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| Hasta Santa Clos parece de la 4T por lo austero. Foto: BAER |
El aire empieza a refrigerar hasta los pensamientos, todo se ralentiza acoplándose al ritmo que marca el cambio de ropa, las caminatas diurnas se reservan para los que son verdaderamente aferrados al ejercicio y no temen enfermarse, lo cual no significa que no lo hagan sino que confían en que su condición física les ayudaría a salir pronto de cualquier percance respiratorio; las recomendaciones sobre el abrigo, las infusiones y las vacunas hacen su aparición con atropellada pertinencia así como los dichos populares cuando a algún despistado sin frío se le ocurre salir ligero a la calle, “pues sí, la juventud no se enferma”. ¡Y sí que lo hace! Quizás en un mayor número de ocasiones que los viejos porque la adaptación hormonal suele cobrar facturas de eso que creemos gratuito.
A falta de un mes, ya pasados el día de muertos y el de la Revolución, tenemos que ligar los festejos para no perder el ritmo; en esta ciudad la tenemos sencilla puesto que el doce de diciembre está envuelto en el festejo de los barrios, por lo que sólo debemos ocuparnos en llenar siete días (supongo que los barrios comienzan el 31 del presente) ya que después del 31 de diciembre y el 1° de enero, los días hasta el 5 los tomamos como un pequeño descanso para luego entrarle con fe a la rosca. No es raro que mucho de nuestra vida gire en torno a la comida, tanto los espacios reales como los virtuales que vamos construyendo a lo largo del tiempo tienen como referencia a la alimentación del cuerpo y del alma, dirían los clásicos, por lo que no necesitamos pretextos para el consumo cotidiano.
El caso es que las campanitas ya no se oyen tan lejos anunciándonos que viene detrás de ellas, la presión para la compra de los ingredientes para la cena, los regalos (para los que acostumbren hacerlos) y el largo peregrinar entre reuniones con antiguos amigos, familiares no tan cercanos y compañeros de trabajo con los cuales no solemos juntarnos, pero bueno, es el tiempo de compartir, de volver a confiar en que cumpliremos nuestros propósitos. Ya huele a navidad junto con el pavo, los romeritos, los ponches y el pozole (que no sé cómo le hace para colarse en todos lados), con la música en todos los centros comerciales, en las casas de los más entusiastas, en las iglesias más tradicionales; las actividades diarias cambian sus ritmos porque ya huele a navidad. Salud.
Beto

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