martes, 8 de febrero de 2022

La familia Grande 58a. entrega

“El tiempo de ser crítica aún no llegaba”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Tuvo que conformarse con lo que había logrado captar y retirarse a las oficinas del periódico donde la esperaba el editor; ignoraba aún qué había pasado con sus hermanos, por lo que no se preocupó por comunicarse a su casa. De cualquier manera, no hubiera logrado hacerlo, ya que al teléfono lo mantenía ocupado don Efraín tratando de averiguar qué había pasado con Luis, sabedor de que éste llevaba una relación tirante con su padre, imaginaba que estaría en problemas, por lo que se sentía responsable de lo que pudiera sucederle. Era claro que la tensión con sus hijos no cesaría hasta tener noticias del muchacho. El Gato junto con Saúl y Jacinto, esperaban la oportunidad para poder salir de la casa y emprender la búsqueda de su amigo.

La oficina de don Manuel Becerra Acosta era un hervidero de llamadas telefónicas, pasos apurados, papeles que medio leía mientras giraba instrucciones a sus reporteros, mas de pronto todo paró, el semblante del director de Excélsior tradujo las palabras que se colaban del auricular a su oído. Alguien del gobierno de la República, enterado de las notas que el periódico había publicado en la mañana, decidió que el tono de las mismas debía matizarse pues no convenía a la estabilidad de la nación el lanzar acusaciones de tal magnitud, por lo cual o se alineaban o se les cerraría el “changarro”. Aunque esperaban algo así, suponían que la amenaza no llegaría hasta los albores de los Juegos Olímpicos; para el Viernes, Hugo Hiriart, Froylán López y Ramón Morones hicieron su parte.

Tuvieron que pasar cuatro días más para que en la casa de los Grande hubiera cierta calma; las notas en los diarios parecían haberse alineado hacia el bando del gobierno, algo entendible si todos habían recibido la misma llamada o si fueron controlados desde el principio; tal uso del papel tenía a Teresa en un estado total de indignación, pero por la necesidad de empleo, también debió relajar un poco la crítica en sus escritos, lo cual no impidió que, de manera clandestina, participara en la elaboración de un pasquín que se pegaba en varias calles del centro de la ciudad. De alguna forma, su seudónimo comenzó a llamar la atención y sus escritos comenzaban a ser motivo de pláticas en los cafés del rumbo, incluso al interior del Samborn’s de los azulejos.

Valentina Venegas fue convirtiéndose en una especie de paladina del movimiento, aunque éste estuviera casi extinto; sus anotaciones sobre personajes públicos en la política nacional le valieron el reconocimiento popular, a pesar del riesgo que representaba en esos días, tener entre las manos un medio contestatario por la posible reclusión al Palacio Negro de Lecumberri, nada deseable por mucho que diera cierto aire de intelectualidad el compartir celdas con Heberto Castillo o Gilberto Guevara Niebla. Teresa sabía muy bien que si quería seguir con ese estilo de periodismo, tendría que mantenerse en el anonimato, olvidarse de reconocimientos y mostrar una cara pública muy distinta a sus aspiraciones personales. El tiempo de ser crítica aún no llegaba. Continuará. Salud.

Beto

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