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| Los mejores escritos salieron de una jugosa plática. Foto: BAER |
Por desgracia con dictados, copias de libros, resúmenes, ensayos y otros textos por encargo, no se le agarra el gusto por la escritura por tres cosas básicas: 1) no se inculca el gusto por dibujar letras; 2) no nos sentimos identificados con lo que escribimos; y 3) suponemos que no tenemos qué decir. Para el primer aspecto, el impedimento principal es la prisa, pues debemos aprender a escribir rápido, no bonito, ni siquiera legible; el traslado de un aprendizaje oral a uno escrito no tiene una transición definida como no la tiene la misma enseñanza. Contamos historias a los infantes pero a los seis años ya queremos que se comuniquen por escrito sin siquiera haber aprendido a contar sus historias de manera oral. Hay que recordar que el hablar es un proceso natural, escribir no.
Sin embargo, podemos dominarlo, pues hay quien dice que debemos escribir como hablamos, otros que efectivamente así lo hacemos, como quiera que sea, las dos posturas implican que lo primero que hay que hacer para escribir es hablar bien; en el mundo de la oratoria, aprendemos a organizar nuestras ideas, a argumentar convincentemente y a aceptar cuando un esquema no es muy útil que digamos. El paso previo a ser un buen orador es ser un buen conversador y pensarán “si para platicar no hay dificultad”, a lo que les contestaría que el intercambio de preguntas y respuestas cortas llevadas de prisa no es una real plática. En una que se precie de serlo, debe haber un tema sustentable, la definición del mismo sin apasionamientos y, lo más importante, la disposición y la capacidad de escuchar.
La transición de conversador a escritor se da de manera natural, el paso de las ideas del cerebro al papel sólo tiene como aduana una pluma pues, los temas son lo que nos sucede cada día, los esquemas mentales ya están establecidos, la autocrítica puede hacerse al vuelo ya que la corrección al hablar se plasma de igual forma al escribir. No hay temor a la crítica de los demás pues también es factible que la habilidad de convencimiento se maneje en las letras; en un aula donde concurran aspirantes a escritores, será toda una experiencia escuchar las conversaciones que puedan darse, reinventando la realidad que les rodea, transformándola en palabras escritas que estén al alcance de cualquier entendimiento, en un taller donde las herramientas se fabriquen con tinta. Salud.
Beto

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