martes, 27 de enero de 2026

Un poco en el destierro

En la búsqueda de uno mismo, el destino
se logra en solitario. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. La introspección. No es necesario un traslado físico para alejarnos del mundanal ruido, basta con un aislamiento en algún rincón de nuestra casa en el que podamos estar solos por unos instantes para meternos en nuestros pensamientos y revisar un poco lo que la pluma ha plasmado en nuestra libreta (los que escriban directo, traduzcan a teclado); sin tratarse de saber si estamos haciendo bien o si fue prudente invertir tiempo en una práctica que a lo mejor no representa un beneficio monetario, ponernos a reflexionar sobre qué tanto nos ha gustado escribir es importante para evaluar la posibilidad de seguir y, en un futuro cercano, imprimir y publicar nuestros textos. Otro punto a considerar sería la revisión de los temas que hayamos tratado o el orden y coherencia del trabajo.

2. Un análisis puntual. Hay una infinidad de temas sobre los cuales escribir, sin embargo, sólo un único camino para hacerlo que es el tratar de encontrarnos a nosotros mismos; cada palabra, cada oración, cada cuartilla, van atrapando una parte de nosotros dibujada a fuerza de tinta y movimientos de muñeca, depositada en hojas blancas, de colores, a rayas o a cuadros, retrato que nos gustaría que los demás vieran con los mismos ojos que nosotros aunque sabemos que eso no es posible. Si existe una conexión entre un ser humano y un objeto, ésta debe ser la que hay entre un redactor y su instrumento de escritura, sin importar que sea fino o desechable, mecánico o electrónico, porque unos tendrían que ser cuidados como lo que son, objetos de alta calidad, los otros, al ser replicados en serie, serán como si estuvieran siempre presentes.

3. Cambiar el punto de vista. La búsqueda de lo que somos abre el apetito hacia otros ámbitos en los que otras personas plantean sus gustos e intereses con el fin de establecer igualdades que nos aseguren que estamos haciendo bien; las inseguridades rondan por todos lados y debemos asegurarnos la paz sin importar el esfuerzo que tengamos que realizar, pero hay ocasiones en las que debemos tomar distancia para tener una mejor perspectiva de lo que nos proponemos observar. Alejarnos como una manera de activar nuestro sentido creativo, presenta la ventaja de que ya no contaminaremos, por un momento, el entorno con las valoraciones inmediatas de las relaciones que solemos tener, pues por afinidad o simpatía, nos hacen ver las cosas con más filtros que los que nos gustaría aceptar.

4. El lobo solitario. No, no voy a hablar de José ni de su hijo Luis Roberto, tampoco del personaje de Herman Hesse, sino de esa sensación que nos tienta a apartarnos de nuestra «manada» para tratar de encontrar en otros horizontes, lo que los límites que nos rodean impiden. Tal vez no sepamos qué es, ni siquiera nos pase por la cabeza una manera de averiguarlo, pero nuestra pluma, llena de curiosidad, marcará aquel camino que parezca más incierto y poco explorado, camino que debemos transitar solos, porque cualquier compañía se volvería una distracción del intento de reencontrar motivos para andar. Los pies apuntan también hacia el mismo rumbo que señaló la tinta, las manchas que ésta dejó como señal, crean una burbuja que, confiamos, facilita el propio encuentro. Salud.

Beto

martes, 20 de enero de 2026

Vida ensimismada

La socialización puede no ser fácil
para algunos. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. La óptica externa. De alguna manera el cine y la televisión han contribuido a la fábula de la vida glamorosa y excitante del escritor con personajes como Richard Castle quien, además de escribir sobre misterios policiacos, se daba el tiempo de resolverlos él mismo en su realidad como apoyo del Departamento de Nueva York; nuestra realidad dista mucho de esos escenarios, no hay demasiadas aventuras en vivo aunque sí bastantes horas de lectura de donde sacar referencias para otras nuevas. El imaginar que un escritor debe por fuerza haber vivido de la manera en que plasma sus obras, debe venir de la idea de que no es posible hablar de algo si lo has experimentado, así que resulta recurrente el escuchar preguntas como «¿de dónde sacas tus historias?», quizá para saber si de verdad eres imaginativo.

