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| Comprar un libro también es una inversión. Foto: BAER |
La competencia para la producción de letras impresas apareció en el universo de las inteligencias artificiales, que a decir de algunos, son obras equiparables a las hechas por los seres humanos, algunos otros como el doctor Raúl Trejo Delabre catedrático de la UNAM, en entrevista con Héctor González, afirma que dicha inteligencia puede reproducir técnica, ortografía, tramas pero carece aún del sentimiento que mueve a una persona a escribir, a percibir del entorno aquello que interese por la profundidad de sus concepciones, simplemente se limitará a imitar la obra de algún escritor conocido cambiando posiblemente las palabras y algunos detalles de la trama, lo cual no implica que no vaya a llegar el momento en que pueda “aprender” y logre producir una obra original (si no es que ya la hizo), pero prevaleciendo el detalle del sentimiento.
Parecía que ya teníamos bastante con la digitalización de los libros impresos, pero ahora el pensar que una máquina pueda hacer cosas creativas en lugar nuestro, no es del todo halagüeño; no creo que sea cosa de alarmarse ni de pensar que un medio deba imponerse al otro, pues la experiencia nos ha mostrado que, cuando algo nos es útil, relevante y significativo, prevalece por muchos malos augurios que se le vengan encima. Un libro siempre tendrá un lugar especial en cualquier espacio, sin importar su temática pues hay historias para todos los gustos al igual que precios para todos los bolsillos, lo importante es saber buscarlos, según la casa editora si es que hay preferencias o si bien nos gusta navegar por los distintos sellos que trabajan en nuestro país; la variedad se impone.
En el futuro estará la dificultad de convencer a los posibles escritores a publicar en papel 8o un equivalente), lo que significa un cambio radical en el rol que jueguen las casas editoras porque, para empezar, la clientela tendrá en sus manos la capacidad de comercializar sus obras sin necesidad de intermediarios, a menos que lo soliciten. Estamos en un tiempo en el que la producción literaria se desarrolla de forma alterna a la publicidad que se hace de ella, casi como en un subterfugio anuncia las novedades con las que cuenta, a una población que argumenta tener otras prioridades, lo cual es lógico por el ambiente de incertidumbre en el que debe realizar sus tareas diarias; al menos debemos estar contentos de que la población lectora no se desanima ni disminuye. Salud.
Beto

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