martes, 25 de mayo de 2021

La familia Grande 23a. entrega

“El ligero temblor se agudizaba en cada releída
que daba a la pantalla”. Foto: BAER

En otro lado, dos manos se afanaban en aporrear un teclado al mismo tiempo que la pantalla le ofrecía el diagrama de la ciudad con una señal luminosa; era imperioso teclear unas cuantas claves  que le permitieran a José interceptar la señal telefónica emitida por el equipo de Rosa. Los datos proporcionados como el número marcado, la localización y las distancias, le facilitarían el segundo paso de su muy cacareado plan, al menos la parte que le tocaba en la obtención de la información. “Es raro, tampoco me contestó mi marido; me manda de inmediato al buzón. Debe estar bañándose. De cualquier manera, voy a dejarle el recado para que no se preocupe”, dijo Isabel sin sospechar lo que estaba ocurriendo.

Previo a todo eso, Rosa había grabado un mensaje de auxilio, ahora José sólo tenía que igualar los tonos y matices de su voz con los que ya tenía en la muestra de la esposa del ingeniero Lomelí; en seguida, dejaría el mensaje de voz advirtiéndole que tenían a su mujer secuestrada y que si quería tenerla de vuelta, debía mandar todas las especificaciones del sistema de seguridad del departamento del hijo del empresario a un correo electrónico emergente, esto es, hecho sólo para la ocasión. Para ese cometido, ya estaba Saúl instalado en la biblioteca pública del Módulo Deportivo San Nicolás Tolentino, entre las calles de Trípoli y Puente, en las Arboledas Sur que daba servicio a altas horas de la noche.

Además de la amenaza, le aseguraban también deslindarlo de toda la operación si su cooperación resultaba satisfactoria. Hugo Lomelí no supo de pronto cómo reaccionar, así que su mejilla izquierda lo hizo por él; el ligero temblor fue agudizándose en cada releída que le daba a la pantalla de su teléfono sin poder dar cabal crédito a lo que estaba pasando. Mil escenarios pasaron por su cabeza y el miedo d perder a su esposa lo invadió de tal manera que no se dio cuenta en qué momento encendió el carro ni cómo llegó a su casa. Esos treinta minutos lo atormentaron con pensamientos fatales unos, de venganza en contra de quienes lo habían puesto en esa situación, otros.

Clásico, le advirtieron que no llamara a la policía y, contando el tiempo que le dieron para copiar y enviar los archivos que le solicitaron, era prácticamente imposible que recibiera ayuda a tiempo. Sin embargo, era experto en mensajes encriptados y después de una revisión en su ordenador de escritorio, se dio cuenta de dónde provenía el mensaje, así que con sólo unos cuantos clicks, pudo enviar a la policía cibernética un llamado de auxilio. Por otro lado, como los captores de su mujer parecían hablar en serio, decidió también seguir el protocolo para los casos de secuestro, no sin antes colocar un virus rastreador a la información enviada. Continuará. Salud.

Beto

martes, 18 de mayo de 2021

La familia Grande 22a. entrega

“Caminaron unos metros por la calle Guanajuato
que lucía tranquila a esa hora”. Foto: BAER

Ese Miércoles había tocado el turno de Aura, de Carlos Fuentes, la participación de Rosa que se basó en las reciente declaraciones del secretario de Educación sobre la obra, arrancó algunos aplausos al mismo tiempo que otras críticas dejando ver la polarización y la diversidad del grupo. Parecía mentira que en pleno siglo veintiuno, todavía se declararan tabúes rasgos de la vida cotidiana; la coordinadora puso orden y las participaciones continuaron. Como ninguna otra se salió del esquema de la fantasía y el amor a pesar del tiempo, no hubo más exabruptos; algunas de las asistentes habían tomado notas, otras más sofisticadas y para no perder detalle, utilizaron el grabador de voz de su móvil.

