacer toda esta presunción? Pues, si me lo permiten, yo la consideraría una tímida invitación a que ustedes, mis diez lectores, se animen a hacerlo y así tener un pretexto para intercambiar impresiones sobre los pros y los contras de intentarlo, seguramente entre todos los que estemos en contacto encontraríamos motivos para exponer nuestras ideas, un último motivo sería que se compadecieran de esta alma solitaria que no quiere escribir para sí mismo. Salud.

Beto

martes, 18 de febrero de 2025

El libro como objeto

Un libro más, nunca es suficiente. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Aunque la sabiduría popular indica que no hay que juzgar a un libro por su portada, también nos dice que de la vista nace el amor; un libro es uno de esos objetos que van adquiriendo valor conforme pasan los años puesto que su utilidad es perenne, a pesar de que su información haya «caducado»; las referencias en sus páginas nos permiten la mejor comparación sobre cómo se hacían las cosas antes y cómo se hacen ahora, desde los métodos, los formatos, las palabras y las descripciones. Las visiones que sobre la realidad se tenían hace veinte, treinta, sesenta o cien años crean un marco referencial con el que podemos enriquecer y ampliar nuestros parámetros, pero aunque parezca increíble o lo último a lo que deberíamos poner atención, los libros también son un motivo de apreciación estética.

No importa si son de pasta dura o pasta blanda, las carátulas son el primer contacto con las historias que contienen, son una invitación a abrirlos y sumergirse en sus páginas; las texturas de mezclan para dar la mejor experiencia al tacto que es el sentido primordial, más que la vista, para darles nuestra aceptación. Sí, de la vista nace el amor, pero el tacto hace que perdure; hay que sentir el peso de un volumen para intuir su importancia previa, leerlo hará el resto. La tipografía pareciera sacar pequeños bracitos que nos rodean y dirigen nuestra vista por cada rincón creado, por cada pensamiento emitido y por cada relación que se establezca entre personajes a los que juzgaremos desde el exterior. Pasar una a una las hojas, a pesar de ser una acción mecánica, representa una experiencia única en cada libro.

Es factible desear un libro por cómo se ve o se palpa, de cualquier forma son objetos para ser manipulados a un ritmo que nos permita apreciar la historia, la forma de sus letras, los bloques que forman sus párrafos y las texturas de sus hojas; ¿mencioné el aroma? Seguro que sí, posiblemente en otro espacio, pero siempre lo haré a la más mínima provocación porque leerlos es una experiencia total. Su compre requiere de cierto refinamiento que nada tiene que ver con el lujo, sino con una estética muy personal que podría ir desde el conservadurismo más radical, hasta el eclecticismo más puro; y sí, si captaron la contradicción, sabrán que pocas veces encontraremos un solo estilo de encuadernación en una biblioteca, a menos que tengamos a un encuadernador a nuestro servicio o a un impresor que los haga del mismo tamaño.

Es posible que el tener muchos libros sea una de las pocas pulsiones que difícilmente se critiquen de mala manera, al menos una biblioteca surtida, un librero lleno o un estante ocupado infunden más respeto que un último modelo en la cochera; es posible, para los coleccionistas retro, que lo que más se le acerque a tener una biblioteca importante sean una discoteca o una videoteca, por así decirlo las aristas del arte se buscan y se tocan. Hay otra coincidencia en esas tres compilaciones: visualmente suelen ser muy atractivas pues ya sea por formas, tamaños o colores, se prestan para acomodarlas en distintas categorías; podemos pensar en autorías, interpretaciones, géneros, direcciones artísticas, edición, etc., lo que nos permite pensar en todas ellas, como fondos para una muy atractiva escenografía. Salud.

Beto

martes, 11 de febrero de 2025

El destino

Esa Cleo, se ha dividido tanto que podría sola
formar un pueblo. Foto: BAER

Irapuato, Gto. No tengo idea si la ambivalencia con la que veo al concepto de destino sea correcta, pero sigo diciendo que de ninguna manera hay fuerzas extraterrenas que tienen predeterminada la manera en la que llevaremos a cabo nuestras vidas, por el contrario a lo que el esoterismo indique, el concepto de destino es más terrenal, algo que nosotros decidimos, el lugar (físico o virtual) al que queremos llegar; podemos encontrarlo escrito en boletos de autobús, barco o avión, a pie de carretera o en los mapas. Siendo más exquisitos, también lo encontraríamos en la página final de un libro, en la última escena de una película o serie o en un programa de radio; el destino se fija por nuestros intereses y necesidades, pues podría ser el empleo por el que trabajamos, la familia a la que aspiramos o la tarea que nos encomendaron.

