martes, 29 de diciembre de 2020

La familia Grande 2a entrega

Encontrar un sobrenombre no es
cosa fácil. Foto: BAER

Ambas, aún niñas, aprovechaban cada instante para tratar de enterarse de todo lo que fuera posible, hasta que la voz de su madre imponía orden y para eso doña Carlotita se destacaba desde muy joven. Decían sus allegados que con una sola mirada era capaz de movilizar legiones, sin importar que sus palabras sonaran dulces a los oídos menos entrenados, sus órdenes eran ley. Por ello, tanto Sofi como Laura, entendían que había límites y sobrepasarlos detonaría toda la furia que el diminuto cuerpo de Carlotita era capaz de almacenar y ya que no necesitaba de aspavientos, nadie se enteraría en el momento en que el castigo fuera impuesto, sino ya que éste se cumpliera, así que no había defensa para ello.

Bueno, hasta don Efraín su marido, había tenido que sufrir las consecuencias de alguna falta de su parte, nunca se supo la naturaleza de los castigos porque eso era asunto privado, pero se notaba en la cara del señor que nada bien la había pasado cuando le tocaba. Tampoco se quejó pues decía que ante todo, un caballero debía aceptar con estoicismo sus errores y él lo era, por supuesto. Más que un matrimonio, Efraín y Carlota tenían un contubernio en el que ambos compartían lo compartible y mantenían ciertos espacios para sí mismos como pareja y como individuos. De esa manera los habían criado, desde la mayor hasta el menor, con la única distinción que a las mujeres debía concedérseles.

El matriarcado se hizo extensivo a las jóvenes que formaban el ramillete de bellezas que todos los caballeros de la colonia deseaban conquistar, lo que les trajo a los hombres de la casa no menos de un pleito por cabeza. Él mismo había tenido que sacar a flote sus dotes boxísticas porque el honor familiar así lo exigía, además de portar el mismo nombre de su padre, algo en lo que su progenitor no estuvo de acuerdo, pero la voluntad de Carlotita no consideraba oposiciones, quizá le encantaba decir dos veces “Efraín”. A su hermana mayor le causaba gracia que era al único al que no se le había encontrado un diminutivo que le quedara bien y que ayudara a facilitar su identidad con sus conocidos.

Porque, ¡ah, qué lata era el tener que aclarar de cuál Efraín hablaba su mamá! Entonces tuvieron que recurrir al apodo; buscaron en sus características físicas, en sus comportamientos, en sus gustos, en fin, en todo lo visible, con lo que se dieron cuenta de que lo conocían muy poco, ya que su discreción le permitió pasad inadvertido la mayor parte del tiempo. Teresa, la mayor, hasta organizó una junta para proponer y votar por alguno que fuera adecuado al fantasmal hermano que les había tocado. Después de los manoteos, gritos como de feria, risotadas, optaron por el menos complicado que hiciera alusión a lo callado y enigmático de su proceder, así fue rebautizado como “el Gato”. Salud.

Beto

martes, 22 de diciembre de 2020

La familia Grande 1a entrega

La colilla entre sus dedos quemó un poco
de piel. Foto: BAER

Una bocanada extraída de lo más profundo del cigarrillo casi extinto, formó un aro irregular similar a los que antaño divertían a su sobrina en las tardes en que solía visitar a su único hermano vivo. Después de haber formado parte de una familia muy numerosa, el que ya sólo sobrevivieran ellos dos resultaba extraño, principalmente en las festividades en las que solían reunirse todos. En esas fechas, la mesa, la mesa hecha por su padre, rebosaba de chiquillos risueños que se desbordaban en cuanto su madre, arriesgando el físico, colocaba alguna cazuela o el canasto de tortillas que le habían tomado media mañana hacer, pues no confiaba en los círculos de masa casi cruda que vendía Chole en la tortillería de la esquina.

Lejos habían quedado los gritos de su padre para levantar a las seis y media de la mañana, a toda “la tropa” como llamaba a todos sus hijos “de riego y de temporal”, broma que a su mujer no le hacía mucha gracia pues, de los seis que fueron de sangre, se sumaban tres primos hijos de una hermana que falleció en circunstancias extrañas, a decir de las autoridades, dos de un trabajador de la obra en la que había trabajado de capataz y otros dos de un compadre que salió del país huyendo por haber matado a su esposa. Eso sí, todos adoptados según la ley, favorecidos por la ayuda de un conocido bien posicionado en la política nacional que los inscribió a todos en un programa gubernamental de asistencia.

