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| También por razones económicas, pero lo llevamos en la sangre. Foto: BAER vía Gemini |
1. Escrito en el ADN. La humanidad no puede estar quieta porque la inmovilidad produce cánceres que mínimo la atrofian por dentro; si cambiamos de lugar, generalmente es para encontrar uno con mejores condiciones para nosotros y nuestro desarrollo; somos seres caminantes que necesitamos cambiar de aires cada cierto tiempo, antes con el propósito de tener otra residencia, ahora para descansar de la casi ritualística rutina. En la literatura, nos fascinaron los viajes de Gulliver, las aventuras escritas por Julio Verne o Emilio Salgari, hasta llegar a las odiseas relatadas por Ray Bradbury; esta fascinación se da precisamente porque nos permiten esas historias viajar por mundos paralelos, sin la necesidad de gastar en traslados o de quemar combustibles fósiles, tan condenable en estos días.
2. La imperante necesidad. La realidad de un país emergente, en vías de desarrollo, tercermundista (esto último ya sin contexto), es que su dependencia de una metrópoli se encuentra en una especie de bucle amarrada con amenazas y camuflada con artilugios legales diseñados para mantener las cosas tal y como están; sus situaciones, si trabajan duro, sólo cambiarían en lo económico, la sensación de abandono permanecerá al menos por dos generaciones, otras dos imaginarán haberse adaptado a la sociedad a la que llegaron y las siguientes seguirán pensando que en realidad no son aceptados del todo. Todo migrante debe pasar una prueba de segregación, ya sea de su entorno o auto impuesta hasta conseguir tener la confianza plena de estar con iguales. Está fácil.
3. Pocas veces conforme. Si acaso el viaje no es de placer o de negocios, el movernos a la fuerza nos implica cambiar muchas partes de la rutina que no estamos dispuestos a canjear, con la consecuente molestia por estar lejos de nuestras actividades; la sensación debe multiplicarse cuando forzados por una situación de desventaja impuesta por un ente intangible que no podemos enfrentar, debemos abandonar nuestro lugar de residencia por tiempo indefinido, lo que hará de la incertidumbre algo más insoportable, pues además de las amenazas de despido, está la posibilidad de cambios en las políticas migratorias y temer el ser detenido en cualquier momento. Contrario a lo que afirman los eruditos del desarrollo humano, lo que nos mueve es el malestar, no la comodidad.
4. El beneficio del conocer. Vuelvo a la aclaración, conocer no es saber, el primero es el bagaje histórico que tenemos (en mente o en documento) sobre un tema, mientras que el segundo, la parte operativa de eso acumulado por años de información. Tampoco el conocimiento acumulado es garantía de sabiduría, pues podemos tener en casa una biblioteca muy amplia, pero no haber leído ni el diez por ciento de esos libros; la ventaja y atractivo de tenerlos, es que la información está siempre a la mano y nos permite consultas periódicas sin riesgo de que cambie esa información o desaparezca por obra y magia de un algoritmo como ocurre en la red. Saber en dónde se encuentra la información nos pone al borde del conocimiento. Salud.
Beto

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