martes, 27 de octubre de 2020

Hecatombe

un destino ya contemplado por muchos.
Foto: BAER

Se están gestando las historias que se han de contar en un lustro o en una década, las que servirán para que los nuevos inquilinos de este traqueteado mundo aprendan a protegerse de los males que nos inventamos en estos días o se aterren con las leyendas surgidas de sufrimientos y batallas en contra de enemigos, producto de las febriles mentes de poderosos y desposeídos. Tengan o no las armas necesarias, esas generaciones protestarán por posibles condiciones infrahumanas universalizadas desde la codicia de unos cuantos y elevarán odas a modernos titanes que acaudillarán huestes que no tendrán una idea digna de lo que es vivir en paz o dormir sin pesadillas.

La infertilidad pasará de los humanos a los campos, de la flora a la fauna; no habrá más moneda de cambio que el agua ni mayor equivalencia que la sangre. La normalidad estará enferma y contaminada con los desechos de la última civilización, la nueva edad de piedra ya no buscará heredar inteligencias ni habilidades, sólo las añorará tratando de recapturar sus detalles pues en ello le irá la vida. Esa vida que fue rindiéndose sin poder defender ni a los seres más fuertes, por permitir que la especie más débil tomara el poder por sobre las demás, bajo el yugo de un altruismo paternalista que sirvió para ahogarlas con el progreso.

Las deidades nada habrán podido hacer, simplemente quedarán atónitas una vez que sus creadores hayan decidido que ya no les son de utilidad; serán conferidas a un rincón en el que la mente grupal no las encuentre y, si de casualidad las viera, no reconocerán sus rostros. Ya nada significarán sus poderes con los que fueron investidas, sus festejos no serán más que una hebra tirada al torrente onírico, sin sentido alguno. Perecerán una a una, las páginas de antiguos libros en piras cuyo calor no alcanzará a cubrir las siluetas de entes que alguna vez fueron personas de rostros casi perfectos, comparados con las muecas permanentes que deambularán en la oscuridad.

Claro está, ya no habrá qué comer, llenarán sus estómagos con algas que sobrevivirán por mutación, sabrán que los envenenarán gradualmente; conforme se alimenten de ellas, irán avanzando a una muerte segura, pero será mejor que soportar los aguijones del hambre. Milagrosamente los niños habrán desarrollado cierta inmunidad, no todos, los que fallecerán serán motivo de llanto y algo parecido a un sepelio, Pero habrá esperanza, aquellos que sobrevivan, observarán mudos el deterioro en su entorno. Nada habrán tenido que ver con la destrucción, sin embargo, en su mirada podrá verse que estarán inconformes y el veneno de su alimento se mimetizará en una mueca que clamará venganza. Salud.

Beto

martes, 20 de octubre de 2020

La búsqueda de estilo

En la variedad está el estilo. Meninas
Velázquez-Picasso. Foto: Tatiana Corte

A un día de terminar con las hojas de la segunda libreta de apuntes, repaso mentalmente la forma y el orden de las palabras que he utilizado en este tiempo, las que he repetido y las que he dejado escapar casi como una travesura; no puedo decir con toda certeza que ya poseo una manera de escribir que ne identifique, de hecho, no tengo idea de si algún día la tendré ya que, de la misma forma en que leo los escritos, es decir, fijándome sólo en cómo transcurre la historia, escribo lo que se me viene a la mente. A veces no es otra cosa que un asalto en despoblado.

Lo más cercano al reconocimiento de un estilo propio es el comentario de dos o tres personas muy significativas para mí que me hicieron el favor de leer mi libro de cuentos y que coincidentemente usaron el mismo juego de palabras: “eres muy tú” o algo así, seguramente, porque he de admitir que intento escribir como hablo o al menos como doy clases. Pero el estilo debe identificarse, además, en cómo se presentan las ideas, si éstas se resuelven por su cronología, por su importancia o por su impacto, ya que la fuerza de su argumentación reside en la lógica.

Si subimos un escalón y nos adentramos en la afirmación de que el estilo debe reflejar el carácter del autor, tendríamos que confiar más en la percepción de quienes conviven con los creadores más que en lo que nos sugiere la misma obra, lo que representa un compromiso poco sustentable desde le simple consumo. Incluso, no podríamos sostener alguna afirmación sobre ello basándonos, por ejemplo, en entrevistas o presentaciones ante los medios de información, dado que en el fondo, esos eventos tienen un porcentaje muy alto de simulación o actuación.

