martes, 11 de mayo de 2021

La familia Grande 21a. entrega

“...que el tinte no la engañe, cierto que no soy vieja,
pero tampoco tengo pocos años”. Foto: BAER

El primer paso lo daría Rosa al presentarse en el grupo de lectura como aspirante, fingiendo ser una esposa desesperada por sentirse inútil en su casa durante el tiempo en que su marido se encontraba fuera de la ciudad. La estrategia básicamente consistía en verse vulnerable y necesitar guía de alguna manera, por lo cual la afinidad era imprescindible; el perfil de la víctima se prestaba, pues su carrera de educadora -trunca al casarse- de alguna manera se manifestaba a la hora de toparse con alguien que necesitara asistencia. Claro que no se trataba de aparecer como una mujer maltratada, sino una que requiriera ayuda académica como paliativo a su desocupación.

A algunas de las integrantes del grupo se les hizo extraña la forma en que permitieron la entrada a una nueva integrante, debido a que se trataba de un grupo cerrado por su exclusividad; la directora explicó que la señora Alfaro había tenido un malestar estomacal que le iba a impedir asistir esos días, algo doblemente extraño tratándose de una mujer tan disciplinada con lo que comía. Rosa no pudo evitar el ligero rubor con el que se adornaron sus mejillas al escuchar esos argumentos, pero se repuso de inmediato, pues debía ganarse la confianza de las asistentes desde el mismo momento de su presentación, algo que no le costaría mucho.

Repitió las palabras, una por una, como las había aprendido sabedora de que hasta ese momento se terminaba lo que podía controlar al cien por ciento, a partir de ahí, todo dependería de su imaginación. como el tiempo era poco, fue decidida a sentarse a un lado de la esposa del ingeniero; “se le ve algo nerviosa”, dijo la mujer tomando el papel de anfitriona, “no tiene porqué estarlo, aquí todas estamos para ayudarnos”. Rosa volvió a presentarse con el nombre falso que había utilizado minutos antes, “Isabel Landín” respondió acentuando el tono maternal que la caracterizaba cuando suponía que debía hacerse cargo de algún desamparado.

“Así que tiene mucho tiempo libre” inquirió la señora Landín, “créame, sé de lo que habla”; Rosa, con un gesto de timidez que hubiera conmovido al mismísimo Stalin, contestó “parece increíble, viniendo de una mujer tan joven”; “que el tinte no la engañe, cierto que no soy vieja, pero tampoco tengo pocos años”. Una vez iniciada  la lectura, las dos mujeres quedaron de acuerdo en compartir la dinámica posterior, por fortuna para Rosa, desde que estaba en la escuela le había gustado leer y hasta había participado en debates literarios en los que su gusto fue variando desde Aldous Huxley hasta Herman Hesse con múltiples aristas. Continuará. Salud.

Beto

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