A la salida, Isabel no podía ocultar su excitación por lo ocurrido, en el tiempo que llevaba asistiendo nunca había presenciado un episodio igual; se notaba de inmediato que Rosa le había dejado una muy grata impresión. Salieron del recinto dejando tras de sí, los restos de la cena que habían ordenado al Porco Rosso, de las calles de Zacatecas y Orizaba en la colonia Roma, porque a decir de las asistentes, ya era hora de “desintoxicarse” de la comida de La Pitahaya, de corte meramente vegano. “Fue toda una revolución lo que ocasionaste allá adentro” dijo la esposa del ingeniero Landín, “no creo que haya sido para tanto”, contestó Rosa con falsa modestia.

Caminaron unos metros por la calle Guanajuato que lucía tranquila a esa hora. “¿A dónde te diriges?, quizá yo pueda llevarte”, Rosa sonrió mientras estudiaba la expresión de Isabel, “no te preocupes”, le dijo “aquí adelante tomo un taxi”. “Ay no, para qué pagas si puedo al menos acercarte, ¿A dónde vas?” “¿A ver una película en casa de una amiga. Desde hace mucho le prometí que iría”. “¡Ah vaya! Supongo que es algo personal”. “Te tengo” pensó Rosa mientras fingía revisar la calle. Como lanzada sin intención, le preguntó: “¿Te gustaría venir?”; “¿De verdad? ¡Me encantaría! ¡Ay no! Mi marido me espera en casa”. “¿Se molestaría mucho si llegas algo tarde a tu casa?”

“No creo. Pocas veces me deschongo. Puedo avisarle que haré otra cosa. No nos tardaremos mucho, ¿no? "Claro que no. Avísale”. Isabel sacó su teléfono y comenzó a marcar el número, al mismo tiempo, Rosa se acomodaba el arete derecho o al menos eso aparentaba, pues en realidad se trataba de un pequeño dispositivo emisor de microondas de corto alcance que, al pulsarlo, interfería con cualquier señal que estuviera cerca. “Qué raro, no entra la llamada. Oh vaya, no tengo señal. Eso es aún más raro”. Lo intentó otras tres veces con el mismo resultado, hasta que Rosa le ofreció que usara el suyo, el cual curiosamente sí funcionaba, aunque la conexión sería especial. Continuará. Salud.

Beto

martes, 11 de mayo de 2021

La familia Grande 21a. entrega

“...que el tinte no la engañe, cierto que no soy vieja,
pero tampoco tengo pocos años”. Foto: BAER

El primer paso lo daría Rosa al presentarse en el grupo de lectura como aspirante, fingiendo ser una esposa desesperada por sentirse inútil en su casa durante el tiempo en que su marido se encontraba fuera de la ciudad. La estrategia básicamente consistía en verse vulnerable y necesitar guía de alguna manera, por lo cual la afinidad era imprescindible; el perfil de la víctima se prestaba, pues su carrera de educadora -trunca al casarse- de alguna manera se manifestaba a la hora de toparse con alguien que necesitara asistencia. Claro que no se trataba de aparecer como una mujer maltratada, sino una que requiriera ayuda académica como paliativo a su desocupación.

A algunas de las integrantes del grupo se les hizo extraña la forma en que permitieron la entrada a una nueva integrante, debido a que se trataba de un grupo cerrado por su exclusividad; la directora explicó que la señora Alfaro había tenido un malestar estomacal que le iba a impedir asistir esos días, algo doblemente extraño tratándose de una mujer tan disciplinada con lo que comía. Rosa no pudo evitar el ligero rubor con el que se adornaron sus mejillas al escuchar esos argumentos, pero se repuso de inmediato, pues debía ganarse la confianza de las asistentes desde el mismo momento de su presentación, algo que no le costaría mucho.

Repitió las palabras, una por una, como las había aprendido sabedora de que hasta ese momento se terminaba lo que podía controlar al cien por ciento, a partir de ahí, todo dependería de su imaginación. como el tiempo era poco, fue decidida a sentarse a un lado de la esposa del ingeniero; “se le ve algo nerviosa”, dijo la mujer tomando el papel de anfitriona, “no tiene porqué estarlo, aquí todas estamos para ayudarnos”. Rosa volvió a presentarse con el nombre falso que había utilizado minutos antes, “Isabel Landín” respondió acentuando el tono maternal que la caracterizaba cuando suponía que debía hacerse cargo de algún desamparado.