La afirmación anterior no debe tomarse en un sentido peyorativo, pues a todos nos han enseñado que debemos comportarnos según el lugar donde nos encontremos, Por ende, ser uno mismo o mostrar el carácter en una obra, depende más de la apreciación del observador que del ímpetu vertido en la obra por parte del artesano o del artista. Eso sí, creo profundamente en que debe mantenerse un esfuerzo honesto a la hora de producir contenidos, no importa el tipo, con la intensidad que permitan la escala de valores y la educación de cada creador, lo demás es responsabilidad ajena. Salud.

Beto

martes, 13 de octubre de 2020

Nada de altruismos mentales

Ver el arte, es como encontrar parecidos.
Foto: Oldskull

Un libro es totalmente inútil si no se lee, lo mismo pasa con los eventos cotidianos, las noticias y hasta las personas. Cada una con tipos de lecturas que ya hemos aprendido consciente o inconscientemente por ensayo y error o porque lo consultamos de alguna manera. Aprendemos a leer guiados por la necesidad de hacernos entender, de saber cómo pedir las cosas, de situarnos temporal y espacialmente en lugares determinados por las actividades que realizamos cotidianamente, para dar respuesta a interrogantes y dar solución a los problemas que se nos vayan presentando a diario.

Si lo anterior es cierto, ¿cómo aprendemos a ser creativos? O mejor aún, ¿cómo deberíamos aprender a aceptarnos como tales? Siguiendo con la tendencia oficial es posible que, si preguntara en la calle, muchos contestarían que ser creativo es una cualidad propia de los artistas, entendiendo que éstos son personajes capaces de hacer algo que los demás no pueden, que ello cauda admiración y que pueden vivir de eso. Una definición poco académica, pero que podría ilustrar un poco la exclusión que hacemos normalmente de nuestras capacidades, para limitarnos a una actividad contemplativa.

Porque, ¿qué de artístico puede tener el cocinar bien, medio combinar colores, saber definiciones de palabras o diagnosticar comportamientos? Si los sacamos del esquema comercializador, mucho. Cada una de esas actividades requiere de su propia lectura específica que todos podemos dominar en mayor o menor medida y donde la máxima ganancia es el aprender a apreciar el trabajo de los demás; es ahí donde se encierra todo el juego del arte pues, para que algo sea considerado como tal, la afirmación debe surgir de alguien que ostente algún tipo de poder en su grupo social.

Es por ello, quizá, que muchos artistas no son reconocidos sino hasta el día de su muerte, ya que ese alguien con poder es conmovido por una obra en particular o porque sus intereses se ven beneficiados; ninguno es malo, aunque lo óptimo sería reconocer al artista mientras éste vive. Representa esto mucho trabajo, sin que ello signifique una proyección universal de cada sujeto capaz de trazar líneas, dirigir orquestas o crear historias, es algo tan sencillo y complicado como provocar el reconocimiento de su entorno inmediato, aunque no se convierta en profeta. Salud.

Beto

martes, 6 de octubre de 2020

Viajero cuántico

Como Dios quiso que el hombre volara,
le dio imaginación: Foto: BAER

El viajero virtual ya vive en la época en que mejor se desempeña, para la que fue creado, su capacidad de experimentar lo que no le rodea, lo traslada a lugares lejanos sin la mediación de vehículos de engorroso accionar, conoce a la gente que deambula por calles que no le guardan secreto alguno, sabe lo que quieren a adonde se dirigen para conseguirlo; ningún otro viajero ha tenido tal libertad de movimiento ni la rapidez para juzgar una situación con un beneficio consecuente de manera segura. Si llegara a equivocarse, corrige el camino, las ofensas son un lujo perecedero.

Ya que las distancias no importan, no se preocupa por quedar mal en una cita pues siempre llegará a tiempo, así la haya concertado tres meses atrás para ese mismo instante, tampoco importa si tuvo que interrumpirla a la mitad, podrá retomarla cuantas veces sea necesario sin que ello demerite lo que estuviera tratando, pues su interlocutor podría nunca envejecer. El viajero tampoco, al menos no en el universo que está creando donde cada paso, cada avance lo actualiza encontrando así, nuevos mediadores que le den indicios para adaptarse a lo que se considere coetáneo.

