martes, 25 de enero de 2022

La familia Grande 56a. entrega

“Su interés por el periodismo se debía
a Elena Poniatowska”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La amplia oficina del general García Barragán quedó en silencio, varios oficiales de alto rango se quedaron esperando instrucciones; no solía abandonar la rígida postura que lo hacía diferenciarse aunque estuviera rodeado de todo el ejército, pero en esa ocasión se permitió el codo sobre el escritorio lleno de papeles que esperaban ser signados de su puño y letra. Con pequeños círculos de su pulgar en la sien derecha, trató de ordenar sus ideas antes de dar las primeras órdenes del día. En lo más profundo de su ser, sabía que enfrentaría serias acusaciones, por un lado, la opinión pública lo señalaría como el principal responsable de los hechos de la tarde anterior, dentro del gabinete con el secretario de Gobernación, Echeverría, que seguramente ya lo habría reportado todo a Díaz Ordaz.

Pero el “pecado” mayor habría sido el haber ayudado a un civil, por encima de las instrucciones explícitas de no dejar cabos sueltos; en su fuero interno, sólo podía alegar que se trataba del hijo de uno de los principales colaboradores del presidente en materia de los que ellos llamaban “importaciones y exportaciones”, si no lo sacaba del atolladero, varias de las rutas del “negocio” se hubieran visto afectadas. Ya se escuchaban rumores de que había una agrupación que buscaba una redistribución de las áreas de influencia, plan que al suegro del secretario de Gobernación para nada complacían. Por fin levantó la mirada, “¿Terminaron de hacer la limpieza?” “Sí señor, personalmente me encargué de dar las órdenes pertinentes”. “Bien, ahora los del chisme”.

Los periodistas se arremolinaron en torno a la figura del general, su guardia personal se vio en dificultades para contener la avalancha de micrófonos y libretas que buscaban captar las primeras palabras que salieran de su boca. Una mano blanca como la nieve, sostenía con dificultad una grabadora portátil, una novedad que pocos medios se habían dado el lujo de adquirir, atrás quedarían las de carrete. Para Teresa Grande, ésa era una oportunidad de oro para ingresar en las filas del periodismo político de Excélsior  y justificar, de una vez por todas, el no haber cumplido con el esquema familiar del matrimonio estable y el hogar con hijos. A pesar de contar en ese momento con veintiún años, la presión social se dejaba sentir en forma de susurros y preguntas incómodas.

Estaba en la última etapa de la carrera de periodismo en la que debía presentar su anteproyecto de tesis, la que trataba sobre el movimiento estudiantil, aunque fuera un tema muy sensible para la UNAM; se había entrevistado en varias ocasiones con el rector Barros Sierra, con los dirigentes estudiantiles y ahora seguía los pasos del general Marcelino, lo que significó entablar amistad con un elemento del ejército para que no le impidieran el paso a las conferencias por no tener una acreditación oficial. Pero eso debía cambiar una vez que consiguiera el trabajo en el periódico. Parte de su interés por ese mundo del periodismo, se debía a la obra de una joven escritora franco-mexicana llamada Elena Poniatowska. Continuará. Salud.

Beto

martes, 18 de enero de 2022

La familia Grande 55a. entrega

“El padre de Luis los esperaba
en la puerta principal”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Tenía aún un desorden en la cabeza, no comprendía cómo era que habían salido ilesos -o al menos con vida- de esa vorágine provocada por la intolerancia; creía estar escuchando todavía, las arengas a las que se unían todas las voces congregadas en Tlatelolco. Un leve resoplo le hizo voltear hacia donde estaba sentada Isabel. Tenía los ojos abiertos con la mirada perdida y sin expresión alguna, sin reparar en sus propios dolores, se acercó a ella con la intención de hacerla reaccionar; limpió un hilillo de sangre que le cruzaba la frente, con su mano derecha sacudía al mismo tiempo el hombro de la joven que mostraba señales de haber recibido más castigo que el cachazo que él recordaba, lo que le provocó una rabia que pocas veces se permitía sentir.

Antes de que pudiera darse cuenta de la condición en la que estaba la muchacha, un automóvil se estacionó junto a la banqueta en la que se encontraban; a esa hora, la ciudad comenzaba a despertar y antes de que los primeros transeúntes se detuvieran a observar la escena, dos desconocidos los subieron al asiento trasero, acomodándolos con sumo cuidado, tapándolos con una manta; ese jueves había comenzado particularmente frío, como lamentando los acontecimientos del día anterior. Sólo unas horas más tarde, la nación se enteraría de inconsistencias en la información; la versión oficial minimizando los hechos y acusando de alarmistas y sediciosos a los que no concordaban y éstos, de ser víctimas como nación, de un gobierno asesino.

