martes, 27 de abril de 2021

La familia Grande 19a. entrega

“La información requirió de un ‘trabajito’ extra”.
Foto: BAER

En cuanto treparon al auto, salieron rumbo a calzada Guadalupe para después incorporarse al Circuito Interior donde el primer vigilante fue relevado. El tráfico dificultaba el seguimiento, hasta hubo necesidad de realizarlo en partes por varios conductores. Luis detuvo su unidad  en las calles de Tlatilco, muy cerca del Centro Interdisciplinario de Ciencias de la Salud del Instituto Politécnico Nacional, donde al salir, volvió a tomar a la muchacha de la mano y caminaron hacia el centro de estudios de la misma manera en que lo habían hecho minutos antes. En una de las entradas intercambiaron algunas palabras y unos pequeños papeles que guardaron al mismo tiempo.

La muchacha dio algunos pasos al interior y pronto se confundió con un mar de estudiantes que entraban y salían algunos con prisa y otros con cierta parsimonia luciendo batas arrugadas que evidenciaban el trabajo al que habían sido sometidas. Después de unos segundos en que Luis mantuvo su mirada apuntando quién sabe a dónde, tomó su teléfono mientras regresaba a su coche, se reportó al “cuartel”, lo que fue la señal para que Jacinto diera por concluida la vigilancia. Condujo sin prisa, sabedor que aunque se retrasara un poco, los demás comprenderían la razón que lo obligó a no llegar a la hora convenida en el momento en que se los explicara.

Pero no estaba seguro de que ése fuera el adecuado para externarles su situación; no corría ninguna prisa, además, no era el primer hombre con un problemita de esa índole. Cuando llegó a la reunión, el Gato ya había comenzado a explicar el papel que representaría cada uno y la manera en que habrían de conducirse. Nadie hizo aspavientos, así que tomó su asiento y se dispuso a escuchar la explicación sobre la logística que seguirían por parte de Saúl; como sólo la llevarían a cabo en tres días, cada uno sería una puesta en escena casi independientes en las que el protagonista sería un personaje distinto cada vez, para mantener el interés del sujeto.

Al hijo del empresario en cuestión le gustaba el orden por encima de todas las cosas; a pesar de su vida disipada, hacía que todo marchara como relojito por lo que sus fraudes a la empresa de su padre, tardaron en salir a la luz, pero aún no había pruebas de que él los hubiera cometido. Se sabía que en su oficina guardaba los comprobantes de todas sus transacciones, legales o no, en una caja fuerte de nueva generación, lo que implicaba datos físicos del dueño del aparato como peso, estatura, temperatura corporal promedio, huellas dactilares y algo que parecía muy novedoso, el índice de grasa corporal. Toda esa información requirió de un “trabajito” extra por parte de José. Continuará. Salud.

Beto

martes, 20 de abril de 2021

La familia Grande 18a. entrega

“Un secreto bien guardado”. Foto: BAER

Jacinto no tuvo empacho en utilizar cuanto recurso tenía  a la mano, el principal era la red de conductores de servicios de transporte particulares y choferes de taxis que cubrían casi toda la extensión de la ciudad de México. Desde su salida de la casa de los Grande y a pesar de su declarada emancipación sabía que el lazo de sangre que los unía a él y al Gato se había fortalecido por ese encuentro, casual o no, en la gasolinera; su primo por parte de madre le había mostrado la comprensión que su tío y padre adoptivo no le procuró, por lo que su salida le obligó a buscar un sustento rápido que le brindara un flujo de efectivo inmediato; servir en el transporte le dio esa oportunidad.

Además, su don de gente en la forma de un ceremonioso comportamiento y su habilidad para el fútbol, le abrieron muchas puertas y le agenció varias amistades en el gremio. Con el paso del tiempo, se compró varias unidades que puso a disposición de sus conocidos más allegados con los que formó una extraña sociedad en la que procuraban salir todos ganando. Fue con ellos y sus múltiples conocidos con los que montó la red de vigilancia que mantendría seguro a Luis e informado al Gato de sus pasos. Fue localizado por los rumbos de Vallejo, muy cerca de metro La Raza, entrando en un taller de motos en la esquina de Saint Sáenz y Robles Domínguez.

