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| Preguntaba mi abuela, ¿quién manda, el burro o el arriero? Foto: BAER vía Meta AI |
1. Desde la objetividad. La revisión de textos ajenos requiere, sí, de tener muy presentes los aspectos técnicos de la redacción, pero más que todo, el saber distinguir las sensibilidades de los diferentes autores a los que se tenga la suerte de editar; en la base, la edición de textos semeja a la revisión de trabajos que debe hacer un docente en las materias de lectura y redacción, composición literaria o poética, con la salvedad de que el docente debe corregir hasta la intención del alumno y el editor, respetarla por encima de todo. Para ello debe pensar que el texto se manejará con sus propios términos y no dirá más allá de lo que está escrito en sus páginas, lo que de alguna manera, lo hace cómplice de las historias que va leyendo siendo crítico, pero haciéndose partícipe de la emotividad que desea imprimirle el autor.
2. Desde la visión institucional. En algún tiempo, quienes estudiamos la comunicación, supusimos que el enajenarnos dependía primordialmente de nuestra relación con los medios masivos de difusión, lo cual sigue vigente, pero hemos dejado de lado la que tenemos con las instituciones que creamos, pareciera que olvidamos cuál era su razón de ser, para subordinarnos a sus caprichos, pasamos del apoyo que deberían ofrecernos a obedecer sin cuestionar, sin siquiera saber cómo relacionarnos con ellos (medios e instituciones) ni qué objeciones debemos aplicar para defendernos de mensajes y acciones que nada tienen que ver con nuestra realidad. El problema de las instituciones es no querer ver que su existencia es eventual y está supeditada a las necesidades de la población.
3. Desde el estado. El enajenarnos no es privativo de las masas electorales que ven en cada candidato, un caudillo que las sacará de sus miserias para que, al terminar sus periodos, salgan con la batea de babas de que no se pudo por más esfuerzos que hicieron y entonces, repiten el esquema mental de que siempre merecieron sus privilegios puesto que realizaron obras de infraestructura que nadie supo cuidar, llevaron a cabo planes sociales que si bien, terminaron con la miseria, ayudaron a muchos a convencerse de su dependencia del gobierno y además, fueron elegidos por el sagradísimo derecho de voto por esa población ingrata que se atreve a cuestionarlos sobre puentes que se caen, programas que se quedaron a medias o desaparecieron y que hay que convencer ¡otra vez!, para que vuelvan a votar.
4. Desde la autonomía. La autoridad no parte de la gracia divina, ella sólo está autorizada a mantener el orden universal, no parte de una organización social, sólo están autorizadas a dar asistencia a los necesitados, menos parte de un gobierno, sólo está autorizado a poner orden; la autoridad parte de la voluntad propia y es uno de los signos más importantes de la autonomía. Un individuo, una asociación, un país pueden autorizar a uno de los suyos o a un foráneo a que realice algún trabajo o tarea con el fin de solventar una carencia, cubrir algo que se ignora o ahorrar tiempo, sin embargo, los autorizados (o autoridades, como quieran) no mandan sobre el trabajo a realizar, sino debe hacerlo a la satisfacción de quien los contratan, igualito que cuando se piden los servicios de un plomero. Salud.
Beto

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