martes, 7 de noviembre de 2023

El ego del escritor

La admiración tiene límites, principalmente
el que la recibe. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Es como en todo, en el momento en que empezamos a recibir elogios por algo que hacemos y que le gustó a un buen número de personas, nuestra visión del mundo cambia; pero esto no trata de vanidades adquiridas por infección auditiva, sino de una etapa más riesgosa que aflora cuando las condiciones les son propicias. Antes que toda forma de admiración llegue, el escritor debe afrontar la formación de su propia imagen; varias son las partes que la componen, pero las más importantes tienen que ver con la formación de su público, la validez de sus textos y lo que suponga de sí mismo como resultado de los dos puntos anteriores. Existen muchos factores, pero es en estos tres en donde podríamos aglutinarlos como responsabilidad directa de cada ser que se dedique al noble oficio de la pluma.

En la entrega anterior mencionamos la fascinación de vuelo como riesgo máximo que corren los pilotos de pruebas, en un escritor supondría crear confusión en sus lectores por una extrema complicación en conceptos o rebuscamiento en sus estructuras, la creación que desborden la fantasía haciendo de sus textos un panorama inconexo y, la parte principal que suponga que con ello está creando un nuevo estilo. Puede suceder, por supuesto, que haya lectores que se fascinen también con textos o imágenes incongruentes o les encuentren otro sentido, pero sería un golpe de suerte. La mayor parte de las personas lee de manera lineal y sólo se permiten saltos de acuerdo a lo que suelen evocarles, en este sentido, los recuerdos personales son poderosos.

Los mecanismos para caer en la fascinación de vuelo son tan variados que casi ningún teórico se ha detenido a explicarla, quizá la principal razón esté en suponer que somos portadores de inspiración, que la poseemos, que disponemos de ella en cualquier lugar, nada más alejado de la realidad, la inspiración no es un patrimonio particular, ni siquiera es un préstamos al que se le pueden sacar réditos, por el contrario, se transformará en espejismos escurridizos al más mínimo intento de enjaularla. Su desaparición puede provocar algo de incomodidad o hasta incertidumbre, lo que habría que esconder de todas las maneras posibles, lo que garantice la salvaguarda de la imagen que se haya forjado durante el tiempo de su labor.

Creer ser escritor no implica ser superior, por el contrario, el ejecutor de la pluma es el primer servidor de la memoria colectiva para lo cual requiere de humildad para registrarla lo más fiel posible, aunque se tome libertades literarias que parezcan cambiar las historias, lo cual no sucede pues las esencia de lo acontecido se mantendrá a pesar de usar otros nombres y otros lugares. El escritor deberá despojarse de su yo para convertirse en un nosotros que pruebe que los tiempo se forjan con las acciones de todos, que sus personajes adquirirán vida propia y exigirán ir por donde mejor les plazca o se sientan más seguros. El escritor es un creador, pero también el traductor de lo que su entorno quiera que cuente a los demás. Salud.

Beto

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