martes, 29 de marzo de 2022

La familia Grande 65a. entrega

“Señorita, está usted entre amigos”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- “No te preocupes, todo va a salir bien”, escuchó la voz de Isabel que intentaba compartir su confusión, volteó la mirada hacia ese rostro amable que le ofreció cierta tranquilidad y que, a pesar de su corta edad, sabía cómo y cuando intervenir para apaciguar los ánimos. Decidieron hacer una pausa para pensar entre todos lo que debía hacerse, por lo pronto, con los datos obtenidos por Saúl y José, tenían un buen comienzo para enfrentar la situación; descansarían y temprano por la mañana comenzarían a ajustar los detalles del plan original. No convenía que ni el cliente ni la policía volvieran a descubrir sus movimientos. Tras dos horas de haberse acostado, el timbre de la puerta principal comenzó a sonar insistentemente.

Somnoliento y apenas despegando los párpados, Saúl se dirigió a abrir antes de que la puerta diera de sí; “ya voy, ¡qué prisa, caramba!” Al recorrer la hoja de madera, sus globos oculares casi se salen de sus cuencas; Luis, acompañado de la muchacha que había sido motivo de que lo vigilaran en las últimas semanas, se le quedó viendo sin expresión, nada que evidenciara emoción alguna. “¿Vas a dejarnos pasar?”, “Claro, pasen. Está haciendo frío. No te esperábamos hoy”. “Eso es seguro, por eso tuve que tomar un taxi”. En ese momento Saúl se dio cuenta de que Jacinto venía detrás de ellos, haciendo un gesto de total sorpresa. “Así fue, tomé una de las unidades de Jacinto, ya que la teníamos tan a la mano. No, ni te esfuerces en explicar; desde el principio me di cuenta”.

Media sonrisa se dibujó en su rostro al ver la turbación de su socio y la cara de incógnita al ver a su acompañante; todavía se dio el lujo de gozar la situación por unos interminables segundos antes de presentarla con Saúl. “Nora, este vejete que ves aquí, es el cerebrito del que te he platicado. No prestes mucha atención a su aspecto, debajo de esa piel se cordero, se esconde un tigre”, dijo burlón para atizar un poco la incertidumbre del pobre hombre. “Mi padre se ha expresado muy bien de usted todo el tiempo”, afirmó la muchacha al momento en que le extendía la mano; Saúl la tomó con delicadeza sin poder creer del todo lo que escuchaba. “¿Tu hija? ¿Cómo has podido ocultarlo todo el tiempo? Mira que seremos brutos y malpensados”.

“Es usted tal como mi padre lo describió”, Saúl se mostró un poco turbado, sin embargo, le tranquilizó el haber escuchado antes que Luis se había expresado bien de él. Pasaron todos a la sala y antes de que hubieran tomado asiento, la figura de Efraín recortó el marco de la estancia. “No se levanten, espero que hayan tenido buen viaje hasta acá”, los observó unos segundos como un tutor satisfecho por el logro de sus pupilos”. No es necesario que me expliques de nuevo. Lo escuché todo mientras bajaba la escalera. Me agrada la idea de que hayas sabido ocultarnos semejante sorpresa. ¿Nora, verdad? Señorita, está usted entre amigos”. “Gracias, usted debe ser el Gato. Hace honor a su apodo, no lo escuché llegar”. “Para servirle; aunque sí debo saber el porqué hasta ahora”. Continuará.

Beto

martes, 22 de marzo de 2022

La familia Grande 64a. entrega

“No se había sentido tan abandonado a su suerte”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- “De ti depende que no te haga daño; no pienses que por estar desatado o por mi edad no puedo reducirte, pero no quiero llegar a ningún extremo antes de entender en qué estamos metidos”. La voz del Gato no dejó duda de su determinación, así que Estévan se mostró cooperativo en todo momento, de cualquier forma a él también le había llamado la atención la perturbación de todos y empezaba a entender la situación. Bastaron unas cuantas preguntas para que ambos hombres supieran que habían sido víctimas de una trampa en la que si se hubiera dado un enfrentamiento, era muy probable que estuvieran muertos, pero ¿qué escondía Emilio Corcuera como para exponer a su hijo de tal manera? Era sabido que el comando especial que dirigía Sergio, primero disparaba y luego averiguaba.