“Así que tiene mucho tiempo libre” inquirió la señora Landín, “créame, sé de lo que habla”; Rosa, con un gesto de timidez que hubiera conmovido al mismísimo Stalin, contestó “parece increíble, viniendo de una mujer tan joven”; “que el tinte no la engañe, cierto que no soy vieja, pero tampoco tengo pocos años”. Una vez iniciada  la lectura, las dos mujeres quedaron de acuerdo en compartir la dinámica posterior, por fortuna para Rosa, desde que estaba en la escuela le había gustado leer y hasta había participado en debates literarios en los que su gusto fue variando desde Aldous Huxley hasta Herman Hesse con múltiples aristas. Continuará. Salud.

Beto

martes, 4 de mayo de 2021

La familia Grande 20a. entrega

“...el ingeniero aprovechaba que su mujer asistía
a un grupo de lectura”. Foto: BAER

José era un muchacho que a sus veintiséis años ya había vivido una serie de acontecimientos dignos de una tragedia griega; el año de su nacimiento, 1989 estuvo marcado por un evento que si bien sería el símbolo del fin de una era oscura, también significó el reacomodo en las influencias internacionales, como lo fue la caída del muro de Berlín; en el ámbito nacional, una cinta hizo recordar un episodio que llenó de vergüenza a la nación en el ‘68 que fue “Rojo amanecer”; en lo particular, su casa se llenó de congoja por la muerte de Mauricio Garcés, ídolo de su padre que en el fondo pensaba de sí mismo que era tan apuesto como el galán de cine.

Su nacimiento fue tomado como una mala premonición ya que el dinero comenzó a escasear, por algunas reparaciones que no se hicieron a tiempo, dos cuartos de la casa se cayeron, uno de sus hermanos mayores era condenado a tres años de prisión por haber participado en los alborotos del año anterior y su padre siguió los pasos del difunto actor. Desde su fuero interno, su madre lo culpó porque pensaba que su nacimiento no debió suceder, aunque siempre se negó a abortarlo. Nunca maltrató físicamente al chamaco, pero lo ignoró el mayor tiempo, excepto para echarle en cara su comportamiento cuando era detenido por las autoridades al cometer algún delito menor.

Por tratarse de un adolescente, José nunca fue procesado y en esas circunstancias lo encontró el Gato; éste le vio potencial para encargarse de las tareas que requerían un desgaste que él, Luis o Saúl ya no podían soportar, por lo cual era el indicado para interrogar al responsable de crear e instalar el sistema de seguridad de su víctima. Algo de lo que había aprendido en los separos y otro tanto que había aprovechado de sus empleadores, era lo que siempre funcionaba a la hora de hacer su trabajo. Le fue fácil dar con el proveedor, ya que ése era el único que manejaba la marca del sistema, a decir de la secretaria a la que había invitado a cenar y que se volvió parlanchina con unas copas.

Obtener las especificaciones exactas era otro cuento pues el ingeniero en sistemas en cuestión, era conocido por su estilo de vida sobrio y sin grandes aficiones, pero la devoción que sentía por su mujer podría utilizarse. Para el caso, decidió solicitar la ayuda de Rosa, ya que ella estaba en el rango de edad de la esposa y su experiencia garantizaba resultados inmediatos; ambos objetivos eran de costumbres sencillas y con pocas variantes. Los miércoles, día que escogieron para actuar, el ingeniero aprovechaba que su mujer asistía a un grupo de lectura para ir a su club a jugar un poco de tenis y relajarse después tomando un sauna. Continuará. Salud.