Torna a pasados inexplorados o bien conocidos con la misma curiosidad, pues lo que importa tiene que ver más con lo que pueda averiguar que con lo que pueda enseñar; no busca la verdad, sino razones para seguir viajando. Puede convertirse en un argonauta, un cosmonauta o un simple peatón, el medio sigue sin importar pues su voluntad bastará para cubrir las distancias, eso sí, llevando el morral colmado con lo mejor de su arsenal. ¿Las armas? Papel y plumas, su prodigiosa memoria, el don de la empatía y la inteligencia para usar la más devastadora: su juicio crítico.

El viajero virtual no reparará en historias, no se desvanecerá en búsquedas, no cejará sin sensatez; prudencia, su eterna acompañante, dictará los rumbos sin más restricción que la libertad. Regresará a sus muchos puntos de origen sabedor de que abren nuevas rutas, de que cada nueva variante ofrece la oportunidad de crear nuevas historias aun los actores sean los mismos. Él como muchos otros viajeros, sabe que las redundancias en su oficio no son otra cosa que nuevas creaciones originales, variaciones de un concierto que jamás acabará. Salud.

Beto

martes, 29 de septiembre de 2020

No lo tiene ni Gepetto

No todos los horizontes son aptos para
la creatividad. Foto: BAER
De entre las actividades que tienen un beneficio para la salud mental está la encuadernación. Reúne las características de aquellas manualidades que recomiendan los psicólogos para mejorar la concentración, reforzar la atención y posiblemente, regular el ritmo cardiaco además de ejercitar la motricidad fina. Es un oficio que ha pasado a las filas de los que están en peligro de extinción como el de afilador de cuchillos, con la ventaja de que los libros son menos desechables que las hojas de acero, además, tienen ciclos de uso diferentes, lo que hace que el desgaste sea mucho menos significativo en las hojas impresas.

Un libro difícilmente se convertirá en un arma mortal, aunque sea posible que tenga en su interior más muertes que la espada de César, por otro lado, un puñal matará a una persona una sola vez mientras que un libro lo hará cada vez que sea leído; la restauración de un cuchillo lo vuelve a una única utilidad, la de un libro traerá un sinfín de enseñanzas según sea la cualidad de las manos que la lleven a cabo en cada caso. Las heridas que producen son diametralmente opuestas, pues mientras las del cuchillo pueden sanar, las de un libro son perennes.

Como ejercicio mental, traté de recordar un episodio entrañable con algún cuchillo Lenox o Barrilito y, fuera de que pude casi rebanarme un dedo cortando cebolla, no tuve algo que contar, en cambio, podría volver a sorprenderme repasando las páginas de La metamorfosis o tratar de imaginar a qué hora se transformaba y desdoblaba doña Consuelo en Aura o de qué otra manera debo observar a la publicidad en Seducción subliminal o angustiarme de nueva cuenta porque de las novecientas sesenta y ocho páginas de contenido del libro de Cálculo y geometría analítica, no entendí ni una.

Por todo lo anterior, creo que me resulta más satisfactorio fabricar y reparar libros, aunque sea de manera artesanal, con herramientas poco ortodoxas y adaptadas por la urgencia en un espacio que comparten equipos de sonido, fotográfico y de video, que a veces es un taller de micro carpintería y costura, que al mismo tiempo hace las veces de hemeroteca, discoteca y sala de ejercicio. Que a pesar del caos imperante, mantiene todo a la mano para que el plagado, cosido y pegado de hojas quede a mi gusto y a la entera satisfacción del cliente, que generalmente soy yo. Salud.

Beto

martes, 22 de septiembre de 2020

In memoriam

Faltan muchos como mi tío Cándido,
pero siempre están presentes. Foto: BAER

Las ausencias tienen la gracia de entrelazarse de manera caprichosa con los recuerdos, a veces se hacen notorias en el rostro que tiende a imitar algún gesto, en ocasiones se trepan en la espalda volviéndose una carga que, aunque liviana, evidencia algún faltante en la diaria contabilidad de las emociones; las frases que decía uno, los reclamos de la otra, el candor de la mirada de aquella más lejana pero siempre presente, hacen que las fechas se confundan por lo que ya no importa cuándo se fueron, sino qué día los hicimos nuevamente presentes compañías eventuales.

Con un pequeño esfuerzo, nuestra máquina del tiempo puede traer los aromas, los sonidos, los sabores que compartimos con ellos; los favores, las penas, las enseñanzas, el orgullo de haber compartido cada uno de esos momentos que suelen repetirse involuntariamente con los más insospechados detonantes, insisto, sólo hace falta un detalle. La mejor clase de geografía y fenómenos climáticos me la dio uno de mis tíos, aunque de rebote porque la plática no era conmigo; la prudencia y la paciencia las vine a ejercitar con indicaciones e mis abuelas.