Quizá por sentirse seguro y otro tanto por los golpes recibidos, Luis se abandonó a la somnolencia que lo invadió de pronto; el vaivén del carro provocó que no pudiera mantenerse despierto por un buen rato, por lo que no se percató del tiempo ni del trayecto hacia un destino por él conocido pero al que no asistía desde que era un niño. En casa de los Grande la agitación no mermaba, con Sergio en los comandos especiales y Efraín en el bando contrario, la familia tomaba partido según la vehemencia de los argumentos de quienes tomaban turnos en una mesa que se había transformado en sala de debates, sin embargo, la sentencia final estaba siempre en boca de don Efraín: “Ustedes de verdad no entienden, ¿acaso quieren acabar con todos?”

Un gran portón de una casa en Valle de Bravo se abrió de par en par; un pequeño contingente formado por dos camilleros, dos enfermeras y un médico recibió a los tripulantes del auto que apenas unas horas había salido de la ciudad de México. El padre de Luis los esperaba en la puerta principal con la expresión más dura que cualquiera hubiera visto hasta ese día. Vigiló los movimientos para introducir a su hijo y a su acompañante y, una vez seguro de que no habría problema, se dirigió a su despacho con cierta premura. Tomó el auricular del teléfono que se encontraba en su escritorio, giró el disco marcando firmemente un número que seguramente había utilizado varias veces. “General, sí ya están aquí. Muchas gracias”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 11 de enero de 2022

La familia Grande 54a. entrega

“Por ningún motivo menciones
que me conoces”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- “¡Un momento, no! A ése déjenlo junto a la vieja”. La orden llegó justo antes de que apilaran a Luis cual fardo encima de los cuerpos que ocupaban la plancha del camión de redilas; lo aventaron a un lado sin percatarse ni importarles si se golpearía en la maniobra, lo que les apuraba era deshacerse de los cadáveres lo más pronto posible, como se les había ordenado, La frustración de uno de los soldados se evidenció en el momento en que dio vuelta para seguir en el trajín; no disponían de mucho tiempo, la plaza debía quedar limpia antes del alba. El parte del operativo se dio por radio, sólo palabras escuetas que indicaban el inicio y el final de las maniobras, sin detalles como si se hubiera tratado de algún trabajo de albañilería para retirar escombros.

Luis entreabrió los ojos, respiraba con dificultad pero pudo percibir el olor a sangre que manaba de varios cuerpos a su lado; si acaso llegaba a escuchar algún quejido, éste era callado de inmediato con un golpe como el que él había recibido momentos antes, pero si el ruido persistía, lo siguiente era un balazo con un arma que contaba con silenciador, acción que ejecutaban los “civiles” de guante blanco. No lograba entender cómo es que el ejército les rendía obediencia a unos tipos sin uniforme y, peor aún, que les permitieran hacer lo que les viniera en gana. De pronto recordó el porqué estaba en ese lugar y el alivio lo inundó al ver a Isabel, aún inconsciente pero con vida; no parecía tener golpes de cuidado, sin embargo, no sabía en qué condiciones estaba.

“Tome un carro y lléveselos. Que lo acompañe López”. Escuchó a uno de los que estaban dirigiendo las maniobras, de pronto sintió cómo lo levantaban en vilo junto con Isabel y los condujeron hacia la calle. Una vez allí, los metieron en el asiento trasero de un Ford negro, ya sin tanta violencia pero con el desprecio de un clasismo acumulado por siglos. “Sólo esto me faltaba, que me agarraran de taxi”. Gruño uno de los de guante blanco, mientras el otro se limitaba a asegurarse que el encargo estuviera bien acomodado. “Ya déjalos, pareces su pilmama, ¿a qué lugar dijeron que debíamos llevarlos?” “A la calle de Madero”. “Bien, tú manejas, esta nochecita ha estado de locos; me despiertas cuando lleguemos”. Sólo asintió con una inclinación de cabeza y se puso al volante.

