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| Esa Cleo, se ha dividido tanto que podría sola formar un pueblo. Foto: BAER |
La quiromancia, la lectura de las cartas o del café que se han agenciado la paternidad de ver el futuro, pusieron en relieve lo que solemos suponer y lo que realmente creemos, pero nunca terminaron de explicar cuál es la razón por la que un ser superior, la naturaleza o el universo tendrían que saber de antemano lo que nos pasará en los próximos años o porqué debemos tener un camino pre trazado o, peor aún, qué determina que cuando se consulta a los «expertos», esos caminos sean extraordinarios o trágicos. ¿Acaso no merecemos un futuro tranquilo? Cierto, si no hay algo de drama, no nos sería de interés al no estar destinados a algo que cambie al mundo, como cuando preguntamos por vidas pasadas y tenemos por resultado a Cleopatra, Nerón o cualquier otro personaje histórico importante, nunca alguien común.
Según a lo que nos hayamos acostumbrado, cuando solemos preguntar por el destino de algo, de alguien o el propio, el resultado casi siempre tiene un sesgo dramático para bien o para mal, lo que debería ser indicativo de que la mayor parte del tiempo, esas premoniciones son una tomadura de pelo que apela a lo incierto y al extraño deseo de eternidad que mantenemos vigente aunque no sepamos para qué. Sabemos que todo tiene un fin (destino pues), pero lo realmente interesante -y mundano- es el cómo se va a llegar; así la vida está llena de destinos particulares que los teóricos del desarrollo humano llaman metas y objetivos. Es un tema cotidiano que algunos a lo largo de la historia han transformado en «perlas» esotéricas que animaban de momento, pero que en general llenaban a la mayoría de frustración.
Lo único que tengo de cierto es que, a pesar de lo que digan los teóricos den determinismo, somos libres de escoger lo que haremos con nuestra existencia, dentro de un marco que limita nuestras acciones, pero la libertad no es absoluta a pesar de que como concepto lo sea en una escala de valores. Esos límites son imprescindibles puesto que sin ellos, no tendríamos parámetros de comparación, lo que significaría el aislamiento total para quien pretendiera no tener restricciones; sólo basta con observar los desenlaces de aquellos que supusieron que la libertad consistía en hacer lo que se les diera la gana y nos daríamos cuenta de que todos sus excesos eran la respuesta a su sentimiento de soledad, lo cual no fue predeterminado, sino producto de sus decisiones. Salud.
Beto

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