La quiromancia, la lectura de las cartas o del café que se han agenciado la paternidad de ver el futuro, pusieron en relieve lo que solemos suponer y lo que realmente creemos, pero nunca terminaron de explicar cuál es la razón por la que un ser superior, la naturaleza o el universo tendrían que saber de antemano lo que nos pasará en los próximos años o porqué debemos tener un camino pre trazado o, peor aún, qué determina que cuando se consulta a los «expertos», esos caminos sean extraordinarios o trágicos. ¿Acaso no merecemos un futuro tranquilo? Cierto, si no hay algo de drama, no nos sería de interés al no estar destinados a algo que cambie al mundo, como cuando preguntamos por vidas pasadas y tenemos por resultado a Cleopatra, Nerón o cualquier otro personaje histórico importante, nunca alguien común.

Según a lo que nos hayamos acostumbrado, cuando solemos preguntar por el destino de algo, de alguien o el propio, el resultado casi siempre tiene un sesgo dramático para bien o para mal, lo que debería ser indicativo de que la mayor parte del tiempo, esas premoniciones son una tomadura de pelo que apela a lo incierto y al extraño deseo de eternidad que mantenemos vigente aunque no sepamos para qué. Sabemos que todo tiene un fin (destino pues), pero lo realmente interesante -y mundano- es el cómo se va a llegar; así la vida está llena de destinos particulares que los teóricos del desarrollo humano llaman metas y objetivos. Es un tema cotidiano que algunos a lo largo de la historia han transformado en «perlas» esotéricas que animaban de momento, pero que en general llenaban a la mayoría de frustración.

Lo único que tengo de cierto es que, a pesar de lo que digan los teóricos den determinismo, somos libres de escoger lo que haremos con nuestra existencia, dentro de un marco que limita nuestras acciones, pero la libertad no es absoluta a pesar de que como concepto lo sea en una escala de valores. Esos límites son imprescindibles puesto que sin ellos, no tendríamos parámetros de comparación, lo que significaría el aislamiento total para quien pretendiera no tener restricciones; sólo basta con observar los desenlaces de aquellos que supusieron que la libertad consistía en hacer lo que se les diera la gana y nos daríamos cuenta de que todos sus excesos eran la respuesta a su sentimiento de soledad, lo cual no fue predeterminado, sino producto de sus decisiones. Salud.

Beto

martes, 4 de febrero de 2025

Las tragedias

A sufridores y melodramáticos, sólo nos ganan
los trágicos. Foto: BAER

Irapuato, Gto. En la literatura, los desastres tienen un espacio especial en las preferencias de un buen sector de la población mundial, desconozco la razón exacta, pero imagino que puede ser una catarsis el saber que es posible que haya quien sufra más que nosotros, lo que nos haría pensar que no sería muy digno quejarnos de lo que nos pasa; en la novela «Los últimos días de Pompeya» es curioso cómo es que sabemos el final y aun así, nuestra disposición a terminar de leerla se nutre del posible sufrimiento que el mismo título ofrece. Algo semejante sucede en «La muerte de Artemio Cruz», donde incluso, parece despertar en nosotros un deseo insano de saber cómo es que Carlos Fuentes va a resolver lo que su título ya ha anunciado, palabra esta última, que irremediablemente nos lleva al Gabo.

Aunque nada le gana a la historia Pascual de Jesús de Nazaret; el sufrimiento es infinito y pareciera que cada época le fue agregando dolor a la narración como si se tratara de saber qué tiempo era el más sufridor como para soportar las privaciones a las que institucionalmente se someterían, lo malo es que en la intención siempre hubo dos sectores, los que predicaban la austeridad y padecer aunque nunca los tocaban y los que padecían aspirando a una vida mejor siguiendo los supuestos pasos de su salvador. Los inventores de la tragedia como medio de comunicación, no se imaginaron que su creación fuera a ser utilizada como marco teórico de dominación aunque eso suena natural viniendo de un pueblo esclavista como lo era el griego. En su favor diré que su legado ha durado hasta nuestros días.

