![]() |
| “Tomó la mano de la mujer que lo había hecho todo por él”. Foto: BAER |
El impacto fue tremendo, aquella mujer otrora vigorosa y llena de planes estaba reducida a un pequeño bulto que apenas ocupaba una porción de la cama matrimonial, regalo de los abuelos paternos de Saúl cuando recién se había casado con su padre; casi saltando sobre un taburete, se acercó y tomó la mano de la mujer que se había abocado a su cuidado sin restricciones y que, aunque nunca rompió relaciones con su familia política, no recibió ayuda de ellos, así que tuvo que vérselas sola en un mundo que pasaba por la transición de tener lástima por las mujeres abandonadas a la de aceptar que hay relaciones que simplemente terminan sin razón aparente. Y allí estaba, tratando de consolar a su hijo en el cual había depositado sus esperanzas de tener el mejor de los futuros posibles.
Los sentimientos encontrados provocaron que las palabras se hicieran nudo en la garganta del muchacho; por un lado su escepticismo le decía que ahí terminaba todo y por otro, la gran religiosidad de la mujer le obligaba a mostrar respeto y esperar de verdad que fuera al lugar que ella le había platicado desde niño que iban las almas que partían de este plano. La tristeza de no volver a verla y la alegría de que partiría conforme con lo que había logrado, le creaban imágenes contradictorias en la cabeza a Saúl. Su madre extendió la mano hacia su frente con la señal de la cruz y con la mirada indicó a Efraín y a Luis que se acercaran también para recibir la bendición; no hubo en la vida de esos tres, una escena más conmovedora que ésa en que la moribunda reiteraba su alegría de verlos como hermanos.
Como un relámpago, el último suspiro recorrió de su rostro a su mano dando un apretón que Saúl atesoró por todos los días de su propia vida, pero aún antes tuvieron tiempo, él para agradecerle todo lo que había hecho y ella, para recomendarles que extremaran precauciones y se cuidaran mucho en ese trabajo extraño que emprendían juntos; pasó el muchacho su palma sobre los ojos de la mujer, en silencio le reiteró su promesa de ser precavido y velar por los demás. Una extraña tranquilidad lo invadió, dibujó su rostro una leve sonrisa, besó loa mano de su madre y dirigiéndose a Efraín, pidió que se hiciera cargo de los detalles funerarios mientras él, en compañía de Luis, escogía la vestimenta con la que enterrarían el cadáver. Pero antes, buscó algo en los cajones del buró, con cierta prisa. Continuará.
Beto

No hay comentarios:
Publicar un comentario