martes, 15 de octubre de 2024

La expresión rige el comportamiento

Lenguajes limitados exigen
mayor esfuerzo expresivo. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Si alguna vez escucharon que la palabra crea compromiso, se habrán dado cuenta que eso aplica desde cualquier campo del conocimiento y no se trata sólo de las «deudas de honor» ni de las promesas cumplidas o no, sino de la manera en que usamos las palabras porque el conocerlas nos obliga a utilizarlas; pero el fenómeno se da al contrario en este país, parece que no buscamos la simplificación de la expresión (que es lo deseable) sino el abaratamiento de la misma. Desde que decidimos que era plausible el usar un solo verbo para todo, hemos ido deteriorando por la baja frecuencia de su uso, palabras clave para ampliar nuestro conocimiento, porque aunque parezca poco creíble, el poder nombrar a un sujeto o a una acción de diferentes formas, nos permite ser más específicos con nuestras intenciones sin menoscabo de la significación, por lo que cuando escucho que algún término es tratado de «arcaísmo», lo primero que me pregunto es ¿por qué dejo de usarse?

La respuesta rápida es la ignorancia, pero la responsabilidad es de quien concientemente deja de usarlas por la razón que sea, la primera que se me viene a la cabeza es el cambio temporal de contenido social, lo que tiene que ver con materiales, crecimiento urbano, tecnologización, cambios en la moda y todo aquello que requiera ser bautizado o renombrado y así como la vida cotidiana apunta a la simplificación, también los esfuerzos al tratar de cumplir con las tareas y una parte del origen está en los lenguajes que usamos; si las palabras dirigen el aprendizaje por la amplitud del conocimiento que proporcionan, por supuesto que se manifestarán en el comportamiento que manifestamos a diario en cualquier lugar, algunas veces el argumentar que por a«utenticidad» nos comportamos de la misma manera en todos lados, sólo es un intento por ocultar una capacidad limitada de identificar los espacios.

Esa identificación puede ser adecuada en la medida en que conocemos las palabras y los significados de las mismas que los califican; las palabras se arraigan en la mente como garrapatas en la piel, una vez que nombramos algo, nada hay que haga que lo llamemos de otra manera. Argumentarán que cuando aprendemos un nuevo idioma es justo lo que hacemos, sin embargo, lo que realizamos es encontrar equivalencias a lo que ya conocemos pero hay un caso hipotético que ayudaría a entender el arraigo al que hago referencia. Imaginen que nacieron con un defecto visual que les hace ver dos de los colores del espectro al revés, es decir, que vieran el rojo como verde y el verde como rojo, no que cambien sólo los nombres, ven los colores como los vemos todos, pero reciben la refracción de la luz al contrario de los demás, ¿creen que tendrían algún problema?

Ni siquiera podríamos pensar en un progreso visual pues lo que vemos, tiene un grado de acto de fe, ¿cómo sabemos que los colores que percibimos, los demás los ven de la misma manera? Coincidimos es que uno es azul, que otro es amarillo y aquel es magenta pero, ¿realmente los vemos igual? Digamos que sí para no meternos en líos ya que no contamos con los aparatos que comprobarían esas dudas; pasa algo semejante, aunque más manejable porque no lidiamos con espectros, sino con entonaciones (en el caso de la expresión oral) y gramática (en la expresión escrita) que para nuestros sentidos resultan más tangibles. En un último esfuerzo mental (por hoy), me tomaré la libertad de preguntarles, ¿quiénes creen que tengan más dificultad para socializar, los ciegos o los sordo-mudos? Piensen en quiénes son más expresivos con sus rostros y eso nos dará pista sobre el esfuerzo que deben hacer para comunicarse. Salud.

Beto

martes, 8 de octubre de 2024

El discurso literario

Quien promueve la lectura es porque ya
ha transitado por esos caminos. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Si están pensando que son palabras llenas de florituras y mensajes muy elevados, están lejos de la realidad, no es que no existan, los hay a pasto pero creo que un escrito simple también puede tener una importante carga literaria, es más, aquel escrito cuya simpleza no sea obstáculo para poder sentir lo plasmado en la hoja, tiene mucho más valor literario que aquel que esté muy rebuscado. Pos supuesto no implico que todos los escritos deben ser simples, ya que hay obras maestras que retan nuestro conocimiento, pero se trata de no esconder la falta de talento. Aunque no soy muy afecto a los poemas, puedo distinguir entre uno bueno y otro que tenga posibilidades de serlo; no creo que haya malos poemas pues quienes se avientan a escribirlos, tienen una imaginación muy activa y preparada para resumir al máximo lo que a los prosistas nos tomaría más de una cuartilla describir y proponer.