La propensión al sufrimiento es resultado de la fusión entre la tradición judeo-cristiana (acompañada de las culturas que la precedieron) con el supuesto estoicismo de los pueblos pre hispánicos, llevados a un extremo donde damos poco valor a los cuestionamientos por el entorno y damos demasiada importancia a la vida privada de gente que no le importamos; por otro lado, la identificación por la circunstancia nos crea una ilusión de acompañamiento que, si no fuera porque no somos capaces de ocuparnos en conjunto de los problemas sociales, es identificación ya nos hubiera servido para crecer como grupo. ¡Ah! Pero los héroes trágicos se las arreglan solos, mostrando fortalezas dignas de alabanzas y registro oral o escrito, para ser recordados por toda la eternidad, sin tomar en cuenta una cosa, todos esos héroes terminan muertos.

Como para ensalzar valores las tragedias funcionan en las edades tempranas de lectores asiduos, para los tardíos siguen funcionando de esa manera, la razón es que, al tener los primeros más esquemas de pensamiento comparados con los segundos, tienen una perspectiva más amplia para ver opciones de respuesta a muchas interrogantes, más allá de un sentido cuasi suicida. Otra opción es que, acostumbrados a los desastres, vivimos de manera surrealista entre la tragedia y el melodrama en la que cada quien es libre de convertir su existencia en una farsa, con la ayuda de esoterismos o cosas raras; vivir en la tragedia no es lo mismo que vivir de la tragedia, la primera se padece en primera persona y todo parece una pérdida, en la segunda se goza de los dividendos que deja la experiencia ajena y lo más aconsejable es que no se cuente autobiográficamente. Salud.

Beto

martes, 28 de enero de 2025

Temas casi negados

Algunos temas parecieran para Judas Tadeo.
Foto: BAER

Irapuato, Gto. Aunque revisara, estoy seguro que mis emisiones de Co2 son mínimas ya que no cuento son estufa de leña, calentador de combustibles ni siquiera automóvil, mis instrumentos de cocina son de gas y no los uso muy seguido; so sé si sumarme a las huestes que conforman el frente contra las emisiones de bióxido de carbono con tan poca experiencia en el ramo, tanto en el cuidado como en la difusión de la información. En la literatura es difícil encontrar obras que traten sobre el cuidado del ambiente y si los hay, tendrán un tono como de película cristiana; puede ser que para niños hasta los incluyan en los libros de texto, dado que en otros medios, como la televisión, las producciones sobre el tema parecen estar hachas para Plaza Sésamo; ¿podría el ambiente ser tratado como un tema para la lectura de adultos?

Posiblemente sí, pero la tendencia a romantizar situaciones y relaciones, provoca que los escritos se balanceen entre el academismo y la victimización de «los buenos» salen adelante claro, pero sería el colmo que no fuera así ni en la ficción; la justicia, por lo tanto, difícilmente llega por medio del sistema o alguna institución gubernamental, por lo cual aparecen súper héroes o justicieros que aunque fuera de la ley, tratan de equilibrar las cosas, sabiendo que sus acciones los convierten en delincuentes como a Arsène Lupin, lo que pocas veces ponemos a discusión es la calidad moral de todo aquello que callan quienes están en torno a esos personajes, ya que al parecer, se han olvidado de sus obligaciones como ciudadanos y están esperanzados sólo a la protección que esos paladines les brindan.

Un tema difícil éste de la justicia dado que, como es tratada, más que ajustar las consecuencias de nuestras acciones, se busca un desquite que se le parece mucho y que podemos ver claramente en «El conde de Montecristo», una historia como otras tantas que propone dejar de lado a las instituciones pues sólo convirtiéndonos en caudillos es como logramos justicia, ya que las policías o los ejércitos para nada son confiables, como se manejan también en «El hombre araña» o en «El Zorro» pero, ¿por qué nos parece tan natural que se plasmen historias así, si casi nadie se anima a ser «justiciero solitario»? Porque todos sabemos en desenlace en la vida real y dado que lo único organizado en este país es la delincuencia, ese final sería poco apreciable o heroico. Miren que a más de uno pudo habérsele ocurrido emular las hazañas de «El Santo».

