| “La banca quedaba nacionalizada a partir de ese momento”. Foto: BAER |
Pasaron los años con periodos intermitentes de lucidez por parte de Isabel y los cuidados de Luis en los de oscuridad total, apesar de que ella se encontraba en su casa con su familia; cuando era posible, ambos consultaban a especialistas, al menos para entender el porqué pasaba una gran parte del tiempo en un estado casi vegetativo y las respuestas más esperanzadoras giraban en torno a que esos lapsos disminuirían con el tiempo, haciéndose cada vez más cortos y espaciados, hasta que ya no los tuviera pero había que tener paciencia. “¡Paciencia! ¿Quién soy yo, acaso Kalimán? Externaba Luis en parte en broma y en parte en serio, con el fin de sacarle una sonrisa a esa mujer que se había convertido en su prioridad sin habérselo propuesto.
Por su parte, Teresa había logrado posicionarse en la preferencia de un grupo lector que mantenía el ánimo combativo y la indignación suficientes como para no olvidar el ‘68 estudiantil ni el movimiento médico del ‘71, el tristemente célebre “halconazo”. Sus escritos, en tono guerrero, llegaron a señalar a varios políticos encumbrados de la casi maldita década de los setenta, dominada por figuras siniestras, por ejemplo, Arturo Durazo que hacía con sus actos un dudoso honor a su apodo “El Negro”. No le faltaron amenazas ni sugerencias de que se fuera a otro país, sin embargo, calmó sus temores tomando ejemplos del periodismo como Manuel Buendía, Luis Spota, Carlos Monsiváis o Denise Dresser, que al cabo, el riesgo era parte del oficio.
El inicio de la década de los ochenta no parecía tener mayores cambios, pues se pensaba que la “docena trágica” heredaría al sucesor de Luis Echeverría y José López Portillo la misma forma de evadir los problemas del país, con una petrolización irracional y devaluaciones a granel, un panorama que a Teresa Grande le proporcionaba material de primera para continuar con su combatividad en Excélsior. No tuvo que esperar demasiado, el 1° de septiembre de 1982, durante el último informe presidencial, López Portillo de viva voz y con lágrimas en los ojos, anunciaba a los cuatro vientos desde el Palacio Legislativo que la banca del país quedaba nacionalizada a partir de ese momento. “Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear”. Continuará. Salud.
Beto
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