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| “Eso que escuchó, fueron mis hombres reduciendo a los suyos”. Foto: BAER |
Se dieron las cinco de la tarde y el edificio entero quedó en silencio, tanto que se podían escuchar los ruidos de la calle colándose por las ventanas, las voces de transeúntes, silbatos de agentes de tránsito, rugidos de motores hicieron del recinto su nuevo espacio para mezclarse en una sinfonía de notas citadinas que no parecían querer desaparecer con la luz vespertina. De pronto, una figura menuda se hizo presente en el marco de la puerta, tanto los escoltas como el magnate se pusieron alertas y la tensión no cejó hasta que el silencio fue roto por las palabras que ese personaje emitió a manera de sugerencia que ninguno podía rechazar. “Supongo que esperaba una entrada más espectacular; lamento que esto sea lo único que tenga para usted”.
“Se equivoca, ya suponía que se trataba de usted, sólo me preguntaba qué habrían hecho con mi encargo”. “Es curioso que no haya dicho ‘mi hijo’, lo que me alegra puesto que eso confirma mis sospechas”. “¿Cuáles? ¿Que sé y que siempre he sabido que no lo es? Era muy sencillo adivinarlo, matemáticas simples”. “Ya veo; si de algo sirve, le diré que ‘su encargo’ goza de excelente salud y el tiempo que hemos compartido, lo aprovechamos para conocernos bien”. El diálogo entre los dos hombres distaba de ser lo tranquilo que aparentaba, detrás de cada oración, estaba la intención de medir las fuerzas de cada uno. “No se moleste en hacerles señales a estos caballeros, vengo desarmado y, por supuesto, no traigo conmigo el detonador de la bomba en su silla”.
“Entonces, si no cumplió con el trabajo y no trae el detonador consigo, ¿a qué demonios vino?” “No creo que sea algo que quiera discutir delante de los señores, permítame sugerirle que les pida que salgan, así podremos discutir los términos de su rendición sin que esto le cause más vergüenza”. Corcuera miró fijamente a Efraín por unos segundos para después, levantando la mano derecha, ordenarle a sus hombres que salieran; tuvo que reiterar la señal al ver que éstos titubeaban. “Bien, ya estamos solos, ahora termine de una vez esta charada”. Un sonido seco se escuchó en el pasillo, Corcuera no pudo evitar un gesto de extrañeza. “No se alarme, eso que escuchó, fueron mis hombres reduciendo a los suyos. Debía tomar precauciones”. Continuará.
Beto

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