La eterna frase de que «de política, religión y fútbol mejor ni hablar», sólo muestra el nivel de adoctrinamiento al que hemos llegado que somos capaces de suponer que podríamos tener entre nosotros un intercambio de ideas civilizado, buscando con ello el consenso, pues creemos que nuestro punto de vista debe imponerse sobre el de los demás. Otra ilusión en la que solemos insertarnos al no considerar nuestras debilidades que ni siquiera llamamos así, sino que nos referimos a ellas con el eufemismo áreas de oportunidad que apunta y apuesta a la ambigüedad con el único fin, supongo, de evitar responsabilidades. ¿Cuáles? El tener que dar explicaciones de nuestros fracasos, como si eso fuera pecado; el tener que aceptar las razones de los demás, como si la verdad fuera única y exclusivamente nuestra. Sólo gajes del egocentrismo. Salud.

Beto

martes, 21 de enero de 2025

Historias paralelas

No es necesario imaginar a todo el orbe,
donde vivimos no nos conocernos. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Es normal pensar que ya todo está escrito, lógico si pensamos en los miles de relatos que se han contado en todas las épocas de la humanidad, lo que creo es que desde el inicio, por los corto de las referencias y los lenguajes en desarrollo, hemos contado las mismas historias, con la diferencia del estilo de cada narrador; no recuerdo si fue Fuentes, Cortázar o García Márquez quien dijo justo eso, que en Hispanoamérica se escribe una misma novela pero a cada país le toca un capítulo; pero no serán éstos totalmente distintos, ni siquiera cronológicos dado que todos tenemos una visión particular de nuestra realidad como continente, misma que nos sirve de referencia para entender en qué momento nuestras narrativas serán fantasía, romanticismo o la más cruenta crudeza para describir un mismo evento.

Por otro lado, existe también el recurso de correr dos historias al mismo tiempo, complementarias pero totalmente distintas; esto sirve para dar dinamismo a los relatos, sin embargo, es una manera de mantener el interés y la concentración del escritor, lo que garantiza una mayor dedicación y esmero a la creación literaria. Un beneficio extra es que dicho recurso ayuda a ejercitar la memoria a corto plazo ya que nos obliga a poner atención en distintos personajes en situaciones diferentes y hasta en tiempo que nada parecen tener en común. Leer una obra que nos cuenta dos o más historias que pueden entrelazarse, nos crea un ambiente en el que parece capacitarnos para entender, desde un mismo punto de vista, todas aquellas situaciones posiblemente cercanas.

Esta cercanía no sólo es geográfica, posiblemente la menos importante puesto que con la velocidad de pensamiento es más fácil establecer lazos más fuertes; la afinidad es más un trabajo de autosugestión porque somos nosotros mismos quienes justificamos lo que sentimos y esperamos que los demás sientan, si eso hacemos con personas reales, con mayor razón con personajes ficticios. Podríamos pensar al principio que la identificación con ellos, de manera natural debe ser con «los buenos», pero no siempre es así, por ejemplo lo que sucede con el monstruo de Frankenstein o con el jorobado de Notre Dame, con los cuales somos capaces de identificar otro tipo de belleza, paralela a la que estamos acostumbrados por estar basada en la fealdad, lo que podría ayudarnos a ser más abiertos.

Si pensamos en la cantidad de personas que somos en el lugar donde estemos cada uno, la comparación entre las que hemos tratado, las que conocemos y las que potencialmente conoceremos contra las que nunca tendremos contacto alguno, la diferencia es perturbadora y aunque popularmente o de manera intuitiva sabemos que tenemos semejanzas cono otros, en realidad preferimos pensar en las diferencias esperando que eso nos haga únicos. Aun así fuera, los paralelismos nos delatarían ya que estamos insertos en una misma cultura, a decir de algunos, desde el río Bravo hasta Tierra de Fuego; todos solemos contar cosas familiares hasta hacer un chiste, hablar de antiguos amores hasta crear una novela o sobre los amigos hasta revelar sociedades secretas y todo con el maravilloso medio que es el español. Salud.