Los primeros rayos del sol dieron de lleno en el rostro de quien iba conduciendo, por lo que Luis pudo distinguir a Sergio pero al momento en que estuvo a punto de abrir la boca para hablarle, éste levantó el índice derecho para indicarle que se callara y en una voz casi audible le dijo: “No nos conocemos”. Y con el mismo dedo señaló a López. Llegaron a uno de los vetustos edificios del centro de la ciudad, estacionó frente a la puerta y con mucho cuidado se apresuró a bajar a Isabel que permaneció sin sentido, después fue por Luis indicándole que sus instrucciones eran dejarlos en ese lugar para que alguien los recogiera más tarde, que nada comentara de lo sucedido y que por ningún motivo mencionara que lo conocía si llegaran a preguntarle. Dio media vuelta, subió al coche y se alejó. Continuará. Salud.

Beto

martes, 4 de enero de 2022

La familia Grande 53a. entrega

“Échalo con los demás, de todos modos
no sale de ésta”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Aguantó el dolor pero cuando un soldado los interceptó apenas saliendo del edificio, por poco se le sale un grito de pavor. “No hay paso. regresen a su casa”. la maleta casi cae de la mano de Efraín que, por un momento consideró enfrentar a golpes al miembro del ejército, pero de pronto, la voz de un superior le disuadió. “Deja a esos viejos, vente por aquí que se escapan unos”. “Lárguense, que no los vea por aquí”. Sin poder creer la suerte que habían corrido, mantuvieron su actuación por algunas cuadras hasta que el movimiento de militares había quedado atrás. Después corrieron despavoridos hasta que sus fuerzas lo permitieron. La aparente calma de la calle semidesierta y por donde habían pasado los tanques apenas hacía unos instantes, los envolvió.

Sólo la voz de un anciano los volvió en sí. “Nunca entenderán que andar de revoltosos les traerá problemas, ¡y ahora hasta de mamarrachos se visten!” Se observaron uno al otros dándose cuenta de que, por las prisas, no se habían quitado las ropas ni se deshicieron de la maleta. Rieron de nervios y de alivio al haber escapado de la masacre, que al otro día los medios minimizaron reportando tan sólo veintinueve muertos entre estudiantes y militares y ahora, lo que quedaba era esperar a que Luis e Isabel hubieran corrido con la misma suerte. El regaño que les propinó don Efraín fue monumental en cuanto pusieron un pie en la casa, la angustia y desesperación que imprimió en cada palabra dejó sin argumentos al par de jóvenes.

“Y además, ¿cómo piensan regresar esa maleta? Ni siquiera van a poder asomar las narices por un buen tiempo”. Cada vocablo parecía haber viajado por las calles de la ciudad hasta dar con los oídos de Luis que en ese mismo instante habría los ojos descubriéndose en un salón húmedo y maloliente, atado de manos en el piso donde retumbaban las botas de los soldados que se mostraban inquietos ante la presencia del que, se intuía, era su superior. Pero algo no andaba bien; una vez que se acostumbró a la poca luz y los quejidos de los que estaban a su lado le permitieron concentrarse, distinguió al que daba las órdenes y éste no llevaba uniforme, tan sólo portaba en la mano izquierda un pañuelo blanco que blandía frente a la cara del soldado que lo veía estupefacto.

Cuando terminó de aclarar sus pensamientos, de inmediato buscó a Isabel que, al parecer, era el motivo de la discusión entre los militares, porque no había duda de que el que estaba vestido de civil lo era. Las palabras altisonantes salían de todos lados y se replicaban en una especie de acto coral donde el público y los protagonistas eran los mismos. No fue sino hasta que cuatro manos lo levantaron en vilo que pudo distinguir la figura de su compañera, sentada en una silla colocada den un rincón de lo que, en ese momento se daba cuenta, era la estancia del edificio Nuevo León y de donde los militares empezaban a llenar unos camiones con los cuerpos tirados en el piso. “Éste todavía respira, sargento”. “Échalo con los demás, de todos modos, no sale es ésta”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 14 de diciembre de 2021

La familia Grande 52a. entrega

“Deténganse, las manos en alto”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- En el mismo instante, un adolescente caía abatido a su lado con la cara ensangrentada. Luis tuvo que asir fuertemente a Isabel para que no se levantara de pronto, a riesgo de ser arrollada por toda la gente llena de pánico, pero también podían ser aplastados si no se quitaban de allí así que, como pudieron, se incorporaron y se dirigieron a toda prisa hacia la parroquia de Santiago Apóstol para salir por la calle de Almacenes y de allí hacia Flores Magón, al menos ésa era la idea. No pudieron llegar puesto que dos mosquetones 762 empuñados por dos soldados, les impidieron el paso “deténganse, las manos en alto”. De inmediato obedecieron la orden sabedores de que no había alternativa salvo ser acribillados a balazos.