Y hablando de cuartillas, viene a mi mente el recuerdo de cuando estaba en la universidad, las tareas de un maestro ya mencionado en estos espacios; éstas consistían en leer un libro y hacer un comentario de él a manera de examen mensual, el único requisito era que debíamos realizarlo en una cuartilla, ni más ni menos. Al principio nos pareció una misión imposible pues, ¿cómo íbamos a «meter» todo lo que nos sugiriera la obra entera? Debía estar loco, si quería nuestro trabajo, tenía que darnos más espacio para trabajar, al menos dos. La protesta pudo trascender si no es porque nos dimos cuenta que al pedirnos el trabajo, sí teníamos que leer todo el libro, pero sólo escribir sobre un aspecto específico que nos hubiera llamado la atención y, honradamente, qué bueno que era así pues en lo que a mí respecta, significó un ejercicio de humildad ya que fue la primera vez que descubrí «la hoja en blanco» pues poco y nada se me ocurría.

Escribir historias es algo muy cercano a la creación divina, las vidas de los personajes están en manos de una voluntad que puede mostrarse de acuerdo a las restricciones que ella misma se imponga, quizá disemine entre ellos sus miedos, sus fortalezas, sus ambiciones y, muy probablemente, todo aquello de lo que no se sienta capaz de hacer, sublime o perverso, con la ventaja de que el daño o beneficio que pudiera hacer, sería indirecto; encender pasiones es el oficio del escritor literario y del dramaturgo, pero el primero promete una intimidad más centrada en el individuo, que apela a la complicidad del lector para recrear todo, el número de veces que sea necesario en cada cabeza, algunas se quedarán ahí en su totalidad, otras sólo en partes, las demás se olvidarán como una invitación a una nueva lectura en la que el descubrimiento sea la moneda de cambio.

El discurso literario es, en resumen, la herramienta que permite a dos personas hablar entre sí mediante el diálogo entre personajes, en lugares creados y recreados por dos visiones distintas con valores semejantes aunque no necesariamente en el mismo orden, lo que permite encontrar mayor riqueza en cada lectura; el acto de leer un texto cargado de fantasía, misterio, horror o cualquier otro género literario apuesta a la libertad de interpretación y a la atención voluntaria de las tramas, muy distinta a la tergiversación de contenidos por la cual podríamos calificar erróneamente una obra y dejarla de lado por algún prejuicio. Siendo la lectura, posiblemente, el único vicio que tiene una afectación positiva, promoverla debería ser una obligación moral y los promotores ser vistos con alguna deferencia, por ejemplo Benito Taibo, Francisco Martín Moreno, Juan Miguel Zunzunegui y muchos otros. Salud.

Beto

martes, 1 de octubre de 2024

Invención de las palabras

Es como devanarse los sesos en buscar nombre
para que terminen diciéndose «wey». Foto: BAER

Irapuato, Gto. Como juego infantil puede pasar; puede ser una poderosa herramienta para la comicidad, sin embargo, en el devenir diario suele ser sólo ruido. La invención de palabras sucede a veces involuntariamente, cuando no encontramos el término correcto para definir, calificar o nombrar un objeto o situación lo que nos llevaría a equivocarnos y decir algo disparatado; muchos de los términos que usamos en la actualidad nos vienen del extranjero, principalmente de la tecnología, curiosamente no hemos sido capaces de traducirlas así que terminajos en inglés pululan en nuestros lenguajes como si nada. Tal vez sea porque aún suponemos que soltar anglicismos a destajo nos hace ver bien o por simple flojera de hallar el equivalente en español; no creo que sea una moda como lo suponíamos antaño, es algo más arraigado con lo que los lingüistas trabajarán diciendo que los idiomas son dinámicos y cambian todo el tiempo, pero...

Al igual que la población de habla inglesa, los que vivimos en el marco de una lengua española hemos supuesto que el contraer palabras es un avance, sin embargo, creo que el usar apócopes o aféresis no enriquece realmente al idioma, sólo nos hace creer que somos cariñosos con personas específicas, así usamos «má» o «pá» por mamá y papá; ¿qué decir de los anglicismos, que parecieran ponernos en un nivel superior cuando en realidad muestran un marcado desconocimiento del español y en cada caso, no hubo una revisión académica para su uso o preferir su equivalencia como vestimenta en lugar de outfit, incluso tenemos términos más exactos como «ropa de calle» para saber a cuál ropa externa (contraria a la ropa interior) nos referimos; la vida cotidiana se ve inundada de ocurrencias que nos parecen simpáticas pero que nada aportan a la riqueza del idioma, pues no se nota un cambio significativo que facilite la comprensión.