Beto

martes, 14 de enero de 2025

Retomando prioridades

A un lado que ahí les voy. Foto: BAER

Irapuato, Gto. En los últimos días del año pasado, estuve pensando sobre el posible avance en mi idea original de la editorial, supuse que no habría problema con la producción de textos y sin adornarme, no lo ha habido, pero el complemento que serían otras visiones, aún no se ha concretado; en cuanto a la producción de audio, La Ranita Cuántica va viento en popa hacia la séptima temporada, las ideas con las cuales hemos llenado ese espacio han funcionado y, lo mejor de todo, sigue siendo divertido. A las novelas se les unió una puesta en escena, los blogs no han tenido tregua y ha vuelto un poco mi interés sobre los dibujos a lápiz negro o de colores; sigue emocionándome escribir con mi pluma fuente o comprar cajas de bolígrafos o adquirir libretas. Resulta muy interesante ver cómo van llenándose de letras los renglones.

Lo que podría faltar es la publicación en físico de todo el material ya producido o, al menos, lo que está formateado y en espera del visto bueno del consejo editorial (me adorné); en realidad sólo debo darle una nueva revisada para establecer fechas, por ejemplo, de la adquisición de una nueva impresora, de la impresión de los pliegos, la producción de los volúmenes y la difusión y venta de los mismos, cosa que en estos momentos adquiere más importancia porque hace mucho que no hay nuevas historias en el estanquillo, podría decir que no recuerdo qué tanto tengo en bodega. Fuera de los textos que ya di por perdidos como lo que escribí en mi estancia en Juárez o lo que alguna vez envié a un concurso en la Ibero, lo demás está en carpetas que sólo cambian de lugar, por fortuna, virtual.

Tengo además una asignatura pendiente que es la de nombrar a uno de mis personajes principales, lo que está tomando tintes de urgencia puesto que ya lo he pensado para conformar con ella una trilogía, ahora que eso está en boga; y no es que lo haya pensado así desde el principio, el caso fue que en la libreta donde escribo los temas que pudieran interesarme, dos de ellos parecen acoplarse a lo que mi detective está resolviendo en otro escrito, aunque siento que hago trampa porque no los había pensado para ella. Sólo espero hacerle justicia y que sus aventuras sean de verdad atractivas. Todo eso ha provocado que recuerde los escritos que tengo caso olvidados, como el segundo cuento de Pánfila, la hormiga exploradora, el segundo también que trata sobre las fiestas del mes pasado y algunos otros por ahí guardados.

Ahora recuerdo que me había propuesto el ser más sociable (no sé si lo comenté por este medio), lo que he quedado a deber porque lo de estar contactando gente no se me da en la realidad, aunque debo admitir que mis relaciones más cercanas han sabido más de mí, nada espectacular, pero más. La búsqueda de la justificación profesional sigue en pie, lo bueno es que va teniendo cada día una forma más definida; tomo todo como un nuevo inicio, posiblemente como si se tratara del último cuarto en un partido de americano, tengo el balón en la yarda veinte a punto de iniciar, quizá con una corrida para ir reubicando la táctica con la que la vida ha venido aporreándome en los otros cuartos, después un buen pase para estar a tiro de tres puntos, sin embargo, lo que importa es el touch down. Salud.

Beto

martes, 7 de enero de 2025

Los regresos a clases

Pero era bueno tener todos los días
un público cautivo. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Pensamientos previos, nerviosismo por no tener claro si se podrá mantener el nivel, la exigencia diaria, las tareas otra vez y todo lo que el aula significa, tejen en cada cabeza certezas y dudas sobre lo que cada uno debe hacer en esas cuatro paredes; y si creen que estoy hablando de los estudiantes, están muy equivocados. cada cabeza de cada docente da vueltas en lo que cada nuevo curso representa para su carrera, ¿será acaso un aprendizaje o una tortura? Si posiblemente fuera otra cosa, ¿estará preparado para ello? La relación maestro-alumno, en mi manera de ver las cosas, se encuentra en una especie de limbo en el que la estructura jerárquica que la sostenía, se ha fracturado en sus cimientos por lo que se tambalea entre el respeto vertical arriba-abajo y otra horizontal supuestamente amistosa. No digo que no pueda existir la segunda de ninguna manera, pero no puede darse por decreto desde un escritorio.

Recuerdo la manera que tenía de ver a los maestros de las escuelas donde estuve, en el primer año aún tenía fresca la imagen materna que la maestra de segundo se empeñó en destrozar; del tercero al sexto fluctué entre la imagen que añoraba y de la que quería alejarme a toda costa. En la secundaria entendí que los acercamientos eran imposibles dado que los trabajos de los profesionistas que fungían como maestros eran más importantes que atender a chiquillos inquietos y aquellos que estaban de tiempo completo, seguramente cumplían un castigo. En la prepa la cosa cambió poco, tal vez sólo en el aire de suficiencia que flotaba en el alumnado porque la información (de todo tipo), fluía por la libre (en términos de la tecnología imperante en ese momento) y su manejo requería de cierto toque que no todos tenían por lo que había que escoger un tópico que pudiéramos manejar con soltura.