Hasta ahí, nada había de raro, pues siempre mostró interés en todo lo relacionado con los motores, así que encontrarlo en una zona donde también había refaccionaria, taller mecánico y venta de motores no representaba ningún riesgo. Pasaron aproximadamente veinte minutos cuando salió del local enfilando hacia León Cavallo, paralela a la calle donde se encontraba; llegó a un local a media cuadra, algo descuidado, con un telón muy quemado por el sol en el que, a ras de la entrada atendía un joven afanoso volteando tortillas y gordas fritas a la sombre de un letrero que ostentaba el nombre de antojitos “Las Hermanas” en letra cursiva color rojo.

Eso sí se salía del esquema, pues Luis no se permitía ingerir ese tipo de alimento desde que el angiólogo le advirtió sobre un posible infarto allá por la década de los ochenta; sin embargo entró, después de mostrarse muy afectuoso con el joven de la entrada. El conductor que lo había seguido hasta ese lugar, esperó pacientemente hasta que, después de unos quince minutos, vio salir a Luis conduciendo de la mano a una dama joven de regreso al taller donde había dejado el carro. A pesar del gesto tan familiar, no parecía que se conocieran pues ambos caminaban con la vista fija al frente y sin dirigirse la palabra. Continuará. Salud.

Beto

martes, 13 de abril de 2021

La familia Grande 17a. entrega

“Necesito que lo localices y lo sigas
a todos lados”. Foto: BAER

“Sabes que no me refiero al traslado, sino a qué le pasa a Luis”. La voz de Saúl mostraba verdadera preocupación, aunque en el fondo confiaba en que no sería nada de cuidado lo que obligó a su compañero a salir de pronto. La expresión casi neutra de Efraín en nada mejoró su ánimo pues éste era conocido entre otras cosas, por su casi mítica inexpresividad ante cualquier situación; más tardó el Gato en hacer la llamada, que Jacinto en llegar, dieron las últimas instrucciones a Plutarco sobre los detalles de las vestimentas comprometiéndose el actor a entregar en dos días, mismos que aprovecharía el grupo para realizar y afinar tiempos y movimientos del montaje.

Se subieron ambos en el asiento trasero, más por costumbre que por ninguna otra razón, pues al frente siempre se sentaba Luis cuando él mismo no iba conduciendo. “Disculpe la pregunta señor, pero ¿no me había dicho que venían los tres?”, la mirada del Gato se posó en sus pupilas a través del espejo retrovisor; a cualquier otro conductor ni siquiera se hubiera dignado a verle, pero Jacinto era como del equipo, así que contestó la pregunta aunque sin mayor detalle, “y deja de hablarme de usted, que bien sabes que no es necesario”. Los tres hombres rieron discretamente mostrando con ello que más que una complicidad, los unía una profunda amistad.

Pasaron a dejar a Saúl a su casa, aunque esto contravenía la ruta que comúnmente realizaban, Efraín dio como razón de ello que deseaba que Jacinto lo llevara a otro lado y no quería distraer a Saúl de sus tareas inmediatas, lo que retrasaría los preparativos. Éste no hizo ningún cuestionamiento limitándose a despedirse y, una vez que estuvo dentro de su domicilio, el auto arrancó rumbo a casa de Efraín. “Quiero disculparme por la pregunta de hace un momento, la razón de ella era que imaginé que habrían tenido problemas con el carro y me preocupaba no haber llevado las herramientas necesarias, así que se me hizo curioso encontrarlos sólo a ustedes dos”.

