martes, 18 de mayo de 2021

La familia Grande 22a. entrega

“Caminaron unos metros por la calle Guanajuato
que lucía tranquila a esa hora”. Foto: BAER

Ese Miércoles había tocado el turno de Aura, de Carlos Fuentes, la participación de Rosa que se basó en las reciente declaraciones del secretario de Educación sobre la obra, arrancó algunos aplausos al mismo tiempo que otras críticas dejando ver la polarización y la diversidad del grupo. Parecía mentira que en pleno siglo veintiuno, todavía se declararan tabúes rasgos de la vida cotidiana; la coordinadora puso orden y las participaciones continuaron. Como ninguna otra se salió del esquema de la fantasía y el amor a pesar del tiempo, no hubo más exabruptos; algunas de las asistentes habían tomado notas, otras más sofisticadas y para no perder detalle, utilizaron el grabador de voz de su móvil.

A la salida, Isabel no podía ocultar su excitación por lo ocurrido, en el tiempo que llevaba asistiendo nunca había presenciado un episodio igual; se notaba de inmediato que Rosa le había dejado una muy grata impresión. Salieron del recinto dejando tras de sí, los restos de la cena que habían ordenado al Porco Rosso, de las calles de Zacatecas y Orizaba en la colonia Roma, porque a decir de las asistentes, ya era hora de “desintoxicarse” de la comida de La Pitahaya, de corte meramente vegano. “Fue toda una revolución lo que ocasionaste allá adentro” dijo la esposa del ingeniero Landín, “no creo que haya sido para tanto”, contestó Rosa con falsa modestia.

Caminaron unos metros por la calle Guanajuato que lucía tranquila a esa hora. “¿A dónde te diriges?, quizá yo pueda llevarte”, Rosa sonrió mientras estudiaba la expresión de Isabel, “no te preocupes”, le dijo “aquí adelante tomo un taxi”. “Ay no, para qué pagas si puedo al menos acercarte, ¿A dónde vas?” “¿A ver una película en casa de una amiga. Desde hace mucho le prometí que iría”. “¡Ah vaya! Supongo que es algo personal”. “Te tengo” pensó Rosa mientras fingía revisar la calle. Como lanzada sin intención, le preguntó: “¿Te gustaría venir?”; “¿De verdad? ¡Me encantaría! ¡Ay no! Mi marido me espera en casa”. “¿Se molestaría mucho si llegas algo tarde a tu casa?”

“No creo. Pocas veces me deschongo. Puedo avisarle que haré otra cosa. No nos tardaremos mucho, ¿no? "Claro que no. Avísale”. Isabel sacó su teléfono y comenzó a marcar el número, al mismo tiempo, Rosa se acomodaba el arete derecho o al menos eso aparentaba, pues en realidad se trataba de un pequeño dispositivo emisor de microondas de corto alcance que, al pulsarlo, interfería con cualquier señal que estuviera cerca. “Qué raro, no entra la llamada. Oh vaya, no tengo señal. Eso es aún más raro”. Lo intentó otras tres veces con el mismo resultado, hasta que Rosa le ofreció que usara el suyo, el cual curiosamente sí funcionaba, aunque la conexión sería especial. Continuará. Salud.

Beto

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