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| Los símbolos nacionales se sustentan solos. Foto: BAER |
1. La forma en que hablas. «... no ha mucho tiempo vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.» (Don Quijote de la Mancha); si los acentos identifican regiones, también lo hacen con los tiempos, como podemos darnos cuenta con el fragmento de inicio de este párrafo tanto con las palabras (¿qué diablos es una adarga?) como con las construcciones gramaticales. Hablar nos remite inmediatamente a la atención auditiva, escuchamos lo que decimos y lo que dicen los demás; al leer hacemos lo mismo, pero con una voz interna, como desdoblándonos para no vernos a nosotros mismos en una situación ridícula, como si estuviéramos inmiscuyéndonos en un monólogo ajeno, pero ya «desdoblados», accedemos a un diálogo, aunque sea en solitario.
2. El cómo vives. La normalidad viaja en una carretera muy ancha en donde muchas formas de expresión caben sin ningún problema o porque ha aumentado el desinterés en el otro; no es aceptación, ni siquiera tolerancia, la verdad es que venimos dejando pasar algunas situaciones más por ignorarlas que por no entenderlas. Es a veces una lucha de razones entre sordos, pues los argumentos de las partes involucradas son válidos, tanto como la creencias de que todas tienen la verdad, unos porque valoran el vivir al límite y otros porque piensan que lo mejor es tener un tiempo para todo; la indicación aquí es observar la tendencia hacia un conflicto generacional que, curiosamente, se repite conforme una generación va dejando su lugar a otra en ciclos interminables.
3. Qué costumbres tienes. Habituarse a cualquier cosa es un asunto personal, hay a quienes les cuesta mucho trabajo lograrlo y hay otros que les basta un guiño; deshabituarse es otro cantar, aunque la fórmula más utilizada para dejar una costumbre atrás es encontrar otra que la sustituya dado que nuestro cerebro no es un recipiente al que podamos vaciar y volver a llenar a placer. Las rutinas se adoptan y se abandonan de la misma manera, paulatinamente, lo que es lógico porque funcionamos bajo un esquema que prioriza la estabilidad, incluso cuando nuestros ritmos se rigen por el caos; al trasladarnos de un lado a otro, lo que deseamos es que transcurra el tiempo lo más apaciblemente posible para que podamos apreciar cada paisaje que el trayecto ofrece a los ojos curiosos.
4. Adónde los llevas. No podría ser de otra manera, cada uno de nosotros es un embajador en potencia pues reunimos todo lo que cada región tiene y si se trata del país entero, los mexicanos nos pintamos solos para presumir lo que poseemos en nuestras arcas culturales; si se oye un mariachi, zapateamos, si hay pozole, dobleteamos, si hay pirámides, presumimos. Si lo mexicano es un constructo social (como todos los nacionalismos), podemos integrar los elementos que creamos pertinentes porque, afortunadamente, nuestros regionalismos en el extranjero desaparecen con un par de tequilas. Dependiendo de donde estemos, seremos más o menos efusivos para gritar con la garganta bien abierta y a todo pulmón «viva México, cabritos» o decir la misma oración a manera de susurro amigable. Salud.
Beto

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