La colilla entre sus dedos quemó un poco de piel obligándolo a dar un manotazo para deshacerse del dolor; levantó las cobijas dispuesto ya a levantarse pensando en el regaño que le hubiera dado su madre de haberlo encontrado otra vez con ese mal hábito de fumar en la cama. Parecía oírla: “mal amaneciendo Dios, ya estás con esa porquería”; terminó por levantarse no muy convencido de lo que iba a hacer. Aún mantenía la sensación de esperar turno para bañarse, a pesar de haber vivido solo los últimos cinco años, pues su vida de casado (en tres ocasiones) sólo fue un continuo de la vorágine en que cada día despertaba en la casa paterna, una edificación tan grande como vetusta.

Debió ser que su primer matrimonio lo pasó allí, al menos una buena parte, lo que le dejó varias marcas en el alma; bien dicen que no hay amor que soporte extremas carencias y la principal, dado que para ese entonces ya contaba con empleo y un sueldo decente, era la privacidad. Sin luna de miel, tuvo que compartir desde el primer día la recámara de sus hermanas menores, pues era la que más se prestaba para dividirla con un lazo y una colcha atravesados de pared a pared, pero como era imposible meter otra cama, Sofi tuvo que cederles la suya y compartir con Laura, aprovechando que ambas eran de corta estatura, aunque juntas no eran dechados de discreción ni de confiabilidad. Continuará. Salud.

Beto

martes, 15 de diciembre de 2020

Las clases de civilidad

Nos ofendemos más con las formas que con
lo que tienen de fondo. Foto: BAER
Un gran pecado de la sociedad actual es el dar las cosas por hechas; los sobreentendidos han minado las relaciones sociales en un nivel que la indolencia se ha convertido en el comportamiento común, el bienestar social es una quimera y lo virtuoso es aprovecharse de los demás. La oposición a las reglas es una constante, ya sin un marco conceptual que le dé validez, se ejecuta por moda o por vanidad, quizá por no encontrar una forma lógica de sobresalir. La satisfacción sólo es material y quien ose afirmar lo contrario, será puesto en la plataforma de los perdedores. Lo anterior es debido a que aprendemos que los demás no existen sino para atacarnos, por lo tanto, es nuestro derecho divino defendernos.

Defenderse está bien y es eventual, lo malo es estar permanentemente a la defensiva; es un estado enfermizo de rasgos paranoides que impide pensar positivamente de cualquier situación. Es además, un estado mental histórico que está enfocado al regodeo del sentimiento derrotista grabado en nuestra piel con el hierro candente del mito del país conquistado: “Este complejo está determinado por nuestra visión de la historia que nos identifica como descendientes de aztecas conquistados”. (Zunzunegui, 2020) y no sólo eso, el determinismo resultante que intenta explicar nuestra postura de eternas víctimas de todos los países, otorga un buen pretexto para justificar el miedo al triunfo.

La civilidad nacional tiene como pilar a la pobreza como virtud; ser pobre pero honrado ha sido una tarjeta de presentación explotadas en la historias de consumo en el cine y la televisión -y últimamente por el gobierno federal- pero esa uniformidad supuestamente deseable por ciertas divinidades fuera de sustentar la conformidad, provoca que la mayor parte del tiempo nos quejemos por no tener dinero y obliga a algunos a dedicarse a la delincuencia. Las contradicciones acentúan las desesperanzas añejadas en barricas de mal entendida estoicidad y resignación punzante que se encaja en las rodillas de un pueblo penitente que finge fortaleza en un caparazón de simulación.

La convivencia está condenada a una ficción políticamente correcta, sin convicción ni ganas de volver a un esquema de honorabilidad guardada para las películas de los hermanos Soler; ya no se puede levantar la voz porque un grupo se espanta, la crítica es siempre un ataque a la sensibilidad de otro, el señalamiento es censura y la piel de los habitantes de este país es cada vez más delgada. Lo que parecía una fábula o novela de marcianos, se ha vuelto realidad; las verdaderas ofensas como la pobreza extrema, la discriminación irracional, la falta de condiciones para la libre empresa o cualquier otra lindura con la que nos han gobernado, amenazan con posicionarse para siempre. Salud.

