| “¿Desde cuándo cambiaste tu rutina?”. Foto: BAER |
El viaje, a pesar de lo que acababan de pasar, fue tranquilo; el asunto de Estévan le había puesto a pensar que algo no cuadraba del todo, ¿por qué había sido tan relativamente sencillo dar con él y capturarlo? Era obvio que su equipo estaba suficientemente entrenado, pero sus escoltas no parecían haber puesto mucha resistencia y sus movimientos fueron en realidad erráticos. También estaba la parte de la policía; el tiempo de respuesta resultó demasiado corto, aunque estaban advertidos que, para evitar sospechas, el padre daría aviso a las autoridades en caso de ser necesario, pero no debía hacerlo hasta pasadas tres horas. El caso es que el comando llegó como si tuvieran conocimiento de causa, sin titubeos ni pausas; la sospecha de una traición crecía en su cabeza.
A unos cuantos kilómetros de su destino, el Gato hizo otra llamada, pero se limitó a escuchar lo que le llegaba al auricular, por su parte Jacinto hizo lo propio organizando lo que sería otra jornada de vigilancia en torno a las salidas de la ciudad con el propósito de enterarse de los movimientos que realizaran las unidades de las diferentes corporaciones policiacas, lo que incluía el monitoreo de radios, teléfonos y redes. En cualquier caso, no volverían a sorprenderlos de la misma manera en el futuro cercano. La finca estaba en silencio, sólo una luz tenue marcaba el camino hacia la puerta de acceso desde la reja que Jacinto abrió accionando un control remoto; el clima parecía favorecer sus intenciones de pasar inadvertidos por los nubarrones que oscurecieron el cielo.
Entraron, a pesar del recibimiento de los noveles, la costumbre ganó como siempre, Efraín escudriñó cada rincón que su vista alcanzaba; topó con los ojos de Estévan. De inmediato se fue directo a él y tomándolo por la camisa le soltó sin más varias preguntas: “¿Quién de tus escoltas fue contratado por tu padre?” “¿Desde cuándo cambiaste tu rutina?” “¿Cómo es que la policía se enteró dónde estábamos?” La cara del muchacho no podía reflejar más estupor que en ese instante; el que lo cuestionara de esa manera indicaba que el Garto suponía un error en la operación y que lo que le importaba, era encontrar al responsable de la posible filtración de información. A las palabras siguieron las manos buscando algún dispositivo entre sus ropas. Continuará.
Beto
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