martes, 14 de febrero de 2023

La familia Grande 111a. entrega

“Se quedó inmóvil, con las manos entrelazadas”.
Foto: BAER

Irapuato, Gto.- Una pequeña luz roja parpadeaba sobre un cubo metálico al que envolvían varios cables de colores, el guarda se aflojó nervioso la corbata negra, recorrió a gatas el espacio libre entre la silla y el librero que don Emilio Corcuera tenía a sus espaldas y se incorporó en seguida. “Lo siento señor, me es imposible desconectarla sin provocar el estallido. Es un trabajo a nivel militar”, dijo una vez que se había asegurado de lo que vio en el asiento. “Pero si los contraté precisamente porque ustedes tienen el entrenamiento, no me salgas ahora con que no saben de bombas”. “Precisamente porque lo sé, le digo que es imposible desconectarla con lo que tenemos a la mano”. “Pues consigue lo que sea necesario pero ya, quítame de aquí”. “Tendríamos que solicitar herramientas al alto mando de la zona...”

El titubeo de su guardia terminó por exasperarlo, cerró ambos puños y golpeó el escritorio lanzando un aullido de rabia; recordó cómo un mes antes había puesto en ridículo al subsecretario de la Defensa en una cena ofrecida a altos funcionarios en Palacio en la que, dentro de una discusión sobre los acontecimientos de Ayotzinapa el año anterior donde al parecer el coronel José Rodríguez perdió el control de la zona y tuvo que cortar de raíz un brote de inconformidad ordenando matar a seis de los cuarenta y tres normalistas desaparecidos; “En mis tiempos, los hubiera matado a todos y santo remedio”, sus palabras entonces se tomaron como una afrenta a la autoridad de la mano derecha del general Salvador Cienfuegos Zepeda, quien seguramente, también la tomó a título personal.

Ésa era una pequeña muestra de los problemas en los que podría meterse por tratar a los demás con la punta del zapato, el guardia se quedó quieto esperando instrucciones pero nada salía de la boca del empresario que rumiaba su coraje con un gesto de impotencia; antes de que dijera alguna cosa, la bocina volvió a sonar y una vez más, la voz se dirigió a él para indicarle lo que debería hacer en los siguientes minutos. “Espero que se sienta cómodo, no deseo que lo esté pasando peor de lo que es mi intención”, dijo con un toque de sarcasmo. “Sólo espero que valga la pena lo que está haciendo. Ahora dígame, qué quiere y quien es”, respondió don Emilio francamente molesto. “No nos apresuremos, sabrá eso cuando sea tiempo. Espero también que haya tomado sus precauciones y no necesite ir al baño en el corto tiempo”, continuó la voz casi riendo.

“En unos minutos llegará hasta usted uno de mis representantes, ojalá le extienda todas las cortesías posibles”, terminó la voz en el parlante. La rabia contenida en el rostro de Emilio Corcuera amenazaba por salírsele por cada poro de su piel; volvió a gritar, dio órdenes y ya que se cansó, cayó de bruces sobre el escritorio maldiciendo su suerte en un idioma extraño para sus guardias; otra vez en calma, se quedó mirando fijo en dirección de la entrada; la puerta labrada a mano con motivos neoclásicos parecía caérsele encima. Se quedó inmóvil, con las manos entrelazadas y recargadas en sus viejos muslos; parecía estar repasando una lección que debía exponer en clase al otro día. Sus guardias sólo atinaban a mirarlo atentos por si debía obedecer a otra orden de su patrón quien no movía músculo alguno. Continuará.

Beto

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