martes, 7 de enero de 2025

Los regresos a clases

Pero era bueno tener todos los días
un público cautivo. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Pensamientos previos, nerviosismo por no tener claro si se podrá mantener el nivel, la exigencia diaria, las tareas otra vez y todo lo que el aula significa, tejen en cada cabeza certezas y dudas sobre lo que cada uno debe hacer en esas cuatro paredes; y si creen que estoy hablando de los estudiantes, están muy equivocados. cada cabeza de cada docente da vueltas en lo que cada nuevo curso representa para su carrera, ¿será acaso un aprendizaje o una tortura? Si posiblemente fuera otra cosa, ¿estará preparado para ello? La relación maestro-alumno, en mi manera de ver las cosas, se encuentra en una especie de limbo en el que la estructura jerárquica que la sostenía, se ha fracturado en sus cimientos por lo que se tambalea entre el respeto vertical arriba-abajo y otra horizontal supuestamente amistosa. No digo que no pueda existir la segunda de ninguna manera, pero no puede darse por decreto desde un escritorio.

Recuerdo la manera que tenía de ver a los maestros de las escuelas donde estuve, en el primer año aún tenía fresca la imagen materna que la maestra de segundo se empeñó en destrozar; del tercero al sexto fluctué entre la imagen que añoraba y de la que quería alejarme a toda costa. En la secundaria entendí que los acercamientos eran imposibles dado que los trabajos de los profesionistas que fungían como maestros eran más importantes que atender a chiquillos inquietos y aquellos que estaban de tiempo completo, seguramente cumplían un castigo. En la prepa la cosa cambió poco, tal vez sólo en el aire de suficiencia que flotaba en el alumnado porque la información (de todo tipo), fluía por la libre (en términos de la tecnología imperante en ese momento) y su manejo requería de cierto toque que no todos tenían por lo que había que escoger un tópico que pudiéramos manejar con soltura.

El cambio radical se dio en la universidad; para empezar, el trato entre compañeros era muy distinto a lo que yo estaba acostumbrado, cambio que atribuí a mi entonces visión clasista de las cosas, ¿qué era eso de saludarse de beso entre adolescentes? ¿Acaso nunca les dijeron que se hacía sólo con familiares? ¿Qué tal lo de andar preguntando por nuestros estados de salud? ¿No era territorio exclusivo de los adultos? El colmo fue cuando escuché, en la primera clase, referirse como «Luis Fernando» por parte de una alumna ¡al director de la carrera! ¿Lo conocía lo suficiente como para tutearlo así? ¿O es que el señor no tenía título alguno? Llegué a pensar que se trataba de una novatada para el último que llegara ¡y ése había sido yo! Pero no, respiré tranquilo una vez que me di cuenta que así era la costumbre y que debía adaptarme ¡otra vez!

¡Otra cosa era comenzar cursos como docente! Ni siquiera cabe la comparación; le di la despedida a los tropiezos, los nervios y los temores de hacer el ridículo y di paso al terror, la incertidumbre y la constatación de que era más viable parecer un payaso desde el frente del salón; cada enero y cada agosto eran precedidos por dos o tres noches de insomnio, algunas laxitudes estomacales y otros tantos sueños extraños en los que me veía corriendo por los callejones oscuros de una ciudad perdida buscando... no sé qué demonios. Para empezar, no tengo idea de lo que debía estar haciendo en un lugar así, a menos que se tratara de una protesta onírica por lo poco que pagan en las escuelas o tal vez, por recordarme que yo era un impostor frente a grupo. En mi defensa debo decir que nunca me llamé maestro, sólo era un comunicólogo dando clases. Salud.

Beto

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