Beto

martes, 27 de abril de 2021

La familia Grande 19a. entrega

“La información requirió de un ‘trabajito’ extra”.
Foto: BAER

En cuanto treparon al auto, salieron rumbo a calzada Guadalupe para después incorporarse al Circuito Interior donde el primer vigilante fue relevado. El tráfico dificultaba el seguimiento, hasta hubo necesidad de realizarlo en partes por varios conductores. Luis detuvo su unidad  en las calles de Tlatilco, muy cerca del Centro Interdisciplinario de Ciencias de la Salud del Instituto Politécnico Nacional, donde al salir, volvió a tomar a la muchacha de la mano y caminaron hacia el centro de estudios de la misma manera en que lo habían hecho minutos antes. En una de las entradas intercambiaron algunas palabras y unos pequeños papeles que guardaron al mismo tiempo.

La muchacha dio algunos pasos al interior y pronto se confundió con un mar de estudiantes que entraban y salían algunos con prisa y otros con cierta parsimonia luciendo batas arrugadas que evidenciaban el trabajo al que habían sido sometidas. Después de unos segundos en que Luis mantuvo su mirada apuntando quién sabe a dónde, tomó su teléfono mientras regresaba a su coche, se reportó al “cuartel”, lo que fue la señal para que Jacinto diera por concluida la vigilancia. Condujo sin prisa, sabedor que aunque se retrasara un poco, los demás comprenderían la razón que lo obligó a no llegar a la hora convenida en el momento en que se los explicara.

Pero no estaba seguro de que ése fuera el adecuado para externarles su situación; no corría ninguna prisa, además, no era el primer hombre con un problemita de esa índole. Cuando llegó a la reunión, el Gato ya había comenzado a explicar el papel que representaría cada uno y la manera en que habrían de conducirse. Nadie hizo aspavientos, así que tomó su asiento y se dispuso a escuchar la explicación sobre la logística que seguirían por parte de Saúl; como sólo la llevarían a cabo en tres días, cada uno sería una puesta en escena casi independientes en las que el protagonista sería un personaje distinto cada vez, para mantener el interés del sujeto.

Al hijo del empresario en cuestión le gustaba el orden por encima de todas las cosas; a pesar de su vida disipada, hacía que todo marchara como relojito por lo que sus fraudes a la empresa de su padre, tardaron en salir a la luz, pero aún no había pruebas de que él los hubiera cometido. Se sabía que en su oficina guardaba los comprobantes de todas sus transacciones, legales o no, en una caja fuerte de nueva generación, lo que implicaba datos físicos del dueño del aparato como peso, estatura, temperatura corporal promedio, huellas dactilares y algo que parecía muy novedoso, el índice de grasa corporal. Toda esa información requirió de un “trabajito” extra por parte de José. Continuará. Salud.

Beto

martes, 20 de abril de 2021

La familia Grande 18a. entrega

“Un secreto bien guardado”. Foto: BAER

Jacinto no tuvo empacho en utilizar cuanto recurso tenía  a la mano, el principal era la red de conductores de servicios de transporte particulares y choferes de taxis que cubrían casi toda la extensión de la ciudad de México. Desde su salida de la casa de los Grande y a pesar de su declarada emancipación sabía que el lazo de sangre que los unía a él y al Gato se había fortalecido por ese encuentro, casual o no, en la gasolinera; su primo por parte de madre le había mostrado la comprensión que su tío y padre adoptivo no le procuró, por lo que su salida le obligó a buscar un sustento rápido que le brindara un flujo de efectivo inmediato; servir en el transporte le dio esa oportunidad.

Además, su don de gente en la forma de un ceremonioso comportamiento y su habilidad para el fútbol, le abrieron muchas puertas y le agenció varias amistades en el gremio. Con el paso del tiempo, se compró varias unidades que puso a disposición de sus conocidos más allegados con los que formó una extraña sociedad en la que procuraban salir todos ganando. Fue con ellos y sus múltiples conocidos con los que montó la red de vigilancia que mantendría seguro a Luis e informado al Gato de sus pasos. Fue localizado por los rumbos de Vallejo, muy cerca de metro La Raza, entrando en un taller de motos en la esquina de Saint Sáenz y Robles Domínguez.