Por supuesto es gracioso escuchar a Teo González decir que «mariguanicen la legaliguana» en una de sus rutinas pero que los de a pie intentemos hacerlo por parecer graciosos con todas las palabras que se nos atraviesan, no es muy loable que digamos; en los deportes hemos escuchado términos que, como nos tocó el tiempo en que los implementaron, los escuchamos como algo natural, por ejemplo ¿de dónde viene la palabra «trallazo»? Quizá se escriba trayazo, no estoy seguro, pero por su sonido es posible que se trate de una fusión de dos palabras como trazo y rayo con el aumentativo al final o que a algún comentarista se le trabó la lengua y dijo una barbaridad que a los demás se les hizo curiosa y la usaron sin mayor revisión sobre su pertinencia, así que se quedó. Pero no cualquier ocurrencia tiene buen destino, aunque sigan usándose, pues sólo denotan una falta de conocimiento como el vocablo «óilo» que usaba Capulina en sus películas.

Ahora bien, no estoy en contra de la adopción de palabras o de su invención por cualquier medio, pero no creo en el hacerlo sin cuestionarnos el origen o el porqué de adaptarlas; las que ya estaban antes de que naciéramos no son del todo nuestra responsabilidad el erradicarlas, pero sí saber la razón de su existencia, sin embargo, a partir de que tenemos conciencia de nuestros lenguajes, sí es nuestra obligación el proteger nuestras formas de expresión, sin el afán de ser puristas, tan sólo por poder explicar la razón por la cual usamos o no ciertas palabras, el que la mayoría ignorante deje de usarlas y por ello pasen a las filas de los anacronismos, no significa que se hayan vuelto inútiles, lo único que necesitan es que se les dé la oportunidad de volver y adquirir nueva significación de acuerdo a las circunstancias actuales y así dejar de integrar anglicismos (u otros) sin ton ni son. Salud.

Beto

martes, 24 de septiembre de 2024

Mi personaje favorito

La última cruzada es posiblemente
la mejor de las entregas. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Encontrarlo fue un golpe de suerte por cualquier lado que se le vea; no fue el resultado de una búsqueda exhaustiva, fue una total casualidad; no había tenido nociones de él en ningún momento y eso que en los primeros años de la universidad, llevaba una buena bitácora sobre las películas que quería ver; ni siquiera esa un momento lógico (desde mi perspectiva) para ir al cine, pues estaba de vacaciones con mi familia en Acapulco, pero entramos a la sala con la reserva y la resignación de no haber encontrado otra cosa que hacer. Además empezaría a llover en cualquier instante y no estábamos cerca del hotel; la cinta empezó sin el clásico aviso de inicio de todas las películas, eso sí, los créditos parecían esconderse entre los cuadros pues no recuerdo haberlos visto en esa primera ocasión y, a pesar de tratarse de unos exploradores en parajes selváticos, mi atención se mantuvo en la pantalla, pudo ser porque el aire acondicionado ya había hecho su magia.

Si el director pensó la secuencia de esa manera, no lo sabré, pero sin duda le dio al clavo pues con un movimiento de cabeza logró meterme en la trama como si yo pudiera acompañar al protagonista tan cerca como los otros personajes, fue tal la identificación que sentí que años después adquirí un sombrero semejante, un artículo que me gustaba desde niño y el pretexto para su compra terminó de completarse al andar en la calle enfundado en un traje vendiendo seguros de vida. Por ese tiempo debe haber sido curioso ver a alguien con un equipo de cómputo vestido como en los años cincuenta y eso que no me vieron vestido como Indiana Jones como quería desde el principio, pero en el trabajo no me lo permitieron; pues sí, mi personaje favorito es ése que Harrison Ford ha inmortalizado gracias a una estupenda interpretación en una trilogía hecha de la manera más humana posible para un súper héroe, muy por encima del hombre araña.

Mi alegría se multiplicó cuando supe que habría un segundo capítulo, aunque he de decir que esa historia medio oscura no me dejó muy satisfecho que digamos, pero las actuaciones se mantuvieron en un muy buen nivel; la cosa cambió radicalmente con la tercera entrega; la intensidad, el suspenso y el humor se recuperaron hasta casi compensar los huecos que había dejado «El templo de la perdición». «La última cruzada» debe agradecer buena parte de su éxito a la actuación del icono cinematográfico que es Sean Connery, cuya participación como padre del personaje protagónico terminó de definir el perfil de éste, a la vez que encontramos la justificación de sus actitudes y su aparente cinismo a la hora de «negociar» los objetos que son de su interés. También supimos que su nombre no era Indiana, sino Henry Jones II, el otro era el nombre de su perro de la infancia, a decir de él, muy buen perro.

Ser arqueólogo nunca fue una opción seria para mí, aunque pasó por mi mente en una ocasión hasta que me enteré de las condiciones de trabajo; si no me atrae la idea de acampar por diversión, menos por trabajo; en la película, hasta lo más precario de las situaciones parece glamoroso, pareciera no importarles a los personajes el no tener acceso al agua corriente, a la electricidad o tener lodo en los calzones, que en realidad tampoco me importaría si supiera que en la noche regresaría a mi casa. Por desgracia, los milenios de evolución se han arraigado mucho en este cuerpecito que no se comerán los gusanos porque me han de cremar; pero mientras exista la manera de seguir viendo a Indiana Jones, aunque sea en las precuelas  televisivas o en las secuelas donde ya rebasó los límites del octogenario promedio, mi sed de aventuras entre piedras milenarias, artefactos mágicos y pergaminos reveladores de oscuros secretos, estaré bien. Salud.

