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| Pluma contra teclado, el resultado es casi semejante. Foto: BAER |
Resulta extrañamente satisfactorio el lograr tener una letra legible puesto que eso garantiza la lectura de otros hacia el texto manuscrito (y no, lo anterior no es una redundancia); si los hubiera, un concurso de caligrafía debería tener la misma importancia que uno de ortografía, aunque esta última se ha visto muy manoseada incluso por la RAE. La estética en un escrito, me refiero a que sea agradable a la vista, también habla del cuidado que una persona tiene con sus cosas, sus relaciones y sus conceptos; fuera de falsas modestias, quien dice aceptar que tiene fea letra, sólo afirma cierto conformismo pues no da visos de querer revertir esa situación y eso que sólo se trata de poner en acción la mano con ejercicios simples.
Pero la hoja puede ser una tirana aunque ofrezca una cara linda con líneas guía y hasta parece subir la mirada con desesperación cuando no se les respeta, llevando su queja a los cánones que se supone debieran acompañarnos desde edad temprana y la muy canija lo hará patente cada vez que tenga oportunidad ya que el honor es un privilegio sólo para ella; la pluma se encargará de los surcos, pero la hoja los portará como un tatuaje ceremonial evidenciando la maestría o la poca aptitud de quien la portó; hoy en día, hasta la impresión por máquinas ha cedido terreno al universo digital, provocando con ello un cese en la conexión cerebro-mano que si bien, no puede decirse que entorpece el razonamiento, sí que requiere una nueva perspectiva.
El medio, en el primer caso (mano-pluma-hoja), es directo para obtener un resultado, mientras que el segundo (mano-teclado-pantalla-impresora-hoja) es indirecto, el contacto con el producto es tardío comparado con la inmediatez de la tinta depositada por la punta manipulada. La intimidad lograda se debe a que todo el tiempo la hoja es tocada por ambas manos, casi a modo de caricia, que se vuelca en una relación interdependiente sin más celo que el salvaguardar el pensamiento, aunque el autor al colmar su superficie, busque otra para iniciar un nuevo proceso; a la hoja no le importará puesto que la inoculación de la que fue objeto, la volvió única, distinta e irrepetible aunque la copiaran. Salud
Beto

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