Hasta ahí, nada había de raro, pues siempre mostró interés en todo lo relacionado con los motores, así que encontrarlo en una zona donde también había refaccionaria, taller mecánico y venta de motores no representaba ningún riesgo. Pasaron aproximadamente veinte minutos cuando salió del local enfilando hacia León Cavallo, paralela a la calle donde se encontraba; llegó a un local a media cuadra, algo descuidado, con un telón muy quemado por el sol en el que, a ras de la entrada atendía un joven afanoso volteando tortillas y gordas fritas a la sombre de un letrero que ostentaba el nombre de antojitos “Las Hermanas” en letra cursiva color rojo.

Eso sí se salía del esquema, pues Luis no se permitía ingerir ese tipo de alimento desde que el angiólogo le advirtió sobre un posible infarto allá por la década de los ochenta; sin embargo entró, después de mostrarse muy afectuoso con el joven de la entrada. El conductor que lo había seguido hasta ese lugar, esperó pacientemente hasta que, después de unos quince minutos, vio salir a Luis conduciendo de la mano a una dama joven de regreso al taller donde había dejado el carro. A pesar del gesto tan familiar, no parecía que se conocieran pues ambos caminaban con la vista fija al frente y sin dirigirse la palabra. Continuará. Salud.

Beto

martes, 13 de abril de 2021

La familia Grande 17a. entrega

“Necesito que lo localices y lo sigas
a todos lados”. Foto: BAER

“Sabes que no me refiero al traslado, sino a qué le pasa a Luis”. La voz de Saúl mostraba verdadera preocupación, aunque en el fondo confiaba en que no sería nada de cuidado lo que obligó a su compañero a salir de pronto. La expresión casi neutra de Efraín en nada mejoró su ánimo pues éste era conocido entre otras cosas, por su casi mítica inexpresividad ante cualquier situación; más tardó el Gato en hacer la llamada, que Jacinto en llegar, dieron las últimas instrucciones a Plutarco sobre los detalles de las vestimentas comprometiéndose el actor a entregar en dos días, mismos que aprovecharía el grupo para realizar y afinar tiempos y movimientos del montaje.

Se subieron ambos en el asiento trasero, más por costumbre que por ninguna otra razón, pues al frente siempre se sentaba Luis cuando él mismo no iba conduciendo. “Disculpe la pregunta señor, pero ¿no me había dicho que venían los tres?”, la mirada del Gato se posó en sus pupilas a través del espejo retrovisor; a cualquier otro conductor ni siquiera se hubiera dignado a verle, pero Jacinto era como del equipo, así que contestó la pregunta aunque sin mayor detalle, “y deja de hablarme de usted, que bien sabes que no es necesario”. Los tres hombres rieron discretamente mostrando con ello que más que una complicidad, los unía una profunda amistad.

Pasaron a dejar a Saúl a su casa, aunque esto contravenía la ruta que comúnmente realizaban, Efraín dio como razón de ello que deseaba que Jacinto lo llevara a otro lado y no quería distraer a Saúl de sus tareas inmediatas, lo que retrasaría los preparativos. Éste no hizo ningún cuestionamiento limitándose a despedirse y, una vez que estuvo dentro de su domicilio, el auto arrancó rumbo a casa de Efraín. “Quiero disculparme por la pregunta de hace un momento, la razón de ella era que imaginé que habrían tenido problemas con el carro y me preocupaba no haber llevado las herramientas necesarias, así que se me hizo curioso encontrarlos sólo a ustedes dos”.

“No te preocupes”, dijo el Gato, “la razón por la que deseaba estar solo contigo es para que me hagas otro favor”. La expresión de Jacinto cambió pues intuía que tenía que ver con Luis. “En efecto, necesito que lo localices y lo sigas a todos lados donde vaya cuando no esté con alguno de nosotros”. “¿Acaso desconfías de él?”. “Nada de eso, me preocupa que esté en algún problema en el que crea que nos pone en riesgo, por lo que no nos pide ayudarlo”. Terminó diciéndole que esa sería su prioridad en esos días y que él vería cómo moverse, si en el transporte público o con algún otro conocido. Estuvieron de acuerdo en el horario en que Jacinto le daría su reporte. Se imponía total discreción. Continuará. Salud.

