martes, 7 de febrero de 2023

La familia Grande 110a. entrega

“El semblante de don Emilio se ensombreció
más de lo habitual”. Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Sin siquiera mirar en el entorno, el empresario fue directo hacia su escritorio, colocó su gabardina en el perchero que estaba a la izquierda y se sentó en la mullida silla importada de Alemania, la única que había encontrado con un buen soporte lumbar que además era lo suficientemente elegante como para satisfacer sus exigentes gustos; un ruido metálico se percibió en cuanto se posó en su asiento, algo no estaba en su lugar en el escritorio, revisó con la mirada todo el espacio y trató de ponerse de pie para asegurarse de que no estaba en un error. “Yo no haría eso si fuera usted”, sonó una voz en la pequeña bocina del intercomunicador que lo conectaba con su secretaria. “El sonido que escuchó, es un detonador de presión que activa una bomba si decide levantarse, así que le recomiendo que no lo haga”.

Emilio hizo una seña a su escolta y éste salió de inmediato a revisar la estancia exterior. “No me creerá tan descuidado como para hablarle desde el escritorio de Fabiolita”, afirmó la misma voz. “El mismo detonador activó la cámara de video con la que puedo ver la cara de sorpresa que tiene en este momento y si se pregunta en dónde está la figura ecuestre de Napoleón que tenía en su escritorio, la tengo en mi poder, para asegurarme de que cree que lo que voy a decirle es en serio”. En el departamento de Estévan, éste y sus “nuevos escoltas” sonreían con las imágenes que les arrojaba el monitor complementadas con la profunda voz de Christopher Smith, actor de doblaje, locutor y voz oficial de Cinecanal, quien se veía sumamente divertido participando de esa charada.

“¿Cómo lograron que viniera?”, preguntó Estévan incrédulo de compartir el espacio con quien prometía convertirse en una leyenda semejante a la de su padre Kenneth. “Hemos compartido varios trabajos con él, algunos bastante entretenidos, además su voz le da cierta distinción a lo que hacemos”, contestó Saúl con algo de presunción. “Manténgase quieto, no intente llamar a la policía, nos tomamos la libertad de desconectar sus líneas incluso las de sus móviles. Si de alguna manera percibimos que intenta comunicarse con el exterior, haremos que la bomba explote”, siguió dando instrucciones el comunicador. “Espere, más tarde nos enlazaremos a su oficina vía imagen”, concluyó. El semblante de don Emilio se ensombreció más de lo habitual y comenzó a vociferar instrucciones.

“¡No te quedes allí parado, ve por los otros para que me saquen de aquí!”, el guardia dio media vuelta apurando el paso, Emilio pasó del enojo a la desesperación y de ahí, a los nervios; a su edad no debían pasarle esas cosas. No era posible que, con toda la seguridad que le rodeaba, fuera a sufrir un atentado de esas características, ¡por eso había optado por establecerse en un edificio oficial! Descolgó el auricular para comprobar que, en efecto, su teléfono estaba muerto, la pantalla de su celular indicaba lo mismo y como nunca fue partidario de las redes sociales ni de los servicios de mensajería instantánea, estaba prácticamente incomunicado. Los cinco miembros de su escolta entraron atropellándose unos a otros, uno de ellos se apresuró a revisar el asiento para saber qué tipo de artefacto amenazaba a su jefe. Continuará.

Beto

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