martes, 1 de febrero de 2022

La familia Grande 57a. entrega

“Miraron a Teresa como quien observa
a un condenado”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Había llegado hasta sus oídos que la escritora tenía abierta una averiguación sobre los acontecimientos ocurridos desde los meses de junio y julio que habían desembocado en lo sucedido ese dos de octubre, lo que encendió la curiosidad de la joven hasta decidir aportar su granito de arena para documentar todos los eventos. Más que superar el trabajo de Poniatowska, su motivación se basaba en la oposición que don Efraín -su padre- había externado para que trabajara de reportera, argumentando que no era una actividad segura para las mujeres, pues corrían más riesgos que los hombres. Sin embargo, Teresa encontró el argumento perfecto para acallar los reclamos paternos: “¿Acaso no nos educaste para valernos por nosotros mismos?” La posible contradicción tuvo que ceder.

Además, las pláticas que había dado un tal José Revueltas en varias locaciones de la UNAM, encendieron sus impulsos activistas como para pretender que los medios de comunicación se volvieran en realidad, los voceros del pueblo. La realidad distó mucho de ello; el aparato gubernamental hizo valer su poderío y las notas que aparecieron en la mayoría de los diarios, fueron acusaciones directas a los estudiantes, presentándolos como agitadores, voceros del comunismo extranjerizante que tenían como único cometido desestabilizar al país. Era hora de frenar tales calumnias, ya que no se pudo evitar la violencia en contra de un movimiento al que no se le escuchó y se le tergiversó al grado de haber deseado no haber empezado.

Las sociedades suelen reponerse de las adversidades, quizá no para mostrar fortaleza, sino que no les queda de otra; los hechos estaban consumados y tocaba saber la verdad sobre los motivos que llevaron al ejército a disparar sobre los que estuvieron en la Plaza de las Tres Culturas. El ronroneo del mecanismo de la grabadora distrajo un poco al general García Barragán, pero de inmediato se repuso para seguir contestando, en su muy particular y escueta manera, las preguntas que le hacían los reporteros. La voz cantarina de Teresa contrastó con lo duro de la pregunta que le soltó a quemarropa: “Entonces, ¿usted ordenó la intervención de las tropas en Tlatelolco?” El general volteó lentamente a ver a la chica.

“¿De qué periódico viene, señorita?” “De Excélsior, señor”. Contestó sin mayor titubeo. “Ah, ése”. Por un momento, el grueso de los reporteros imaginó que el general le soltaría una serie de improperios por su osadía, ya que tenía fama de iracundo; por el contrario, sólo se mantuvo firme y aparentando una calma que estaba lejos de sentir, se limitó a responder: “Mire jovencita, el ejército está para salvaguardar la paz en el territorio, en contra de quien sea. Además, no se manda solo. Aquí se termina esto, gracias por venir”. Dio media vuelta y volvió a encerrarse en su oficina, dejando a los reporteros con medias preguntas al aire y mirando a Teresa como quien observa a un condenado a punto de recibir su sentencia. Continuará. Salud.

Beto

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