| “Échalo con los demás, de todos modos no sale de ésta”. Foto: BAER |
Sólo la voz de un anciano los volvió en sí. “Nunca entenderán que andar de revoltosos les traerá problemas, ¡y ahora hasta de mamarrachos se visten!” Se observaron uno al otros dándose cuenta de que, por las prisas, no se habían quitado las ropas ni se deshicieron de la maleta. Rieron de nervios y de alivio al haber escapado de la masacre, que al otro día los medios minimizaron reportando tan sólo veintinueve muertos entre estudiantes y militares y ahora, lo que quedaba era esperar a que Luis e Isabel hubieran corrido con la misma suerte. El regaño que les propinó don Efraín fue monumental en cuanto pusieron un pie en la casa, la angustia y desesperación que imprimió en cada palabra dejó sin argumentos al par de jóvenes.
“Y además, ¿cómo piensan regresar esa maleta? Ni siquiera van a poder asomar las narices por un buen tiempo”. Cada vocablo parecía haber viajado por las calles de la ciudad hasta dar con los oídos de Luis que en ese mismo instante habría los ojos descubriéndose en un salón húmedo y maloliente, atado de manos en el piso donde retumbaban las botas de los soldados que se mostraban inquietos ante la presencia del que, se intuía, era su superior. Pero algo no andaba bien; una vez que se acostumbró a la poca luz y los quejidos de los que estaban a su lado le permitieron concentrarse, distinguió al que daba las órdenes y éste no llevaba uniforme, tan sólo portaba en la mano izquierda un pañuelo blanco que blandía frente a la cara del soldado que lo veía estupefacto.
Cuando terminó de aclarar sus pensamientos, de inmediato buscó a Isabel que, al parecer, era el motivo de la discusión entre los militares, porque no había duda de que el que estaba vestido de civil lo era. Las palabras altisonantes salían de todos lados y se replicaban en una especie de acto coral donde el público y los protagonistas eran los mismos. No fue sino hasta que cuatro manos lo levantaron en vilo que pudo distinguir la figura de su compañera, sentada en una silla colocada den un rincón de lo que, en ese momento se daba cuenta, era la estancia del edificio Nuevo León y de donde los militares empezaban a llenar unos camiones con los cuerpos tirados en el piso. “Éste todavía respira, sargento”. “Échalo con los demás, de todos modos, no sale es ésta”. Continuará. Salud.
Beto
No hay comentarios:
Publicar un comentario