| “El padre de Luis los esperaba en la puerta principal”. Foto: BAER |
Antes de que pudiera darse cuenta de la condición en la que estaba la muchacha, un automóvil se estacionó junto a la banqueta en la que se encontraban; a esa hora, la ciudad comenzaba a despertar y antes de que los primeros transeúntes se detuvieran a observar la escena, dos desconocidos los subieron al asiento trasero, acomodándolos con sumo cuidado, tapándolos con una manta; ese jueves había comenzado particularmente frío, como lamentando los acontecimientos del día anterior. Sólo unas horas más tarde, la nación se enteraría de inconsistencias en la información; la versión oficial minimizando los hechos y acusando de alarmistas y sediciosos a los que no concordaban y éstos, de ser víctimas como nación, de un gobierno asesino.
Quizá por sentirse seguro y otro tanto por los golpes recibidos, Luis se abandonó a la somnolencia que lo invadió de pronto; el vaivén del carro provocó que no pudiera mantenerse despierto por un buen rato, por lo que no se percató del tiempo ni del trayecto hacia un destino por él conocido pero al que no asistía desde que era un niño. En casa de los Grande la agitación no mermaba, con Sergio en los comandos especiales y Efraín en el bando contrario, la familia tomaba partido según la vehemencia de los argumentos de quienes tomaban turnos en una mesa que se había transformado en sala de debates, sin embargo, la sentencia final estaba siempre en boca de don Efraín: “Ustedes de verdad no entienden, ¿acaso quieren acabar con todos?”
Un gran portón de una casa en Valle de Bravo se abrió de par en par; un pequeño contingente formado por dos camilleros, dos enfermeras y un médico recibió a los tripulantes del auto que apenas unas horas había salido de la ciudad de México. El padre de Luis los esperaba en la puerta principal con la expresión más dura que cualquiera hubiera visto hasta ese día. Vigiló los movimientos para introducir a su hijo y a su acompañante y, una vez seguro de que no habría problema, se dirigió a su despacho con cierta premura. Tomó el auricular del teléfono que se encontraba en su escritorio, giró el disco marcando firmemente un número que seguramente había utilizado varias veces. “General, sí ya están aquí. Muchas gracias”. Continuará. Salud.
Beto
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