“No te preocupes”, dijo el Gato, “la razón por la que deseaba estar solo contigo es para que me hagas otro favor”. La expresión de Jacinto cambió pues intuía que tenía que ver con Luis. “En efecto, necesito que lo localices y lo sigas a todos lados donde vaya cuando no esté con alguno de nosotros”. “¿Acaso desconfías de él?”. “Nada de eso, me preocupa que esté en algún problema en el que crea que nos pone en riesgo, por lo que no nos pide ayudarlo”. Terminó diciéndole que esa sería su prioridad en esos días y que él vería cómo moverse, si en el transporte público o con algún otro conocido. Estuvieron de acuerdo en el horario en que Jacinto le daría su reporte. Se imponía total discreción. Continuará. Salud.

Beto

martes, 6 de abril de 2021

La familia Grande 16a. entrega

“De manera inesperada, Luis dijo que
debía retirarse”. Foto: BAER

“Por supuesto que no, hay trabajo para todos”, dijo el Gato dejando en claro que no deseaba seguir con el tema. Las prendas empezaron a desfilar una a una frente a sus ojos, la facultad de análisis de Saúl se puso a trabajar comparando formas, colores y tallas con el contexto de lo que harían para satisfacer las demandas de su cliente, lo que requería a una mesera, una madre con su hija y a un corredor de apuestas con un grave problema económico. El Gato era de la idea de representar cuadros sin complicaciones puesto que, a pesar de que siempre atacaban desde las costumbres de sus víctimas, cada representación tenía como límite un máximo de cinco días.

Por lo tanto, debía escoger al menos treinta atuendos para cubrir el periodo; sabía que el Gato se haría cargo de sus cosas. Algunas veces ni ellos se daban cuenta de dónde o cuándo aparecería dado que tenía por costumbre no revelar sus disfraces hasta que ya había avanzado el trabajo; lo hacía para dejarlos fluir y asegurarse de que no correrían riesgos innecesarios o en caso de correr peligro, servir como válvula de escape. Otra ventaja, era que podía observar las acciones, sacar apuntes y conclusiones para mejorar en cada trabajo a realizar; incluso su programa de entrenamiento había mejorado a tal grado a tal grado que tenía nivel militar, tanto en el aspecto físico como en el manejo de armas.

Varios aspirantes habían tronado, algunos por no aguantar el ritmo impuesto y otros por no contar con la fortaleza mental necesaria. Al final, en ambos casos, se imponía una redirección cerebral se imponía para mantener la secresía del grupo, era la forma eufemística en que Luis llamaba al “borrado” de la memoria a corto plazo al que sometían a los rechazados, un trabajo que justificaba con creces su grado de doctor en psiquiatría obtenido en el extranjero. Por supuesto al no ser una práctica cien por ciento segura, podía dar como resultado que algo de la información aprendida quedara latente y pudiera ser usada, como en el caso de Jessica, su ahora competencia.

Por fortuna, eran casos aislados que requerían poca atención de su parte, hasta que los sujetos lograban hacer su vida normal. Casi terminaba la pasarela montada por Plutarco con sus propios modelos, cuando de manera inesperada, Luis dijo que debía retirarse; había recibido un mensaje de texto que logró inquietarlo un poco, así que tomó las llaves del auto en el que habían llegado y se despidió con un simple “ustedes pueden seguir con esto ¿no?” Sólo asintieron con la cabeza y vieron cómo la figura del psiquiatra desaparecía detrás de la puerta. “¿Y ahora?” preguntó Saúl, “No te preocupes, le hablo a Jacinto para que pase por nosotros”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 30 de marzo de 2021

La familia Grande 15a. entrega

“Espero que no tengas problema con ello”.
Foto: BAER

Saúl regresó justo cuando sus compañeros estaban pagando la cuenta; cruzó una mirada interrogante con Luis y éste asintió con la cabeza. Los tres hombres salieron del establecimiento prestos a preparar todo lo que necesitarían para esa semana, que tenían como límite para cumplir con el trabajo. Se dirigieron al mercado de la Portales; entraron a la calle de Balboa para estacionarse en la Víctor Hugo y así caminar unas cuadras a Merlín, la tienda de disfraces que les aseguraba manufacturar lo que desearan hasta el más mínimo detalle. Antes, hicieron una escala en el Anforama de la Reforma por algunos utensilios de cocina, acompañados por las miradas curiosas de las vendedoras.

