martes, 20 de abril de 2021

La familia Grande 18a. entrega

“Un secreto bien guardado”. Foto: BAER

Jacinto no tuvo empacho en utilizar cuanto recurso tenía  a la mano, el principal era la red de conductores de servicios de transporte particulares y choferes de taxis que cubrían casi toda la extensión de la ciudad de México. Desde su salida de la casa de los Grande y a pesar de su declarada emancipación sabía que el lazo de sangre que los unía a él y al Gato se había fortalecido por ese encuentro, casual o no, en la gasolinera; su primo por parte de madre le había mostrado la comprensión que su tío y padre adoptivo no le procuró, por lo que su salida le obligó a buscar un sustento rápido que le brindara un flujo de efectivo inmediato; servir en el transporte le dio esa oportunidad.

Además, su don de gente en la forma de un ceremonioso comportamiento y su habilidad para el fútbol, le abrieron muchas puertas y le agenció varias amistades en el gremio. Con el paso del tiempo, se compró varias unidades que puso a disposición de sus conocidos más allegados con los que formó una extraña sociedad en la que procuraban salir todos ganando. Fue con ellos y sus múltiples conocidos con los que montó la red de vigilancia que mantendría seguro a Luis e informado al Gato de sus pasos. Fue localizado por los rumbos de Vallejo, muy cerca de metro La Raza, entrando en un taller de motos en la esquina de Saint Sáenz y Robles Domínguez.

Hasta ahí, nada había de raro, pues siempre mostró interés en todo lo relacionado con los motores, así que encontrarlo en una zona donde también había refaccionaria, taller mecánico y venta de motores no representaba ningún riesgo. Pasaron aproximadamente veinte minutos cuando salió del local enfilando hacia León Cavallo, paralela a la calle donde se encontraba; llegó a un local a media cuadra, algo descuidado, con un telón muy quemado por el sol en el que, a ras de la entrada atendía un joven afanoso volteando tortillas y gordas fritas a la sombre de un letrero que ostentaba el nombre de antojitos “Las Hermanas” en letra cursiva color rojo.

Eso sí se salía del esquema, pues Luis no se permitía ingerir ese tipo de alimento desde que el angiólogo le advirtió sobre un posible infarto allá por la década de los ochenta; sin embargo entró, después de mostrarse muy afectuoso con el joven de la entrada. El conductor que lo había seguido hasta ese lugar, esperó pacientemente hasta que, después de unos quince minutos, vio salir a Luis conduciendo de la mano a una dama joven de regreso al taller donde había dejado el carro. A pesar del gesto tan familiar, no parecía que se conocieran pues ambos caminaban con la vista fija al frente y sin dirigirse la palabra. Continuará. Salud.

Beto

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