Beto

martes, 17 de septiembre de 2024

Las lecturas pausadas

Que el tener libros también es un tema
de economía. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Nada se compara al placer de acumular libros, excepto el haberlos leído en su totalidad; cuando se le ha quitado la obligatoriedad a la lectura, ésta se vuelve la compañía más completa que podamos tener, dadas sus condiciones de atención y generosa información que nos brinda sin tener que cuestionar más allá de lo que ofrece. Un libro no replica ni se traba y funciona estupendamente en condiciones buenas de luz; permite pausas en las que sus condiciones no cambiarán a pesar de que se prolongue por mucho tiempo, aunque los diálogos con sus páginas sí que se transformarán en un intercambio más maduro si nos permitimos una segunda, tercera o más lecturas ya que, las palabras no cambian, pero la manera de abordarlas sí. Pero nadie ha dicho que la lectura de un libro debe hacerse de cabo a rabo en una sentada, es válido por cualquier motivo, el hacer pausas puesto que varias tareas requieren nuestra atención.

Lo mejor de los libros es que no se ofenden si de pronto empezamos a leer otro, podríamos sentir que no hemos sido constantes, pero eso es problema nuestro, no de la obra y la sensación se borra retomándolo desde unas líneas atrás; a veces esos cambios nos sirven para afinar nuestros gustos o reafirmarlos o a veces la distancia hace que aumente el cariño por la lectura. Como en una vieja relación, volver a hojear un libro ya leído nos provee de perspectivas no contempladas la primera vez, las mismas palabras pueden provocarnos remembranzas de lo que vivimos antes de leerlo pero también de lo que sentimos después o durante la lectura de aquella; seguramente estarán tratando de recordar su primer libro comprado o regalado, el primero que les hizo llorar, el que los indignó, en cualquier caso, el autor tuvo un triunfo compartido con ustedes y si vuelven a leerlo, la comunión estará completada en el más alto nivel.

¿Y qué tal con aquellos que son complicados para leerse? En este momento recuerdo las siete veces que tuve que reiniciar «El Quijote», yo creo que Miguel no quería que lo leyera y me jactara en vano, aun así, lo terminé y me jacto no porque recuerde todo el contenido, bueno ni siquiera puedo afirmar que recuerde al menos un pasaje completo, pero sí presumo de que el español antiguo no me venció ni provocó que lo dejara como adorno en mi librero (aunque ganas no me faltaron por ahí de la cuarta leída); debo leerlo otra vez, ya que es una lectura que tiene muchas referencias que hay que corroborar y no es de lectores bien nacidos el dejar las cosas al aire, por otro lado aunque no he tenido la oportunidad de hacerlo en público, es bastante presumible decir: «yo sí me leí El Quijote completo», algo que no sí si el ingenioso hidalgo agradeciera o si Cervantes al menos me diera una palmada, pero sí presumiría a la primera provocación.

Como ése, otros libros han pasado más de una vez por el escrutinio de mi curiosidad y otro punto a presumir está en que soy de lo más democrático que pueda haber, pues no discrimino ni extensiones ni formatos, eso podría constatarlo Rius; podría afirmar en ese aspecto, que mi biblioteca es lo suficientemente variada como para calificarla de ecléctica, aunque no todo lo extensa que quisiera o pudiera, pero como diría mi madre, «si tuviera más espacio, seguro tampoco me sería suficiente», pero el chiste de todo ello es que, como lectores, debemos considerar que el poner en pausa una lectura, no significa que la tengamos en el abandono, sino que es la oportunidad de «oxigenarla», darle espacio para que, al retomarla, tengamos elementos para valorarla en todo su esplendor y ni qué decir de llevar varias lecturas al mismo tiempo, podrían ser complementarias. Salud.

Beto

martes, 10 de septiembre de 2024

¿Y los lectores?

Los grandes personajes suelen cocinarnos
muy buenas tramas. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Posiblemente una especie en extinción pero, ¿quién puede asegurar que no es eso, sino la manifestación de una evolución en la lectura? El avance que significa, no nada más en lo tecnológico sino en el alcance de las letras contemporáneas, el poder leer en pantalla lo que resulta de interés a cada uno de nosotros sin el esfuerzo que significaba antaño el buscarlo, trae también una adaptación de nuestra anatomía, lo que seguramente no veremos, pero seguro que nuestros padecimientos darán a las futuras generaciones ventajas para no quedar a ciegas, al menos en eso confío. Los casos de «vista cansada», multiplicados últimamente por el uso de las pantallas, no se han frenado aun la implementación de lentes de protección en contra de la radiación azul, puesto que no nos ha quedado claro que el problema está, más que nada, en el tiempo tan prolongado de su uso, por lo que habría que pensar en imponernos un tiempo estimado prudente.