Cuando llegaron a la tienda de disfraces, ya los esperaba don Plutarco, actor de la vieja escuela muy versado en las caracterizaciones teatrales; estaba asociado con doña Azucena, mujer diestra con agujas e hilos que había prestado sus servicios en las dos grandes televisoras del país hasta antes de la segunda gran pandemia de la cual se salvó, gracias a las conexiones del Gato en el sistema de salud. “Supongo que su siguiente trabajo es muy importante como para que hayan venido los tres juntos”, les dijo Plutarco presumiendo de suspicacia; “ni tanto, sólo aproveché porque debía atender otro negocio por aquí cerca”, respondió Luis desenfadado.

“¿Mantienen sus medidas o habrá que hacer ajustes?” preguntó el viejo actor intuyendo la respuesta; “¿Acaso nos vemos gordos?” inquirió Saúl respondiendo al juego; “sé que Efraín no, pero a ustedes les encantan las garnachas”. Rieron los cuatro divertidos aunque Saúl corrigió un poco pidiendo que su vestimenta la hicieran un poco holgada, por si acaso. Plutarco abrió una pequeña puerta detrás del tercer probador que escapaba de la vista de la clientela general, allí se encontraba doña Azucena, dando los últimos toques a un conjunto sastre que debía tener algunos bolsillos ocultos y pequeños dispositivos como para un acto de magia.

Con la mirada fija en las prendas, el Gato preguntó con voz casi audible” ¿Es para..?”, “Sí, es algo muy especial que desafió nuestra inventiva. La enseñaste muy bien”. Las palabras de Plutarco intentaron ser conciliadoras, pues sabía de los términos en los que habían quedado Efraín y Jessica, miembro del equipo en los noventa que se dejó llevar por la codicia y que, desde su salida, se había dedicado a hacerles una competencia desleal, llevándose con ella a otro integrante y dos prospectos, teniendo como centro de operaciones a la ciudad de Querétaro, sin desligarse de los proveedores. “Espero que no tengas problema con ello, Efraín”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 23 de marzo de 2021

La familia Grande 14a. entrega

“Te va a gustar” le dijo José a la muchacha.
Foto: BAER

“Me arriesgaría a lo que fuera por ti Efraín, te lo debo”. El Gato asintió con la cabeza y sin decir más, salió del auto para dirigirse al bar donde ya lo estarían esperando los miembros de su organización. Como no era muy afecto a los saludos efusivos se limitó a quitarse el sombrero en señal de respeto; pidió al mesero lo que solía consumir a esas horas y tras unos minutos en los que intercambiaron impresiones sobre lo que sucedía en el país, se dispuso a poner al tanto al grupo de lo que sería su nueva misión. Cada par de ojos escudriñaba en su rostro tratando de adivinar lo que les encomendaría en esa ocasión, pero su curiosidad no sería satisfecha hasta después del café.

Luego de varios sorbos, el Gato puso cara de ya haber despertado, recorrió con la mirada los tres pares de rostros que sólo esperaban la orden para ponerse a trabajar; comenzó diciéndoles que era un evento particular, que a Lina le serviría de ensayo lo cual era bueno pues no tenía mucho de haber ingresado al grupo, que como siempre, todo debía llevarse a cabo con el mayor sigilo, en fin, nada que no hubieran escuchado antes. El blanco era el hijo de un prominente empresario, aficionado a los deportes extremos y muy dado a tener  aventuras amorosas que no duraban más de una semana; sospechoso de haber desviado una fuerte cantidad de dinero hacía un mes.

Contaba el joven con dos guardias de seguridad que lo acompañaban incluso al baño. “La paranoia lo domina”, dijo José queriendo aligerar la plática, a lo que Saúl acotó que eso podría ser indicativo de culpabilidad. Rosa preguntó por el origen de la denuncia, a lo que Efraín contestó que había sido el propio padre, pues sólo quería darle una lección sin que eso llegara a las autoridades, además dijo, que había quedado en hablarle para confirmar la aceptación del trabajo. Luis no se mostró muy entusiasta afirmando que no estaban para andar cuidando muchachitos que se salen del redil, pero Ruth replicó que había que tomarlo como afirmó el Gato, como un ensayo para integrar a Lina.