Beto

Para saber más:

Zunzunegui, Juan Miguel. (2020). Los mitos que nos dieron traumas. México, De Bolsillo.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

La textura de la tinta

No te muevas, no te va a doler. Foto: BAER

La metamorfosis tiene sonido en el papel, las manchas dejadas por la punta del bolígrafo cambian su textura con cada surco convertido en signos, signos transformados en imágenes que a su vez conforman historias. La suavidad de la hoja en blanco da paso a un tacto apergaminado que cruje sin armonía aparente, pues el ritmo está marcado exclusivamente por la lectura. Crestas y valles en miniatura enamoran a las pupilas, éstas se extasían con los irregulares trazos de un pulso que se vuelve un poco más errático cada día, pero que nada le resta a la intención de llegar a consciencias ajenas; un contacto visual antes de la virtualidad en que nos conducimos en estos días.

Los retratos y paisajes resultantes de los trazos en las líneas guía, tienen el cometido de replicar sus rasgos en cada masa encefálica que acepta el reto de mimetizarse por unos momentos con realidades alternas visualizadas desde diversos aprendizajes; algunos informarán, otros acusarán, los más servirán de distracción de las labores impuestas por la fuerza de la costumbre. Algunos derramarán la tinta, otros la colocarán cuidadosamente en el albo de la superficie sacada de las entrañas de los añosos árboles que encuentran así, una versión alterna de la eternidad, ésta compartida mediante un acuerdo en el que se entregaron resignados a ser mutilados por sierras carentes de todo pudor.

Surco a surco las páginas se llenan de recuerdos o ficciones, crean mundos enteros en complicidad con aquellos dispuestos a dejarse llevar figurativamente por la fantasía; pero también la contundente realidad tiene cabida y se cuela sin importar el color del pigmento que se use, el efecto de semi rigidez no reconoce cromaticidad pero sí se alivia un poco con el peso de las páginas. La mano hiere y rasga, la hoja recibe el estímulo sin protesta, pero exigiendo la formalidad total de las convenciones caligráficas ya que en sí misma, si se carece del mínimo cuidado, se transformará su intención inicial en perenne reclamo, en denuncia infinita de lo irrespetuoso de nuestro proceder.

Al llegar al último renglón, se tiene la oportunidad de cambiar de hoja o de concluir la idea, sin embargo, si lo que se termina es la tinta, todo afán termina con ella, no puede separarse de donde fue colocada, no pueden cambiarse las formas dibujadas, nunca volverá a ser potencial insumo, ya se transformó en producto, ya cumplió un cometido. Cambió su líquida esencia en un sinfín de rayas cuya coherencia queda a consideración de personas ajenas al proceso inicial pero que amenazan con convertirse en parte integrante de una nueva dinámica que resulta auto renovable con cada nueva vista, conformando así, una complicidad que espera ser heredada. Salud.

Beto

martes, 1 de diciembre de 2020

Exlibris

Cada rasgo en cada imagen sirve para identificar
a un ente especial. Foto: BAER

Al igual que con cualquier mercancía, el problema no está en crearlas, sino en posicionarlas en al gusto de los diversos públicos que existan para ellas; las ideas pueden ser muy buenas y hasta presentarse como propuestas para solucionar problemas arraigados, sin embargo, dependen del entorno en el que se quiera aplicarlas. Muy buena parte en el logro de posicionamiento tiene que ver con la identificación de la marce; señalamos y señalamos con signos lo que es de nuestra propiedad o a lo que le transferimos nuestra identidad. Lo apartamos del montón, le damos una categoría y lo exponemos a la vista de los demás para que también ellos tengan el conocimiento de la ascendencia que ejercemos.

Las firmas o mejor dicho, las rúbricas y los logotipos aún presentan una utilidad generalizada; documentos, peliculas, programas de televisión, automóviles, en fin, la cantidad de objetos susceptibles de propiedad individual o corporativa se identifican con algún signo que, de alguna manera, resume la identidad de su fabricante o su dueño. En el caso de los libros, el signo de propiedad individual de mayor elegancia es el exlibris; de diseño único, su dibujo puede estar impreso mediante un sello o sobre una cartulina adherible, generalmente puesto en la página inicial de una obra que se quiere mostrar que pertenece a alguien en particular, ya sea porque se adquirió mediante un pago o por regalo.

