martes, 21 de febrero de 2023

La familia Grande 112a. entrega

“Creo que lo menos que merezco, es una explicación”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Cerró los ojos y respiró fuerte, como queriendo sacar algo que estuviera incrustado en su pecho, por su mente pasaron varios escenarios posibles y los culpables supuestos de que estuviera en tan estúpida situación. Estaba claro que lo que menos querían era jugar, pues si se habían tomado tantas molestias para llegar hasta él, entonces se trataba de alguien con los recursos suficientes como para no ser detectado tan fácilmente; le bastó repasar lo que había hecho en las últimas semanas para darse cuenta de que había sido víctima de sus propios planes. Ninguno de sus adversarios tenía los medios ni la imaginación para llevara a cabo un plan tan elaborado, si ellos hubieran querido deshacerse de él, lo hubieran mandado matar y ya, sin tomarse la molestia de dramatizar la situación, justo como él mismo lo hubiera hecho.

“Señor, un mensajero desea verlo”, advirtió la voz de su secretaria por el altavoz. Su regordeta mano golpeó con desesperación el botón de enlace y conteniendo un grito con los dientes apretados, le indicó que lo dejara pasar; sus guardias se hicieron a un lado haciendo una especie de corredor para el muchacho que tímidamente caminó hasta el escritorio portando una caja de una conocida pizzería. Sin decir palabra, la colocó frente al magnate y de inmediato dio media vuelta y salió de prisa; Corcuera hizo una señal a uno de sus escoltas para que lo siguiera, orden que éste no dudó en cumplir. Mientras tanto, otro de ellos se adelantó a inspeccionar el paquete por si contenía algún elemento o artefacto que fuera riesgoso para los presentes, cuando concluyó, se dispuso a abrir la tapa para ver el interior.

El olor de la masa horneada con peperoni y queso inundó de inmediato la oficina, lentamente fue descubriéndose el contenido bajo las miradas expectantes de los hombres. Justo en el medio, un teléfono móvil comenzó a sonar, el primer impulso de los guardias fue guarecerse detrás de los sillones, pero se contuvieron al ver la mirada de desaprobación de su jefe. Quien se mantuvo en su lugar, tocó el botón de respuesta y lo puso en altavoz. “Es bueno saber que puede seguir instrucciones; desde este momento, las cosas serán más fáciles”, le dijo la voz ya conocida. “Me parece que no ha comprendido con quién se está metiendo. En cuanto salga de aquí...”. “¿Quién le dijo que saldrá? ¿Acaso yo he dado esa instrucción? No se engañe. Lo tengo en mis manos”.

El empresario no daba crédito a lo que estaba escuchando, nadie en toda su vida se había atrevido siquiera a sostenerle la mirada y ahora ese imbécil lo tenía materialmente maniatado, aunque desconocido a medias. Era cierto que no se había tomado la molestia de saber de él de propia boca, pues todas sus investigaciones le habían dado la clave para tratar con sujetos así; la situación era ni más ni menos, su sello característico. “¿Puedo saber desde cuándo decidió dejar de trabajar para mí?” “Mantengámonos claros, señor Corcuera. Yo no trabajo para usted, sólo firmamos un contrato de prestación de un servicio”. “Como quiera llamarlo, pero a todas vistas, debió cumplirlo según lo estipulado en él y, según veo, ha hecho lo contrario. Creo que lo menos que merezco es una explicación”. Continuará.

Beto

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