Desde su posición, vieron cómo toda una columna copaba todo el largo de la explanada obligando a los manifestantes a retraerse hacia el centro; no era claro si por miedo o por desobediencia, los que mantenían su intento de escapar, de pronto caían tiñendo de rojo las baldosas. El ejército disparaba en todas direcciones, incluso hacia los pisos superiores del edificio Chihuahua; el fuego cruzado cobraba a cada segundo más víctimas sin que se percibieran que éstas hubieran estado realmente armadas. No sólo eran estudiantes, también amas de casa y trabajadores salían heridos por la metralla. “Caminen, no se queden viendo”. Ambos sintieron cómo la cacha del arma se encajaba entre sus escápulas.

Luis trató de tomar la mano de Isabel cuando casi llegaban a integrarse a un grupo de jóvenes también custodiados por varios militares, pero el golpe en la cara con un rifle se lo impidió, la muchacha sintió cómo otro golpe asestado en su vientre ahogó el grito de angustia que estaba por salir de su boca. Luis apenas pudo levantar la mano derecha “no, en el estómago no”. Vio a Isabel en posición fetal recibiendo una patada en la región occipital antes que él mismo perdiera el conocimiento por otro golpe. En otro lado de la explanada, Saúl y el Gato, agazapados detrás de una de las escaleras de acceso al edificio Nuevo León, esperaban la oportunidad para salir del infierno desatado tan inesperadamente, de pronto, una maleta cayó por el hueco abriéndose totalmente.

Parecía pertenecer a una pareja de ancianos, pero no era tiempo de averiguar, de inmediato Efraín la jaló hacia sí y comenzó a buscar algo que pudiera servirles. Los nervios y el miedo no le permitían a Saúl entender qué era lo que su amigo pretendía, no reaccionó hasta que Efraín le enfundó en un vestido gris y le colocó en la cabeza un velo negro “Arremángate el pantalón y pónte esos zapatos”. Cuando volteó a verlo, el Gato ya tenía puesto un sombrero y un suéter y se cubría el rostro con un paliacate. Una mirada de súplica le dio a entender que lo que intentaba era una locura, pero no había tiempo para pensar, era eso o morir allí mismo. “No puedo, no puedo”. Un golpe de puño en la rodilla lo convenció y sirvió para fingir un paso cansino. Continuará. Salud.

Beto

martes, 7 de diciembre de 2021

La familia Grande 51a. entrega

“Le susurró algo al oído mientras una luz tenue
iluminaba sus rostros”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La noche terminó sin que Luis o los otros pudieran calmarse del todo; localizar a Isabel fue prácticamente imposible y sólo quedó esperar a que se dieran las tres de la tarde para que se pusieran en camino a la Plaza de las tres Culturas pero las manecillas se movían desesperadamente lento en cada reloj que los muchachos revisaban; sabedores de que sus padres se opondrían a que salieran ya que el ambiente se tornaba cada día más turbio, se pusieron de acuerdo con Sofía para que ésta los entretuviera mientras el Gato con sus compañeros se escapaban por el patio trasero, aunque eso significaba tener que comprarle dulces por toda una semana. Ella, ignorante de la situación, no tardó en urdir una estratagema para mantener a sus papás en su cuarto.

Mal comieron y comenzó la chiquilla que, a sus catorce años daba la impresión de ser una actriz consolidada. Se puso lívida y con un simple gesto, puso en alerta a todos los presentes en la mesa; como si se tratara de una rutina ensayada por años, la llevaron en procesión a su recámara en el instante en que Luis, Saúl y el Gato se escurrían hacia la calle. El recorrido hacia Tlatelolco fue tortuoso para Luis que no paraba de preguntar la hora o que si ya habían pasado tal o cual avenida; sin esperar a que el taxi hubiera parado del todo, saltó hacia el arroyo y corrió como loco hacia la explanada con la esperanza de encontrar lo más pronto posible a Isabel. Esquivó, empujó y rodeo según consideraba que las personas al rededor ameritaban tales piruetas.