El desprendimiento lo entendí con un sacerdote jesuita; el gusto por los boleros y la bohemia, un compañero de la universidad; la disposición a ayudar con otra compañera; la importancia de documentar antes de hablar con un mastro y amigo; hasta aquí, quizá suene frío o parezca una simple enumeración de eventos, pero tengan por seguro de que cada uno de ellos ha tenido un gran significado en lo que me he convertido, influyeron incluso en mis preferencias teóricas y artísticas, pero ahora por sus decisiones o por cumplir ciclos, están ausentes.

Cada uno se habrá construido un cielo acorde a sus gustos; los imagino deisfrutando de todo lo que aprendieron en vida, quizá degustando algún platillo, tocando un instrumento, jugando con un balón; quizá estén aprendiendo otras cosas porque todos tenían en común una gran curiosidad. Me daría muchos gusto, si existiera la posibilidad, que se conocieran, que pudieran intercambiar impresiones, que aumentaran los espacios de paz que se agenciaron en este mundo y, por supuesto, que vayan apartando otro, para cuando nos toque visitarlos. Salud.

Beto

martes, 15 de septiembre de 2020

Hay cosas mejores que hacer

Así sea muestra de traje de baño, el esfuerzo
es igualmente respetable. Foto: BAER

La ambientación del estudio está lista para que las páginas de la ya muy gastada libreta empiecen a llenarse de signos, algo rebuscados en ocasiones, pero simples en sus aspiraciones; la espera por una buena idea suele ser tormentosa máxime si se le fuerza a asomarse a un ambiente poco cordial con la libertad de expresión. Es posible que el primer pensamiento sobre el ejercicio o prohibición de esta libertad sea acerca de la denuncia, cierto, ocupa un lugar muy importante aunque no se ejecute como se debiera quizá por el temor al revanchismo desgraciadamente presupuestado.

Sin embargo, la libertad de expresión tiene que solventar otros muy variados obstáculos, desde la burda y tórrida mofa hasta la implacable descalificación actualmente cobijadas en la inmediatez tecnológica, la ignorancia por desechabilidad o el anonimato por amontonamiento. Todo accesible ahora, hasta en un estadio de futbol, bueno, antes de la pandemia. ¿Tiene algún sentido censurar mediante la agresión? Planteado así de pronto, la respuesta inmediata podría ser no. no obstante habría que observar las causas que motivan el querer participar del protagonismo ajeno.

El fenómeno que se da hacia la denostación de los realizadores de contenidos, en video principalmente, obedece creo yo a dos premisas: uno, la supuesta facilidad con la que se valúa a la imagen en movimiento por atractiva, impactante y fácil de insertar en alguna categoría y dos, el doble trabajo que implica hacer lo mismo pero con el texto. El consumo de ambas formas de expresión trajo consigo la manifestación de una exigencia obtenida sin esfuerzo, un simple botón accionado desde la comodidad del adormilamiento cotidiano ha dado el poder de descalificar el trabajo de personas con la que no se tiene relación alguna ni se les considera importantes en la vida de cada uno, ello sin tomar en cuenta el esfuerzo ni el coraje requeridos. para exponerse a la crítica de una masa informe, ávida del desquite por soportar condiciones de vida depauperadas y sin motivo alguno. También es cierto que existen contenidos que no debieron siquiera pensarse pero, ¿de verdad es necesario hacerles patente a sus creadores, mediante comentarios hirientes e insultos baratos, que se está en desacuerdo con lo que realizan? ¿No sería mejor ignorarlos y dejar de hacerles el caldo gordo? Yo diría que sí. Salud.

Beto

martes, 8 de septiembre de 2020

Sólo por hoy

La dirección puede estar marcada,
el chiste es saber cómo llegar: Foto: BAER
La mesura, como forma impuesta de convivencia, exige cierta uniformidad que la sangre latina tiende a desdeñar; cada triunfo supone un festejo en la medida de lo que se obtuvo, cierto, pero lo es el que cada óptica impone la magnitud de sus alcances. Es decir, si un pequeño ratón lograra ascender el Everest, magnificaríamos tal logro como el más portentoso del mundo, aunque no supiéramos qué motivó al roedor hacerlo. Lo bueno es que ninguno de esos pequeños seres tiene la necesidad de andar anunciando lo que va a hacer o ha hecho con miras a conseguir “laics” como los humanos.