“Te va a gustar” le dijo José a la muchacha, alegrándose en el fondo de ya no ser el novato; antes de que pudiera decir algo, Luis interrumpió su intención diciendo que al menos esperaba que en el futuro tuvieran trabajos más interesantes. Saúl lo tranquilizó afirmando que se iban a divertir, que no había razón para que estuviera tan gruñón. Ya terminados los detalles de esa junta preliminar, acordaron reunirse al día siguiente con los instrumentos que se les había asignado llevar. Uno a uno, los jóvenes fueron retirándose y cuando Luis y el Gato se quedaron solos porque Saúl había ido al baño, el primero soltó la pregunta de siempre: “Lo aceptaste porque es una pista ¿verdad? Continuará. Salud.

Beto

martes, 16 de marzo de 2021

La familia Grande 13a. entrega

“Jacinto le profesaba agradecimiento desde
que lo salvó de ser apuñalado”. Foto: BAER

De pronto Luis no tuvo qué decir, lo inesperado del reclamo y la sorpresa de verse descubierto lo dejaron helado, a merced de la embestida de un furioso Sergio que, si no hubiera sido contenido entre Juan y el Gato, le hubiera propinado un fuerte golpe en pleno rostro. Don Efraín no daba crédito a lo que veía pero eso no le impidió dar un grito que sorprendió hasta a Carlota, de inmediato se levantó, tomó a Luis por un brazo casi pasando por encima de sus otros hijos y lo condujo a su cuarto. Mientras tanto Sofi, Tere y Carmen trataban de consolar a Vicky que después de unos segundos, por fin pudo soltar el llanto.

La prudencia indicó a Carlota que pidiera tanto a Luis como a Saúl se retiraran, ofreciéndoles una disculpa a nombre de toda su familia; El Gato se les unió sin voltear a ver si se le permitía la retirada, se limitó a cerrar la puerta con cuidado para evitar hacer notoria su salida. Una vez en la calle, le preguntó a Luis si se encontraba bien y aunque no externó disculpa alguna, su amigó entendió que su gesto la implicaba. Ambos voltearon a ver a Saúl que miraba insistentemente hacia la puerta de la casa, al percatarse de que era objeto de la atención de sus camaradas, sólo atinó a decir “entonces, ¿ya no va a haber enchiladas?”

La risa de esa tercia de chamacos resonaba en la cabeza del Gato, ya listo para salir a reunirse con sus compañeros para cumplir con el reciente encargo, que sería la llave para encontrar a los asesinos de su familia. Hacía mucho tiempo que había decidido dejar de conducir, así que se hizo de los servicios de un conocido que, debido al despido masivo en una tienda de autoservicio en la que trabajaba, decidió enlistarse en el mundo del traslado de gente por aplicación. Al instante en que abrió la puerta de la calle, Jacinto ya estaba esperándolo con su inefable sonrisa, tatuada en su rostro a fuerza de permanecer ocho horas diarias de pie, atendiendo clientes en el departamento de blancos.

La familiaridad con la que se saludaban no correspondía a la de un servidor con su cliente, debido al agradecimiento que Jacinto le profesaba desde la vez que el Gato lo salvó de ser apuñalado cuando cargaba gasolina allá por Calzada de Tlalpan, con lo que evitó que se convirtiera en una estadística más. “¿A la oficina?”, preguntó el conductor sabiendo de antemano la respuesta; tomaron rumbo al Circuito Interior para llegar a Polanco. Una vez que Jacinto identificó la calle donde siempre lo dejaba, detuvo el carro y como era usual, se negó a recibir el dinero que su amigo le ofrecía. “cuando me dejes llevarte hasta la puerta”. “Bien sabes que no es posible, por tu bien”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 9 de marzo de 2021