Pasaron quince minutos antes de que pudiera distinguir al grupo con el que se encargarían de repartir volantes y con alivio, reconoció el rostro que lo había tenido en la incertidumbre total. “¿En dónde te habías metido? Intenté avisarte que me quedaría con Paty en su casa”. Lo recibió la muchacha fingiendo molestia. “Después te cuento, lo importante es que ya te encontré”. Cuatro veinticinco de la tarde y el presentador estaba por darle la palabra al representante del Politécnico Nacional; sus palabras resonaban en todas direcciones; los asistentes -que algunos contaron posteriormente en diez mil- contestaban algunas arengas al mismo tiempo que recibían de varios jóvenes, hojas impresas en stencil (estarcido). Los minutos pasaban sin mayor contratiempo.

Avanzado el discurso del segundo expositor, éste de la UNAM, Luis e Isabel volvieron a reunirse en el punto que habían acordado una vez que terminaran el reparto; sonriendo ambos, se abrazaron como si no se hubieran visto por largo tiempo, lo que aprovechó la muchacha para susurrarle algo al oído. “¿Es cierto eso?”, exclamó Luis feliz mientras sus rostros se iluminaban con una luz tenue emanada de cuatro bengalas disparadas hacia lo alto de la Plaza. De pronto el caos; sin saber cómo, ambos fueron arrastrados por la muchedumbre que corría sin dirección fija debido a unas detonaciones que salían desde diferentes puntos del lugar, su primer impulso fue correr, pero sólo atinaron a tirarse al suelo. Continuará. Salud.

Beto

martes, 30 de noviembre de 2021

La familia Grande 50a. entrega

“Salió como de ultratumba, la voz del Gato”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Las escasas monedas sonaron en el bolsillo derecho del pantalón y ese octubre no parecía muy benigno ni en lo referente al clima. ¿Cómo demonios no tomó la chamarra que había dejado en la silla en la bodega? El frío comenzó a calar fuerte y lo único que se le ocurrió, fue buscar un teléfono público para localizar a Efraín o a Saúl; deambuló por calles semi solitarias tratando de evitar las que estaban en penumbra, pues el rumbo no le era del todo familiar y, más importante que su integridad física, debía encontrar la manera de que nada entorpeciera la búsqueda de Isabel. Por fin dio con un aparato que parecía en buenas condiciones, de inmediato saco un veinte y lo colocó en la ranura, esperó el tono de marcar y su dedo hizo girar el disco.

El repiqueteo inundó toda la estancia en donde el Gato llevaba dos noches esperando noticias de su amigo, éste levantó el auricular antes de que otro miembro de su familia fuera a contestar. La voz de Luis denotó la angustia que le provocaba su situación, que se acentuó conforme se dio cuenta de que no podía escuchar la respuesta de Efraín, puesto que la parte superior del auricular estaba rota; confiando en que del otro lado sí lo escucharían, dio su ubicación para que fueran a encontrarlo lo más rápido posible. Consciente de la situación, el Gato se apresuró a llamara a Saúl para que consiguiera un transporte y se encontraran en la esquina, por fortuna, él se encontraba en la misma vigilia y salió rápido a conseguir un taxi.

La espera y la incertidumbre acentuaban la angustia de Luis, el frío aumentaba y ya no podía controlar los temblores que esto le producía. Pasaron varios carros, algunos verdaderamente amenazantes que hacían volar su imaginación, ¿qué tal si eran policías o soldados de incógnito, de ésos que el gobierno se empeñaba en negar su existencia? Los lejanos aires de las ocupaciones nazis de los que había oído hablar en sus clases de historia, tomaban forma en todo lo acontecido en los meses anteriores; por supuesto, confiaba en que el movimiento sirviera para que nunca se repitiera, ya que la idea del futuro apuntaba a que el pueblo tomara conciencia y no permitiera que ningún gobernante hiciera del país su feudo personal para cumplir sus caprichos.

Dos faros lo iluminaron, medio se abrió una de las puertas traseras y salió como de ultratumba la voz del Gato que lo apuraba a subir a la unidad; “Toma, mi madre te mandó este suéter”; “Lo sabía, ella debe ser adivina”. Intentaron sonreír pero el frío en el cuerpo de Luis y la preocupación que había provocado en sus amigos sólo les permitió emitir un gruñido que el conductor interpretó como una orden para iniciar el camino de regreso. “¿Vamos otra vez a su casa, joven?”; “Sí, por favor” Durante un buen tramo, permanecieron callados, quizá pensando en qué le dirían a sus respectivos padres por la salida a tan altas horas de la noche. El único que tenía claro que no se encontraría en esa circunstancia de inmediato era el mismo Luis, su prioridad seguía vigente. Continuará. Salud.