El cambio radical se dio en la universidad; para empezar, el trato entre compañeros era muy distinto a lo que yo estaba acostumbrado, cambio que atribuí a mi entonces visión clasista de las cosas, ¿qué era eso de saludarse de beso entre adolescentes? ¿Acaso nunca les dijeron que se hacía sólo con familiares? ¿Qué tal lo de andar preguntando por nuestros estados de salud? ¿No era territorio exclusivo de los adultos? El colmo fue cuando escuché, en la primera clase, referirse como «Luis Fernando» por parte de una alumna ¡al director de la carrera! ¿Lo conocía lo suficiente como para tutearlo así? ¿O es que el señor no tenía título alguno? Llegué a pensar que se trataba de una novatada para el último que llegara ¡y ése había sido yo! Pero no, respiré tranquilo una vez que me di cuenta que así era la costumbre y que debía adaptarme ¡otra vez!

¡Otra cosa era comenzar cursos como docente! Ni siquiera cabe la comparación; le di la despedida a los tropiezos, los nervios y los temores de hacer el ridículo y di paso al terror, la incertidumbre y la constatación de que era más viable parecer un payaso desde el frente del salón; cada enero y cada agosto eran precedidos por dos o tres noches de insomnio, algunas laxitudes estomacales y otros tantos sueños extraños en los que me veía corriendo por los callejones oscuros de una ciudad perdida buscando... no sé qué demonios. Para empezar, no tengo idea de lo que debía estar haciendo en un lugar así, a menos que se tratara de una protesta onírica por lo poco que pagan en las escuelas o tal vez, por recordarme que yo era un impostor frente a grupo. En mi defensa debo decir que nunca me llamé maestro, sólo era un comunicólogo dando clases. Salud.

Beto

martes, 31 de diciembre de 2024

Doce campanadas

El año nuevo viene crecidito. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Los símbolos suelen ser interesantes y algunos hasta divertidos, los de fin de año además cuentan con cierta teatralidad; quienes tienen por costumbre barrer la calle, sacar maletas, ondear banderas y comer uvas lo tienen muy claro, esos símbolos reunidos en rituales paganos son en realidad muy divertidos. Tomándolos en serio o en broma (en realidad no importa) suelen mostrarnos realidades alternas en las que hay una espiritualidad tan válida como cualquiera pues los mecanismos mentales son los mismos, más allá de los discursos sobre adhesiones y destinos; es posible que ya hayan realizado sus ejercicios para prepararse para este año que llega y despedir con dignidad al que termina, el entornos se transforma de acuerdo a los intereses que mantengamos vigentes hasta este día, mañana comenzará otro ciclo en el que las promesas se combinan con las trabas que ponemos para realizarlas y la diferencia queda.

Recuerdo algunos detalles en los que mi familia tuvo que ver, que cambiaron un poco la tradición como aquella en la que se comen doce uvas como símbolo de que nada nos faltará en el siguiente año, al menos el sustento pero al rededor de 1972, con la llegada de mi hermano Pepe, las compras no pudieron hacerse tan puntuales como habían sido los años anteriores, así que no había uvas para la cena, pero estando en la capital mundial de las fresas, ¿cuál era el sustituto natural? Lo adivinaron, los higos... ¡no es cierto! Creo que el ritual nos salió sui géneris porque tratar de tragar fresas lo más rápido posible, no es muy recomendable que digamos, varios estábamos atragantándonos, creo que las semillitas incrustadas en la piel de la frutilla era un buen aviso de que no debimos hacerlos, pero lo hicimos y la tentativa ce competencia por ver quién las terminaba primero se realizó en cámara lenta.