Eso no era por otra razón que se les encomendaban misiones en las que no importaba capturar, sino eliminar a sus objetivos y ante tales órdenes, su hermano era capaz de desconocer el parentesco en aras de cumplir la ley. Estaba Efraín a punto de hacer otra pregunta cuando entró José con unas hojas en la mano; era notorio que acababa de imprimirlas pues añun no terminaba de leer las últimas líneas cuando el Gato le extendió la mano para que se las entregara. “Ya revisamos una y otra vez la información y nada encontramos”, dijo con voz algo agitada, “¿quieres decir que Corcuera está fuera de sospecha?” “Todo lo contrario, esa ‘nada’ evidencia unos huecos temporales que podrían significar muchas cosas, como evasión de impuestos o nexos con el crimen organizado.

“¡Eso es imposible”, interrumpió Estévan, “mi  padre sería incapaz de cometer cualquier delito”. Aunque su afirmación sonó alto en la estancia, carecía de convencimiento pues tenía claro que él nunca había estado al pendiente de todos los negocios, salvo de los que tenía a cargo. Tuvo que aceptar que ignoraba mucho acerca de su padre, la imagen que se había forjado estaba basada en el respeto que le mostraban sus allegados y subordinados; a decir de la mayoría, don Emilio Corcuera era un hombre de una sola pieza. Muchos de ellos le profesaban admiración y agradecimiento por apoyos brindados en momentos de apremio; sólo un pequeño grupo se abstenía de emitir alguna opinión y solían ausentarse de todo lo que no fuera su trabajo.

El caso era que Estévan desconocía buena parte de las actividades de su padre y, por ende, la duda le taladraba la cabeza ahora que José y el Gato especulaban sobre esos huecos de información que habían encontrado. Debían contactar a los “neutrales” y tratar de que dijeran algo que les permitiera entender su situación, lo que les ayudaría a formarse mejor el perfil de su cliente. Para su hijo, darse cuenta de que había sido objeto de una trampa por parte de su progenitor, por muy buenas intenciones que éste tuviera, le ponía en una plataforma que removía viejos resentimientos. Desde la muerte de su abuelo, no se había percibido tan abandonado a su suerte; unas delicadas manos rodearon su cuello por su espalda. Continuará.

Beto

martes, 15 de marzo de 2022

La familia Grande 63a. entrega

“Estévan trago grueso mientras
el Gato se le acercaba”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Paró su búsqueda pero sin satisfacer sus dudas; la idea de haber sido traicionados empezaba a crecer en su cabeza. Por supuesto, su equipo estaba fuera de sospecha, aunue Luis había mostrado un comportamiento errático en los últimos meses, pero lo conocía lo suficiente como para sospechar de él. No, la trampa debía venir del exterior por alguien que tenía algo en su contra y ya que Estévan parecía saber nada del asunto, dejó de molestarlo con su enojo. Saúl le aseguró que lo había sondeado lo suficiente así que no tenía duda de que el muchacho estaba limpio. Lina no dejaba de mirarlos con una expresión de súplica, pidiendo en su interior que Estévan no fuera más que la víctima de la operación que les habían encargado.

“La lealtad aquí no está a discusión; alguien nos ha puesto un cuatro y posiblemente tengamos al señuelo”, dijo el Gato una vez que pudo clamar sus ímpetus. Ruth se prestó a llevarle un té, que en realidad era para mantenerle las manos ocupadas pues bien sabía que no tomaba otra cosa que café cuando estaban reunidos por cuestiones de trabajo. Efarín ni siquiera sintió lo caliente de la casa. Estaba tan concentrado en sus pensamientos que tampoco dio pie a que alguno le dirigiera la palabra. Esta vez Sergio había estado demasiado cerca, en un caso que no le correspondía por jurisdicción; estaba claro, era una trampa y el único sospechoso era justo el padre de Estévan, quien aunque no conocía los detalles del plan, sí tenía las ubicaciones en las que el equipo estaría, incluida la primera casa de seguridad.

Afuera, Jacinto daba las últimas instrucciones a la cuadrilla encargada de la vigilancia de Luis, más con la idea de protegerlo que por saber en qué estaba metido; terminó y dirigió sus pasos al interior de la casa, fue directamente adonde estaba Efraín y le susurró algo al oído. “Vamos a tener que dividir al grupo de vigilancia”, dijo al fin; en la mirada mostraba algo de frustración, para alguien como él acostumbrado a tener el control de todo, la situación lo sacaba de sus casillas. Había ocasiones en que manifestaba fuertes dolores de cabeza hasta que lograba solucionar aquello que le preocupaba, pero ésta no encajaba del todo. Repasó mentalmente lo sucedido desde que había aceptado el trabajo y la única variable suelta era el mismo contratante.