Por mucho tempo fueron motivo de cierto barroquismo por parte de sus creadores, al grado de ser una explosión visual de colores y formas que, si bien resultaban atractivas, dificultaban la distinción de sus componentes. Éstos podían variar según el gusto del portador y contener aves, plantas, animales mitológicos o lugares de interés que hicieran referencia a una zona geográfica, a la nobleza del identificado o a alguna parte de un escudo de armas. Las dimensiones también cambiaban según fuera el formato de los libros a “sellar”, pero sus proporciones debían corresponder armónicamente con la hoja que ocuparán, para no tener que aumentar la imagen o rellenarla.

Aunque en la actualidad sólo algunos interesados hacen uso de él, la imagen del exlibris mantiene esa imagen de distinción por la creación de figuras más elaboradas que hacen referencia a personas especiales interesadas en la conservación de sus archivos bibliográficos. Además, la creación de un exlibris es un ejercicio mental que obliga a plasmar en una imagen la manera en la que nos gustaría que nos percibieran todos aquellos que se dieran el tiempo de asomarse a nuestra biblioteca. Si acaso pensáramos que no es un trabajo en el que nos fuera bien porque dibujar no está entre nuestras fortalezas, para eso nos serviría contratar los servicios de un diseñador gráfico y así de paso, nos enteramos que realmente son útiles. Salud.

Beto

martes, 24 de noviembre de 2020

Nueva vida al papel

La conjunción de dos almas para configurar
un mismo espíritu. Foto: BAER

La nobleza de la restauración se aprecia desde el momento en que ponemos manos a la obra en alguna de ellas; no importa su naturaleza, los pasos parecen ser los mismos en cualquiera. El objeto a restaurar ofrecerá las pistas por donde prefiere ser intervenido, la manera en cómo lo desea y el tiempo de atención que requiere. La proverbial sabiduría oriental pone como ejemplo la recuperación de las piezas de cerámica, humanizando hasta cierto punto, las cicatrices que se forman cuando se rompen y después se pegan los trozos resultantes, algo como cuando escuché a mi hermano Jorge decir que una cicatriz en la piel no era otra cosa que una medalla del deporte.

En un llibro, la restauración adquiere dos títulos nobiliarios, uno por los delicados movimientos que se requieren para despojarlo de aquellos elementos que ya no tienen una utilidad práctica y dos, por la valía del contenido; algunas de las piezas deberán reemplazarse, esto cuidando que la obra mantenga su dignidad y la naturaleza de su factura y otras, sólo requerirán de mantenerse lo más cercano posible a su estado original, lo cual significa que, los elementos agregados no saquen de contexto a la intención para la cual fue hecho; por mucho que el arreglo intente mejorar la presentación, el respeto es primordial para no provocar un resultado adverso.

Una restauración en los libros -y en cualquier objeto- implica hacerle nuevas heridas; se trata de una intervención quirúrgica en la que necesariamente aparece la mano de quien llevó a cabo la operación. Habrá quienes hasta dejen constancia de ello con una especie de firma característica, para otros quizá eso no sea tan importante, el caso es que en cada ocasión la relación entre artesano y obra es de una estrecha intimidad en la que el objetivo es darle una segunda oportunidad a un tercero, que bien puede ser el autor para que su conocimiento no se pierda o bien, un lector, para que aumente su bagaje abrevando de una fuente ajena a su realidad pero cercana en naturaleza.

La fragilidad de las páginas sueltas, dejará su lugar a una fortaleza recuperada a base de hilo y pegamento, de nuevas piezas de papel o de tinta, para dar nuevo brillo a los blasones adquiridos con el resonar de las palabras impresas en cada cabeza que haya tenido y tenga la futura suerte de recorrer cada uno de sus renglones. Claro, no todos los libros corren con la misma suerte, pero los pocos que sí, acumularán el cariño y el respeto de cada par de ojos que se animen a acompañarlos en la aventura que guardan en su interior. a pesar de la gran producción en masa, la figura del restaurador se mantendrá como la de un vigilante de las relaciones se amor-odio entre los autores y sus lectores. Salud.

Beto

martes, 17 de noviembre de 2020

Guardameta de la pluma

Un escrito puede ser un gol en contra.
Foto: BAER

El escritor es como el portero en el fútbol, hay muchos momentos de soledad, generalmente las metas se festejan sin compañía y en una jugada puede convertirse en héroe o villano. No importa la extensión del escrito, la lectura será implacable con cualquier error cometido, sin que se tome en cuenta el tiempo ni el esfuerzo que se haya tomado la preparación, por lo cual, el nivel de locura que deben manifestar tanto el escritor como el portero, estará por encima de la crítica porque, al final de cuentas, nadie le pidió que trabajara en ello. Entonces, ¿por qué la necesidad de escribir? Por mucho que exista la necesidad de entretenimiento o la complicidad para creer lo que se lee, nadie señala hacia una persona en especial para que escriba.