Beto

martes, 6 de abril de 2021

La familia Grande 16a. entrega

“De manera inesperada, Luis dijo que
debía retirarse”. Foto: BAER

“Por supuesto que no, hay trabajo para todos”, dijo el Gato dejando en claro que no deseaba seguir con el tema. Las prendas empezaron a desfilar una a una frente a sus ojos, la facultad de análisis de Saúl se puso a trabajar comparando formas, colores y tallas con el contexto de lo que harían para satisfacer las demandas de su cliente, lo que requería a una mesera, una madre con su hija y a un corredor de apuestas con un grave problema económico. El Gato era de la idea de representar cuadros sin complicaciones puesto que, a pesar de que siempre atacaban desde las costumbres de sus víctimas, cada representación tenía como límite un máximo de cinco días.

Por lo tanto, debía escoger al menos treinta atuendos para cubrir el periodo; sabía que el Gato se haría cargo de sus cosas. Algunas veces ni ellos se daban cuenta de dónde o cuándo aparecería dado que tenía por costumbre no revelar sus disfraces hasta que ya había avanzado el trabajo; lo hacía para dejarlos fluir y asegurarse de que no correrían riesgos innecesarios o en caso de correr peligro, servir como válvula de escape. Otra ventaja, era que podía observar las acciones, sacar apuntes y conclusiones para mejorar en cada trabajo a realizar; incluso su programa de entrenamiento había mejorado a tal grado a tal grado que tenía nivel militar, tanto en el aspecto físico como en el manejo de armas.

Varios aspirantes habían tronado, algunos por no aguantar el ritmo impuesto y otros por no contar con la fortaleza mental necesaria. Al final, en ambos casos, se imponía una redirección cerebral se imponía para mantener la secresía del grupo, era la forma eufemística en que Luis llamaba al “borrado” de la memoria a corto plazo al que sometían a los rechazados, un trabajo que justificaba con creces su grado de doctor en psiquiatría obtenido en el extranjero. Por supuesto al no ser una práctica cien por ciento segura, podía dar como resultado que algo de la información aprendida quedara latente y pudiera ser usada, como en el caso de Jessica, su ahora competencia.

Por fortuna, eran casos aislados que requerían poca atención de su parte, hasta que los sujetos lograban hacer su vida normal. Casi terminaba la pasarela montada por Plutarco con sus propios modelos, cuando de manera inesperada, Luis dijo que debía retirarse; había recibido un mensaje de texto que logró inquietarlo un poco, así que tomó las llaves del auto en el que habían llegado y se despidió con un simple “ustedes pueden seguir con esto ¿no?” Sólo asintieron con la cabeza y vieron cómo la figura del psiquiatra desaparecía detrás de la puerta. “¿Y ahora?” preguntó Saúl, “No te preocupes, le hablo a Jacinto para que pase por nosotros”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 30 de marzo de 2021

La familia Grande 15a. entrega

“Espero que no tengas problema con ello”.
Foto: BAER

Saúl regresó justo cuando sus compañeros estaban pagando la cuenta; cruzó una mirada interrogante con Luis y éste asintió con la cabeza. Los tres hombres salieron del establecimiento prestos a preparar todo lo que necesitarían para esa semana, que tenían como límite para cumplir con el trabajo. Se dirigieron al mercado de la Portales; entraron a la calle de Balboa para estacionarse en la Víctor Hugo y así caminar unas cuadras a Merlín, la tienda de disfraces que les aseguraba manufacturar lo que desearan hasta el más mínimo detalle. Antes, hicieron una escala en el Anforama de la Reforma por algunos utensilios de cocina, acompañados por las miradas curiosas de las vendedoras.