Pero, ¿qué interés podía tener en hacer caer su propio encargo? Le había asegurado que su hijo no sufriría ningún daño, así que carecía de lógica que hubiera él llamado a la policía tan pronto. Además, Estévan estaba seguro de que su padre lo buscaría, así que sospechar de él resultaba absurdo, a menos que... “Saúl, ¿podrías averiguar si Emilio Corcuera participa en otras actividades, además de las que asegura? Que te auxilie José, entre los dos podrán sondear las bases de datos de la policía”. “¿A todos los niveles?”. “Sí. Sospecho que tiene que ver con otros rubros en el mundo. Mientras me encargaré de sacarle la sopa a este muchachito. Rosa y Ruth, lleven a Lina a que reconozca las alrededores y planeen un escape, por si acaso”. Estévan tragó grueso mientras el Gato se le acercaba. Continuará.

Beto

martes, 8 de marzo de 2022

La familia Grande 62a. entrega

“¿Desde cuándo cambiaste tu rutina?”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- “¿Qué tal, jefe? ¿A la casa de seguridad?” “Así es y te repito que no me llames jefe. Somos hermanos”. “Por disposición de papá”. No, Jacinto. Por elección, que es mucho más significativo que la consaguineidad”. “Sé a qué te refieres, pero bien sabes que no es el caso de...” No lo dejó terminar, con una señal le indicó que se encargaría de unos asuntos pendientes vía telefónica, lo que Jacinto aprovechó para probar el nuevo equipo de sonido que le había instalado a su unidad, el cual permitía leer una memoria USB, que era en realidad lo que quería presumirle pues en ella había compilado casi medio millar de canciones, una locura para ellos, que apenas habían aceptado el formato mp3 en un disco compacto. Contradictorio para quienes tenían a la tecnología como principal herramienta.

El viaje, a pesar de lo que acababan de pasar, fue tranquilo; el asunto de Estévan le había puesto a pensar que algo no cuadraba del todo, ¿por qué había sido tan relativamente sencillo dar con él y capturarlo? Era obvio que su equipo estaba suficientemente entrenado, pero sus escoltas no parecían haber puesto mucha resistencia y sus movimientos fueron en realidad erráticos. También estaba la parte de la policía; el tiempo de respuesta resultó demasiado corto, aunque estaban advertidos que, para evitar sospechas, el padre daría aviso a las autoridades en caso de ser necesario, pero no debía hacerlo hasta pasadas tres horas. El caso es que el comando llegó como si tuvieran conocimiento de causa, sin titubeos ni pausas; la sospecha de una traición crecía en su cabeza.

A unos cuantos kilómetros de su destino, el Gato hizo otra llamada, pero se limitó a escuchar lo que le llegaba al auricular, por su parte Jacinto hizo lo propio organizando lo que sería otra jornada de vigilancia en torno a las salidas de la ciudad con el propósito de enterarse de los movimientos que realizaran las unidades de las diferentes corporaciones policiacas, lo que incluía el monitoreo de radios, teléfonos y redes. En cualquier caso, no volverían a sorprenderlos de la misma manera en el futuro cercano. La finca estaba en silencio, sólo una luz tenue marcaba el camino hacia la puerta de acceso desde la reja que Jacinto abrió accionando un control remoto; el clima parecía favorecer sus intenciones de pasar inadvertidos por los nubarrones que oscurecieron el cielo.

Entraron, a pesar del recibimiento de los noveles, la costumbre ganó como siempre, Efraín escudriñó cada rincón que su vista alcanzaba; topó con los ojos de Estévan. De inmediato se fue directo a él y tomándolo por la camisa le soltó sin más varias preguntas: “¿Quién de tus escoltas fue contratado por tu padre?” “¿Desde cuándo cambiaste tu rutina?” “¿Cómo es que la policía se enteró dónde estábamos?” La cara del muchacho no podía reflejar más estupor que en ese instante; el que lo cuestionara de esa manera indicaba que el Garto suponía un error en la operación y que lo que le importaba, era encontrar al responsable de la posible filtración de información. A las palabras siguieron las manos buscando algún dispositivo entre sus ropas. Continuará.