El lector es un investigador en potencia, hurga en las páginas con el entusiasmo de un niño bajo el árbol en día de navidad, con la diferencia de que tal fiesta se puede repetir a diario con un libro. Habrá quien diga que leer les da la oportunidad de reflexionar y ordenar las ideas, otros preferirán la versión de que sirve primordialmente como entretenimiento, ambas versiones son válidas puesto que ninguna excluye a la otra, la diferencia entre uno y otro lector, será la profundidad que le otorgue a lo que sus ojos captan. Un lector asiduo aprende además a calificar su entorno porque al contrario del decir de algunos, las comparaciones no son odiosas, lo que molesta es la intención con la cual se hace; el que tiene la costumbre de leer, encuentra en todo lo que le rodea, referencias que le ayuden a comprender situaciones o acontecimientos con los cuales valorar sus propias acciones y la pertinencia de mantenerlas igual.

Algo en lo que pocas veces reparamos y ni qué decir de mencionarlo, es el sentido crítico; lo ejercemos, es cierto, pero sin la parte que de verdad lo hace valioso que es la propuesta. Es relativamente fácil señalar fallas o errores, pero pocas veces esos señalamientos vienen con la sugerencia de qué hacer al respecto y, antes de que protesten por esta afirmación, pregúntense si es que lo hacen, cuántas veces iniciaron sus «sugerencias» con «lo que debes hacer», «es que no pones atención» o «se te ha dicho varias veces», todas indicando que en realidad no hay un interés de acompañamiento y quien todo el tiempo, quien cometa un error, estará solo. Eso significa que no hemos aprendido a leer a las personas o que no nos interesa más que saber sobre los resultados, por lo que -si trasladamos eso a un libro- pocas veces estaremos seguros y satisfechos sobre lo que obtuvimos de las páginas a las que les dimos tiempo.

La complicidad se hace presente con cada paso de página, el sonido es la garantía de que el gusto va dirigiendo la lectura, que el apetito aumenta conforme va en aumento el lado izquierdo del libro y la satisfacción es en lo último en lo que se piensa porque conforme se acerca el final, se desearía que mágicamente aumentaran las hojas, pero como eso no es posible, habrá que empezar otro proceso de enamoramiento con otra obra. Al convertirnos en lectores adquirimos un compromiso por conocimiento personal, no necesariamente con el autor, sino con los personajes que éste nos presenta; hay diálogo con cada uno de ellos por todo aquello que nos refieren ya sea por coincidencia con personas reales, otros personajes u objetos en ciertos lugares o por lo que provocan que sintamos, según el estado de ánimo que nos domine, aunque por lo general, somos bastante empáticos a la hora de posar la mirada en sus hojas. Salud.

Beto

martes, 3 de septiembre de 2024

¿Hay un mundo de escritores?

Muchos de los mundos parecen flotar
en la nada. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Es posible, pero no estoy enterado si eso aplica en la ciudad; he tenido la impresión de que el círculo intelectual-artístico irapuatense es muy cerrado pero es sólo eso, una impresión. Conozco a mucha gente inteligente, ilustrada, que suele mantener buenas conversaciones o citar buenos libros, que también es capaz de ver lo interesante en otros seres y vivir su vida de tal manera que, con un solo vistazo, los demás podemos apreciar lo luminosos que son; pero una sociedad de expertos en la pluma no parece tener aún un espacio específico, al menos no evidente, donde el intercambio de ideas se dé por oficio, ni en la forma de un club, ni en la de una logia, por lo que he estado pensando en las posibles razones de que no haya el interés de que exista y al vuelo se me ocurren tres que, si les damos atención, seguramente nos demos cuenta de que son fáciles de resolver con una pizca de voluntad y otra de curiosidad.

Escribir es como criar a un perro, se hará de acuerdo a cómo lo trates, si lo socializas se hace sociable, si lo ocultas se vuelve arisco, si lo azuzas se hará hosco y hasta podría atacar a alguien; una vez que ha madurado se le deja libre pero a diferencia de los cánidos, no se espera que regrese, por el contrario, se desea que encuentre hogar en todos los espacios en los que logre entrar y adoptar en ellos nuevas responsabilidades. Es posible que sea más específico de los mundos de los escritores, pues incluso, cada uno es capaz de crear varios de ellos, tanto para compartir con los lectores como entre sí; la convivencia cotidiana puede hacer que varias mentes creativas transformen un mismo espacio en mundos pocas veces explorados, como sucede con los juegos infantiles. Y no sólo es la facultad de dejar volar la imaginación, sino el permitirse cada uno escuchar las visiones que los demás tienen que compartir.