2. El anacoreta. No todo el que se aísla lo es, sin embargo, quien decide alejarse de diferentes temas que componen su vida social, se transforma en uno, obligado quizá por saturación o por ya no encontrar motivo para seguir en ellos; el anacoreta actual ya no se exilia en lugares remotos nada más, también se deslinda de medios de información y redes sociales porque los contactos, aunque virtuales, suelen exponer la vida de quien los usa, dejando a la imaginación de los demás, todo aquello que ose ocultar. El alejarse de los grupos sociales implica pensar en la posibilidad de no volver o de tener una explicación lo suficientemente convincente para pasar bien librado de un juicio por malagradecido, lo que de todos modos sucedería, aunque no de cuerpo presente, pues hay que mantener las formas.

3. El social intermitente. La sensación de inseguridad puede ser buen pretexto para desconectarnos a ratos y planear una estrategia para poder mantener contacto con nuestros seres más cercanos, aunque sea a distancia; las redes sociales permiten eso ahora sin más esfuerzo que pensar qué decir o inventar un pretexto si creemos no tener una razón, pero al parecer, entre más facilidades tenemos, más nos encerramos en nosotros mismos pues «en cualquier momento les podemos hablar». Un escritor desconocido no tendrá problemas con lidiar con las intermitencias en la vida social pues quizá sus lectores y su editorial no le exijan una producción continua, sin embargo, si su deseo es ser reconocido o ya lo es, no sólo tendrá la presión de aquellos, sino él mismo se la impondrá para mantenerse vigente.

4. El desconocido. Es ése que goza de la libertad casi absoluta, fuera del alcance de la auto censura que impone la fama; podría decirse que los límites de cada escritor se reducen proporcionalmente conforme se hace más conocido. Algún precio hay que pagar si lo que se desea es reconocimiento y éste, generalmente, se cobra en las letras mismas, ya sea mediante el patrocinio particular o estatal, el número de ediciones a tratar y hasta los lugares de distribución. Pueden decirnos qué sí y qué no escribir, pero las restricciones más severas nos las ponemos nosotros mismos aunque la contraparte suele tener un peso importante, es decir, si vamos a tener cierta permisividad, la más grande será la nuestra, cosa que puede pasernos factura, en cómodas mensualidades. Salud.

Beto

martes, 13 de enero de 2026

Las letras como contactos

Hacer castillos en el aire
puede ser productivo. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. No es para nosotros. En el estudio de la filosofía se tiene la idea de que por fuerza debe llegarse a la escritura y no está del todo alejado de la realidad; pensemos en la filosofía no como una carrera universitaria (porque no es una ciencia) sino como un derecho que todos tenemos de ejercitar el pensamiento y ya estando en esos menesteres, es posible que se nos ocurran ideas que pudieran ser aplicables a un aspecto de nuestra realidad, por lo tanto, si no queremos perderlas, tendríamos que apuntarlas en algún lado, entonces sí, filosofar nos llevaría en algún momento a escribir. El meollo del asunto está en convencernos de que pensamos con un fin determinado, ya que es poco común el imaginarnos compartiendo nuestras ideas, con gente que no pertenezca a nuestros círculos cercanos y sólo de manera oral.

2. El chisme funcional. Aquel que encuentra en rumores, chismes o interpretaciones variadas de los hechos la materia prima de sus comentarios o escritos, debe decidir si con ello servirá para proveer de puntos de vista o para desinformar; la novela histórica, como se ha estado manejando, confirma un poco lo anterior, es por así decirlo un chisme funcional en el que se humanizan los personajes patrios haciéndolos convivir con otros ficticios. Por supuesto, no son argumentos que debamos creer a rajatabla, sólo son referencias que requieren corroborarse o desmentirse por medio de otras fuentes pues, aunque se trata de investigadores serios quienes las escriben, también es cierto que producen ficción. Las obras literarias de este tipo nos proveen de perspectiva que ayuda a desmitificar a las figuras que tenemos en un altar, total, un poco de humanidad no les daña.

3. Inspiración e identificación. Lo mejor de la imaginación es que nos permite sentir sobre lo que leemos, por lo tanto, la simpatía, enojo, indignación o aprecio que podamos sentir por un personaje es real y, a veces, los proyectamos hacia una persona cercana o no; para los creadores de contenido, la letras son una buena fuente de inspiración, entendiendo a ésta, como el disparar referencias semejantes utilizables para crear una nueva obra, ya sea escultórica, pictórica, fílmica o escrita. Por cada obra inspirada, hay también una identificación con los personajes retratados en ellas; algunos podemos afirmar que tenemos rasgos semejantes a los de Casanova, Dorian Grey, Hércules Poirot o alguno que nunca aparezca como Godot. Pareciera algo inútil, pero algo de cada personaje nos impregna y, por un tiempo, somos ellos.