La familia Grande 12a. entrega

“Sergio, sin pensarlo mucho, le reclamó
el atrevimiento”. Foto: BAER

Ambos muchachos encajaron en la dinámica de los Grande, al grado de compartir hasta la ropa entre sí, sin mencionar que eran unos entusiastas de la comida de Carlota y de los panes de don Efraín, que conservaba la costumbre de hacerlo, aunque fuera en su casa. Un detalle fraccionó la relación idílica; una mañana Luis llegó muy temprano a sabiendas de que era día de chilaquiles y había sido invitado desde la tarde anterior. Vicky le abrió la puerta, se había levantado unas horas antes junto con Teresa, pues tenían por costumbre ver un programa de ejercicio conducido por la futura gurú de la salud Evelyn Lapuente, en el recién adquirido aparato por su papá.

Los ojos de Luis se abrieron como platos por la sorpresa y no pudo ocultar su turbación, Vicky tuvo que repetirle que pasara, pero las piernas del muchacho no atinaban a obedecerle. “No querrás que te traiga los chilaquiles hasta acá”, dijo con su voz juguetona, “no, claro. Ya voy”, apenas contestó el adolescente tratando de contenerse. No habían dado un paso al interior de la sala cuando se escuchó el rechinido de unas llantas “espérenme”, era Saúl que llegaba después de haber esquivado un automóvil que sonaba la bocina a manera de reclamo por la imprudencia del chamaco. A pesar del mohín de Virginia, los tres entraron riendo por la ocurrencia de Saúl de minimizar el asunto.

Carlota bajó las escaleras un tanto cuanto alterada por el ruido y al enterarse de lo que había pasado, dio a Saúl un regaño como si se tratara de otro de sus hijos, detrás de ella, don Efraín también se unió a la llamada de atención, pero debió desistir al momento en que iba a hacer alusión a sus propias hazañas de joven allá en Dr. Mora, dado que la mirada inquisidora de Carlota lo detuvo en seco “¿hay algo de lo que deba enterarme?”, dijo la mujer en el tono que usaba para sus interrogatorios, “no, ya sabes que a veces me gusta andar de hablador”. Aparentando ya no hacer caso, Carlota se dirigió a la cocina a preparar todo para el desayuno.

Después de unas diestras maniobras entre cazuelas y sartenes por parte de Teresa y su madre, todos pasaron a la mesa a disfrutar del aromático platillo acompañado de leche y jugo de naranja, donde no podía faltar el pan dulce de don Efraín; mientras los platos y las tazas pasaban de un lado a otro, Luis no podía dejar de mirar a Vicky, incluso contestaba en automático a las preguntas de Pedro sobre los futuros Juegos Olímpicos en México, gesto que no pasó inadvertido a Sergio, quien sin pensarlo mucho, le reclamó el atrevimiento como quien se ve amenazado en lo más preciado, “¿qué, acaso te gusta mi hermana?”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 2 de marzo de 2021

La familia Grande 11a. entrega

“... no tardó en mostrar entendimiento y lealtad
con esos dos tipos...”. Foto: BAER

“Sólo dime que nada tuviste que ver y lo creeré”, le dijo Sergio tratando de disimular su perturbación al descubrir que varias pistas señalaban al Gato como responsable del incidente del desaparecido; “nada más tienes que preguntarle a él si yo fui quien lo puso así” contestó con su característica inexpresividad sabiendo que con ello, su hermano desistiría de seguir cuestionándolo. A regañadientes, Sergio se apartó de su hermano, dio algunas órdenes a un subalterno y se dirigió a su escritorio, desde allí, en voz alta, le indicó al Gato que podía retirarse. Éste, con cierto tono de condescendencia le dijo “le dices a mamá que iré a verla mañana” y dando media vuelta, salió sin esperar respuesta.