Beto

martes, 1 de marzo de 2022

La familia Grande 61a. entrega

“Ya no podía confiar en su velocidad
para correr”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Las discusiones con respecto de lo que debía ser la justicia fueron distanciando la relación entre los hermanos hasta llegar al punto en que sólo convivían lo mínimo indispensable con la pena que esto generaba en Carlota quien, con su silencio, sólo lograba poner más presión en una dinámica que estaba lejos de imaginar que trascendería su muerte. El deceso de Teresa le quitó una buena parte de su interés por vivir y lo que la mantenía respirando, era la esperanza de ver a todos sus hijos formando sus propias familias. Su concepción de la vida no le permitía entender cómo es que casi ninguno se preparaba para ello, le parecía que sólo deseaban pasarla bien y deslindarse de sus obligaciones, por mucho que alegaran que ésos eran otros tiempos.

Su estado era comparable al sincretismo con el que se manejaba el Gato; siempre había sido reservado pero esto se acentuó con los problemas que se les vinieron encima y los trabajos para los que era contratado junto con Luis y Saúl. Ellos también le salían con evasivas cuando les cuestionaba al respecto, hasta hicieron de las contradicciones en las que caían, un juego en el que apostaban sobre quién daría las versiones más absurdas. Algunos de esos trabajos se limitaban a advertencias de individuos que querían intimidar a otros o de grupos que deseaban evitar conflictos mayores; el espionaje vino conforme fueron perfeccionando su modus operandi y tuvieron el cuidado de no realizarlo más que para corporaciones privadas, pues sabían que el gobierno no les representaría ninguna seguridad.

Los recuerdos se desvanecieron poco a poco en la cabeza de Efraín; una sonrisa melancólica terminó por sellar el momento de recoger los instrumentos de vigilancia que había llevado consigo. Esperó pacientemente a que la calle se quedara sola nuevamente para salir de su escondite. Debía tomar todas las precauciones posibles dado que ya no podía confiar en su velocidad para correr, ni siquiera sabía si sus piernas le responderían al instante en que lo necesitara, aunque siempre se había preocupado por mantenerse en buena forma, pero comprendía que el tener sesenta y cuatro años no le permitiría competir en igualdad con muchachos de veinticinco o treinta. Salió por la puerta principal con paso calmo para no llamar la atención de posibles vigías.

La memoria de su hermana Teresa le hizo pensar de nuevo que el propósito principal de su organización todavía no se cumplía, que era encontrar al responsable de su muerte y la de casi todos los miembros de su familia; sabía que gozaba de una vida holgada en alguna parte del país y que mantenía una vigilancia estrecha sobre todo su equipo, lo que le obligaba a cambiarlo cada cierto tiempo. tecleó algunos números en su móvil, en el que no tenía registro de ninguno en su memoria por si acaso llegara a perderlo, una precaución que exigía a todo el equipo; su espera no se prolongó por más de diez minutos cuando apareció el carro que Jacinto utilizaba para coordinar los movimientos y traslados de cada operación en la que la PES se involucraba. Continuará. Salud.

Beto

martes, 22 de febrero de 2022

La familia Grande 60a. entrega

“Las palabras con las que Sergio agradeció
llevaban un mensaje oculto”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- El estupor mezclado con indignación se apoderó de aquellos que presenciaban el informe por televisión, al mismo tiempo que un nutrido aplauso llenaba la sala legislativa; la casa de los Grande se dividió entre el apoyo y la crítica más despiadada para una iniciativa que prometía hacer llegar los recursos a todo el país en tiempo y forma, algo que urgía al campo principalmente pero que, con el tiempo, vino a demostrar junto con la industria petrolera, que el gobierno es un pésimo administrador. El 2015 había conservado algo de antaño, el regreso del PRI al poder tajo consigo los vicios por los que dieciséis años atrás la población los había sacado de Los Pinos, pero eso dejaba un panorama propicio para las causas que debía atender la PSE.

Los Profesionales en seguridad Especial fue el nombre que el Gato dio al grupo que formó en la década de los setenta cuando la policía entregó en casa de sus padres el reporte por la muerte de Teresa, en circunstancias por demás extrañas. Llevaba más de una semana sin dar rastros de vida; por tres días no les pareció raro pues solía ausentarse sin avisar, con el argumento de que eso le permitiría trabajar sin poner en riesgo ni al periódico ni a sus seres queridos. Había cubierto para entonces el encuentro mundial de mujeres del ‘75, la muerte de Lucio Cabañas en el ‘74 y antes la de Genaro Vázquez en el ‘72. Los resultados de sus investigaciones no vieron la luz debido a diferentes advertencias recibidas en la redacción enviadas directamente desde la secretaría de Gobernación.

