| “Ya no podía confiar en su velocidad para correr”. Foto: BAER |
Su estado era comparable al sincretismo con el que se manejaba el Gato; siempre había sido reservado pero esto se acentuó con los problemas que se les vinieron encima y los trabajos para los que era contratado junto con Luis y Saúl. Ellos también le salían con evasivas cuando les cuestionaba al respecto, hasta hicieron de las contradicciones en las que caían, un juego en el que apostaban sobre quién daría las versiones más absurdas. Algunos de esos trabajos se limitaban a advertencias de individuos que querían intimidar a otros o de grupos que deseaban evitar conflictos mayores; el espionaje vino conforme fueron perfeccionando su modus operandi y tuvieron el cuidado de no realizarlo más que para corporaciones privadas, pues sabían que el gobierno no les representaría ninguna seguridad.
Los recuerdos se desvanecieron poco a poco en la cabeza de Efraín; una sonrisa melancólica terminó por sellar el momento de recoger los instrumentos de vigilancia que había llevado consigo. Esperó pacientemente a que la calle se quedara sola nuevamente para salir de su escondite. Debía tomar todas las precauciones posibles dado que ya no podía confiar en su velocidad para correr, ni siquiera sabía si sus piernas le responderían al instante en que lo necesitara, aunque siempre se había preocupado por mantenerse en buena forma, pero comprendía que el tener sesenta y cuatro años no le permitiría competir en igualdad con muchachos de veinticinco o treinta. Salió por la puerta principal con paso calmo para no llamar la atención de posibles vigías.
La memoria de su hermana Teresa le hizo pensar de nuevo que el propósito principal de su organización todavía no se cumplía, que era encontrar al responsable de su muerte y la de casi todos los miembros de su familia; sabía que gozaba de una vida holgada en alguna parte del país y que mantenía una vigilancia estrecha sobre todo su equipo, lo que le obligaba a cambiarlo cada cierto tiempo. tecleó algunos números en su móvil, en el que no tenía registro de ninguno en su memoria por si acaso llegara a perderlo, una precaución que exigía a todo el equipo; su espera no se prolongó por más de diez minutos cuando apareció el carro que Jacinto utilizaba para coordinar los movimientos y traslados de cada operación en la que la PES se involucraba. Continuará. Salud.
Beto
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