martes, 4 de febrero de 2025

Las tragedias

A sufridores y melodramáticos, sólo nos ganan
los trágicos. Foto: BAER

Irapuato, Gto. En la literatura, los desastres tienen un espacio especial en las preferencias de un buen sector de la población mundial, desconozco la razón exacta, pero imagino que puede ser una catarsis el saber que es posible que haya quien sufra más que nosotros, lo que nos haría pensar que no sería muy digno quejarnos de lo que nos pasa; en la novela «Los últimos días de Pompeya» es curioso cómo es que sabemos el final y aun así, nuestra disposición a terminar de leerla se nutre del posible sufrimiento que el mismo título ofrece. Algo semejante sucede en «La muerte de Artemio Cruz», donde incluso, parece despertar en nosotros un deseo insano de saber cómo es que Carlos Fuentes va a resolver lo que su título ya ha anunciado, palabra esta última, que irremediablemente nos lleva al Gabo.

Aunque nada le gana a la historia Pascual de Jesús de Nazaret; el sufrimiento es infinito y pareciera que cada época le fue agregando dolor a la narración como si se tratara de saber qué tiempo era el más sufridor como para soportar las privaciones a las que institucionalmente se someterían, lo malo es que en la intención siempre hubo dos sectores, los que predicaban la austeridad y padecer aunque nunca los tocaban y los que padecían aspirando a una vida mejor siguiendo los supuestos pasos de su salvador. Los inventores de la tragedia como medio de comunicación, no se imaginaron que su creación fuera a ser utilizada como marco teórico de dominación aunque eso suena natural viniendo de un pueblo esclavista como lo era el griego. En su favor diré que su legado ha durado hasta nuestros días.

La propensión al sufrimiento es resultado de la fusión entre la tradición judeo-cristiana (acompañada de las culturas que la precedieron) con el supuesto estoicismo de los pueblos pre hispánicos, llevados a un extremo donde damos poco valor a los cuestionamientos por el entorno y damos demasiada importancia a la vida privada de gente que no le importamos; por otro lado, la identificación por la circunstancia nos crea una ilusión de acompañamiento que, si no fuera porque no somos capaces de ocuparnos en conjunto de los problemas sociales, es identificación ya nos hubiera servido para crecer como grupo. ¡Ah! Pero los héroes trágicos se las arreglan solos, mostrando fortalezas dignas de alabanzas y registro oral o escrito, para ser recordados por toda la eternidad, sin tomar en cuenta una cosa, todos esos héroes terminan muertos.

Como para ensalzar valores las tragedias funcionan en las edades tempranas de lectores asiduos, para los tardíos siguen funcionando de esa manera, la razón es que, al tener los primeros más esquemas de pensamiento comparados con los segundos, tienen una perspectiva más amplia para ver opciones de respuesta a muchas interrogantes, más allá de un sentido cuasi suicida. Otra opción es que, acostumbrados a los desastres, vivimos de manera surrealista entre la tragedia y el melodrama en la que cada quien es libre de convertir su existencia en una farsa, con la ayuda de esoterismos o cosas raras; vivir en la tragedia no es lo mismo que vivir de la tragedia, la primera se padece en primera persona y todo parece una pérdida, en la segunda se goza de los dividendos que deja la experiencia ajena y lo más aconsejable es que no se cuente autobiográficamente. Salud.

Beto

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...