El policía se quedó rumiando sus pensamientos; encargó a otro agente el reporte a pesar de saber que se replicaría lo de los casos anteriores donde las pistas brillaban por su ausencia, pero al saber que había la posibilidad de que su hermano estuviera involucrado, lo llenaba de congoja imaginar que debía arrestarlo. El Gato esbozó una sonrisa, mezcla de gusto y melancolía que por poco lo traiciona en el momento en que Saúl contestó su llamada; aunque era el número tres en su escalafón, su cercanía era suficiente como para tenerse una confianza especial, una que no compartía con Luis, a pesar de la relación que mantenían desde niños y que habían sabido madurar.

“Ya sabes que conmigo no hay problema Gato; me contarás cuando creas conveniente. Ahora dime, ¿qué trabajo me tienes?” Efraín le contó escuetamente sobre la llamada que había recibido instantes previos, pero que los detalles los aclararían cuando estuvieran todos juntos en la tarde. La instrucción dejó claro a Saúl que el “trabajo” era importante; conociendo a su “jefe”, sabía que debía tener el equipo alistado a tiempo, pues no quería otro episodio como el del anterior “José”. Repasó su lista confiando en que a Luis le avisaría el mismo Gato, así que se dispuso a localizar a José, Rosa, Ruth y Lina, los cuales no eran sus verdaderos nombres, sino sus claves de filiación.

La razón era simple, con nombres cortos era fácil memorizar a quién se le había encomendado qué tarea, así como los perfiles de los que habían sido reclutados, por lo que cada agente nuevo adquiría el nombre de la vacante. Los únicos que se habían mantenido todo el tiempo, habían sido el Gato, Luis y Saúl, los viejos y los únicos que usaban sus propios nombres para realizar y repartirse las tareas. a pesar de que Saúl se había unido a ellos en la secundaria, no tardo en mostrar entendimiento y lealtad a esos dos tipos que en nada se les parecía, pues mientras ellos hacían alarde de hazañas atléticas, Saúl era un ratón de biblioteca. Continuará. Salud.

Beto

martes, 23 de febrero de 2021

La familia Grande 10a. entrega

“Alguien que no tenía forma de defenderse como
un ratón en el juego de un gato”. Foto: BAER

El teléfono sonó sacándolo de sus cavilaciones, hacía un buen rato que el cigarro se había acabado en el cenicero, así que prendió otro antes de contestar. La voz, particularmente monótona del otro lado de la línea, le dio unas instrucciones escuetas; hizo algunas anotaciones en una hoja de papel suelta, de las que tenía por costumbre dejar por todos lados en su departamento justificando tal desorden con el argumento de que no sabría a qué hora le llamarían y no quería perder el tiempo buscándolas. Lo mismo ocurría con los bolígrafos aunque siempre cargaba alguno en la bolsita frontal de su camisa. Antes de colgar, escuchó que la voz recalcaba “debe hacerlo lo más pronto posible”, lo cual le dejó cierto resquemor.

“Como si alguna vez hubiera tardado en hacerlo”, pensó mientras se dirigía al baño a darse un regaderazo para después alistarse a contactar a su equipo; éstos ya deberían estar listos, pues los había acostumbrado a mantenerse alertas por cualquier eventualidad sin importar lo laxa que pudiera ser la jornada. Cada miembro, activo o retirado, había sido meticulosamente escogido mediante un perfil que suponía poco margen para conductas erráticas y control bajo presión, tal y como a él mismo lo definían los varios exámenes que le habrían aplicado antaño, aunque en su caso, la imagen de témpano lo colocaba por encima de los demás seleccionados de su tiempo y de generaciones posteriores.

Revisó su lista de contactos -siempre agradeció la invención de las agendas electrónicas- y de uno por uno fue enviando el mismo mensaje de texto. Decía que no confiaba en la creación de grupos porque así era fácil que las ideas se desviaran; en el fondo, prefería invertir el tiempo en ello para mantener el control de cada uno además, así se mantenía entretenido. De la misma manera fueron llegando las respuestas; no era extraño que contestaran casi de inmediato pues sabían que el Gato era poco tolerante con la impuntualidad y que lo dejaran esperando en el teléfono. La única vez en que uno de los seleccionados se atrevió a retarlo en ese tema, no supieron de él por tres meses.