Se podría argumentar vocación, pasión por contar historias, quizá simple gusto, la exposición es la misma y los sinodales igualmente infinitos; aun así, la locura prevalece esperando en un marco imaginario la jugada que lo encumbre al nivel de celebridad, al menos por un partido, con la esperanza de repetir la faena en otros estadios ya sea de local o de visitante o ¿por qué no? en un escenario mundial. Las demás posiciones seguirán realizando sus tareas como defensas-artesanos, medios-profesionistas o delanteros-artistas con la atención que les corresponde según su espectacularidad, pero con la seguridad de que su trabajo es fundamental para asegurar su supervivencia.

El escritor-portero debe confiar en que su accionar, fluctuante entre la dependencia y la independencia, obtendrá de sus coequiperos los argumentos necesarios para mantener su arco invicto. Sin embargo, todo el mundo sabe que, si su actuación es discreta, se debe a que su equipo trabajó muy bien, por lo cual sus servicios no fueron necesarios, pero si lució con acciones espectaculares, fue porque la escuadra a la que pertenece hizo agua y, al final de cuentas para eso está. Rara vez dará órdenes, pues cada línea del grupo tendrá su líder aunque, por su visión amplia del campo, se le concederá en derecho a señalar algún movimiento siempre a la defensiva.

Si logra el suficiente respeto y convertirse en referente de su equipo, tendrá el derecho a opinar sobre cómo mejorar las condiciones o las estrategias de acción, pero no tanto como para hacerlo desde adentro, para ello deberá despojarse de su investidura y convertirse en otra cosa, Ya no será más escritor-portero, se tendrá que transformar en entrenador-político con la consecuencia de que deberá transformar asimismo, su fiabilidad en concertación, renunciar a su libertad de discernimiento para vigilar la libertad de expresión de los demás. Por lo tanto, el escritor-portero tratará de extender su vida productiva más allá del retiro legal, por fortuna su puesto lo permite. Salud.

Beto

martes, 10 de noviembre de 2020

El imperio de la voluntad

Ningún personaje se deja ningunear.
Foto: BAER

La pluma va hiriendo renglón a renglón la hoja que se resistía a revelar los secretos acumulados el día anterior, sin embargo, forzados a revelarse para no perderse en la escasa memoria de este tiempo, vendrán a constituir el cúmulo de legajos que algún día serán valorados por ojos que no conocieron al autor. La sangre negra rellena los surcos y las ideas tornan en imágenes factibles de intercambiarse en torno a una taza de café, tomarán el aroma de éste y se transformarán en euforia cuya talla no será exclusiva, pues vestirá lo mismo los ánimos de jóvenes y ancianos, de pobres y adinerados, de hombres y mujeres ávidos de proyectarse en nuevos mundos.

En medio de la turbulencia provocada por la lectura, nacerán los emisarios de otras realidades tan parecidas a ésta, pero que encierran esperanzas donadas por la voluntad de su creador, éste inmisericorde, torcerá hasta el límite de la paciencia las situaciones sometidas a su capricho, pero que encontrará en su interlocutor, al cómplice perfecto. Confiará en su discreción, en que los crímenes que cometa, se vestirán con la obviedad del secreto a voces, que el juicio al que los sometan será sólo la prolongación de su capricho y tendrán como resultado el estupor circunstancial que habrá de repetirse en cada lectura, en cada cabeza que ose introducirse en esas páginas.

Cada cierto tiempo, la mano hace una pausa para permitir una revisión; las palabras escritas comienzan a alejarse y adquieren autonomía, el texto se vuelve ajeno y vive por sí mismo, exige que se siga un camino aparentemente determinado al que la pluma no tiene más remedio que ceñirse. Las muecas de las caras de los personajes cambian independientes y las palabras que salen de sus bocas son gritos de libertad. Y no hay condiciones, la pluma danza en la hoja al ritmo que le marca el coro ficticio para este mundo, pero real del otro lado del espejo. Bastaría con extender los brazos para que en ese momento se invirtieran los papeles.