Sin importar la fruta, el simbolismo no cambia, cada «mes» que se engulle lleva consigo la promesa de que será bueno y que nada habrá que nos preocupe; mi ejercicio mental inició el pasado noviembre, recorriendo lo hecho desde enero, lo cual resultó fácil ya que un blog (para mí, una columna virtual) funciona casi como un diario. traté de hacer una comparativa a manera de proyección, algo así como si en marzo del año pasado hice... ¿qué haré en el próximo? Lo mismo con todos los demás, sólo espero no haber dejado la vara muy alta en algunos de ellos para poder superarlos; he pensado incluso iniciar una tradición personal, si llego a cumplir o superar una de las tareas que me haya propuesto cada mes, tocaré la pequeña campana que perteneció a mi abuela y luego a mi tía, teniendo como testigo a la licenciada Rodríguez para que dé fe del hecho.

No creo que haya problema si inicio inmediatamente mañana, aunque me levante tarde, ya que he tenido a bien publicar en cada inicio de año, sólo tendré que ubicar en qué día cayó el 1° de enero. Sólo espero que a todos nos vaya mejor y que nada se interponga entre lo que nos proponemos y nosotros; a ustedes, mis diez lectores, que encuentren solución a todos los problemas que se les presenten y si no los tienen, ¡pasen la receta, no sean ingratos! Desde está humilde pero aguerrida trinchera, espero que el siguiente año nos lleve por caminos parejitos, sin contratiempos y con todo lo necesario para llegar a buen término, dando cuenta de aquello que hayamos emprendido; tengan buena salud, ánimos para trabajar y el mejor entendimiento de todo lo que vaya sucediendo en el entorno que, de mi parte, será lo mejor que nos pueda pasar. Reciban un gran abrazo. Salud.

Beto

martes, 24 de diciembre de 2024

¿Y para el cierre?

Escribir es como andar en bicicleta. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Les habrá ocurrido que están haciendo algo en su casa, como una reparación, de pronto se dan cuenta que les falta una herramienta y no pueden salir rápido a la ferretería porque es domingo y está cerrado y ni cómo ir a una tienda de autoservicio porque si se separan de la obra, corren el riesgo de que la reparación provisional no aguante, lo peor del caso es que se trate de una simple llave de tuercas que uno de sus parientes les pidió prestada por una semana que se cumple al día siguiente pero lo malo, es que ese pariente no vive en la ciudad, por lo que la alternativa es dejar todo como está, hecho un desastre, vigilándolo para que no se haga más grande. ¿Mandar a alguien con los vecinos a pedir prestada una? ¡Ni pensarlo! ¿Para que todo el mundo se entere de que no somos capaces de encontrar una solución adecuada? Además, ni tu mujer sabe de herramientas como para pedir una, ni tus hijos podrían porque están muy chiquitos.

¿A quién recurrir entonces? El manual del macho mexicano (si existiera), dice que hombre que se precie de serlo, saldrá por sí mismo de cualquier problema que se le presente, con los mejores resultados posibles; las úlceras gástricas son lo de menos, la hipertensión no es más que una simple molestia y los infartos son el pan de cada día, así que una pequeña traba no va a detenernos, por lo que en cuestiones de escritura sólo seremos el cierre y nosotros -nota aclaratoria: también hay machos con faldas-; los días y las noches que estuvimos devanándonos los sesos para encontrar a los personajes idóneos, los lugares adecuados, las situaciones reveladoras y todos los detalles escabrosos, estarían a un paso de volverse nada si no encontramos el final de nuestra historia y no hablo de cualquier término con la palabra fin, sino de la culminación que provocará que los lectores quieran más.

También está la sensación de apego a lo que se produce, la cual resulta muy complicado de desligar de nuestro sistema por lo cual, supongo, se vuelve muy difícil terminar lo que se empezó, una especie de sentimiento de no querer que los hijos crezcan; las separaciones son dolorosas y cuando se trata de cosas salidas de uno mismo, el trabajo mental tiene un poco de luto, sin embargo, dejarlas sin terminar tampoco es digno, así que como si se tratara de ver partir a un hijo, hay que procurar que nuestros escritos salgan a defenderse solos, porque como nos decían en la carrera, cuando un texto es publicado, ya no le pertenece al autor sino a cada lector que se toma el tiempo de echarle un vistazo. Lo anterior es lógico porque no va a estar el escritor explicando a cada uno lo que éste no entendió de la obra, ni siquiera se puede pensar en una conferencia masiva, las preguntas serían muchas.

