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| Es hora de hornear un libro. Foto: BAER |
1. La pre masa. Escribir es como hacer pan, los pasos que hay que dar sin que se trate de una ley inamovible, están perfectamente identificados; podría haber dicho el símil con el método científico, hay más puntos lógicos en ello, pero no sería igual de sabroso. Si empiezo con algo preconcebido, no es porque con ello ya tenga la idea completa, sin al igual que la masa madre (que es en realidad la masa fermentada de un día anterior, quizá sobrante) una idea preconcebida podría servirnos para muchos relatos, pues se trata de una guía (o trama) a la que se le pueden agregar desde los mismos componentes, hasta otros que parecieran no combinar pero que, al final, le vendrán a dar el sabor especial que requiere el producto y el toque personal del panadero-escritor.
2. Los ingredientes. La trama es como la harina, la materia que va a moldearse para conseguir con las formas obtenidas, el gusto por parte del lector, la textura que logre dirigirá el tacto con el cual se tratará la obra en la que el protagonista irá dejando rastros de su presencia en todo el proceso. En toda receta, el agua es el vehículo en el que todo fluye, así como hace la historia con los personajes involucrados; ésta suele fluir según el recipiente que la contenga, el cual puede parecer tan apacible como una palangana, tan caprichosa como un río o tan poderosa como el mar. Algo debe hacer que la harina-trama reaccione y sucedan cosas en las que las relaciones-levadura, provoque que la química haga lo suyo. Por último, quienes darán el sabor como la sal de la historia serán los personajes.
3. El amasado. En el símil que intento establecer, esta parte tendría que ver con dos momentos, la escritura como tal y la revisión y corrección del texto; las consistencias de los lugares, los personajes y las situaciones son importantes para mantener la coherencia en la obra pues eso será precisamente lo que permitirá agarrarle el sabor a los que estamos leyendo. Cada personaje requiere de un tratamiento especial pues los tiempos de «fermentación» serán particulares debido a que, aunque se hornearán en «el mismo horno», no están hechos con la misma pasta y pues, se toman su tiempo. y ese tiempo sirve para reflexionar y saber si los dobleces a la masa o los sesgos de los moldes van a darnos un buen «pan», con el cual acompañar el chocolatito que saldrá de la lectura.
4. El horneado. Es hora de embarrar de tinta las hojas, de herirlas con el estilete caligráfico y ver cómo danzan las palabras a un ritmo que complazca al ejecutor de tan despiadado acto amoroso; las temperaturas aumentan y disminuyen según lo requiera la masa fermentada en la imaginación. Habrá algunas que se cocinen perfectamente en veinte minutos, otras exigirán tres horas diarias por algunas semanas, eso depende de por cuánto tiempo pretende alimentar el autor a sus lectores. Un biscocho-cuento puede ser el complemento de una banquete-novela, tan sofisticados o simples como detectemos a sus ingredientes, porque los chiles verdes combinados con aguacate, se percibirán solos de manera distinta que si van acompañando a un trozo de hígado encebollado. Salud.
Beto

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