4. Seguidores o fanáticos. No importa el terreno, cuando el gusto se fanatiza, la razón pierde terreno; es incuestionable que el sentido de propiedad al que sometemos a nuestras relaciones sociales, transforma en objeto a lo que debería tratarse como sinónimo de igualdad. A partir de la racionalización de nuestro status, todo gira en torno a nosotros, ya sea como individuos o como grupo, por lo tanto, todo nos pertenece en exclusividad y en abstracto, por ejemplo, el trabajo, la patria, las fiestas. Es fácil, debido a la emotividad que exigen esas concepciones, tener un alto grado de agresividad en cuanto percibimos cualquier enfrentamiento como si fuera un ataque, ya sea por mantener una imagen, ya por manifestar alguna inseguridad, el caso es que al aferrarnos a ello, fanatizamos sobrepasando la admiración. Salud.

Beto

martes, 6 de enero de 2026

Crear comunidad

Nos agrupamos para estar
con los iguales. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Para varias cosas. Las afinidades dan parámetros para que nos juntemos en grupos más o menos numerosos, los tipos de esas agrupaciones son tan variados como los gustos que presentamos en actividades manuales o intelectuales, sin que la exclusividad de ellas sea tajante, es decir, que si varias personas se agrupan para formar un equipo deportivo, podrían considerar también, el juntarse para ver películas o realizar composturas que tuvieran que ver o no con su idea original. Aunque la lectura y escritura son actividades netamente individuales, el compartir y crear en comuna no está peleada con la introyección de lo que captamos o producimos, puesto que por medio de la comparación o el comentario, podemos ser capaces de adherir nuevas ideas o cambiar de perspectiva.

2. Contra el pánico escénico. Dicen que cuando se le teme a algo, lo mejor es echarle montón porque, «mal de muchos...»; eso último fue un permiso literario, pero no me negarán que los grupos sociales que más miedo tienen, suelen ser más violentos, para el caso podríamos analizar el tipo de lecturas que producen los movimientos sociales, ya sean minorías por convicciones políticas o por preferencias sexuales y es lógico que presenten miedo, pues el supuesto es que van a enfrentar a grupos en el poder que, de alguna manera, podrían matarlos. También está el miedo natural a sentirse expuesto, ya que una vez publicado un texto, no puede ser defendido por el autor y la conexión entre ambos difícilmente puede ser disuelta, entonces la sensación de abandono crea cierta vulnerabilidad e indecisión para repetir la experiencia.

3. Seguimiento de las formas. Desde que tengo uso de razón, las mujeres han luchado por un trato laboral igual a los hombres, lo cual entiendo, se refiere a lo legal para poder aspirar al respeto y al salario cuando se trata de los mismos puestos; sabemos que en la parte biológica eso no es posible porque las características físicas de cada sexo no lo permiten, lo cual a su vez debería ser tratado como una ventaja si se piensa en el potencial que esto debe traer consigo. El ejemplo más sencillo que se me ocurre en este momento es el embarazo; si lo pensamos, la ausencia por tres meses de la titular de un puesto, le permitirá a una empresa probar a los elementos que pudieran tener características afines. Para el mundo editorial serviría de la misma manera porque, después de todo, todo lo involucrado es una empresa.

4. La temporalidad. Aunque repitamos que nada es para siempre, sólo es cuestión de voluntad y decidir qué sí lo es; por supuesto, las cosas tienen categorías y las hay heredables si se les cuida bien, la mayoría, por desgaste natural, pues no. En cuanto a las personas o lo referente a ellas, el concepto de «siempre» debe adaptarse a lo que pretendemos; el «siempre» natural es lo que dura nuestra vida, así las cosas que duran para siempre, lo hacen mientras estamos vivos; si nos referimos a trascender, dependemos de la voluntad ajena pues el «siempre» depende en cuánto estaremos presentes en la memoria de los demás, por ejemplo, Juan Rulfo suele ser más mencionado de Agustín Yáñez. Las agrupaciones serán eternas según dure la voluntad de sus integrantes, sin importar el cambio generacional. Salud.

Beto

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...