La escena encontrada al borde de la carretera era digna de una novela de Dante; con claros signos de tortura, Teresa daba la impresión de haber luchado por su vida hasta el último instante. La policía de Oaxaca sólo emitió un parco informe donde ni siquiera se aclaraba que se trataba de una periodista, cosa contraria a los casos de Patricio Pérez Pintado asesinado un año antes y Álvaro Alemán ese mismo 1979. El silencio característico del Gato se acentuó con la noticia; sólo Luis, Saúl y Jacinto comprendieron la mirada que recorrió a cada uno de los presentes en el entierro de la reportera, había comenzado el reclutamiento. Ninguna venganza tendría efecto sin un plan bien definido y las bases para ello las tomaría del entrenamiento policiaco que compartía entonces con Sergio.

Sólo él sabía lo que tenía en mente pero a todos les pareció extraño que abandonara la carrera de detective justo cuando estaba a punto de graduarse, sin embargo, asistió a la ceremonia donde su hermano adoptivo fue condecorado por haber alcanzado las máximas calificaciones que un aspirante hubiera conseguido hasta esa fecha. Las palabras con las que Sergio agradeció tal reconocimiento llevaban un mensaje oculto que no pasó inadvertido para Efraín, prácticamente se trataba de una declaración de guerra de alguien decidido a imponer la ley a ultranza hacia otro que había adoptado la venganza como modo de vida y que semejaba mucho en el carácter y la decisión con las que se disponían llevar a cabo cualquier proyecto que se les metiera en la cabeza. Continuará. Salud.

Beto

martes, 15 de febrero de 2022

La familia Grande 59a. entrega

“La banca quedaba nacionalizada
a partir de ese momento”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Los ojos de Luis se posaron en la figura inmóvil de Isabel; tenía episodios de lucidez cortos que volvían a u estado de silencio total. Esa semana, a pesar de las promesas de su padre de sacarlos pronto de su encierro, la desesperación por ver el deterioro en el que se encontraba ella iba en aumento, urgía que la atendieran en un hospital, pero la indicación era que debían desaparecer los moretones antes de cualquier atención médica, para evitar interrogatorios que los pusiera en un riesgo mayor al que estaban expuestos. se le permitió comunicarse a la casa de los Grande y a la de Isabel, para medio tranquilizar a ambas familias y poder así, establecer lo que harían en consecuencia pues ellos no podían regresar a clases aún.

Pasaron los años con periodos intermitentes de lucidez por parte de Isabel y los cuidados de Luis en los de oscuridad total, apesar de que ella se encontraba en su casa con su familia; cuando era posible, ambos consultaban a especialistas, al menos para entender el porqué pasaba una gran parte del tiempo en un estado casi vegetativo y las respuestas más esperanzadoras giraban en torno a que esos lapsos disminuirían con el tiempo, haciéndose cada vez más cortos y espaciados, hasta que ya no los tuviera pero había que tener paciencia. “¡Paciencia! ¿Quién soy yo, acaso Kalimán? Externaba Luis en parte en broma y en parte en serio, con el fin de sacarle una sonrisa a esa mujer que se había convertido en su prioridad sin habérselo propuesto.

Por su parte, Teresa había logrado posicionarse en la preferencia de un grupo lector que mantenía el ánimo combativo y la indignación suficientes como para no olvidar el ‘68 estudiantil ni el movimiento médico del ‘71, el tristemente célebre “halconazo”. Sus escritos, en tono guerrero, llegaron a señalar a varios políticos encumbrados de la casi maldita década de los setenta, dominada por figuras siniestras, por ejemplo, Arturo Durazo que hacía con sus actos un dudoso honor a su apodo “El Negro”. No le faltaron amenazas ni sugerencias de que se fuera a otro país, sin embargo, calmó sus temores tomando ejemplos del periodismo como Manuel Buendía, Luis Spota, Carlos Monsiváis o Denise Dresser, que al cabo, el riesgo era parte del oficio.