Como parte de esta pandémica especie, caigo en los brazos de la vanidad y me regodeo como guajolote en arena con la noticia que recibí anoche por parte de una entrañable maestra, colega por un buen tiempo; resulta y acontece que utilizó una de mis publicaciones (Cultura Mexicana # 17) como tema de una de sus clases universitarias. Puede parecer poco y por supuesto que no reuní a una turba para caminar por las calles gritando consignas en favor de que siga sucediendo, pero qué bien se siente saber que algo que pasó por mi mente, fue leído por ojos ajenos y neutrales.

Además debo agradecerle que se haya fijado en mi escrito como para pensar que pudiera parecerle interesante a sus alumnos (al menos eso espero); por otro lado, ese acto incrementa mi  responsabilidad al grado de imaginar que el atosigar sólo a mis diez lectores no será así en ocasiones, por lo que debo variar puntos de vista, aumentar datos, adherir propuestas, en fin, aceptar que realmente me estoy convirtiendo en escritor. Porque una cosa es dibujar palabras en papel como divertimento y otra muy distinta, saber que se tiene el poder de modificar, aunque sea un poco, la perspectiva de alguien.

Hay algo de nervio que no permito que se vuelva miedo, lo mantengo en inquietud, en cosquilleo que antaño anticipaba la entrada al escenario o a un salón de clase. Nunca desaparece, es un duendecillo que juguetea en mi oreja recordándome que está allí para recordarme que soy falible, que lo que haga o escriba debe tener la ambición de la perfección o al menos, la decencia de lo coherente; el susurro se vuelve grito y por hoy la libré. Y como en la película Torero de Carlos Velo, me siento en la silla haciendo eco a la voz de Luis Procuna: “¿Y la próxima semana, qué?”. Salud.

Beto

martes, 1 de septiembre de 2020

FIL UG 62

Navegar por páginas mágicas y olvidar
la rutina por un momento. Foto: BAER

Concluyó hace dos días la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Guanajuato en la que se homenajeó a Amparo Dávila, Juan García Ponce, “La China” Mendoza y al maestro Eugenio Trueva. Asimismo contó con pabellones en línea como “El día que desaparecieron los significados”, organizado por el Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato que contó con la participación del autor Gilberto Hernández y Luz Verónica Mata. “Cuentos de maldad (y uno que otro maldito)” fue una plática con la autora Alma Delia Murillo que tuvo el toque de una charla de café.

Una presentación que ha recorrido varios foros donde la autora describe a la escritura como una forma de escape, pues en la ficción puedes zafarte de las presiones de un trabajo “normal”, incluida la escritura misma. Además el oficio de escritor permite espacios de humor dirigidos esencialmente por los personajes. En cuanto a si la literatura es una actividad asexuada o el género determina las formas de abordar cualquier tema, la autora encuentra la diferencia en cuanto a los sistemas de dirección, inversión u otorgamiento de apoyos, pues el esquema es machista.

Por otro lado, está de acuerdo en que escribir es escribir dado que el proceso creativo no reconoce de qué género es la neurona que lo lleva a cabo. Es éste el punto de interés primordial de su plática, pues para crear no se necesita ser macho o hembra, sino tener y manejar adecuadamente a un tiempo y un espacio específicos, las herramientas que nos conviertan en escritores, por su parte, el sistema de administración requiere de cambios, pero eso significa romper paradigmas aún enraizados en nuestras costumbres políticas. Algo así como un nuevo renacimiento con fumigación incluida.

La pluma de Alma Delia, así como se ocupa de plasmar sus casi viajes astrales, también asienta pensamientos dirigidos a la crítica social desde su columna quincenal sabatina en el periódico Reforma, llamada Posmodernos y Jodidos algo que, a decir de ella misma, llega a produciirle tal inquietud que sólo resuelve al escribir ficción. A sus cuarenta y tres años ha comprendido la utilidad de las multiplataformas para lograr una mejor distribución del trabajo editorial, lo que se demuestra en su actividad alternativa en su página de Patreon y revistas como Confabulario. Hay mucho que ver. Salud.

Beto

martes, 25 de agosto de 2020

Rumbo al soplo divino

En algún momento los títeres se liberarán.
Foto: BAER

Por supuesto en nada se parecen ni me atrevería a compararlos en su aspecto físico; el resultado anímico de “parir” a un personaje semejaría un poco a dar vida a un hijo, empezando porque hay que dotarlo de una fisonomía que cause sentimientos o sensaciones a quienes vayan a conocerlo, debe ataviársele de ropajes acordes a su estampa que representen, además, el origen que se le haya asignado, su crecimiento puede representar toda su vida, una etapa, una temporada, un día o un instante, pero debe cuidársele como si fuera a dar sus primeros pasos, todo en aras de que sea aceptado por personas que le darán otros rostros.