Cerrar es concluir de todos modos, en un instante, de un jalón con aquello que iniciamos con cierta ilusión, no importa si el escrito es corto o largo, la micro despedida funciona igual en cualquier época del año, el desapego sirve por temporadas pero la necesidad de sentir que un escrito nos pertenece, vuelve con una cadencia como si se tratara del primer bailable de un hijo en el kinder y eso de que el texto, una vez que es publicado, debe defenderse solo, debe ayudar a forjar nuestra templanza como creadores. Lo mejor es tratar de ubicar que la idea de lo que escribimos se queda con nosotros aunque el texto se vaya por diferentes rumbos y, aunque los motivos para escribir sean muchos, debe ser sólo uno el que nos lleve a terminas cada texto y es el tener la oportunidad de iniciar otro. Porque la razón de ser escritor es escribir, no acumular escritos. Salud.

Beto

martes, 17 de diciembre de 2024

Un minuto antes

¿Y después? Foto: BAER

Irapuato, Gto. La idea ha cruzado varias veces por nuestra cabeza y estamos frente al cuaderno, la máquina de escribir, el ordenador, la tableta, el teléfono, la pluma o lo que sea que usemos para escribir, la idea que había dado vueltas en nuestras mentes se sostiene como un paracaidista antes de saltar del avión con la salvedad de que el salto que vamos a presenciar, deben estrellarse en una hoja de papel o en una pantalla sin desparramamientos inconexos; los dedos parecen briosos corceles lanzando coces en el arrancadero y algo parecido a la ansiedad se agolpa en nuestro pecho, tanto que ya quisiéramos que todo estuviera escrito, pero no, el proceso exige paciencia para que las palabras puedan salir en orden y una por una. La antesala comienza a subir la temperatura y hasta hay tiempo para preguntarnos si lo que estamos a punto de redactar será bueno o sólo un montón de oraciones que todos verían como algo ya hecho en todas las etapas de la humanidad.

Sin embargo, hay un asidero al que podemos aferrarnos y es que, a pesar de que todos los temas ya hayan sido abordados en algún momento, nadie en el mundo los ha visto de la misma manera ni desde la misma perspectiva que nosotros; habrá coincidencias, por supuesto, por cuestiones culturales pero las diferencias se establecen por la educación que recibimos y las maneras en que hayamos entendido las teorías en la escuela o en la calle; podemos empezar en cómo entendemos la existencia en general, nada para hacer un tratado sobre ello, todo con razonamientos simples. De la misma manera, cómo entendemos nuestra existencia personal y ya encarrerados, si eso que pensamos lo vemos reflejado en alguien más que no necesariamente sea pariente... o real. Alguien con ese esquema de vida ¿qué tipo de aventuras puede pasar? Ahí estaremos perfilando a un personaje.

Quizá todavía no sea del todo publicable, pero será un muy buen paso para volverlo así o para perfilar otros que lo sean; conforme pase el tiempo y la tenacidad se mantenga, las historias mejorarán al punto de que se volverá una necesidad el ser leído, además de sentir que todo será bajo las propias reglas ¡el opio del escritor! Como sea, los segundos previos a plasmar palabras en una hoja en blanco hacen que nos preguntemos un montón de cosas, a veces inconexas, otras tantas relacionadas con eventos del pasado; las evocaciones pueden ser útiles en tanto no nos expongan sin razón, mucho menos a las personas que nos importan. Parece mentira que tantos pensamientos crucen por nuestra mente en sólo sesenta segundos, posiblemente una muestra de la relatividad del tiempo o quizá el equivalente de escritorio del pánico escénico en un atril.

Los sesenta segundos antes de herir a la hoja con el filo de la pluma sirven también para acomodar los cuadernos, afilar los lápices, ordenar los apuntes y los señaladores y la atención se centra en cómo empezará la primera oración; nada para angustiarse pero sí para ponerse a pensar, una vez terminado el texto, cómo será la rutina al día siguiente. Es posible que lleguemos a angustiarnos un poco por lo que pudiéramos olvidar el próximo mes y no tener tema para escribir; lo que significa el minuto anterior a la escritura, estará impregnado de aquello que queremos que los demás sepan del entorno, de los nuestros o de nosotros, de cómo los vemos y ellos los pueden ver. Ese instante, preludio de la composición literaria podría ser visto como la antesala de una cita encarecidamente esperada, los nervios se manifiestan de la misma manera, pero al escribir se quedan con nosotros. Salud.

Beto

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