martes, 3 de junio de 2025

Tiempos para leer

Para todo hay tiempo cuando se repasan
las páginas de un libro. Foto: BAER

Irapuato, Gto.-

1. Los famosos peros. Quienes hemos usado los pretextos para salir al paso de problemitas (en diminutivo porque para esos menesteres la apreciación es fundamental), sabemos que a quien será el depositario del garlito, no le importará mucho esperar un tiempecito más, decía que la valoración es importante porque para que un pretexto surta efecto, ambas partes deben tener una sintonía semejante sobre lo que urge y lo que no, principalmente en el evento que esté por ocurrir. El problema está cuando debemos aplicar la estratagema contra nosotros mismos, pues al no haber negociación de por medio, los límites no parecen estar cerca lo que impide razonar cobre la conveniencia de mantenernos alejados de las responsabilidades y, de cierta forma, la lectura lo es, una que contraemos con la sociedad entera al comprender las grafías.

2. ¿Qué les importa a los demás? Podría parecer un asunto personal donde nadie más tiene cabida, a menos que pongamos en común lo leído, lo cual es el meollo del asunto; aprender a leer refiere a la comunicación y sí, ya sé que he dicho que es un circuito por el cual, si falta un elemento éste no se cumple, pero en la lectura sucede un contacto virtual que no se da en ningún otro medio ya que el escritor piensa de alguna manera en sus lectores y en qué posibilidad hay de que imaginen sus palabras tal y como él lo hizo (cosa improbable) y por su parte, el lector dará seguramente mil posibles escenarios al texto en sus manos, con lo que el diálogo se dará sin importar cuántas veces recorra nuestra mirada cada uno de esos renglones, por así decirlo, se trata de una relación muy íntima.

3. La decisión de esperar por «el libro». Si el decidir empezar a leer es complicado cuando no lo hicimos por contagio en la niñez, tratar de encontrar el libro con el cual vamos a identificarnos es una misión casi imposible; el lector se hace porque el leer es un hábito basado en una actividad antinatural. Los niños nacen pateando, manoteando y observando imágenes que le dan sentido inmediato a su entorno; no lo amamanta la palabra mamá, no le habla con tiples la palabra tía, no le hace caras graciosas la palabra papá, son las personas cuyas imágenes se prenden de su cerebro las que realizan esas acciones, que le muestran otras imágenes y con ellas, accede también a las producidas por su imaginación. El ser humano entiende y se explica su realidad en imágenes, las palabras en los libros son un medio artificial para recrearlas.

4. Descubrirnos lectores. La imaginación requiere un permiso que se tramita una vez cumplida la mayoría de edad, en las oficinas del pragmatismo y debe renovarse cada cierto tiempo, según las necesidades de cada uno; llegando ese punto, el goce de la imaginación de forma gratuita ha quedado atrás para dar paso a las obligaciones cotidianas, a las necesidades básicas y las suntuarias pagadas por uno mismo. La satisfacción ya no es un asunto personal, pasó a ser un patrimonio social (siempre lo fue) del que no tuvimos conciencia hasta haber recibido el primer sueldo serio; leer por gusto debe entonces postergarse, debe permitir que las «cosas importantes» se hagan cargo de nuestras vidas, a menos que el lector dentro de nosotros se rebele y exija para sí, el espacio que por derecho le corresponde. Salud.

Beto

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