El mundo del escritor debe tener papel y plumas en abundancia, un archivo extenso de sucesos referenciales, datos históricos que sirvan de marco y una lista muy grande de conocidos a quienes «culpar» de todo eso que se le venga a la mente; habrá lectura, por supuesto, pero sólo como un mecanismo para compartir impresiones con otros escritores, los personajes resultantes serán la renta que pudieran cobrar para las próximas producciones. Esas lecturas -acompañadas de letras o no- servirán para lo mismo que Chava Flores decía que servían los compositores, para darle sabor al caldo. Las características de las lecturas que todos somos capaces de hacer, están aderezadas con los estados de ánimo que tengamos en el momento, lo cual es válido porque la objetividad está hecha para la teorización, no para la ludicidad, así que si las tomamos como punto de partida para echar a volar la imaginación, serán los sentimientos las monedas de cambio.

El mundo del escritor suele ser todo lo contrario a lo establecido líneas arriba, son relativamente pocos a los que les interesa una vida social activa y luminosa, no por ser antisocial, sino porque se distrae pensando en varias cosas a la vez; el profesional de la pluma cree fervientemente que todo en la vida puede ser objeto de narración por lo que invertirá su tiempo (buena parte de él) en observar su entorno, en sacar los detalles que hagan a objetos y personas interesantes para los demás, sacar a la luz esas relaciones que pudieran representar una enseñanza o al menos una referencia para actuar frente a un evento. El escritor mismo llega a pertenecer a sus escritos volviéndose un personaje que, voluntaria o involuntariamente, muestra todo aquello que le mueve a meterse en situaciones ajenas para hacerlas de su control, quién quita y en un paseo, ustedes se vuelven protagonistas de una historia. Salud.

Beto

martes, 27 de agosto de 2024

Sin alucines

Como todo, escribir no sale a la primera,
pero sí sale. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Hemos vivido vidas ajenas desde que tenemos uso de razón, nos place saber cómo es que se lo pasan personas que nada tienen que ver con nosotros. Las historias en los libros o en los medios electrónicos tienen el encanto de parecer inocuas, al menos para quienes saben diferenciar entre lo real y lo ficticio, la realidad circundante es también adaptable a las formas culturales con las cuales crecimos, para que después, la plasmemos en múltiples formatos que repetirán lo mismo para completar el círculo creativo. Estoy adelantándome porque me ganan las ansias, pero volvamos al principio, ¿qué nos mueve a indagar en vidas ajenas? ¿No es suficiente lo que pasamos en la realidad para andar metiéndonos en los problemas de otros? No creo que sea el simple gusto por el chisme, debe movernos algo más profundo o significativo, como el encontrar las semejanzas que nos sirvan de referencia para entender lo que pasa en los círculos más cercanos.

Sean seres ficticios o históricos, lo que vivieron tiene el atractivo de la inmunidad ya que a nosotros nada nos pasará al leerlo, cuanto más, podríamos identificarnos, admirarnos o indignarnos pero sin compromisos ni consecuencias; ver algunas realidades dentro de una burbuja nos permite darnos cuenta de todo eso de lo que gozamos pero también de lo que carecemos, incluso si la historia que leemos está en las páginas del diario de nota roja. Es un alivio que a nosotros no nos pase lo malo aunque sea una lástima que suceda, pero ¿qué podemos hacer? Sólo enterarnos de lo sucedido y tratar de evitar que esos «accidentes» se produzcan cerca de nosotros o de los nuestros; la imagen de una vitrina también sirve aunque nos pone en una plataforma ajena a lo observado, que es quizá, la forma más utilizada por todos para tratar de comprender el exterior dado que es un mecanismo que nos permite mantenernos objetivos ante lo observado.

Al menos eso deseamos creer, pero la identificación con los personajes creados por otros, nos facilita el trabajo de crear universos alternativos, pero no merma de ninguna manera el uso de la imaginación; para efectos de la producción literaria habría que hacer acopio de toda la visión infantil que nos quede en bodega, desde recuerdos hasta todo eso que nos sacó una expresión de sorpresa, admiración contagiada por alguien cercano, lo cual le da el valor extra de ser compartido con cierta lógica, por ejemplo, el ser fanático de un deporte y de un equipo específico, seguir la trayectoria de un atleta, aficionarnos a un tipo de lectura o música, permite desarrollar el sentido de pertenencia a la sociedad en la que vivimos y, posiblemente, descubrir todo aquello que es presumible del espacio geográfico que ocupamos porque, después de todo, gran parte de nuestro cometido en esta vida, es dar razón de lo que hicimos en ella.

Describir los parajes, las elevaciones, los edificios o las calles del lugar que habitamos es un trabajo especializado que no muchos se animan a realizar, puesto que hay la tendencia a creer que es difícil hacerlo, pero yo objetaría a esa suposición que la única existente es el descubrir la manera en que nos gusta platicar (si es que nos gusta), porque los temas se nutren con lo que leemos o escuchamos, lo corto de palabras se soluciona averiguando en un diccionario (por lo que hay que tener uno a la mano siempre) y lo fantasioso se equilibra con el uso de la lógica. En estas líneas pareciera que estoy simplificando demasiado el camino a la escritura, quizá sea así pues aún no he mencionado uno de los elementos más importantes que distingue al escritor de quienes ven remota la posibilidad de convertirse en uno que es la voluntad. Las hojas y las plumas están en su lugar, nada más falta usarlas. Salud.

