martes, 11 de enero de 2022

La familia Grande 54a. entrega

“Por ningún motivo menciones
que me conoces”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- “¡Un momento, no! A ése déjenlo junto a la vieja”. La orden llegó justo antes de que apilaran a Luis cual fardo encima de los cuerpos que ocupaban la plancha del camión de redilas; lo aventaron a un lado sin percatarse ni importarles si se golpearía en la maniobra, lo que les apuraba era deshacerse de los cadáveres lo más pronto posible, como se les había ordenado, La frustración de uno de los soldados se evidenció en el momento en que dio vuelta para seguir en el trajín; no disponían de mucho tiempo, la plaza debía quedar limpia antes del alba. El parte del operativo se dio por radio, sólo palabras escuetas que indicaban el inicio y el final de las maniobras, sin detalles como si se hubiera tratado de algún trabajo de albañilería para retirar escombros.

Luis entreabrió los ojos, respiraba con dificultad pero pudo percibir el olor a sangre que manaba de varios cuerpos a su lado; si acaso llegaba a escuchar algún quejido, éste era callado de inmediato con un golpe como el que él había recibido momentos antes, pero si el ruido persistía, lo siguiente era un balazo con un arma que contaba con silenciador, acción que ejecutaban los “civiles” de guante blanco. No lograba entender cómo es que el ejército les rendía obediencia a unos tipos sin uniforme y, peor aún, que les permitieran hacer lo que les viniera en gana. De pronto recordó el porqué estaba en ese lugar y el alivio lo inundó al ver a Isabel, aún inconsciente pero con vida; no parecía tener golpes de cuidado, sin embargo, no sabía en qué condiciones estaba.

“Tome un carro y lléveselos. Que lo acompañe López”. Escuchó a uno de los que estaban dirigiendo las maniobras, de pronto sintió cómo lo levantaban en vilo junto con Isabel y los condujeron hacia la calle. Una vez allí, los metieron en el asiento trasero de un Ford negro, ya sin tanta violencia pero con el desprecio de un clasismo acumulado por siglos. “Sólo esto me faltaba, que me agarraran de taxi”. Gruño uno de los de guante blanco, mientras el otro se limitaba a asegurarse que el encargo estuviera bien acomodado. “Ya déjalos, pareces su pilmama, ¿a qué lugar dijeron que debíamos llevarlos?” “A la calle de Madero”. “Bien, tú manejas, esta nochecita ha estado de locos; me despiertas cuando lleguemos”. Sólo asintió con una inclinación de cabeza y se puso al volante.

Los primeros rayos del sol dieron de lleno en el rostro de quien iba conduciendo, por lo que Luis pudo distinguir a Sergio pero al momento en que estuvo a punto de abrir la boca para hablarle, éste levantó el índice derecho para indicarle que se callara y en una voz casi audible le dijo: “No nos conocemos”. Y con el mismo dedo señaló a López. Llegaron a uno de los vetustos edificios del centro de la ciudad, estacionó frente a la puerta y con mucho cuidado se apresuró a bajar a Isabel que permaneció sin sentido, después fue por Luis indicándole que sus instrucciones eran dejarlos en ese lugar para que alguien los recogiera más tarde, que nada comentara de lo sucedido y que por ningún motivo mencionara que lo conocía si llegaran a preguntarle. Dio media vuelta, subió al coche y se alejó. Continuará. Salud.

Beto

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