Cuando llegue a su etapa madura y esté apto para volar, las relaciones derivadas de sus aventuras ya nada tendrán que ver con su creador, tendrá que defenderse por sí mismo además de soportar toda la posible crítica negativa en su contra, así como mantenerse ecuánime ante los elogios, sin olvidar por supuesto, que pertenece a una casta de personajes hecha o por nacer. Dialogará al mismo tiempo con sus compañeros de páginas y lectores ávidos de asomarse a una ventana que les brinde otra perspectiva de la grandeza y la miseria humanas donde verse reflejados.

Un personaje es, entonces, un emisario de dualidades al que cada uno de los lectores abordará dándole la dirección que crea conveniente, en una suerte de mímesis conciliadora entre el ser real y la ficción. Cada uno de esos puentes se volverá entrañable en la medida de la identificación que se establezca dando así, pie a un sinfín de modalidades en las relaciones sean éstas potenciales o en uso; la curiosidad vendrá a sazonar a cada una de ellas conforme al tiempo que se dedique al ejercicio del ponerse en los zapatos del otro, ajeno pero dispuesto a ser explorado.

El aprendizaje se dará en automático, para eso son loas comparaciones; una vida en la ficción no hace más que resaltar detalles de la realidad que servirán de marco para un entendimiento más profundo de la propia existencia. Si un personaje, cualquiera que sea su origen o trascendencia, sirven como referente o punto de partida para iniciar una etapa de crecimiento, habrá cumplido con un cometido designado desde lo más profundo de un espíritu creador heredado de tradiciones que en la mayoría se perciben como normales, pero habrá alguien curioso que se encargue de resaltarlas. Salud.

Beto

martes, 18 de agosto de 2020

También te transformas si no lees.

Kafka o cómo hacer que Borges no te vea
como bicho raro. Foto: BAER

Hay obras literarias a las que estamos obligados a leer pero que representan un reto más allá del simple entendimiento de lo escrito, pues quienes ya las leyeron , las han envuelto en un halo misticismo o de intelectualidad excluyentes, tanto que de forma inconsciente, los de a pie nos sentimos indignos de posar nuestras miradas por esas páginas que creemos, están reservadas para inteligencias superiores. La privación de ese goce, puede repercutir en caer en las garras de lecturas menores que impedirían aventurarnos más allá de la comodidad cuaSi monosilábica.

Esta suerte la he pasado con La metamorfosis de Kafka, un libro llevado y traído que sirve de referencia para algunos que desean posicionarse como buenos lectores que no se conforman con el “Sensacional de trileros” o las reediciones de Memín pinguín; en lo particular, aunque cuento con una copia de la obra, por desgracia me he conformado con conocer la historia por boca de terceros, algunas veces preguntando por pasajes en específico y otras, poniendo cara de “lo sé”, aunque no me percate de que estaban hablando de ella sino hasta un rato después.

Quizá, también tuvo que ver que en la contraportada apareciera el comentario firmado por Jorge Luis Borges, otro monstruo de las letras que de cierta manera me intimida, al proponer en sus escritos datos que, a decir de sus admiradores, pudiera ser que no existieran obligándote así, a realizar sublecturas para entender su obra. Es ahí donde la erudición me parece al tramposa, pues creo que, si vas a ofrecer algo como cierto, no deberías esperar suspicacias por parte de quienes te leen sólo para probar que tus conocimientos van más allá de la media universal.

Volviendo a Kafka (que ninguna culpa tiene de lo anterior), tendré que deshacerme de la pachorra para vencer al pretexto escondido tras lecturas emergentes y así saber de una buena vez si lo que me han contado durante estos años es cierto o sólo es un exageración; tampoco deseo convertirme en algo similar a lo que el mismo Franz describe en sus primeras líneas: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, después de un sueño agitado, se encontró en su cama transformado en un monstruoso insecto”. todo por rehusarme a leerlo como se debe. Salud.

Beto

Como hacer zapatos

Vender libros es como con los zapatos. Foto: BAER vía Meta AI Irapuato, Gto.- 1. E l diseño. Tener una idea y pensar que es viable el plasma...