martes, 31 de octubre de 2023

Inspiración o disciplina.

Hay acciones que pueden matar un texto.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- La imaginación es la herramienta principal del escritor, con ella retrata lugares y personas, viaja a velocidades insospechadas, procura dolor y provoca alivio (¿o es al revés?) y lo mejor de todo, es que nos arrastra con él a aventuras donde no se escatima en emociones y que al mismo tiempo en que nos enteramos sobre las que aparecen en los textos, invertimos las propias para completar el diálogo con la obra. Si al lector le inspira su lectura a imaginarse en situaciones que lo lleven al límite de sus fuerzas, a realizar hazañas nunca antes vistas, a conquistar lugares exóticos con el fin de encontrar la cura contra el cáncer, todo ello en su imaginación, sólo está ejerciendo su derecho de acompañar al autor en sus aventuras; para el escritor, ese derecho está restringido por la verosimilitud.

Ante todo, los textos son detonantes del pensamiento; el imaginarnos como partícipes de lo narrado no se limita a fabricarnos imágenes descritas en las líneas de cada lectura, valoramos lo leído, juzgamos la coherencia, decidimos creer o no según identifiquemos su verosimilitud; tanto escritores como lectores, tenemos la libertad de imaginar como forma de entretenimiento y a la vez, de fascinarnos con ambas prácticas, nada más que hay una pequeña diferencia, la fascinación en la lectura seguirá los cauces que la misma marque, está claro que si se provoca evocación con una línea, un párrafo o un capítulo, es decir, salirse de los cauces originales, la responsabilidad es totalmente del lector, mientras que para el escritor, es una condición con la que puede perder coherencia.

En un piloto de pruebas, la fascinación de vuelo es una cuestión de vida o muerte, para el escritor, sólo la pérdida de un texto pero sí hay cierto peligro; para explicarlo un poco, se trata de una combinación cuasi fatal entre la velocidad y la pérdida de la ubicación tempo-espacial, es decir, cuando se comanda un avión, los noveles corren el riesgo (por el goce que les produce el volar) de perder la noción de arriba y abajo, pudiendo con ello estar desplazándose de cabeza y al desear ascender más, terminar estrellándose en el suelo. En el caso de un texto, la coherencia sería el suelo donde se estrellaría el escritor por la trampa impuesta por la grandilocuencia, la hipersimplificación, la complejidad innecesaria y el exceso de explicación, por así decirlo, todo aquello que nuble la capacidad de emitir un mensaje claro.

La fascinación puede hacer que la imaginación quede patinando en una pista que la lleve a ningún lado y por más esfuerzos que se hagan por salir, eso no sucederá sin que se produzca un colapso; parece ser un tipo de ley, mover hacia el caos para crecer tratando de remediarlo. El camino al uso de la imaginación se finca desde la niñez, su continuación depende de cuánto deseamos mantenernos cuerdos y lejos de las presiones que causan el estrés inútil; la vida cotidiana nos proveerá de los elementos necesarios para combatir el tedio por el no entendimiento de las rutinas a las que solemos someternos irracionalmente, pero que encuentran su válvula de escape en la fascinación que produce la novedad a ultranza, algo que veremos en la próxima entrega. Salud.

Beto

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