El inicio de la década de los ochenta no parecía tener mayores cambios, pues se pensaba que la “docena trágica” heredaría al sucesor de Luis Echeverría y José López Portillo la misma forma de evadir los problemas del país, con una petrolización irracional y devaluaciones a granel, un panorama que a Teresa Grande le proporcionaba material de primera para continuar con su combatividad en Excélsior. No tuvo que esperar demasiado, el 1° de septiembre de 1982, durante el último informe presidencial, López Portillo de viva voz y con lágrimas en los ojos, anunciaba a los cuatro vientos desde el Palacio Legislativo que la banca del país quedaba nacionalizada a partir de ese momento. “Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 8 de febrero de 2022

La familia Grande 58a. entrega

“El tiempo de ser crítica aún no llegaba”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Tuvo que conformarse con lo que había logrado captar y retirarse a las oficinas del periódico donde la esperaba el editor; ignoraba aún qué había pasado con sus hermanos, por lo que no se preocupó por comunicarse a su casa. De cualquier manera, no hubiera logrado hacerlo, ya que al teléfono lo mantenía ocupado don Efraín tratando de averiguar qué había pasado con Luis, sabedor de que éste llevaba una relación tirante con su padre, imaginaba que estaría en problemas, por lo que se sentía responsable de lo que pudiera sucederle. Era claro que la tensión con sus hijos no cesaría hasta tener noticias del muchacho. El Gato junto con Saúl y Jacinto, esperaban la oportunidad para poder salir de la casa y emprender la búsqueda de su amigo.

La oficina de don Manuel Becerra Acosta era un hervidero de llamadas telefónicas, pasos apurados, papeles que medio leía mientras giraba instrucciones a sus reporteros, mas de pronto todo paró, el semblante del director de Excélsior tradujo las palabras que se colaban del auricular a su oído. Alguien del gobierno de la República, enterado de las notas que el periódico había publicado en la mañana, decidió que el tono de las mismas debía matizarse pues no convenía a la estabilidad de la nación el lanzar acusaciones de tal magnitud, por lo cual o se alineaban o se les cerraría el “changarro”. Aunque esperaban algo así, suponían que la amenaza no llegaría hasta los albores de los Juegos Olímpicos; para el Viernes, Hugo Hiriart, Froylán López y Ramón Morones hicieron su parte.

Tuvieron que pasar cuatro días más para que en la casa de los Grande hubiera cierta calma; las notas en los diarios parecían haberse alineado hacia el bando del gobierno, algo entendible si todos habían recibido la misma llamada o si fueron controlados desde el principio; tal uso del papel tenía a Teresa en un estado total de indignación, pero por la necesidad de empleo, también debió relajar un poco la crítica en sus escritos, lo cual no impidió que, de manera clandestina, participara en la elaboración de un pasquín que se pegaba en varias calles del centro de la ciudad. De alguna forma, su seudónimo comenzó a llamar la atención y sus escritos comenzaban a ser motivo de pláticas en los cafés del rumbo, incluso al interior del Samborn’s de los azulejos.

Valentina Venegas fue convirtiéndose en una especie de paladina del movimiento, aunque éste estuviera casi extinto; sus anotaciones sobre personajes públicos en la política nacional le valieron el reconocimiento popular, a pesar del riesgo que representaba en esos días, tener entre las manos un medio contestatario por la posible reclusión al Palacio Negro de Lecumberri, nada deseable por mucho que diera cierto aire de intelectualidad el compartir celdas con Heberto Castillo o Gilberto Guevara Niebla. Teresa sabía muy bien que si quería seguir con ese estilo de periodismo, tendría que mantenerse en el anonimato, olvidarse de reconocimientos y mostrar una cara pública muy distinta a sus aspiraciones personales. El tiempo de ser crítica aún no llegaba. Continuará. Salud.

Beto

martes, 1 de febrero de 2022

La familia Grande 57a. entrega

“Miraron a Teresa como quien observa
a un condenado”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Había llegado hasta sus oídos que la escritora tenía abierta una averiguación sobre los acontecimientos ocurridos desde los meses de junio y julio que habían desembocado en lo sucedido ese dos de octubre, lo que encendió la curiosidad de la joven hasta decidir aportar su granito de arena para documentar todos los eventos. Más que superar el trabajo de Poniatowska, su motivación se basaba en la oposición que don Efraín -su padre- había externado para que trabajara de reportera, argumentando que no era una actividad segura para las mujeres, pues corrían más riesgos que los hombres. Sin embargo, Teresa encontró el argumento perfecto para acallar los reclamos paternos: “¿Acaso no nos educaste para valernos por nosotros mismos?” La posible contradicción tuvo que ceder.