Beto

martes, 20 de agosto de 2024

El caso Polo

Al parecer, en las cortes de lo familiar,
no se necesitan jurados. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Confío en que todos entendemos la diferencia entre ficción y realidad (fuera de discusiones académico-bizantinas) y a su vez, en que comprendemos que la mayor parte de los contenidos de la televisión son inventados; ya el suponer que es el medio el que crea los contenidos y no éstos los que definen al medio, se los dejo a los teóricos de la comunicación. ¡Ah, caray! Yo soy comunicólogo, así que no estaría mal que me ocupara de ello; a varias décadas de que Laswell emitiera su famoso paradigma en el que todos hemos basado alguna explicación de lo que entendemos por fenómeno comunicacional y que más o menos por el mismo tiempo Marshall McLuhan se aventara la puntada de afirmar que «el medio es el mensaje», la investigación en comunicación ha apuntado a varias metas.

Para el mundo del reality (que no deja de ser ficción) la intención es supuestamente, transmitir lo que alguien de interés público ofrece como su ida cotidiana en un ambiente controlado y con una competencia de por medio, lo cual me hace pensar en una forma específica de tomadura de pelo; por lo que respecta a los que ventilan las cosas de la «gente común», un fraude doble. Porque dígame, ¿quién en su sano juicio se pone a exponer sus miserias a todo color y a nivel internacional? Pareciera gente demasiado necesitada de atención, a menos que en realidad no fueran gente normal, digo, de los actores lo entiendo, de eso viven pero, ¿y si acaso los que salen como cualquier hijo de vecino fueran..? ¡Una triple tomadura de pelo!

No sé cómo se maneje exactamente la palabra «reality» pero en español «realidad» implica algo que no es mentira o falso, pero hemos aceptado que nos vendan programas de «laboratorio» como si se tratara de la vida cotidiana, lo que en términos científicos cuando un ambiente está controlado, difícilmente el objeto de estudio se comportará normalmente. A manera de adelanto, todos sabemos que la cotidianidad de cualquier persona es sumamente aburrida en una pantalla, por lo tanto, algo debe introducirse como variable para hacerla medianamente atractiva, vimos algo de eso en Big Brother, The Truman Show y en varios otros programas televisivos como Caso Cerrado de la denominada abogada y presentadora Ana María Polo.

La dicha variable no es otra cosa que actores y actrices que representan un personaje «real» para hacer creíbles las tramas que, en la circunstancia de Caso Cerrado tenemos a la estupenda actriz de reparto y doblaje Liliana Barba, quien interpretó a una mujer llamada «Liliana» que demandaba a su madre por discriminación religiosa, para mayor referencia, Liliana barba hacía la voz de Carlitos en la serie «Aventuras en pañales». No puedo alegar que haya un engaño puesto que en todos esos programas «reales» lo que menos abunda es la realidad, por otro lado, sólo basta con haber visto algunas de las muchas películas o series gringas de abogados, para saber que en una corte de allá no se puede funcionar sin jurado como lo hace autoritariamente la Polo en algunos casos. Salud.

Beto

martes, 13 de agosto de 2024

Un paso a la ficción

Blanca Nieves esperando a que le digan
de dónde salió su versión. Foto: BAER

Irapuato, Gto. Si ya el insertarnos en lo que llamamos realidad es difícil, verla a través de una pantalla pareciera una locura; eso podría pasar como una alegoría de nuestra tendencia a la intermediación por parte de los demás, puesto que para todo requerimos de intérpretes que nos faciliten la comprensión de lo que vemos y escuchamos; varios autores se han encargado de imaginar una sociedad intelectualmente inutilizada a la que nada más hay que dirigir hacia un punto con la única obligación de satisfacer las necesidades básicas de una población indolente e irracional, fanatizada en contra de fantasmas teóricos y enemigos inventados. Más que obras literarias, parecen las profecías de modernos vaticinadores que han descubierto una profunda depresión que nos vuelve autómatas.

Mucho de lo que nos inspira surge de lo cotidiano, de lo que solemos hacer por rutina, la seguridad por mucho que la post modernidad abogue por salir de la «zona de confort» (cualquier cosa que eso sea), la verdad es que los periodos de tranquilidad son el sustento de los conflictos, si no los tomamos en cuenta, no podríamos contrastar cada episodio. Cada detalle que nos rodea podría ser un actante en nuestras historias, dotándolos de características antropomórficas o dejando intacta su naturaleza, lo que los anima son las circunstancias con las que revestimos sus hábitats por lo que podríamos ver nacer de un huevo a una mariposa de acero o ver volar tortugas armadas con sables y pensar que todo eso es posible en todos los universos alternos que se nos ocurran.

