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| Aunque parezca eterno, todo tiene una vida útil. Foto: BAER |
La invención de los signos lingüísticos vino a facilitar el registro de lo acontecido en lo cotidiano para la preservación de la memoria, lo que en un principio se centró en la parte espiritual, después se enfocó en la práctica científica; en ambos casos significó un ahorro de tiempo en la experimentación de algunos pasos para llegar a la trascendencia. Todo escrito significa plasmar una experiencia, aunque se trate de un dictado en la primaria, pues éste se trata de un acercamiento al reflejo de nuestro ser en cada dibujo de cada signo utilizado, es decir, que hasta en la caligrafía damos noción de quiénes somos, algo que explica con detenimiento la grafología, que es el estudio de los rasgos de cada letra o palabra dibujada por cada individuo.
Cuando nos animamos (o nos refuerzan) a plasmar con oraciones lo que pensamos, escalamos un nivel en el desarrollo de nuestra escritura, pues además de que cuidamos de que el texto sea flexible, debemos procurar que nuestras ideas sean lo suficientemente claras para que quien lo lea, no caiga en malos entendidos, lo que implicaría una mala calificación, un rechazo o una práctica errónea, así se trate de una simple instrucción para limpiar un juego de cubiertos de plata. Un estudio sobre el comportamiento humano, un ensayo que trate sobre la molécula de Dios o un tratado sobre la extinción de los dinosaurios, exigirá además las pruebas suficientes para considerar a cada uno como pertinente, veraz y útil dentro de un marco temporal.
Cada escrito tendrá por fuerza su fecha de caducidad pues al menos pasará por el tamiz de dos pares de ojos, quien lo escribió y quien va a leerlo; la segunda revisión establecerá el tiempo de vida del texto con un simple mecanismo: la recomendación. Eso en el mayor de los casos pues hablaríamos del placer que produjo al leerlo, sin embargo, un segundo escalón sería la obligatoriedad académica, en la que las pruebas roban la atención al placer de la escritura. Al final, el único legado que podemos dejar sin temor a que desaparezca sin más, es el registro de lo que pensamos, extensivo a lo que piensan los demás. Seguramente todos tenemos la inquietud de escribir o algún familiar o conocido que escribe, ¿qué tal si lo alentamos a hacerlo? Salud.
Beto

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