Fue encontrado deambulando semidesnudo cerca de la parroquia del Niño Jesús en la colonia Santa Cruz Meyehualco; posiblemente arrojado en el parque cercano, totalmente desorientado, mostraba sutiles señales de tortura. Ah, porque una cosa era castigar la desobediencia y otra muy distinta ensañarse con el indefenso, porque eso era todo aquel que caía en manos de Efraín, alguien que no tenía forma de defenderse como un ratón en el juego de un gato. Ése fue el primer enfrentamiento que tuvo con su hermano Sergio, que había optado por ingresar al cuerpo policiaco ministerial quien, a decir de varios, había tenido un ascenso sospechoso dentro de la corporación. Continuará. Salud.

Beto

martes, 16 de febrero de 2021

La familia Grande 9a. entrega

El Gato había escuchado esa historia
innumerables veces... Foto: BAER
S
ólo el centro de la república podía producir a una mujer tan hábil como Carlota; pasada la revolución, su pueblo quedó estancado debido a la leva y al éxodo hacia los Estados Unidos de casi todos los hombres en edad de trabajar. Muchas “viudas del bracerismo” optaron por tomar otro marido y otras, en la espera, se transformaron en “el hombre de su casa” para cuidar a sus progenitores y hacerse cargo de la tierra. En 1947, con quince años cumplidos, Carlota desposó a Efraín de dieciocho; el pueblo de Acámbaro fue testigo de cómo un fuereño se llevaba a una de las más bonitas hijas de don Nacho el panadero, para vivir en “quién sabe qué condiciones” a su pueblo, lejos de la mano de Dios, usando seguramente algún engaño para convencer a sus suegros.

Cierto es que por esos años, Doctor Mora no representaba un destino atractivo para nadie que quisiera progresar, pero el plan de Efraín era sólo hacer una escala para llevarse a su mujer al gabacho, donde sus habilidades serían bien apreciadas y ganaría el suficiente dinero para darle una vida digna. Cuando Carlota se enteró de ello, lo miró fijamente y levantando la ceja derecha se negó rotundamente. No podía concebir que su marido pretendiera alejarla de su familia llevándola a una tierra que ni le interesaba ni la quería, además no deseaba que sus hijos fueran “gringos”; de nada sirvieron los argumentos, las razones, las súplicas ni mucho menos, su pobre intento de berrinche, la mujer se mantuvo firme.

Convencido de que se había casado con una verdadera fiera, se resignó a olvidar sus planes, pero el deseo de salir de su pueblo para progresar, seguía en pie. De pronto pensó en una alternativa, si bien sería imposible irse al norte, bien podían probar suerte en la ciudad de México. “Ya ves, ¿qué te costaba sugerir algo más razonable?” le dijo Carlota con cierto entusiasmo pues con ello estaría en posibilidad de visitar a sus padres cuando ella quisiera. Pero la vida se guarda sorpresas muchas veces desagradables; sus sueños se verían truncos ya que a los pocos años, la panadería de su padre se incendiaría, pereciendo en el percance casi toda su familia, sólo sobrevivió uno de sus hermanos quedando con severas marcas en la cara.

Al no soportar su aspecto, salió una noche de Acámbaro sin que nadie supiera dar razón de su destino. La noticia dejó a Carlota con un aire de tristeza y melancolía permanentes que mermaron un poco con el nacimiento de cada uno de sus hijos y la incorporación de sus adoptados. El Gato había escuchado esa historia innumerables veces, unas contadas por su padre y otras por su madre con tan pocas variantes que podía decirse que la repasaban todas las noches para no olvidar detalle. Todos sus hermanos reclamaron el derecho de contarla también excepto él; al principio sólo era que no se la aprendía para seguir disfrutándola  como la primera vez, después porque ellos la contaban mejor, al final, por cuestiones de seguridad. Continuará. Salud.

Beto

Como hacer zapatos

Vender libros es como con los zapatos. Foto: BAER vía Meta AI Irapuato, Gto.- 1. E l diseño. Tener una idea y pensar que es viable el plasma...