Cuando llegaron a la tienda de disfraces, ya los esperaba don Plutarco, actor de la vieja escuela muy versado en las caracterizaciones teatrales; estaba asociado con doña Azucena, mujer diestra con agujas e hilos que había prestado sus servicios en las dos grandes televisoras del país hasta antes de la segunda gran pandemia de la cual se salvó, gracias a las conexiones del Gato en el sistema de salud. “Supongo que su siguiente trabajo es muy importante como para que hayan venido los tres juntos”, les dijo Plutarco presumiendo de suspicacia; “ni tanto, sólo aproveché porque debía atender otro negocio por aquí cerca”, respondió Luis desenfadado.

“¿Mantienen sus medidas o habrá que hacer ajustes?” preguntó el viejo actor intuyendo la respuesta; “¿Acaso nos vemos gordos?” inquirió Saúl respondiendo al juego; “sé que Efraín no, pero a ustedes les encantan las garnachas”. Rieron los cuatro divertidos aunque Saúl corrigió un poco pidiendo que su vestimenta la hicieran un poco holgada, por si acaso. Plutarco abrió una pequeña puerta detrás del tercer probador que escapaba de la vista de la clientela general, allí se encontraba doña Azucena, dando los últimos toques a un conjunto sastre que debía tener algunos bolsillos ocultos y pequeños dispositivos como para un acto de magia.

Con la mirada fija en las prendas, el Gato preguntó con voz casi audible” ¿Es para..?”, “Sí, es algo muy especial que desafió nuestra inventiva. La enseñaste muy bien”. Las palabras de Plutarco intentaron ser conciliadoras, pues sabía de los términos en los que habían quedado Efraín y Jessica, miembro del equipo en los noventa que se dejó llevar por la codicia y que, desde su salida, se había dedicado a hacerles una competencia desleal, llevándose con ella a otro integrante y dos prospectos, teniendo como centro de operaciones a la ciudad de Querétaro, sin desligarse de los proveedores. “Espero que no tengas problema con ello, Efraín”. Continuará. Salud.

Beto

martes, 23 de marzo de 2021

La familia Grande 14a. entrega

“Te va a gustar” le dijo José a la muchacha.
Foto: BAER

“Me arriesgaría a lo que fuera por ti Efraín, te lo debo”. El Gato asintió con la cabeza y sin decir más, salió del auto para dirigirse al bar donde ya lo estarían esperando los miembros de su organización. Como no era muy afecto a los saludos efusivos se limitó a quitarse el sombrero en señal de respeto; pidió al mesero lo que solía consumir a esas horas y tras unos minutos en los que intercambiaron impresiones sobre lo que sucedía en el país, se dispuso a poner al tanto al grupo de lo que sería su nueva misión. Cada par de ojos escudriñaba en su rostro tratando de adivinar lo que les encomendaría en esa ocasión, pero su curiosidad no sería satisfecha hasta después del café.

Luego de varios sorbos, el Gato puso cara de ya haber despertado, recorrió con la mirada los tres pares de rostros que sólo esperaban la orden para ponerse a trabajar; comenzó diciéndoles que era un evento particular, que a Lina le serviría de ensayo lo cual era bueno pues no tenía mucho de haber ingresado al grupo, que como siempre, todo debía llevarse a cabo con el mayor sigilo, en fin, nada que no hubieran escuchado antes. El blanco era el hijo de un prominente empresario, aficionado a los deportes extremos y muy dado a tener  aventuras amorosas que no duraban más de una semana; sospechoso de haber desviado una fuerte cantidad de dinero hacía un mes.

Contaba el joven con dos guardias de seguridad que lo acompañaban incluso al baño. “La paranoia lo domina”, dijo José queriendo aligerar la plática, a lo que Saúl acotó que eso podría ser indicativo de culpabilidad. Rosa preguntó por el origen de la denuncia, a lo que Efraín contestó que había sido el propio padre, pues sólo quería darle una lección sin que eso llegara a las autoridades, además dijo, que había quedado en hablarle para confirmar la aceptación del trabajo. Luis no se mostró muy entusiasta afirmando que no estaban para andar cuidando muchachitos que se salen del redil, pero Ruth replicó que había que tomarlo como afirmó el Gato, como un ensayo para integrar a Lina.