Por un instante eso sucede, el puente construido mediante oraciones se ve transitado por un innumerable grupo de personajes que vienen a vigilar lo que su creador les encomendará; posiblemente no estarán de acuerdo con las vestimentas asignadas ni con los parentescos propuestos; presionarán para cambiar lo cambiable y mantener lo inamovible. La última página se vislumbra no como una meta, sino como una promesa de nuevos enlaces, de otros espacios, de diferentes rostros; en sí misma, aunque lleve la palabra impresa, no será el fin, sino el acuerdo tácito entre el creador y sus personajes con un posible lector de una nueva cita. Salud.

Beto

martes, 3 de noviembre de 2020

Artesano culinario

Muy pronto, será un banquetazo. Foto: BAER

En la gimnasia cerebral los descansos también son importantes; dentro de la temporalidad en la que estamos insertos, es fácil entender los breves momentos y la necesidad de tomarlos en donde nuestros pensamientos deben tener un grado casi cero, en los que las neuronas puedan estirarse perezosas sin la carga de resolver problemas. Por ello tomé el día de muertos, me deslindé un rato de este mundo para tratar de no sentir, de no adquirir nuevas fobias ni reafirmar las viejas. No diré que lo usé para recordar a mis seres queridos que ya partieron al cielos que se hayan fabricado, a ellos los recuerdo sin que medie pretexto y a la hora que les venga en gana, porque sé que los recuerdos, en buena medida, los proveen ellos.

Me tomé el día porque necesitaba poner orden a mis pensamientos, algo que para los que gustamos de soñar despiertos, representa toda una obra de ingeniería que no redunda en una gran emoción, pues lo que impera en el caos sináptico es la sorpresa. Aun así, volqué mi atención en los utensilios de cocina que guardo más por el valor sentimental que por el uso que les haya dado hasta ahora, aunque he de decir que he puesto un sitio estratégico para retomar el incipiente... iba a decir arte, pero en mi caso sería la incipiente artesanía culinaria que dejé trunca por motivos laborales. Debo decir que mis frijoles refritos vuelven a tener la consistencia de antaño, al menos en pequeñas cantidades, ya que no suelo recibir visitas.

Claro que no pienso convertirme en Chapina Peralta; para los que no son de mi generación, ella es la precursora de los programas de cocina televisivos en México, mucho menos presumir que sé guisar, pero sí quiero estar preparado para cuando vuelva a tener a alguien a quien recibir y al menos poder ofrecerle un sandwich de pepino, ¡está bien! Emparedado. De lo que sí estoy seguro, es de que nunca se me quemará el agua; ya en serio, de lo que más me ha servido el trajín con las cazuelas, es para apreciar el esfuerzo y la sazón de los demás. A pesar de que aún no logro domar mi compulsión por comer, sí puedo decir que de la gente que sé que cocina, la mayor parte de sus platillos tienen un muy agradable sabor y un toque particular.

Por supuesto, mis papilas gustativas no están entrenadas para definir a ciegas qué plato corresponde a qué persona, pero eso lo veo como una ventaja, ya que cualquier variación siempre me parecerá única y original al no tratar de encontrar a fuerza, el sabor estandarizado. Quizá eso me convierta en el comensal que cualquier cocinero quisiera en su mesa. Pues bien, en estos días debo retomar la manufactura de las tortillas, las legendarias tlaxcalli, que me impulsaron a adquirir mi propia prensa de madera, que ahora está en rehabilitación, espero que lo pando de la tabla superior sea reversible, porque si no lo es, tendré que buscar otra para sustituirla, sólo espero que el carpintero no se mande con el cobro de la pieza. Salud.

Beto

martes, 27 de octubre de 2020

Hecatombe

un destino ya contemplado por muchos.
Foto: BAER

Se están gestando las historias que se han de contar en un lustro o en una década, las que servirán para que los nuevos inquilinos de este traqueteado mundo aprendan a protegerse de los males que nos inventamos en estos días o se aterren con las leyendas surgidas de sufrimientos y batallas en contra de enemigos, producto de las febriles mentes de poderosos y desposeídos. Tengan o no las armas necesarias, esas generaciones protestarán por posibles condiciones infrahumanas universalizadas desde la codicia de unos cuantos y elevarán odas a modernos titanes que acaudillarán huestes que no tendrán una idea digna de lo que es vivir en paz o dormir sin pesadillas.

