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| Mucha concentración para que la edición salga bien. Foto: BAER |
Lo que solemos contarnos entonces, se basa en lo anterior y con el tiempo vamos cambiando las versiones tratando de no tergiversar la esencia, como lo que sucede con el mito de la llorona que pareciera que cada pueblo del centro de la República tiene la suya, se aparecerá con distintas ropas, en distintos momentos, pero seguirá siempre lamentándose de la misma forma. En cuestión del trabajo de edición de un libro, un programa de radio, de televisión o una película, el responsable se encargará de preservar la esencia de esos mensajes quitando todo aquello que resulte redundante, que nada aporte a la historia o tergiverse lo que se está narrando, con el fin de no hacer “perder el tiempo” a lectores, escuchas o videoescuchas, garantizando en lo posible, su mejor captación.
Compromiso y credibilidad deben estar avalados con trabajo y un resultado atractivo que si bien, sabemos que toda producción humana es perfectible, al menos ofrezca una permanencia significativa en el gusto del público; hacer a un lado la “paja”, fue para los estudiantes de comunicación de la década de los ochenta, la piedra (una de ellas) medular para sus producciones en cualquiera de los medios a su disposición los cuales, eran muy pocos. La mayoría debíamos trabajar con la imaginación puesto que la cantidad de equipos no era el único impedimento para un desarrollo continuo, sino también el tiempo en que éstos estaban disponibles, pues su uso requería de un periodo largo no existente aunque se acortara la duración de la historia.
Por ello, esas historias debían valer la pena en su esfuerzo e inversión, debíamos contar historias que todo el mundo tuviera curiosidad por ver, que nos hicieran sentir orgullosos suponiendo que lo grabado estaba hecho conforme a los cánones de entonces. La edición era concienzuda y no se le encargaba a cualquiera puesto que no bastaba saber manejar los reproductores o la consola sino tener además, un sentido claro de la continuidad, esa aptitud que nos permite hacer coherente cualquier relato aunque no se narre de manera lineal. Lo superfluo, repetitivo, impreciso o redundante sobran cuando lo que se pretende es que un mensaje se entienda a la primera, con mayor razón cuando ese mensaje es motivo de un desembolso. Salud.
Beto

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