martes, 22 de abril de 2025

Vuelos no contemplados

Los simples mortales invocamos
a lo que aprendimos. Foto: BAER

Irapuato, Gto.

1. El costo de la fortuna. En cierto sentido, la imaginación se activa más rápido y más fácilmente cuando nos encontramos en tiempos de crisis, al parecer, la angustia que provoca hace que nuestras neuronas busquen enlaces entre ellas sin ningún tipo de trabas, por lo que la espectacularidad de los resultados es de llamar la atención; la novela de nuestros sueños, la pintura que nos abre la puerta del éxito, el invento que atraerá los grandes capitales, están por ahí, agazapados en un rincón de nuestro cerebro esperando a que tengamos una situación emergente y entonces salir con bombo y platillo a salvar la situación, pero como la atención del gran público suele ser adictiva, nuestro nuevo status se vuelve una exigencia que a la larga, terminará minando nuestra salud.

2. Me gusta todo lo bueno. El pertenecer a una clase social es un accidente, lo único que podemos controlar frente a los demás es nuestro comportamiento; un tema de educación, es cierto, puesto que la ropa, el auto que conducimos, los accesorios o cualquier otro adorno que tengamos o no, son sólo indicativos de la posesión o falta de dinero, sin embargo, los buenos modales son los que nos hacen atractivos al trato. «Lo bueno», lo valioso y lo costoso no siempre son la misma cosa para todos ya que están sumidas esas palabras en un mar de ambigüedades conceptuales debido a la apreciación eventual (si me permiten el término) que desarrollemos a la par de nuestra propia evolución, es decir, las cosas y las personas adquieren más o menos valor según haya o no los insumos para desenvolvernos.

3. Y tendrán que soportarme. O en la batalla me muero, sin mayor reserva que la que haya en las barricas; activarnos siempre ha requerido de algún «aditivo», la diferencia se encuentra en cuánto queremos el efecto y por cuánto tiempo, lo que estará delimitado por la importancia o por las urgencia que nos invada. La vida creativa requiere a veces de «empujones» anímicos, de los cuales algunos son legales y otros no; lo ideal sería no tener que recurrir a alguno, pero un café sí que cae bien en esos días en los que las ideas deciden embotellarse en las autopistas mentales y no atinamos a poner a punto otras vialidades. Otros tendrán la oportunidad de utilizarlo también como parte de su imagen cuando salgan a derrochar su talento a algún establecimiento especializado en esas infusiones.

4. Nada más un simple mortal. Dado entonces que no somos capaces de producir la suficiente dopamina para mantenernos estables por mucho tiempo, necesitamos de «aditivos» que lo hagan por nosotros, desde los más inocuos brebajes caseros hasta elíxires de Baco; habrá quienes opten por seguir los pasos de María Sabina o el novelado don Juan, pero sé que la mayoría preferimos prescindir de la ortopedia de cualquier tipo, porque de esa manera, podemos sentir que aquello creado es verdaderamente nuestro, de nada serviría producir algo maravilloso, si tratar de replicarlo requeriría el uso de «muletas» cada vez más grandes; echar a volar la imaginación no necesariamente requiere de los artilugios de Ícaro, ya de sí es volátil como el aire. Salud.

Beto

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escritor, ¿luchador social?

¡En guardia! No podrán contra el filo de mi pluma. Foto: BAER Irapuato, Gto.- 1. O bligaciones intrínsecas. Las trincheras que nos buscamos ...