La infertilidad pasará de los humanos a los campos, de la flora a la fauna; no habrá más moneda de cambio que el agua ni mayor equivalencia que la sangre. La normalidad estará enferma y contaminada con los desechos de la última civilización, la nueva edad de piedra ya no buscará heredar inteligencias ni habilidades, sólo las añorará tratando de recapturar sus detalles pues en ello le irá la vida. Esa vida que fue rindiéndose sin poder defender ni a los seres más fuertes, por permitir que la especie más débil tomara el poder por sobre las demás, bajo el yugo de un altruismo paternalista que sirvió para ahogarlas con el progreso.

Las deidades nada habrán podido hacer, simplemente quedarán atónitas una vez que sus creadores hayan decidido que ya no les son de utilidad; serán conferidas a un rincón en el que la mente grupal no las encuentre y, si de casualidad las viera, no reconocerán sus rostros. Ya nada significarán sus poderes con los que fueron investidas, sus festejos no serán más que una hebra tirada al torrente onírico, sin sentido alguno. Perecerán una a una, las páginas de antiguos libros en piras cuyo calor no alcanzará a cubrir las siluetas de entes que alguna vez fueron personas de rostros casi perfectos, comparados con las muecas permanentes que deambularán en la oscuridad.

Claro está, ya no habrá qué comer, llenarán sus estómagos con algas que sobrevivirán por mutación, sabrán que los envenenarán gradualmente; conforme se alimenten de ellas, irán avanzando a una muerte segura, pero será mejor que soportar los aguijones del hambre. Milagrosamente los niños habrán desarrollado cierta inmunidad, no todos, los que fallecerán serán motivo de llanto y algo parecido a un sepelio, Pero habrá esperanza, aquellos que sobrevivan, observarán mudos el deterioro en su entorno. Nada habrán tenido que ver con la destrucción, sin embargo, en su mirada podrá verse que estarán inconformes y el veneno de su alimento se mimetizará en una mueca que clamará venganza. Salud.

Beto

martes, 20 de octubre de 2020

La búsqueda de estilo

En la variedad está el estilo. Meninas
Velázquez-Picasso. Foto: Tatiana Corte

A un día de terminar con las hojas de la segunda libreta de apuntes, repaso mentalmente la forma y el orden de las palabras que he utilizado en este tiempo, las que he repetido y las que he dejado escapar casi como una travesura; no puedo decir con toda certeza que ya poseo una manera de escribir que ne identifique, de hecho, no tengo idea de si algún día la tendré ya que, de la misma forma en que leo los escritos, es decir, fijándome sólo en cómo transcurre la historia, escribo lo que se me viene a la mente. A veces no es otra cosa que un asalto en despoblado.

Lo más cercano al reconocimiento de un estilo propio es el comentario de dos o tres personas muy significativas para mí que me hicieron el favor de leer mi libro de cuentos y que coincidentemente usaron el mismo juego de palabras: “eres muy tú” o algo así, seguramente, porque he de admitir que intento escribir como hablo o al menos como doy clases. Pero el estilo debe identificarse, además, en cómo se presentan las ideas, si éstas se resuelven por su cronología, por su importancia o por su impacto, ya que la fuerza de su argumentación reside en la lógica.

Si subimos un escalón y nos adentramos en la afirmación de que el estilo debe reflejar el carácter del autor, tendríamos que confiar más en la percepción de quienes conviven con los creadores más que en lo que nos sugiere la misma obra, lo que representa un compromiso poco sustentable desde le simple consumo. Incluso, no podríamos sostener alguna afirmación sobre ello basándonos, por ejemplo, en entrevistas o presentaciones ante los medios de información, dado que en el fondo, esos eventos tienen un porcentaje muy alto de simulación o actuación.

La afirmación anterior no debe tomarse en un sentido peyorativo, pues a todos nos han enseñado que debemos comportarnos según el lugar donde nos encontremos, Por ende, ser uno mismo o mostrar el carácter en una obra, depende más de la apreciación del observador que del ímpetu vertido en la obra por parte del artesano o del artista. Eso sí, creo profundamente en que debe mantenerse un esfuerzo honesto a la hora de producir contenidos, no importa el tipo, con la intensidad que permitan la escala de valores y la educación de cada creador, lo demás es responsabilidad ajena. Salud.

Beto

Como hacer zapatos

Vender libros es como con los zapatos. Foto: BAER vía Meta AI Irapuato, Gto.- 1. E l diseño. Tener una idea y pensar que es viable el plasma...