Además, las pláticas que había dado un tal José Revueltas en varias locaciones de la UNAM, encendieron sus impulsos activistas como para pretender que los medios de comunicación se volvieran en realidad, los voceros del pueblo. La realidad distó mucho de ello; el aparato gubernamental hizo valer su poderío y las notas que aparecieron en la mayoría de los diarios, fueron acusaciones directas a los estudiantes, presentándolos como agitadores, voceros del comunismo extranjerizante que tenían como único cometido desestabilizar al país. Era hora de frenar tales calumnias, ya que no se pudo evitar la violencia en contra de un movimiento al que no se le escuchó y se le tergiversó al grado de haber deseado no haber empezado.

Las sociedades suelen reponerse de las adversidades, quizá no para mostrar fortaleza, sino que no les queda de otra; los hechos estaban consumados y tocaba saber la verdad sobre los motivos que llevaron al ejército a disparar sobre los que estuvieron en la Plaza de las Tres Culturas. El ronroneo del mecanismo de la grabadora distrajo un poco al general García Barragán, pero de inmediato se repuso para seguir contestando, en su muy particular y escueta manera, las preguntas que le hacían los reporteros. La voz cantarina de Teresa contrastó con lo duro de la pregunta que le soltó a quemarropa: “Entonces, ¿usted ordenó la intervención de las tropas en Tlatelolco?” El general volteó lentamente a ver a la chica.

“¿De qué periódico viene, señorita?” “De Excélsior, señor”. Contestó sin mayor titubeo. “Ah, ése”. Por un momento, el grueso de los reporteros imaginó que el general le soltaría una serie de improperios por su osadía, ya que tenía fama de iracundo; por el contrario, sólo se mantuvo firme y aparentando una calma que estaba lejos de sentir, se limitó a responder: “Mire jovencita, el ejército está para salvaguardar la paz en el territorio, en contra de quien sea. Además, no se manda solo. Aquí se termina esto, gracias por venir”. Dio media vuelta y volvió a encerrarse en su oficina, dejando a los reporteros con medias preguntas al aire y mirando a Teresa como quien observa a un condenado a punto de recibir su sentencia. Continuará. Salud.

Beto

martes, 25 de enero de 2022

La familia Grande 56a. entrega

“Su interés por el periodismo se debía
a Elena Poniatowska”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La amplia oficina del general García Barragán quedó en silencio, varios oficiales de alto rango se quedaron esperando instrucciones; no solía abandonar la rígida postura que lo hacía diferenciarse aunque estuviera rodeado de todo el ejército, pero en esa ocasión se permitió el codo sobre el escritorio lleno de papeles que esperaban ser signados de su puño y letra. Con pequeños círculos de su pulgar en la sien derecha, trató de ordenar sus ideas antes de dar las primeras órdenes del día. En lo más profundo de su ser, sabía que enfrentaría serias acusaciones, por un lado, la opinión pública lo señalaría como el principal responsable de los hechos de la tarde anterior, dentro del gabinete con el secretario de Gobernación, Echeverría, que seguramente ya lo habría reportado todo a Díaz Ordaz.

Pero el “pecado” mayor habría sido el haber ayudado a un civil, por encima de las instrucciones explícitas de no dejar cabos sueltos; en su fuero interno, sólo podía alegar que se trataba del hijo de uno de los principales colaboradores del presidente en materia de los que ellos llamaban “importaciones y exportaciones”, si no lo sacaba del atolladero, varias de las rutas del “negocio” se hubieran visto afectadas. Ya se escuchaban rumores de que había una agrupación que buscaba una redistribución de las áreas de influencia, plan que al suegro del secretario de Gobernación para nada complacían. Por fin levantó la mirada, “¿Terminaron de hacer la limpieza?” “Sí señor, personalmente me encargué de dar las órdenes pertinentes”. “Bien, ahora los del chisme”.