Beto

martes, 23 de noviembre de 2021

La familia Grande 49a. entrega

“¿Por dónde empezar a buscarla?” Foto: BAER

Irapuato, Gto.- “Creo que no sabes lo que dices; la cosa está muy fea allá afuera”; “lo he visto y lo he palpado de cerca. Además, debo ir a advertirles a mis amigos. ¿Usted no haría lo mismo si estuviera en mi situación?”. La súplica de Luis salía de lo más hondo de sus entrañas y notó que había calado en lo más hondo del ánimo del viejo. “Así  perdí a mi hija, joven. Sé que la desaparecieron y no han querido darme razón de su paradero”; “Perdón, no sabía siquiera que tuviera una hija, pero eso me da la razón. Tengo que salir”. Ambos hombres quedaron en silencio por unos instantes, hasta que por fin, Eustaquio atinó a decir “es posible que me arrepienta. Ojalá nada malo le pase”. Se apartó unos pasos haciendo una seña con su mano izquierda como dejándole el camino libre.

Aún no creyendo del todo en su suerte, corrió hacia la puerta de salida; el aire nocturno de la ciudad de México le golpeó las mejillas, el ruido de los autos dio un toque dramático a su búsqueda de transporte. Por fin, un taxi se detuvo y abordó presuroso casi golpeando con sus palabras los oídos del conductor, al que tuvo que repetir la dirección pues la primera vez no la pronunció de manera inteligible; la prisa por llegar a casa de Isabel no le dio tiempo de contar el dinero que don Eustaquio le puso en las manos antes de medio despedirse y asegurarle que no tendría inconveniente en inventarse una historia para que el patrón no lo maltratara mucho. Luis le juró que lo compensaría de alguna manera.

El auto se estacionó frente a una puerta medio desvencijada porque no había sido reparada desde el accidente donde un camión materialista había dejado caer, por descuido, unos ladrillos destinados a la obra de la acera de enfrente. El ingeniero encargado les había asegurado que la repondrían, pero ya habían pasado tres meses de aquello, por lo pronto, la sostenían desde adentro con una viga que la misma obra les proporcionó. Pagó Luis con la misma premura que le atormentó todo el viaje, quedándole tan sólo unos cuantos centavos y de un saltó se plantó ante el rectángulo de metal y tocó frenéticamente, una y otra vez, hasta que una voz llena de fastidio, le contestó desde el interior sin mucho ánimo de abrirle.

“¿¡Quién!?”; “Soy yo señor, Luis. Disculpe que lo moleste a esta hora, pero necesito hablar con Isabel”; “Ella no está, se quedó en casa de una amiga, que’sque para llegar temprano a donde van mañana”; “¿Sabe qué amiga es ésa?”; “No la conozco, debe ser una de las nuevas con las que se junta últimamente. ¡Donde vayan a andar en malos pasos..!”; “No se preocupe por eso, señor, pero sí tengo que encontrarla pronto”; “Pues creo que esa chamaca vive por los rumbos de Mixcoac, más de eso, no sé”; “Se lo agradezco de todos modos, procuraré encontrarla”; “Anda, pero váyanse con cuidado”; “No se preocupe”. Una especie de desorientación lo invadió, conocía a algunas de sus amigas, pero, ¿por dónde empezar a buscarla? Continuará. Salud.

Beto

martes, 16 de noviembre de 2021

La familia Grande 48a. entrega

“¿Quiere que le traiga otra cosa antes
de irme a acostar?” Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Salieron pausadamente tratando de no llamar la atención de los acompañantes de Luis, que se mantuvo en el baño hasta que su hermano y su amigo se fueron. ´-estos tomaron rumbo de regreso a casa del Gato, al llegar, Mónica les dijo que Luis no se había comunicado lo que les hizo temer que se hubiera metido en algún problema, lo que no estaba muy alejado de la realidad. Su padre había encontrado un paquete de volantes que invitaba a asistir ese 2 de octubre a la Plaza de las Tres Culturas al mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga, por lo que éste castigó al muchacho encerrándolo en una galera que les servía de bodega para algunos artículos de importación, sin más contacto con el exterior que un trabajador de confianza del negocio.