“Te va a gustar” le dijo José a la muchacha, alegrándose en el fondo de ya no ser el novato; antes de que pudiera decir algo, Luis interrumpió su intención diciendo que al menos esperaba que en el futuro tuvieran trabajos más interesantes. Saúl lo tranquilizó afirmando que se iban a divertir, que no había razón para que estuviera tan gruñón. Ya terminados los detalles de esa junta preliminar, acordaron reunirse al día siguiente con los instrumentos que se les había asignado llevar. Uno a uno, los jóvenes fueron retirándose y cuando Luis y el Gato se quedaron solos porque Saúl había ido al baño, el primero soltó la pregunta de siempre: “Lo aceptaste porque es una pista ¿verdad? Continuará. Salud.

Beto

martes, 16 de marzo de 2021

La familia Grande 13a. entrega

“Jacinto le profesaba agradecimiento desde
que lo salvó de ser apuñalado”. Foto: BAER

De pronto Luis no tuvo qué decir, lo inesperado del reclamo y la sorpresa de verse descubierto lo dejaron helado, a merced de la embestida de un furioso Sergio que, si no hubiera sido contenido entre Juan y el Gato, le hubiera propinado un fuerte golpe en pleno rostro. Don Efraín no daba crédito a lo que veía pero eso no le impidió dar un grito que sorprendió hasta a Carlota, de inmediato se levantó, tomó a Luis por un brazo casi pasando por encima de sus otros hijos y lo condujo a su cuarto. Mientras tanto Sofi, Tere y Carmen trataban de consolar a Vicky que después de unos segundos, por fin pudo soltar el llanto.

La prudencia indicó a Carlota que pidiera tanto a Luis como a Saúl se retiraran, ofreciéndoles una disculpa a nombre de toda su familia; El Gato se les unió sin voltear a ver si se le permitía la retirada, se limitó a cerrar la puerta con cuidado para evitar hacer notoria su salida. Una vez en la calle, le preguntó a Luis si se encontraba bien y aunque no externó disculpa alguna, su amigó entendió que su gesto la implicaba. Ambos voltearon a ver a Saúl que miraba insistentemente hacia la puerta de la casa, al percatarse de que era objeto de la atención de sus camaradas, sólo atinó a decir “entonces, ¿ya no va a haber enchiladas?”

La risa de esa tercia de chamacos resonaba en la cabeza del Gato, ya listo para salir a reunirse con sus compañeros para cumplir con el reciente encargo, que sería la llave para encontrar a los asesinos de su familia. Hacía mucho tiempo que había decidido dejar de conducir, así que se hizo de los servicios de un conocido que, debido al despido masivo en una tienda de autoservicio en la que trabajaba, decidió enlistarse en el mundo del traslado de gente por aplicación. Al instante en que abrió la puerta de la calle, Jacinto ya estaba esperándolo con su inefable sonrisa, tatuada en su rostro a fuerza de permanecer ocho horas diarias de pie, atendiendo clientes en el departamento de blancos.

La familiaridad con la que se saludaban no correspondía a la de un servidor con su cliente, debido al agradecimiento que Jacinto le profesaba desde la vez que el Gato lo salvó de ser apuñalado cuando cargaba gasolina allá por Calzada de Tlalpan, con lo que evitó que se convirtiera en una estadística más. “¿A la oficina?”, preguntó el conductor sabiendo de antemano la respuesta; tomaron rumbo al Circuito Interior para llegar a Polanco. Una vez que Jacinto identificó la calle donde siempre lo dejaba, detuvo el carro y como era usual, se negó a recibir el dinero que su amigo le ofrecía. “cuando me dejes llevarte hasta la puerta”. “Bien sabes que no es posible, por tu bien”. Continuará. Salud.

Beto

Como hacer zapatos

Vender libros es como con los zapatos. Foto: BAER vía Meta AI Irapuato, Gto.- 1. E l diseño. Tener una idea y pensar que es viable el plasma...