Los periodistas se arremolinaron en torno a la figura del general, su guardia personal se vio en dificultades para contener la avalancha de micrófonos y libretas que buscaban captar las primeras palabras que salieran de su boca. Una mano blanca como la nieve, sostenía con dificultad una grabadora portátil, una novedad que pocos medios se habían dado el lujo de adquirir, atrás quedarían las de carrete. Para Teresa Grande, ésa era una oportunidad de oro para ingresar en las filas del periodismo político de Excélsior  y justificar, de una vez por todas, el no haber cumplido con el esquema familiar del matrimonio estable y el hogar con hijos. A pesar de contar en ese momento con veintiún años, la presión social se dejaba sentir en forma de susurros y preguntas incómodas.

Estaba en la última etapa de la carrera de periodismo en la que debía presentar su anteproyecto de tesis, la que trataba sobre el movimiento estudiantil, aunque fuera un tema muy sensible para la UNAM; se había entrevistado en varias ocasiones con el rector Barros Sierra, con los dirigentes estudiantiles y ahora seguía los pasos del general Marcelino, lo que significó entablar amistad con un elemento del ejército para que no le impidieran el paso a las conferencias por no tener una acreditación oficial. Pero eso debía cambiar una vez que consiguiera el trabajo en el periódico. Parte de su interés por ese mundo del periodismo, se debía a la obra de una joven escritora franco-mexicana llamada Elena Poniatowska. Continuará. Salud.

Beto

martes, 18 de enero de 2022

La familia Grande 55a. entrega

“El padre de Luis los esperaba
en la puerta principal”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Tenía aún un desorden en la cabeza, no comprendía cómo era que habían salido ilesos -o al menos con vida- de esa vorágine provocada por la intolerancia; creía estar escuchando todavía, las arengas a las que se unían todas las voces congregadas en Tlatelolco. Un leve resoplo le hizo voltear hacia donde estaba sentada Isabel. Tenía los ojos abiertos con la mirada perdida y sin expresión alguna, sin reparar en sus propios dolores, se acercó a ella con la intención de hacerla reaccionar; limpió un hilillo de sangre que le cruzaba la frente, con su mano derecha sacudía al mismo tiempo el hombro de la joven que mostraba señales de haber recibido más castigo que el cachazo que él recordaba, lo que le provocó una rabia que pocas veces se permitía sentir.

Antes de que pudiera darse cuenta de la condición en la que estaba la muchacha, un automóvil se estacionó junto a la banqueta en la que se encontraban; a esa hora, la ciudad comenzaba a despertar y antes de que los primeros transeúntes se detuvieran a observar la escena, dos desconocidos los subieron al asiento trasero, acomodándolos con sumo cuidado, tapándolos con una manta; ese jueves había comenzado particularmente frío, como lamentando los acontecimientos del día anterior. Sólo unas horas más tarde, la nación se enteraría de inconsistencias en la información; la versión oficial minimizando los hechos y acusando de alarmistas y sediciosos a los que no concordaban y éstos, de ser víctimas como nación, de un gobierno asesino.

Quizá por sentirse seguro y otro tanto por los golpes recibidos, Luis se abandonó a la somnolencia que lo invadió de pronto; el vaivén del carro provocó que no pudiera mantenerse despierto por un buen rato, por lo que no se percató del tiempo ni del trayecto hacia un destino por él conocido pero al que no asistía desde que era un niño. En casa de los Grande la agitación no mermaba, con Sergio en los comandos especiales y Efraín en el bando contrario, la familia tomaba partido según la vehemencia de los argumentos de quienes tomaban turnos en una mesa que se había transformado en sala de debates, sin embargo, la sentencia final estaba siempre en boca de don Efraín: “Ustedes de verdad no entienden, ¿acaso quieren acabar con todos?”

Un gran portón de una casa en Valle de Bravo se abrió de par en par; un pequeño contingente formado por dos camilleros, dos enfermeras y un médico recibió a los tripulantes del auto que apenas unas horas había salido de la ciudad de México. El padre de Luis los esperaba en la puerta principal con la expresión más dura que cualquiera hubiera visto hasta ese día. Vigiló los movimientos para introducir a su hijo y a su acompañante y, una vez seguro de que no habría problema, se dirigió a su despacho con cierta premura. Tomó el auricular del teléfono que se encontraba en su escritorio, giró el disco marcando firmemente un número que seguramente había utilizado varias veces. “General, sí ya están aquí. Muchas gracias”. Continuará. Salud.

Beto

Como hacer zapatos

Vender libros es como con los zapatos. Foto: BAER vía Meta AI Irapuato, Gto.- 1. E l diseño. Tener una idea y pensar que es viable el plasma...