La idea era tenerlo allí hasta que pasara todo el borlote y fuera seguro salir a las calles nuevamente; su estancia no sería incómoda puesto que el lugar contaba con todos los servicios ya que servía de alojamiento temporal a los nuevos empleados que llegaban de provincia y no contaban de inmediato con un lugar para vivir, lo que privaba al muchacho era el aislamiento que  no le permitía saber de Isabel ni de sus amigos; sus pensamientos se concentraron en salir, no importaba la manera. La voz de don Eustaquio, el velador, lo sacó de sus cavilaciones, “Coma un poco, joven. A su edad debe estar fuerte para soportar problemas como estos”. En primera instancia no entendió si se refería a lo del movimiento o al encierro, pero, ¿ese viejo qué iba a saber de problemas sociales?

Probó un poco del sandwich de jamón con queso que el anciano le dejó sobre la mesita que estaba sirviéndole de escritorio, ya que tampoco podía darse el lujo de desatender sus deberes escolares, menos con la imagen que se había formado su padre en las últimas horas. “¿Quiere que le traiga otra cosa antes de irme a acostar?” “No, gracias don Taquio, con esto tengo suficiente, además creo que el cafesito me va a tener despierto toda la noche”. “No debería ocuparse de tanto, hay cosas que nada más les interesa a los adultos”. “No creo que sepa exactamente de lo que se trata, don Taquio. Nada más fíjese en cómo estoy, soy el vivo retrato de lo que estamos padeciendo en el país. Una generación que cree que lo sabe todo y oprime a la otra”. “Será como dice, joven, pero...”.

Luis se quedó callado, ya se veía tratando de instruir sobre movimientos sociales a un hombre que lo único que le urgía era saber si tendría algo que llevarse a la boca al día siguiente; ¿¡qué estaba pensando!? Ése era el objeto de estar en el movimiento, sacar a la gente que, como Eustaquio, se encontraba en un marasmo que los hacía víctimas de un montón de abusos por parte de autoritarios enfocados nada más en explotarlos, aunque en ese esquema encajara también su padre. “Don Eustaquio, debería dejarme salir”. “¿Qué dices muchacho? Tu padre me mataría si hago eso”. “No tiene que enterarse del cómo sucedieron las cosas Le puede decir que lo sorprendí y de un empujón lo tiré al suelo. Sería entendible y yo podría ir a pelear por lo que nos han quitado”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 9 de noviembre de 2021

La familia Grande 47a. entrega

“Por favor, por lo que más quieran,
no vayan el miércoles”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La entrega de Ciudad Universitaria por parte del ejército aquel 30 de septiembre parecía ser la señal de que todo regresaría a la normalidad; el Gato y Saúl esperaban la llamada de Luis para saber en dónde se verían para hacer los preparativos y participar en el mitin del miércoles en la Plaza de las Tres Culturas, debían aguardar pacientemente pues los martes, el papá del muchacho lo tenía ocupado hasta entrada la tarde con el fin de acortar el tiempo que invertía con Isabel, algo que resultaba completamente vano, ya que eso sólo provocaba que su vástago se las ingeniara para escaparse en cuanto podía, pero justo ese día se quedó a cumplir con sus tareas. Parecía estar en otro mundo y el ánimo con el que siempre se presentaba, en esa ocasión brillaba por su ausencia.

Había escuchado de uno de los trabajadores que algo gordo se estaba cocinando y que después del mitin ya nada sería igual, que por lo pronto él iba a prohibirle a su hijo asistir y que lo encerraría con llave si fuera necesario; por eso no había salido del trabajo, tampoco encontraba la manera de avisarles a sus compañeros sin que su padre se diera cuenta de que usaría el teléfono de su oficina. Por fin, ellos decidieron ir a la nevería que habían adoptado como “cuartel” dejándole el encargo a Mónica que le dijera que fuera hacia allá en cuanto pudiera. Caminaron unas cuantas cuadras hasta el lugar que siempre lucía lleno de jóvenes, más en esos días en que el ir a clases se supeditaba al capricho del ejército.

Los hermanos mayores del Gato, Juan, Mariano y Jacinto no habían tomado acciones tan abiertas como lo había hecho él, por lo que éste respiraba tranquilo de saber que no estarían en gran riesgo, aunque sí les pedía su opinión acerca de las tareas que les encomendaban a los del primer año de la universidad, por otro lado, tanto Teresa como Maura se encargaban de argumentar en contra de todo, pues consideraban que después de sus padres, ellas eran las encargadas de velar por la seguridad de todos sus hermanos. Una vez en la cafetería, Saúl advirtió que había un grupo de muchachos ajenos a la cotidianidad del lugar; el Gato, sin mostrar demasiada sorpresa, distinguió una cara conocida y apenas con una pequeña inclinación de cabeza, saludó a Sergio que estaba en el grupo.