Como mediadora, la pantalla fija limita el movimiento aunque mantiene la atención, la pantalla portátil, amplía el movimiento pero limita la atención; nos hemos vuelto un peligro para nosotros mismos dado que antes al apagar el televisor, buscábamos la compañía humana, ahora al separarnos de la casa, buscamos una conexión de wi-fi. Pareciera que, conforme estamos ampliando los horizontes físicos, restringimos los afectivos; podemos alegar lo que sea pero no debe pasar inadvertido que la inmediatez de la información nos ha vuelto intolerantes a la frustración, lo cual es lógico considerando que los habitantes de estas benditas tierras, siguen siendo los eternos adolescentes que salieron desde los días de la independencia. Seguimos teniendo la piel muy delgada.

Entre el surrealismo y el realismo mágico los naturales de este lugar nos encontramos con que la nuestra es una realidad desfasada de los demás países del orbe pues mientras ellos han valorado sus periodos de paz, de este lado pasamos la vida imaginando cómo partirnos la cara, si por allá buscan la manera de disfrutar su tiempo libre, nosotros lo hacemos en el tiempo laboral; Einstein podrá ser el padre de la relatividad pero aquí vivimos quienes estiramos o encogemos las horas según sean nuestras conveniencias. «Ahorita» es una medida de tiempo perfectamente válida para encontrar los «destos de la desa» y entregárselos a «fulano »o «mengano» y andar sin preocupaciones por «esos caminos de Dios», todo así de exacto y perfecto. Salud.

Beto

martes, 6 de agosto de 2024

La virtualidad

¿De verdad no nos es posible separa la ficción
de la realidad? Foto: BAER

Irapuato, Gto. Es posible que estemos viéndola como la nueva realidad y no como una alterna que, imagino, había sido concebida como complemento a las dinámicas que establece la post modernidad. ¿Cómo es posible que la aceptemos tan fácilmente? Hay que recordar que nosotros somos lo que el exterior (los demás) perciben de nuestro entorno y ese «ser interior» al que llamamos conciencia, es una parte que en alguna etapa de nuestra vida, nos hace creer que estamos «viviendo» la vida de otro. Las series de radio, los programas de televisión, las películas y las novelas realizan un fenómeno similar en nuestro cerebro al identificarnos con los protagonistas de esas historias y son historias también las que consumimos en las nuevas tecnologías de la información en la red.

El mismo servicio que intentamos satanizar porque «los jóvenes están siendo mal influenciados por los mensajes que ahí consumen» sin entender que en nuestro ámbito educativo (casa) no hemos puesto en claro los parámetros que deben regir los consumos, tanto de los equipos móviles como de los contenidos; esto se ha dado por una simple razón: hemos dado por entendido que manejamos los mismos conceptos de comportamiento, dejando que términos como «emergencia» o «necesidad» queden flotando sin ninguna aclaración de lo que deben representar para cada familia y menos en la escuela. Otro sobre entendido es que ésta última deberá corregir los vicios con los que enviamos a los niños a las aulas «pero sin que traumen a los querubines».

Existir «como si viviéramos» es la verdadera virtualidad y tan la encontramos en las pantallas como en las hojas impresas de un libro, las revistas o los periódicos y ni siquiera me refiero a inserciones literarias, sino a las notas «pelonas» que retratan de la manera más cruda lo que sucede en el mundo, pero como son realidades en las que sólo podemos presentar empatía, pasan a las filas de lo virtual que, desde un punto de vista platónico, será tratada como una realidad alterna, ya que si lo piensas existe. Habrá quien piense que los mundos virtuales son una proyección de lo que deseamos, no sólo como creadores sino como consumidores de mensajes también, de ahí sale la identificación con los personajes y la búsqueda de similitud con los espacios.

Vivir la virtualidad es hacer como que se vive, ya ni siquiera es ponerse en los zapatos de otro sino el «trasladar» nuestro ser a una realidad alterna por medio de avatares o como sea que se llamen esos personajes que corren en nuestro lugar, que batallan en parajes inhóspitos o tiran de balazos a diestra y siniestra acabando con todo lo que se les atraviesa; no caeré en la tentación de echarle la culpa a los video juegos de hacer que aumente la violencia, pero quizá sí de normalizarla, un argumento con el cual no estuve de acuerdo en los setenta cuando se acusó al programa Ultramán de volver agresivos a los niños, pero entonces teníamos conciencia de que era otro el que actuaba, mientras que en los video juegos, es una representación personal la que dispara. Salud.

Beto

Como hacer zapatos

Vender libros es como con los zapatos. Foto: BAER vía Meta AI Irapuato, Gto.- 1. E l diseño. Tener una idea y pensar que es viable el plasma...