“¿Es..?”; “Sí”. Dijo Efraín con su habitual tono casi neutro. Sergio se levantó pretextando ir al baño y al pasar, fingió reconocerlos, por lo que se detuvo un instante y después de los saludos de rigor advirtió a los muchachos que anduvieran con cuidado porque el día del mitin habría un operativo para terminar de una vez por todas con el movimiento. Después les explicó que el grupo con el que estaba, era un pequeño comando emplazado en esos rumbos con el fin de ubicar a algunos cabecillas y tenían entendido que esa cafetería podría ser su centro de reuniones. “Me voy, dije que sólo iba al baño. Por favor, por lo que más quieran, no vayan el miércoles”. Se retiró, los dos muchachos lo siguieron con la mirada, se quedaron un rato más y pidieron la cuenta. Continuará. Salud.

Beto

martes, 2 de noviembre de 2021

La familia Grande 46a. entrega

“Don Efraín empezó a ver al movimiento
con otros ojos”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- A la mañana siguiente, las notas de los periódicos sólo dieron parte de lo que llamaron la “manifestación silenciosa”, sin dejar de develar eventos violentos como el de dos estudiantes heridos en la madrugada de lo que el MURO (Movimiento Universitario de Renovadora Orientación, calificado como reaccionario) responsabilizaba a los “comunistas”, todo porque según ellos, habían externado su interés de que se reanudaran las clases el siguiente Martes; por otro lado, una escueta nota en Excélsior daba a conocer que cinco empleados de la Universidad de Puebla habían sido linchados la noche anterior en San Miguel Canoa, con la aclaración “los creyeron estudiantes”. Luis lamentó que todo estuviera tergiversándose de forma que empezaba a verse a través de una nebulosa.

Aun con las noticias, la sonrisa no se le borraba de la cara; la tarde con Isabel había sido mejor de lo que había pensado y la promesa de seguir viéndose en clases como fuera de ellas, le hizo despertar esperanzas de tener una relación duradera, muy a pesar de lo que su padre opinaba. “Una muchachita que se meta en eso que llaman ‘movimiento’, no puede, de ninguna manera, tener buenas intenciones”, la repetía cada vez que había oportunidad. Cuando sucedía eso, Luis prefería ir a casa de los Grande a refugiarse pues, conociéndose, sabía que si se quedaba, la discusión con su progenitor duraría horas sin que lograra convencerlo de que Isabel hacía que él mismo fuera mejor persona y, que si le diera una oportunidad... No, eso no sucedería.

Los días siguientes transcurrieron entre declaraciones poco agraciadas del secretario de Gobernación acerca de la ocupación de Ciudad Universitaria ese 18 de septiembre y los llamados del rector a la cordura, además de la denuncia en seis puntos que publicaron varios intelectuales, encabezando una lista de doscientos los escritores Inés Arredondo, Emmanuel Carballo, Jorge Carreón y Carlos Monsiváis junto con el director de teatro Héctor Mendoza. Y mientras las autoridades universitarias apelaban a la autonomía, el gobierno de la República defendía su postura de asegurar la celebración de los Juegos Olímpicos. Cuando don Efraín, como ya llamaban al padre del Gato, descubrió que en esa lista publicada por el diario El Día aparecía José Chávez Morado, empezó a ver al movimiento con otros ojos.

Bajo la sentencia de que el ejército no permitiría más desorden emitida por el secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán, siguieron detenciones como las del maestro Elí de Gortari y el ingeniero Heriberto Castillo, sin darse a conocer claramente las razones de ello; María Luisa “La China” Mendoza, en su escrito del 21 de septiembre, trataba de explicar la incertidumbre que vivía la población en cuanto a las acciones llevadas a cabo por las autoridades y las formas establecidas por el periodismo para narrar los hechos, sugiriendo con ello que el resultado era una atroz desinformación. Por esas fechas, la efervescencia se había extendido a otras latitudes como en la manifestación en la ciudad de Puebla, realizada por seis mil estudiantes y grupos de obreros y campesinos. Continuará. Salud.

Beto

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